Presas

Beatriz Esteban · Capítulo 36 de 68

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Presas

Capítulo 36. Leire

Leire

 

Nada había cambiado.

No había desaparecido la culpa sobre mis hombros. No me sentía más ligera, no sentía absolutamente nada. Las palabras de Ana —de Nina, me corregí— me habían resultado tan duras que me costaba creerlas. La creía a ella, pero el mundo que describía todavía me parecía ficticio. Las drogas, la soledad, la cárcel… Todos eran términos con los que no había tenido que encontrarme cara a cara hasta ahora.

Como la rabia. La culpa. El miedo.

Presa.

Nada había cambiado porque hacía tiempo que Ana había dejado de ser la Ana a la que podía pedirle perdón. Igual que hacía meses que yo dejé de ser la Leire que ella describía.

Su última petición —la heroína— había sido la señal que necesitaba para asegurarme de que no podía ayudar a quien no quería ser ayudado. De que la niña que recordaba había sido asesinada a manos de la droga mucho antes de su primera calada. Podía intentar hablar con ella las veces que hiciera falta y no serviría de nada. No quería sanar.

Sacudí la cabeza; no quería cargar con más piedras a la espalda.

—Bailarina, ¿vienes a darnos otra clase? —dijo Esmeralda al verme entrar. Apareció en las escaleras del módulo con un bebé pegado a su pecho y apoyado en su cintura. Compartían el mismo tono de piel y los mismos rizos oscuros, así que no me costó adivinar que se trataba de su hijo.

—Antes quiero una demostración de los plié y relevé que os enseñé la última vez.

Esmeralda soltó una carcajada y empezó a bajar los primeros escalones.

—Dame música y te bailo lo que quieras, guapa.

—¿No deberías estar en la escuela?

—Es miércoles por la tarde —respondió, como si eso lo explicara todo. Aupó al niño, que me miraba con ojos saltones y un dedo en la boca—. Y los miércoles por la tarde me toca estar en la panadería.

—Hace quince minutos de eso, Esmeralda —dijo don Pedro a mi espalda, cruzado de brazos y con la camisa lo más arremangada posible. Ni siquiera le había oído llegar.

—Bueno, señor, yo no elijo cuándo se duerme el crío, ¡ojalá! —Alzó los ojos hasta el techo.

—Sabes que los retrasos penalizan, ¿verdad? —siguió el funcionario, que se colocó a mi lado—. Vete antes de que empiecen a echarte de menos. La guardería sigue abierta.

—Voy, voy. —Esmeralda sujetó al niño con una mano, la barandilla con otra, y bajó las escaleras con cuidado—. Leire, si te traigo algo bueno de la cocina, ¿me enseñarías algún paso especial?

—Depende. ¿Eso no sería chantaje?

—Venga, Esmeralda, no distraigas más a la señorita. —Don Pedro le hizo gestos con la mano como si fuese un controlador de aeropuerto, y la mujer aceleró el paso y se despidió con una última carcajada.

Mi mente se fue con ella. Y con el niño que aún mantenía entre sus brazos. No había visto a Azahara en la escuela aquella mañana y por la tarde apenas había tenido tiempo de saludar a los internos antes de ir en busca de los que faltaban. La última vez que conversamos, separadas por los mismos barrotes que ahora quedaban a mi espalda, me había hablado de su hija.

Beth.

Era otra herida que no me correspondía curar. Una herida en pieles ajenas, pero que aun así me dolía. Odiaba sentir tanto. Durante los últimos meses, sentir había sido lo que me había encadenado, y en los próximos meses, sentir podía ser lo que me matara. Sentir el dolor de otros no hacía que el mío doliera menos.

Y al final de cada día, cuando cerraba los ojos, me tocaba enfrentarme a él. Siempre sola.

No me extrañaba que Ana hubiera buscado refugio en la droga. Pero no quería acabar como ella. Necesitaba sentir que podía hacer algo, que podía cambiar algo, que podía ayudar. Si no era a mí, al menos a otros. A alguien.

Quería hacer algo que me ayudara a creer que no merecía esto.

—¿Leire? —Cuando me quise dar cuenta, tenía la cara del funcionario a dos palmos de distancia. Me observaba con una ceja arqueada—. ¿Me has oído?

—Perdone, ¿decía?

—¿Querías algo?

—Ah, sí. Esto… —Una idea me cruzó la mente, rápida como un relámpago. Igual de peligrosa. Igual de eléctrica—. Necesito pedirle un favor.