Presas
Capítulo 51. Azahara
Azahara
Creía que nada dolería más que ver la cuna de Beth vacía, pero el hueco que Gabi había dejado en el comedor, en el patio y en cada recuerdo, se agrandaba como un agujero negro hasta consumirme.
Había llegado un punto en el que me rentaba más no sentir. No llorar, no recordar, no fingir. Estaba cansada de sufrir, de que a cada piedra en el camino se le sumaran montañas. No tenía fuerzas para escalar ninguna más.
Así que dejé que la pena por Gabi se convirtiera en apatía. Engañé a mi cabeza para que creyera que la razón por la que los funcionarios sacaban sus cosas del chabolo era que por fin se había ido en libertad. Sin despedirse, como Beth.
Quizá no estaba tan equivocada.
Me quedé observando cómo las pocas pertenencias de Gabi se iban en cajas de cartón. El cielo estaba nublado y lo único que se oía en el módulo eran las risas de los niños, ajenos a todo lo que ocurría. Iba a echarlo de menos. Si no fuera por la muerte de Gabi y todo el papeleo que les tenía ocupados, ya me hubieran echado a patadas. Aquí yo ya no era madre.
Una de las funcionarias trastabilló al bajar el último escalón y todos los objetos que cargaba en su caja se desparramaron por el suelo.
Creía de verdad que me había vuelto de piedra, que tanto dolor había acabado creando una costra a mi alrededor, que después de arrebatarme a mi niña y aplastar mi dignidad ya no habría más formas de hacerme daño. Pero ver aquella diminuta camisa acabó de romperme.
Porque Gabi no era la única que se había ido. Se había ido Gabi y el niño que llevaba con ella; se habían ido sus sueños y su futuro. Gabi no estaba en libertad, arropada por su familia e ilusionada por la llegada de su hijo; Gabi estaba muerta. La habían arrancado de la tierra como si no fuera más que un hierbajo. Basura.
—¿Vais a seguir fingiendo que no habéis tenido nada que ver?
La chica, una nueva funcionaria demasiado joven como para ganarse autoridad, arqueó una ceja mientras recogía el último zapatito de la caja.
—¿Qué? —preguntó, como si no me hubiera oído.
Abrí la boca para replicar, pero unas manos me asieron de los hombros.
—Azahara, déjalo estar. —Esme estaba de pie, con la mirada clavada en las funcionarias que se marchaban. Frunció los labios antes de volverse hacia mí—. Queda una semana en la escuela de verano. No la fastidies ahora.
Ni siquiera la escuela era ya la misma escuela.
El duelo afectaba a cada interna de manera distinta. Para la mayoría, la muerte de Gabi no era más que un recordatorio molesto de lo poco seguras que en realidad estábamos. Para otras había sido la llama que necesitaban para empezar a arder: de rabia, de desesperación, de miedo.
Marina pertenecía al segundo grupo.
La observaba siempre desde la distancia, y ella levantaba la cabeza para saludarme como si no hubiera pasado nada, como si ella no hubiera provocado el horrible cacheo que lo empezó todo. Pero quizás había destrozado la vida de tantas internas que ya ni siquiera se molestaba en repartir su odio entre ellas. Proteger su negocio era su trabajo, no algo personal.
No sabía si eso me aliviaba o me asustaba más.
Esme empezó a acercarse más a menudo al grupo de internas del 17.
—Sigo sin entender por qué quieres ir con ellas, Esme —le dije aquella mañana, dos minutos antes de entrar en el patio.
Sus ojos eran puro hielo.
—Mira el resto opciones. Podemos ir con Vanesa y las demás madres y solo servirá para llorar y hundirnos más en la mierda. Podemos ir con los voluntarios y fingir que somos iguales, pero ellos seguirán cruzados de brazos y no se atreverán a darte un abrazo. —Tragué saliva; Leire no era así. Leire me escucharía—. O podemos ir con Raquel y Marina; nadie se nos acercará y escucharemos lo que de verdad queremos oír.
—¿Y eso es…?
—Que estamos hartas, Aza. Hartas. —Su voz era hierro. Nunca la había visto tan furiosa—. Y ellas dos son las únicas que también lo están.
Esme tenía razón. Siempre la tuvo. La muerte de Gabi no había sido, sin duda, la primera que ella hubiera visto en la cárcel, pero sí la que le pillaba más cerca. Desde la madrugada en la que había encontrado su cuerpo, justo cuando iban a marcharse juntas a la panadería, no la había visto llorar otra vez. Su dolor se había vuelto furia.
No creía que Marina o Raquel sintieran el mismo dolor que nosotras, pero compartían la rabia. Ellas no concebían un mundo sin odio.
—No podemos permitir que nos sigan tratando como animales —escupió Marina, fulminando con la mirada a los voluntarios que charlaban a la entrada del patio—. Míralos. Nos encierran aquí como si fuéramos un puto rebaño. Y cuando descubren que hay lobos, dejan que nos coman sin más, porque les importamos una puta mierda.
Giré la cabeza hacia donde ella miraba. Leire estaba de brazos cruzados, con la mirada perdida en algún punto en el suelo, y Juanjo hablaba con don Francisco a su lado. Recé para que el funcionario no me viera; no quería ni acercarme a él. Solo quería que recordara su promesa. Que me diera el permiso de fin de semana. Quizá ver a Beth me ayudara a olvidar toda esa pesadilla.
—No sé dónde te crees que estamos, Marina —dijo Esme. Exhaló el humo de su cigarro despacio, como si disfrutara de la caricia que recibían sus labios. Nunca la había visto fumar tanto—. No estamos en el patio del colegio, nena. Lo raro sería que les importáramos.
—Somos presas, coño, pero no animales —murmuró Raquel.
—¿Hay alguna diferencia?
—Joder, ¿y te vas a quedar tan pancha? —siguió Marina, cruzándose de brazos—. Parece que te dé igual todo. Parece que ni siquiera te importe que se hayan quitado de en medio a tu amiga.
—Ellos no… —empezó Esme, pero no fue capaz de acabar la frase. Apretó los labios y tiró el humo hacia otro lado.
—¿Me vas a decir en serio que ellos no lo hicieron? Vamos, ¿qué mentira os han contado ahora? ¿Por qué murió Gabi, eh? Espera, deja que lo adivine: ¿aborto natural? ¿Una infección? ¿La encontraste rodeada de sangre o blanca como un cadáver?
—Cállate.
Esme ni siquiera parecía molesta, solo cansada.
—Fue por causas naturales —intervine. Empecé a liarle un cigarro a Esme para no mirar a Marina—. Nos dijeron que tenía problemas de corazón.
—Y os lo creísteis como tontas, ¿verdad?
No contesté. No quería darle más vueltas. Prefería pensar eso, prefería creer que aquella funcionaria que limpió la habitación de Gabi sentía de verdad pena en sus ojos, que sus palabras eran ciertas. «Estas cosas pasan», dijo. «Crees que todo va bien y de pronto… ¡Bam! Tu corazón se agota».
—Siempre fue una chica muy activa. Puede que tuviera hipertensión o algo así —murmuró Raquel. Ella tampoco levantó la mirada.
Marina se giró hacia ella con una mueca de asco.
—¿Hiper qué?
—Hipertensión. Ya sabes, la tensión alta y…
—Menuda gilipollez. ¿Y te crees entonces que la preñada era la única hipertensa de los dos mil internos que somos? ¿Te crees de verdad que su salud dejaba tanto que desear? —Bufó, levantándose el flequillo que le caía por la frente—. Estoy harta. Os están comiendo el coco a todas y estáis dejando que os mangoneen como idiotas. Nos tienen aquí para hacer justicia, y ellos son los primeros en saltársela.
Mi mirada fue directa a Leire.
—No tienes pruebas —susurré.
—¿Ahora eres la abogada del diablo o qué? Pruebas… —repitió con una sonrisa mordaz—. No necesito más pruebas. Esta cárcel es un puto infierno. Estamos aquí para cumplir condena, no para que nos maten. No soy la única loca que está harta de todo esto, Azahara. Un día se arrepentirán de lo que han hecho, te lo juro, y verán que son tan cerdos como los presos a los que azotan.
Acabó su discurso con un escupitajo directo al suelo.
Las palabras de Marina siguieron repitiéndose en mi cabeza como un disco rayado. Sin ella me inundaba la apatía; con ella, la furia. Y yo solo quería encontrar un lugar donde descansar. Lejos de esas rejas, de ese sol, de ese infierno.
Pero a las puertas de prisión solo me esperaba Hugo. Se me rompía el corazón solo de imaginar a Beth entre los mismos brazos que me destruyeron. Los que me arroparon, también. Los que llenaron mis manos de cayos y mi corazón de grietas.
Sentía que no tenía fuerzas para cargar con tanto.
—Eh. —La voz de Leire me sobresaltó. Estaba de pie frente a mi pupitre, pero se puso de cuclillas para llegar a mi altura. Siempre se movía como si estuviera bailando; los pies en punta, los brazos en curva y la sonrisa ensayada—. ¿No te apetece jugar?
Alargó un papel hacia mí. Ni siquiera me había enterado de la actividad de hoy.
Sacudí la cabeza.
—Podemos salir a hablar si quieres. Además, afuera corre un poco más de aire, y con el calor que hace… —Sonrió—. Yo lo agradecería.
Me separé de la mesa despacio, y eché una última mirada a Juanjo antes de levantarme.
—Yo también —dije.
Dos minutos después, estábamos sentadas en las escaleras de la entrada; las mismas donde encontramos a Nina y donde le hablé de Hugo. Leire no dejaba de acariciarse el codo.
—Estoy preocupada por ti —dijo al fin, soltando todo el aire que contenía como si fuera un globo pinchado—. Sé todo lo que ha pasado con Gabriela, y después de lo que me contaste sobre tu marido y tu hija, yo… Lo siento mucho. De verdad. No puedo imaginar todo lo que estás sufriendo. —Una pausa. Supuse que esperaba una respuesta, pero estaba demasiado cansada para decir nada—. ¿Puedo…, puedo hacer algo por ti? Lo que sea.
Me contuve para no reír. No podía traerme a Beth de vuelta, no podía sacarme de aquí, no podía darle vida a Gabriela. Todo lo que pidiera sería un capricho comparado con eso.
—Solo me gustaría saber si Beth está bien. Hugo no me contesta las cartas ni las llamadas. No es que antes lo hiciera, siempre decía que estaba con sus amigos, pero… —Suspiré. Era la frase más larga que había dicho en demasiado tiempo—. Tampoco creo que desde tu posición puedas hacer nada.
—Puedo escucharte. ¿Cómo llevas lo de Gabriela?
Su nombre fue como un resorte. Las palabras me salieron de forma automática:
—No quiero hablar de ello.
—Te encoges cada vez que alguien dice su nombre, pero aún no te he oído a ti decirlo. Quizá te sirva hablar del tema. No voy a juzgarte. No busco el morbo, solo quiero… ayudar. De verdad. —Levanté la mirada esperando encontrarme presión en sus ojos, pero solo había pena. Hubiera preferido que me engañara. Así es como funcionaban las cosas en la cárcel. Llevaba tanto tiempo sin escuchar palabras sinceras, sin dobles sentidos ni malas intenciones, que ya ni siquiera era capaz de reconocerlas—. Puedes empezar hablando de ella. Di cualquier cosa. Algo que te recuerde a ella. Cosas que te hagan recordarla por lo que era, no por quien fue los últimos días.
—No sé nada de ella —respondí con la voz quebrada. La mentira sabía amarga en mis labios—. Vino al módulo hace solo unos meses, cuando ni siquiera se le notaba la barriga. Y ya sabes, no podemos creer nada de lo que nos cuenten. A los presos nos encanta mentir, ¿no?
Arrugó la nariz.
—Tanto como a los que están en la calle —murmuró—. Yo la conocí hace solo tres semanas y su muerte me duele. Eso no tiene nada que ver. Igual que sé que a ti te duele también, y por eso todavía no has dicho ni su nombre. Pero que te duela dice algo bueno de ti, ¿sabes? Que te importaba. Que te importa. Si duele es que la querías.
Tragué saliva. Y si ya no quería que doliera, ¿que significaba? ¿Qué decía de mí mi propia coraza? Que era egoísta, seguramente. Que era estúpida. Que no tenía ni idea de cómo enfrentarme al mundo.
Había oído esas palabras en boca de Hugo tantas veces que me extrañaba haber tardado tanto en creérmelas.
—Es una catarsis, ¿no? —dije—. Es lo que quieres que haga, lo que me explicaste. Como echarle alcohol a una herida. Quieres que hable de ella para que deje de doler.
—De Gabriela.
—De Gabi —la corregí. Su nombre se quedó atravesado en mi garganta —. Todo el mundo la llamaba Gabi, y creo que ella lo prefería. Era como una niña pequeña, en el mejor de los sentidos. Siempre buscándole el lado positivo a todo. Siempre creyendo en la bondad de los demás. Pero también es…, era —me corregí— toda una revolucionaria. No se estaba quieta nunca. Si íbamos a los talleres a pintar, ella nos retrataba a todas en la calle. Si nos retrasábamos en la cena, ella les contaba historias a los niños antes de dormir. Era una cerilla encendida. Una llama constante. Parecía que nunca le hubieran hecho daño.
—A mí me hablaba mucho de los niños —dijo Leire, sonriendo—. De los del módulo, quiero decir. Y también de su hijo, de que ya quería ser como él porque…, porque los niños, aun siendo vulnerables, son fuertes en sus ganas de sobrevivir y crecer. Es lo que decía.
—Ella ya no va a crecer, Lei. Ni ella ni su hijo —susurré. Sentí que el peso de todo lo que había contenido caía de golpe sobre mis hombros y me hundí, enterrando la cara entre mis manos—. Ojalá no la conociera. Ojalá no la quisiera.
—No digas eso —murmuró Leire. No con enfado; con pena—. No intentes dejar de sentir, Aza. Eres humana. Tienes derecho a sentir y a querer todo lo que quieras, por mucho que duela. Eso es vivir. Ya eres prisionera aquí dentro, no dejes que tu mente se transforme en otra cárcel.
Aquella última frase estaba tan cargada de verdad que sentí que algo se rompía dentro de mí. Ojalá fueran los grilletes que yo misma forjé.
Me mordí el labio inferior y rodeé la mano de Leire con la mía.
—Gracias —susurré, simplemente. Ni siquiera sabía por qué, pero no podía marcharme sin decírselo—. Gracias, de verdad.
Esme ya no era la misma. Pasaban los días y su luto no mejoraba. No había dejado de llorar, y ya ni siquiera le importaba que otros la vieran. Pero ahora, de pronto, se había vuelto de piedra. Ni siquiera su propio hijo conseguía despertarla.
—Esme —la llamé, dándole un suave codazo. Llevaba sola en el patio dos horas, y pronto nos chaparían en las celdas para dormir—. No sé qué estás pensando, pero no creo que te esté haciendo ningún bien.
«No seas prisionera de tu mente también», recordé. Para la gitana parecía ser demasiado tarde.
—Sabes que fui yo quien la encontró, ¿verdad? —dijo de pronto, sin volverse para mirarme—. Nos tocaba turno de mañana en la panadería, y ella siempre se duerme, así que fui a avisarla de que si no bajaba ya a por la medicación, llegaríamos tarde. Nos habían abierto el chabolo media hora antes. Cuando llegué ella ya… Ella no… —Tragó saliva. Después de una breve pausa, siguió hablando—: Sabía lo que venía después. Lo vaciarían todo y buscarían sospechosos. O eso harían si Gabi hubiera muerto en la calle, pero aquí no hay tiempo para más crímenes, así que se dieron a la explicación más fácil. Problemas de salud.
Arrugué el ceño.
—No sería la primera vez. El invierno pasado murieron un montón de internos por neumonías que no se trataron. Aquí hay de todo menos salud. Si Gabi tenía problemas de corazón y no lo sabía, no la llevaron a la enfermería, no le dieron ninguna dieta especial para ella, ninguna medicación…
—Una mierda —espetó Esme; ni siquiera tenía fuerzas para sonar furiosa —. Una puta mierda, eso es lo que es. Gabi no es tonta, no llevaba tanto tiempo aquí como para no saber si tenía problemas. Nos lo hubiera dicho. ¿Sabes qué es lo que ha podido causarle todo eso? Las pastillas. Las putas pastillas que nos hacen tomar cada día.
—Esme, no…
—Alguien tenía una razón para acabar con ella, te lo digo yo. — Empezaron a temblarle las manos, pero no se detuvo—. Fui yo quien la encontré, Aza. Cogí las cartas que tenía sobre el escritorio y las escondí en mi chabolo. No me he atrevido a leerlas hasta hoy.
—¿Cartas? ¿Qué cartas?
—Júzgalo tú misma. —Con los dedos todavía temblando, rebuscó en su bolsillo hasta sacar un minúsculo papel arrugado.
No sabía qué iba a encontrarme en él. La carta estaba fechada un día antes de su muerte.
Querida mamá:
¿Cómo estás? Espero y rezo para que todo vaya bien por
casa. ¿Cómo está Ainara? ¿Y las gemelas? ¿Tienen ganas de empezar el cole o aún lo ven muy lejano? Las echo un montón de menos. Os echo a todos de menos. Cuento cada mañana los días que quedan para volver a estar todos juntos.
Por mi parte, estoy descansada. Hoy el peque me ha dejado
tomar un respiro, aunque llevo una semana con una angustia y un malestar tremendo. Ni en el primer trimestre estuve así. Me he asustado, pero en realidad creo que está todo en mi cabeza. He visto cosas que me gustaría olvidar. Ya lo sabes, mamá. Esto no deja de ser duro.
No quiero preocuparte con esto, de verdad, pero sabía que
era mejor escribirte a ti que a toda la familia. Tú sabrás aliviarnos a todos mejor. Me he metido en medio de una situación… algo complicada, y de verdad que no sé qué hacer. Pienso en ello todos los días.
Hay un funcionario que me tiene fichada. Sabe que sé el
monstruo que es. Hace cosas horribles, mamá, y me harté de callarme. Cuando me vio, me amenazo como si fuera un perro. La segunda vez por poco agarra la radio y me la estampa en la cabeza. Lo vería capaz. Después de lo que hizo, sería más que capaz…
Mami, no tienes ni idea de lo que significa estar aquí
dentro. Si abres la boca delante de la persona equivocada, en el mejor de los casos te vas unos meses a aislamiento, y en el peor, te levantas muerta.
Menos mal que ya no estoy en el módulo 17, mamá. Ahí no
sabías si sobrevivirías a una bronca de las internas. No podía ni fiarme de mi compañera de chabolo, ¿recuerdas? Por suerte, todo ha quedado atrás. Excepto ese funcionario…
Pero después de lo que hizo, no iba a permitir que se
saliera con la suya. Estoy harta de que se crea un ser superior, que se crea Dios, que crea que no tenemos ni familia ni sentimientos ni vida. Hace unos días, me vio escribir la instancia y te juro que pensé que me iba a matar en aquel mismo instante. Pero no me frené. No dejaré que el miedo me paralice. En unos meses estaré fuera, pero no puedo permitir que mis compañeras se queden con ese monstruo.
Me gustaba pensar que estas cosas solo pasaban en las
películas. Pero no…
Aun así, no quiero dejarte con un mal sabor de boca. ¡Hace
unas semanas me adjudicaron un destino! Ahora estoy en la panadería, los martes y jueves por la mañana, con Esme. Hacemos el pan del día: pan blanco, pan integral, pan de leche… Oh, a ese último le he hincado el diente más de una vez. Ojalá me dejaran hacer algo más que pan. Les prepararía ese bizcocho de yogur tan bueno que tú siempre hacías. De hecho, el día que salga, lo preparé en casa, para todos. Tengo muchas ganas.
Te quiero, mamá.
Dale besos a todos de mi parte. Con cariño,
Gabi
La Tierra dejó de girar durante un instante; todavía no sé si por notar a Gabi tan cerca o por todo lo que significaban sus palabras. Una parte de mí se sentía intrusa. Otra, traicionada. Otra, rota.
Quería releer su carta hasta que ese «en unos meses estaré fuera» se volviera real, hasta que las palabras de Gabi no fueran su sentencia.
—¿Quién más lo ha leído? —pregunté.
Esme siguió sin mirarme. Se secó las lágrimas con el puño antes de contestar:
—Marina.