Presas

Beatriz Esteban · Capítulo 38 de 68

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Presas

Capítulo 38. Nina

Nina

 

Vivir era aburrido. Pensar cansaba. Había soñado con acabar con mi vida innumerables veces, pero sería demasiado fácil. Y sin duda lo que me esperaba al otro lado sería todavía mucho más aburrido. Tenía que aguantar para vengarme algún día de Lucio —o lanzarme a sus brazos como una loca desesperada, aún no lo sabía—. Para ver a Sonia sonreír; una sonrisa sincera, real, no esa media sonrisa atontada que le salía cada vez que hacía una de sus estúpidas figuras de papel. Esa sonrisa era mentira. Era producto de su propia droga, de la pastillita de felicidad que las enfermeras colaban en su cóctel diario.

Tenía que aguantar para que fuera la heroína la que me matara con dignidad, si es que volvía a caer. Había pasado de amarla a odiarla y ahora me encontraba en un extraño punto entre los dos. Después de todo, ella era la única que me había dado lo que prometía: placer, locura, olvido. Era el único amor al que me habían enseñado a poner nombre. Mi vía de escape. Por mucho que me desgastara, la metadona, su sustituta, tampoco era mejor opción.

Pero tenía que aguantar. Aguantar hasta que consiguiera dinero. Aguantar hasta que empezara a creer que fuera de la cárcel me esperaban cosas mejores. Por ahora, me contentaba con tener algo de comida que llevarme a la boca cuando el mono me pedía a gritos que mordiera mi piel, y un techo que me protegiera de beber la lluvia.

Además, tenía que aguantar o Silvia me mataría.

—¿Cómo está mi chica? —dijo mientras hacía explotar una pompa de chicle. Oí el suave plop desde el otro lado de la línea.

—Aburrida.

—El día que me contestes algo diferente te haré una fiesta.

—¿Prefieres que diga «mal»?

—No. —Su voz sonó cortante, firme, a pesar de la broma de antes—. No, claro que no.

Aún me preguntaba cómo tenía paciencia para aguantarme después de todo.

Conocí a Silvia detrás de un contenedor de basura, mientras yo luchaba por encender un pitillo y ella por esconderse de quien la pateaba. Supongo que fue esa vulnerabilidad la que nos unió. Ella vio en mí a una persona fuerte por el mero hecho de que la vida me había dejado cicatrices y no heridas abiertas. Ella vio en mí una vía de escape, una forma de convertirse en otra persona. Alguien a quien todo se la sudara.

Después de que Leire me sustituyera por sus clases de ballet, por sus nuevas amigas y por sus tardes en la academia de alemán, yo vi en Silvia alguien que me escuchaba. Alguien a quien también le dolía que unos tuvieran tanto y otros tan poco.

Fue la única persona con la que no quise perder el contacto cuando abandoné el instituto y conocí a Lucio. Necesitaba un resguardo. Alguien a quien poder llamar amigo, alguien que no huyera cuando le hablara de la heroína, de quién era mi padre, de la persona en la que me convirtió, de la caravana, de los hombres, de las rayas, de Lucio. De la cárcel.

En los meses previos a mi último ingreso, Silvia había sido mucho más que una amiga. Era la única persona que me esperaba fuera.

Y aún no sabía cómo decirle que no sería suficiente.

No quería volver a un mundo donde me dieran la espalda. A un mundo donde la única forma de conseguir comida y un techo fuera vendiéndome o compartiendo jeringuilla bajo un puente.

Si alguna vez se lo confesaba, le rompería el corazón.

—¿Cómo ha ido tu semana? —pregunté después de un carraspeo. La oí reír.

—Bueno, eso debería preguntarte yo a ti.

—Lo de siempre, supongo. —Arrugué la nariz. Mi respuesta había sido automática, pero pronto me di cuenta de que me equivocaba—. ¿Te acuerdas de que te hablé de la escuela de verano esa?

—Ajá.

—Leire está de voluntaria.

Oí cómo Silvia aguantaba la respiración al otro lado.

—¿Leire, nuestra Leire?

—Yo no la llamaría así, pero sí.

—¿Has dicho de voluntaria? En plan que viene de fuera.

—Eh, sí. ¿Qué pasa?

—Qué fuerte. —Volví a oír la pompa de su chicle—. Qué fuerte, Nina, me había asustado.

Arrugué la frente.

—¿Por?

—Es que, tía, no te has enterado de lo último, ¿verdad? ¿No te ha dicho nada? ¿Habéis hablado al menos?

—No —mentí. Para lo que nos habíamos dicho, mejor no decir nada.

—Todos los del insti se han enterado. Total, estaba con la gente de su grupo y los rumores por aquí vuelan, ya lo sabes…

Empecé a taconear el suelo con nerviosismo.

—No creo que sea un rumor. Está rara, o eso me pareció cuando la vi — murmuré—. ¿Qué ha pasado?

—Qué ha hecho, mejor dicho. —Silvia bajó la voz al otro lado del teléfono, a pesar de que nadie la oía—: Leire no es la chica buena que todos creían.