Presas

Beatriz Esteban · Capítulo 62 de 68

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Presas

Capítulo 62. Leire

Leire

 

Por más que luchara por levantarme de la cama y huir, el mundo seguía anclándome al suelo. Día tras día, conforme agosto pasaba y septiembre empezaba a amenazar con tormentas de verano y brisas nocturnas, mi cabeza luchaba para que la culpa no me venciera. Para que no me paralizara.

La culpa por tenerlo todo y no poder hacer nada. La impotencia de seguir ahí mientras ellas se pudrían en la cárcel. El miedo, todavía, a que nada de lo que Helena me había estado repitiendo desde el día del accidente sirviera y el juez dictara el castigo que más temía.

Los temores se arremolinaban en mi mente y no podía hacer nada por detenerlos. El tiempo se escapaba entre mis manos como si fuera arena. O viento. O la última canción que oí de los labios de Gabriela.

Había días en los que el simple hecho de respirar me dejaba exhausta. Las cicatrices que el motín y la cárcel habían dejado dentro de mí eran heridas abiertas, y mis piernas empezaban a caminar sin rumbo fijo, a pesar de las quemaduras y el dolor, buscando un lugar donde huir. Días en los que pensar en desaparecer me traía paz. Días en los que me sentía perdida, atrapada en un mundo sin rejas, como si el sol que miraba hubiera dejado de brillar.

Pero de vez en cuando, entre tanta sombra nacía una chispa pequeña que me hacía volver a querer vivir. Una cerilla que nadie era capaz de apagar. Como cuando oía mi canción favorita en la radio y mis dedos empezaban a bailar sin mi permiso. O cuando oía la risa de Helena, o notaba su cálida mano sobre la mía o me decía que no tenía nada que temer, que hacía mucho tiempo que me había perdonado. Incluso gracias a la carta arrugada de una interna en uno de mis bolsillos, escrita con erratas y una caligrafía curvada, en la que me decía que sentía que mis palabras le habían devuelto las ganas de vivir. Y ahí estaba yo, luchando para encontrar las mías.

Vivir era difícil. Lo había sido antes, lo había sido para cada uno de los internos, lo fue para la familia cuya casa destrocé, lo ha sido para la mía. Y cuando me di cuenta de que lo era para todos, supe que tenía que encontrar un modo de salir a la superficie, de apartar los malos recuerdos y el miedo y buscar pequeñas razones que me ayudaran a seguir adelante. Todos los lugares que me esperaban tras las puertas del hospital. Todas las canciones que aún no había bailado. Mi familia. La de sangre y la elegida. El mundo al que había estado dando la espalda por haber pensado que era su dueña, no su inquilina. Mi vida no era solo mía. Sería injusto que yo decidiera sobre ella.

Así que me prometí a mí misma que, si al salir del hospital no encontraba flores sobre mi mesilla, dibujaría las mías propias. Empezaría a crecer un jardín dentro de mí, uno que me demostrara, como le demostró a Azahara, que ninguna flor marchita impediría que crecieran los rosales. Cogería los dones del mundo y haría de cada día una nueva oportunidad para ser mejor. Para perdonar. Para perdonarme. Para aceptar que lo que pudiera venir no estaba en mi mano, pero que la música seguiría sonando. En ocasiones sería tan suave que parecería que no estuviera ahí, pero si prestaba atención oiría el ritmo de cada uno de mis latidos acompañándola, recordándome que el pasado no podía anclarme, que el aire aún llegaba a mis pulmones, que seguía ahí por una razón. Que a pesar del dolor, tenía que seguir bailando.