Presas
Capítulo 7. Azahara
Azahara
Esme me dio una palmada en los hombros desde atrás, haciendo que me sobresaltara. Bajé los pies de la butaca de delante.
—Chiquilla, tranquila, que aún están entrando —dijo ella entre risas. Se había recogido el pelo en un moño y tenía el escote y la cara plagada de gotitas de agua.
—¿Dónde te habías metido? —preguntó Gabi, volviéndose también hacia la fila de atrás.
—Me han dejado ir al baño aprovechando que todavía faltan el 26 y el 17. Jesús, no sabes lo que se agradece mojarse un poco con esta calor.
—¿Aún no los han sacado de los módulos? —resoplé, aunque en el fondo no me sorprendía—. Tendríamos que haber empezado hace una hora.
Esme se rio.
—Mírate qué mona, creyendo que a los funcionarios les importa un pepino ser puntuales. —Sacudió la cabeza—. Cómo se nota que es tu primera escuela.
Volví la vista al frente, igual que Gabi. Estábamos las tres en una de las primeras filas del auditorio, creyendo que enseguida se llenaría. Me equivocaba. Por ahora solo estábamos el módulo 22, el 21 y unos cuantos del 23, a los que Esme había saludado al entrar, haciendo que toda la sala retumbase con su voz.
Gabi, en cambio, tenía el cuerpo tenso y se acariciaba el pelo para distraerse. Sus ojos miraban de un lado para otro, furtivos, con miedo a encontrarse con él. O con ellos.
Cogí una de sus manos entre las mías.
—Tranquila —murmuré—. No habrán traído a los de ese módulo. Ahí tienen internos en primer grado.
Ella levantó las comisuras de los labios, pero su sonrisa desapareció al instante.
—Pero sí que van a traer a las del 17.
—No es lo mismo. Ellas… —Me mordí la lengua, sin saber cómo continuar—. Quizás han cambiado, Gabi.
Levantó una ceja, perspicaz.
—A veces se te olvida dónde estamos, Aza. Esto de reformatorio tiene lo mismo que tú y yo de santas.
Apartó la mirada y la paseó por su vientre, por el escenario vacío, por las zapatillas que le venían grandes y se balanceaban en sus puntas. Verla tan segura de sus palabras me provocó un nudo en la garganta.
Gabi era una niña, o lo hubiera sido si no estuviera en la cárcel. Tenía veinte años, la piel suave, los ojos grandes y los labios rosados como cuando tenía quince. No había nada en ella que te hiciera pensar en alguien cruel, malvado o capaz de hacer daño. Solo había que ver cómo sostenía mi mano entre la suya mientras que la otra estaba siempre puesta sobre su bebé.
Pero estábamos en la cárcel. Todo lo que yo pensara no eran más que mentiras.
Dolía estar siempre con la guardia en alto, recordando que nada de lo que te dijeran, nada que te demostraran, nada que otros fueran tenía por qué ser real. Aprendías a tener la confianza justa para no sentirte sola, pero no tanta como para sentirte segura.
—Mirad quién viene por ahí —dijo Esme desde atrás.
El corazón me dio un vuelco. No fueron ni los funcionarios ni los demás internos los que aparecieron por la puerta, sino los voluntarios.
Debían de tener dos o tres años menos que yo, pero sentía que estábamos a años luz de distancia. Ellos eran libres. Estaba segura de que su piel estaba libre de heridas y costras.
El que parecía el cabecilla, vestido con una camisa mucho más ancha que él y unos vaqueros, no paraba de comprobar el reloj. No me extrañaba: más de la mitad de la sala estaba desierta y en total no llegaríamos a los veinte presos. Todos esparcidos entre las butacas, diseminados, a salvo en sus propios grupos.
Unos pocos voluntarios se atrevieron a separarse del resto y se sentaron en la primera fila. Seguían sin echar la mirada atrás, aunque de vez en cuando se giraban al oír el murmullo de los internos. El jefe cogió una de las guitarras y se sentó sobre el escenario, balanceando los pies.
—¿Van a tocar? —pregunté, y sonreí como una tonta. Esme rio.
—Sí. No se puede comparar con el arte de algunos de los de aquí, pero es lo que hay. Si quieres, luego le pedimos a Ramón que saque la caja.
Me contuve para no preguntar quién narices era Ramón. Esme llevaba tanto tiempo dentro —nadie sabía exactamente cuántos años— que parecía conocerse cada preso, cada rumor y cada funcionario. Era la enciclopedia de la cárcel. El año pasado hizo un curso de ofimática y ahora se estaba preparando uno de maquillaje, y era la única mujer que había rotado por todos los destinos: panadería, cocina, economato, limpieza y peluquería. O eso decían. Por decir, se decía que hasta sabía los tacos y las culpas de cada uno. Ella no afirmaba ni desmentía nada.
—Ha llegado el 17 —murmuró Gabi mientras apretaba mi brazo.
Un grupo de mujeres entró al auditorio, la mayoría con los pantalones cortos arremangados y camisas de tirantes. A todas les cambió la expresión cuando notaron la sombra y el fresco que dominaban la sala.
Una de ellas se adelantó a las demás y empezó a descender por las escaleras hacia las primeras filas con las manos en los bolsillos. Tenía el flequillo pegado a la frente por el sudor, como yo, aunque llevaba el pelo mucho más corto. Alzó la vista y sus ojos centellearon al encontrarse con los de Gabi.
Esta se dio la vuelta de inmediato y se acomodó en el asiento. Tenía los labios fruncidos.
—Marina —susurró. La susodicha se sentó unas filas más atrás, seguida de otras dos mujeres. No dejaba de sonreír.
—¿Es ella quien…?
Antes de que pudiera acabar la pregunta, unas palmadas hicieron eco en el auditorio. Todas las miradas se dirigieron hacia el escenario, donde el jefe de los voluntarios permanecía sentado, con las piernas cruzadas y una guitarra acústica entre los brazos. Había dos chicas a su lado: una que tenía las mejillas coloradas como una fresa y cuyos rubios tirabuzones le caían sobre la blusa blanca, y otra con un vestido que le tapaba del cuello a los tobillos y que se balanceaba sobre el bordillo con una sonrisa.
La luz de un débil foco les señalaba directamente a ellos, pero ni siquiera sus siseos ayudaron a callar a los internos, que seguían entrando en el auditorio en pequeños grupos. Don Francisco vigilaba todo desde la entrada con los brazos cruzados. Se me puso la piel de gallina.
—¡Buenos días a todos! —saludó el jefe de los voluntarios con una sonrisa—. Siento mucho el retraso. ¿Os parece si empezamos la mañana con una pequeña oración?
A su lado, la chica de los tirabuzones carraspeó.
—¿Van a cantar? —pregunté, sin ser capaz de dejar de mirarlos. Gabi sonrió.
—Vamos a cantar.
Quizá no lo dijo conscientemente. Quizá para ella solo fue un hecho más: «vamos a cantar», igual que, como siempre, íbamos a comer o a dormir o a hablar. Pero a mí me dio la sensación de que era la primera vez que compartía la voz con alguien de la calle.
Y cuando el resto de los voluntarios se levantó de sus asientos, nada más empezar a tocar los primeros acordes, y se volvieron hacia nosotros con las manos en el aire para animarnos a acompañarlos, sentí que aquello era más que una canción. Más que una oración.
Llevaba más de un año en la cárcel y esa era la primera vez que mi voz valía lo mismo que las suyas.
Fue la primera vez que alguien quiso escucharla.