Presas

Beatriz Esteban · Capítulo 28 de 68

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Presas

Capítulo 28. Leire

Leire

 

Según pasaban los días, la parroquia de San Román parecía más un hogar. Los voluntarios ya teníamos los cuartos patas arriba, con las sábanas hechas un remolino sobre los colchones y las maletas abiertas de par en par; los baños llenos de trastos, y nuestro sitio especial en la capilla. Teníamos turnos de limpieza y tradiciones tontas, como empezar cada comida con un chiste (y una oración, no necesariamente en ese orden). Algunas noches los vecinos del pueblo se acercaban con las manos cargadas de bizcochos y la boca llena de halagos para los «valientes voluntarios de Ordana».

Valientes.

Si supieran que en mi cabeza bullía el miedo, no pensarían lo mismo. Si supieran que el mayor miedo de todos era querer a los presos, mucho menos. Si me hubieran visto como Helena me vio aquella noche, me escupirían a la cara.

Cada día me costaba más marcar la línea que nos separaba de los presos, por mucho que tuviera muros y rejas para recordármela.

—¿Te entra ahora una cervecita, Lei? —preguntó Miguel, que arrastraba una silla de plástico con una mano y llevaba una cerveza en la otra.

Helena me cogió del brazo antes de poder contestar.

—Leire no bebe, Miguel. Pero he oído que quedaba zumo en la cocina, ¿verdad? —Se volvió hacia mí; sus rizos rebotaron sobre sus hombros—. ¿Vamos a por uno?

Puse los ojos en blanco.

—Helen, era solo una cerveza —susurré una vez Miguel se hubo ido—. No soy una maldita alcohólica, ¿vale?

—Ya, pero ¿adivinas quién se iba a quedarse consolándote cuando empezaras a sentirte culpable? Yo, Lei, yo. Solo nos estoy ahorrando el mal trago. Además, siempre es solo una cerveza.

Quise contestarle, pero Juanjo nos llamó a todos.

—Entonces, ¿quieres un zumo o no? —insistió Helena, dando un paso atrás.

Sacudí la cabeza y fui directa al patio.

Cuando el sol caía, y justo después de cenar, teníamos la costumbre de reunirnos en el patio trasero, muchos de nosotros con los pijamas ya puestos —Alicia abrazando un pequeño peluche, Helena arrastrando sus pantuflas, Fran con su camiseta de superhéroes—, para hacer una pequeña evaluación del día.

Qué habíamos visto, qué habíamos sentido, qué nos preocupaba, qué queríamos compartir. A muchos les bastaba con escuchar y aportar una o dos frases; otros soltaban todo lo que se les pasaba por la cabeza, vaciándose de las emociones del día.

Yo solía ser de las segundas.

Aquella noche no tenía fuerzas para serlo.

—Leire, estás muy callada hoy. —Juanjo se inclinó hacia delante en su asiento y apoyó los codos sobre las rodillas—. ¿Algo que quieras decir?

Me encogí de hombros.

—Ha sido un buen día. —Empecé a sentir un hormigueo recorriéndome la pierna, como si mi cuerpo quisiera avisarme de que mentía. Juanjo suspiró y se irguió, seguramente para pasar la palabra a otro—. Bueno —dije, frenándole a tiempo. Mi propia voz me sorprendió, como si una parte de mí no contara con que abriera la boca y la otra estuviera desesperada por compartir el peso de lo que había visto—. Esta tarde…, cuando recogíamos, me he encontrado con una interna… Nina. Se llamaba Nina. Estaba llorando y parecía que estuviera a punto de darle un ataque de ansiedad, pero los seguratas han llegado antes de que me diera tiempo a decirle nada. Y… me ha impactado bastante.

Lo que no podía contarles es que Nina antes fue Ana. Que su ansiedad se había incrementado al verme. Que nos unía mucho más de lo que quisiera admitir.

Ellos no podían saberlo.

—Nina —repitió Fran mientras se pasaba la mano por su flequillo rubio —. Sé quién es, me hablaron de ella. Esa chica lleva ya por lo menos cuatro ingresos en prisión. Va acumulando condenas y creo que le han caído por lo menos trece años ya.

—¿Trece años? Pero si es muy pequeña, no tendrá más de veinte años.

Me asustaba la facilidad con la que mentía, con la que fingía ser ingenua. Ojalá tuviera la misma habilidad para aparentar ser fuerte.

Trece años en prisión. Como toda la vida que ella había vivido cuando empezamos a perderla de vista. Como la edad que tenía cuando nos rendimos.

—Pues tiene dieciocho, o eso me han dicho. La trasladaron del centro de menores a Ordana hace poco.

—¿Cómo sabes tanto? —pregunté.

—Me lo ha contado una compañera suya en el descanso. Antonia, la que habla por los codos.

—Pero nos dijeron que no nos fiáramos de nada de lo que nos contaran, ¿no?

—¿Y tan falso te parece lo que digo? ¿Es que no la has visto?

El recuerdo de Ana pareció atravesar mi garganta en lugar de mi mente, porque sentí que me atragantaba. Como si la angustia de aquel momento la reviviera ahora. Ana parecía una sombra de lo que había sido. Trece años. ¿Cómo sobrevives a eso? ¿Cómo te recuperas?

—Es que… —empecé, intentando calmar la tensión del ambiente. Los demás voluntarios nos miraban con los hombros tensos—. Me cuesta creer que lleve… ¿Cuatro ingresos, dices? Solo tiene dieciocho años…

Fran se encogió de hombros.

—Y lleva en el mundo de las drogas desde los trece.

—Eso no tiene nada que ver.

Esta vez fue Juanjo quien habló, después de carraspear:

—En realidad creo que eso lo explica todo, Leire. Pensad en la vida que debía tener esa chica antes de entrar en la cárcel. Pensad en qué debió llevarle a drogarse desde tan joven. Sin duda, hay muy pocas probabilidades de que haya crecido en un entorno como el nuestro, ¿verdad? —Echó una mirada arriba, a la torre de la parroquia. El sol se escondía tras el campanario, cegándonos con sus últimos rayos. La voz de Azahara volvió a mi cabeza: «le suele pasar a la gente después de vivir algo traumático, ¿sabes?»—. En la calle no tiene la protección que le da la cárcel.

Tardé unos segundos en entender de lo que decía.

—No puede ser que vuelva a propósito.

En la calle me tenía a mí. Me tuvo a mí.

Tenía a su familia, tenía el colegio, tenía amigas, tenía una puñetera vida.

Todo parecía ir bien.

Tenía problemas en casa. Discusiones, broncas. Problemas en el colegio. Ideas, sueños. Tenía una máscara, solo tenía palabras. Todo lo que sabía de ella era lo que ella quiso contarme. No lo que vi.

Nunca la vi. Y aun así me atreví a buscarla.

—Vieron cómo se pinchaba a las puertas del centro de menores la primera vez que salió, Leire —me explicó Fran.

Juanjo se incorporó en su asiento e hizo un mohín.

—Cuando alguien que nunca ha tenido nada se encuentra sábanas limpias, un plato del que comer, compañeras que la escuchan… La libertad se vuelve un precio muy pequeño a pagar.

Alicia se echó hacia delante y abrió la boca, dispuesta a intervenir, pero Juanjo dio por acabada la charla antes de nadie pudiera hablar. Dio una palmada y cogió de las manos a las dos personas que tenía a los lados.

—Bueno, acabemos el día con una oración para Nina y todos los presos de Ordana, ¿os parece?

 

Aquella noche no conseguí quedarme callada. Debatí muchas veces la posibilidad de levantarme y caminar descalza por la parroquia hasta tranquilizarme, pero las chicas dormían como bebés y no quería que la luz del pasillo las despertara al abrir la puerta.

Irónicamente, no pensé que lo que les despertaría serían mis gemidos.

El golpecito de Helena sobre mi hombro hizo que me sobresaltara, como si acabaran de tocarme con un hierro candente. Me sorbí la nariz, pero no me moví. Estaba mejor encogida sobre mí misma, de cara a la pared. Oí cómo Helena se acomodaba en su colchón, a mi lado.

—Lei…

—Siento haberte despertado —la interrumpí. Me pasé la mano por los ojos para apartar las lágrimas—. No pensé que haría tanto ruido. Dios, soy una llorica.

—No seas tan cruel contigo misma. Además, el ventilador se ha parado — murmuró. Oí el roce de las sábanas y el chirrido de los muelles cuando Helena se incorporó. Se acercó al borde de su cama y alargó la mano para poner en marcha el ventilador. El zumbido ayudó a silenciar mi llanto. Alicia seguía dormida.

—Lo siento —susurré.

Helena volvió a su cama.

—No lo sientas. ¿Estás bien?

—No lo sé.

Ella me acarició el brazo con un suspiro. No esperaba otra respuesta, lo sabía; le bastaba con hacerme compañía. Pero mis palabras eran sinceras: ya no sabía por qué lloraba. Ya no sabía cuál de todas las heridas era la que sangraba. Y lo peor es que ninguna era mía.

Era todo lo que había visto. Todo lo que había conocido. Esperaba encontrarme gente peligrosa, criminales; esperaba encontrarme celdas sucias y monos de color naranja. Algo que los distinguiera de lo que era yo.

Conocer la humanidad acababa doliendo.

Sobre todo en personas como yo, que sentíamos el mundo como si fuera una extensión de nuestros dedos. «Eres demasiado buena, Lei», decían, como si fuera malo. «Eres demasiado sensible». Porque para ellos era malo. Se vivía mejor centrándote solo en tu vida y en cómo sacar lo mejor de ella, sin importarte la gente que dejaras a tu espalda.

—Nunca queremos saber estas cosas —dije en voz alta, tratando así de reordenar todas las frases que bombardeaban mi cabeza—. Nadie quiere saber lo que pasa tras los muros de la cárcel. Ni siquiera queremos escucharlo; queremos creer que no es real, que nos están mintiendo porque son presos. — Cogí aire—. Igual que nadie quiere saber todo por lo que pasan los soldados cuando van a la guerra. Ni la cantidad de mujeres que sufren violencia doméstica y luego van a la frutería con una sonrisa de oreja a oreja. Ni el número de niños que crece con una infancia destrozada, con armas en las manos o moratones en la piel. Queremos pensar que detrás de todas las puertas hay familias felices que se reúnen cada noche para cenar. Queremos creer que este mundo es bueno, que los actos crueles siempre ocurren lejos, en África o Estados Unidos. Si para nosotros ya es difícil hablar del dolor que hemos visto… —mientras hablaba, pensaba en Verónica y en los gritos que guardaba, en Beth y en los días que le quedaban junto a su madre, en Gabriela y la vida que vería su hijo—, ¿cómo debe ser para quien lo vive? ¿Cómo pueden soportar el peso de todo lo que recuerdan? ¿Cómo podemos esperar que después no busquen una manera de escapar? Sean drogas, violencia, alcohol, mentiras…

Las lágrimas se tragaron mi última pregunta.

«¿Cómo podemos ayudarles?».

Helena se arrastró por su colchón hasta arrimarse al mío, y rodeó mi cuerpo con sus brazos mientras yo temblaba. No tenía nada que decir.

Quizás, al final, sí que era de las que soltaban todo lo que sentían hasta vaciarse.