Viejos demonios

Barry Eisler · Capítulo 1 de 51

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Viejos demonios

Prólogo

 

Un mes antes

Bomba frenó al pie del muro derruido y apagó las luces. Aun dentro de la furgoneta, le lloraban los ojos por el olor a azufre y descomposición. Quizá hasta habría sufrido arcadas de no haber estado acostumbrado.

Abrió la puerta y salió. Sus botas crujieron al pisar lo que habría podido confundir con gravilla quien no supiera que se trataba de las raspas pulverizadas de un millón de peces envenenados. El aire quemaba como el de un horno. Había pasado la medianoche y seguía sin bajar de los treinta y siete grados. Coño, por lo menos era calor seco. Además, más calor había hecho en Irak y lo había soportado haciendo patrullas en el frente con más de treinta y cinco kilos de pertrechos.

Cerró la puerta. El único ruido que perturbaba la noche era el tictac del motor. A su alrededor se erguían varias estructuras ruinosas que refulgían levemente bajo una luna baja en cuarto creciente: un tráiler, un escaparate sin cristal, el esqueleto de una casa sin tejado. Cincuenta metros más allá se vislumbraban las márgenes del agua estancada como un vasto socavón de oscuridad. Kilómetros más allá, en la orilla oriental, alcanzaba a distinguir unas cuantas luces diseminadas. Costaba imaginar que pudiese haber nadie viviendo allí todavía, pero es cierto que el ser humano es capaz de soportar cualquier cosa si se da el grado de desesperación suficiente. Cualquier cosa, hasta el hedor del lago Saltón.

Oyó pisadas que se acercaban por su izquierda. Se volvió y entornó los ojos. Aunque estaba demasiado oscuro para distinguir un rostro, reconoció perfectamente la silueta.

—Culebra —lo llamó—. ¿En serio eres tú, pedazo de hijo de puta?

La luz de la luna destelló en una sonrisa.

—¡Serás cabrón! ¿Y quién quieres que sea?

En efecto, allí estaba. Se había acercado y al fin lograba ver aquellas hechuras suyas, compactas y nervudas, envueltas en la misma sensación de peligro con que había conseguido infundir temor a cuantos lo rodeaban. El mismísimo Culebra.

Bomba soltó una risotada y echó a andar hacia él.

—No me lo puedo creer. Ven aquí, zumbado de los cojones.

Se dieron un fuerte abrazo como dos viejos camaradas que han combatido codo a codo, hasta que Bomba dio un paso atrás sin dejar de sujetar los hombros de Culebra.

—En serio, que todavía no me creo que te hayan soltado. ¿A qué viene lo de codificar los mensajes y las coordenadas? ¿Y por qué quedamos aquí y no en un bar?

—¡Venga ya, hombre! ¡Qué imagen más buena íbamos a dar de Bradley Michael Kane III, Bomba, diputado del Congreso, si lo ven juntándose con un delincuente convicto! Además… Vaya, que este es nuestro sitio.

El otro hizo caso omiso del resto porque tenía razón: aquel era su sitio. Por lo menos, lo había sido.

—Estamos hablando de un consejo de guerra —dijo soltándole los hombros—, no de un proceso civil. En nuestro derecho militar no existe la figura del delito mayor como tal.

Culebra se echó a reír.

—Joder, si hasta hablas como un diputado. De todos modos, lo de verse condenado y deshonrado por contacto sexual abusivo no tiene otra lectura posible…

—Hiciste bien al declararte culpable a cambio de una reducción de condena. Por una agresión sexual con agravantes todavía te quedarían por cumplir diez años más tirando por lo bajo.

—El caso es que tú estarías igual de jodido por asociación si te vieran conmigo.

—¿Y crees que me importa un bledo?

—Eso ya es cosa tuya, pero yo no pensaba ponerte en ese papel.

Bomba no pudo menos de sentirse conmovido por la lealtad que le profesaba aquel hombre, sobre todo después de tanto tiempo.

—Gracias, hermano.

—No hay de qué.

—¿Necesitas algo? ¿Dinero, un sitio en el que quedarte…?

—Qué va, estoy bien.

—Y una mierda. No me digas que estás bien después de casi siete años en Leavenworth.

—¿En serio no me ves bien?

Bomba volvió a reír.

—Sí, eso sí hay que reconocerlo. —Tras guardar silencio unos instantes, añadió—: No tenía ni idea de que hubieses salido. Tenía que haber seguido tu caso más de cerca. Lo siento. ¿Estás en libertad condicional?

Culebra asintió.

—Preso ejemplar. Me he pasado el tiempo leyendo, pajeándome y haciendo ejercicio, aunque no te lo he dicho por orden de importancia.

—Sí —dijo Bomba con otra carcajada—, el trabajo es lo primero.

—No lo sabes bien, hermano. De todos modos, no te preocupes, que ya sé que estás mal de tiempo. Joder, macho. Diputado, nada menos. Es que todavía no me lo creo.

—Sí, yo a veces tampoco.

—Tu viejo tiene que estar orgulloso de ti.

Prefería no hablar del Almirante. De hecho, si podía evitarlo, prefería no pensar siquiera en él.

—No es fácil saber lo que piensa ese hijo de perra —repuso—. Nunca ha sido precisamente pródigo con los elogios.

Volvieron a guardar silencio. La noche estaba muy tranquila; el cielo, tachonado de estrellas. Sentaba bien estar de nuevo con Culebra. Los dos solos, alejados de todas las mierdas…

—Trae buenos recuerdos, ¿verdad?

—¿Este sitio?

—Sí.

Bomba no podía negarlo, aunque tampoco es que quisiera.

—Desde luego.

—¿Te acuerdas de aquella que trajimos de El Centro hace ocho años?

—Aquella hispana bajita —asintió con aire nostálgico—, Camila. ¡Joder, qué delicia!

—¿Sabes que la llamé?

Bomba lo miró a los ojos.

—¿En serio?

Culebra se encogió de hombros.

—Nos quedamos con su móvil, ¿te acuerdas? Supuse que cambiaría de aparato, pero no de número, así que me lo aprendí de memoria. Cuando salí, robé un teléfono y la llamé.

—¿Y cómo la notaste?

—Muy dulce.

—¿Qué le dijiste?

Culebra sonrió.

—¿Tú qué crees?

Bomba le devolvió la sonrisa pensando en la mejor canción que se hubiera escrito nunca, la que había sido su banda sonora desde el instituto; la que Culebra y él no se habían cansado nunca de hacer sonar.

—«Let the Good Times Roll».

Culebra dejó escapar otra carcajada.

—¡Qué poco me gusta ser tan previsible! Pues sí, le canté una estrofita.

—¿Y qué dijo?

—En fin…

Bomba le dio un puñetazo juguetón en el hombro.

—¡Venga, hombre! ¡Cuéntamelo!

—La oí contener un grito —respondió Culebra riendo—. Parecía que se fuese a ahogar. Me trajo unos recuerdos… ¡Ya te digo!

Bomba sintió la boca seca.

—¿Y después?

—Ah, pues… colgó. Pero me reconoció. Le quedó claro que sigo pensando en ella, igual que ella sigue pensando en nosotros. Siempre se acordará de nosotros, sobre todo cada vez que oiga esa canción.

Estuvieron unos instantes sin decir palabra y Bomba tuvo que reconocer que llevaba mucho tiempo sin sentirse tan feliz.

—¿Lo echas de menos? —preguntó Culebra.

Bomba dejó escapar un suspiro.

—No mucho, solo a diario.

—Pero, claro, con lo de ser una figura pública y todo eso… ¡seguro que no puedes!

—Sí, el cargo tiene sus inconvenientes. Además, sin ti no sería lo mismo.

—Ni tan fácil.

—Exacto. Mira si no lo que te pasó a ti la primera vez que decidiste divertirte por tu cuenta.

Culebra sonrió.

—Tengo que contarte un secretillo, hermano. En realidad, no era la primera vez.

Bomba se dio cuenta de que tenía que habérselo imaginado.

—Da igual. El caso es que cuando se montó la de Dios es Cristo no estaba yo allí para cubrirte las espaldas.

—Tienes toda la razón y, desde luego, puedes estar seguro de que he aprendido la lección.

Volvieron a quedar mudos. De no haber sido por el hedor, habría sido una noche muy hermosa, con todas aquellas estrellas, el silencio y el desierto, vacío e interminable.

—¿Cómo va tu carrera hacia el Senado?

Por algún motivo, Bomba pareció abochornarse.

—No me digas que has estado leyendo las noticias sobre mí.

—Ya te he dicho que no había nada mejor que hacer en la trena. Mejor informarme sobre ti que pajearme pensando en ti, ¿no?

Bomba se echó a reír.

—Sí; desde luego, es más recomendable. De todos modos, creo que va todo sobre ruedas. Con sus altibajos, sus baches en la carretera y todo eso. En fin, ya sabes cómo son estas cosas.

—Leí que tuviste un problema con el movimiento Me Too por una chavala del instituto que decía que la violaste en una fiesta. El fortachón jugador de fútbol americano imponiéndose a una animadora menuda: todo un clásico.

—Sí. ¿Te lo puedes creer? Ahora se le ocurre airear una cosa de hace veintipico años…

Lo que estaba intentando hacerle esa guarra de Noreen era muy injusto. Sus asesores no dejaban de decirle que era normal que se mostrara indignado ante la prensa. ¿Qué hombre no lo estaría ante una mentira tan rastrera? Sin embargo, buena parte de todo eso se debía a sus dotes interpretativas, porque, claro, rastrero era sin lugar a duda; pero tampoco era exactamente mentira…

Culebra lo miró de hito en hito.

—No me digas que es verdad.

—¿En serio me lo preguntas? Pues claro que es verdad, coño.

El otro soltó una risotada.

—Te estaba tomando el pelo, hombre. Retrato del artista adolescente, ¿no?

Bomba se encogió de hombros.

—Sí, podrías llamarlo así… Lo que está claro es que me está dando más quebraderos de cabeza de la cuenta.

—Tengo entendido que ha recibido unas cuantas amenazas de muerte. Que ha tenido que esconderse y todo.

—Eso parece.

—Joder, señor diputado, debe usted de tener electores muy devotos.

—Puede que sí, aunque tampoco sé si va a ser de gran ayuda, porque ella sigue dando entrevistas.

—No sé. Yo diría que lleva ya… ¿cuánto, tres días sin conceder ninguna?

Bomba lo miró. Sabía que tramaba algo, pero no tenía muy claro qué podía ser.

—¿Adónde pretendes llegar, tío?

Culebra señaló hacia la masa de agua.

—Tengo el coche por ahí. Ven, que te quiero enseñar algo.

Caminaron hacia el sudeste, apartándose de las ruinas mientras hacían crujir con las botas la playa de raspas de pescado. La pálida luz permitió a Bomba distinguir lo que parecía una furgoneta aparcada en la orilla.

Se detuvieron al llegar a la parte trasera del vehículo y Culebra abrió las puertas de par en par. El interior estaba demasiado oscuro para ver nada. Culebra sacó una linterna en miniatura de un bolsillo, la ajustó para que no alumbrase demasiado y la dirigió al interior de la furgoneta.

En el suelo, tras una fila de asientos corridos, había una mujer atada y amordazada sin más ropa que un pañal y con los ojos desencajados por el terror.

Bomba necesitó un instante para comprender la escena.

—¿Es…? Joder, ¿es ella? ¿Noreen?

Culebra asintió con la cabeza antes de decir:

—Feliz Navidad por adelantado, hermano.

El corazón de Bomba empezó a latir con fuerza.

—¿Te estás quedando conmigo? ¿Como que «feliz Navidad»? Esto va a ser mi perdición, tío. ¿Qué coño se te ha metido entre ceja y ceja?

—¿Tu perdición? ¿Por qué?

Cielo santo, Culebra estaba como una cabra y, aunque esa era una de las cosas que más le gustaban de él, se había propasado. Aquello iba a acabar con su campaña senatorial. ¡Qué coño! Aquello iba a acabar con él.

—¿Cómo se te ocurre…? ¿Cómo se te ocurre hacer desaparecer a alguien que ha estado concediendo entrevistas y me ha acusado públicamente de violarla? Soy el primero al que va a interrogar la policía.

—¿Interrogarte sobre qué? Has dejado el móvil en casa como te dije, ¿verdad?

—Sí, pero…

—Entonces nunca has estado aquí. Y Noreen, tampoco. Tengo en la furgoneta un botecito hinchable que me he averiguado por veintitrés pavos en un Walmart de las afueras de Yuma, además de lastre y una cadena. En fin, lo de costumbre.

Noreen emitió unos sonidos amortiguados, desesperados, desde detrás de su mordaza y Culebra la miró y le dijo:

—¿Te acuerdas de lo que te he dicho sobre hablar, cielo? No querrás quedarte sin otra uña, ¿verdad?

Con todo, daba la impresión de que a Noreen le preocupase algo más que sus uñas, porque no dejaba de agitar la cabeza con aire frenético mientras trataba de decir algo.

—¡Qué lástima! Aunque no lo parezca, lleva días portándose estupendamente. En todo el viaje no ha dado un ruido. Solo he tenido que arrancarle una uña, pero eso fue justo después de encontrarla. ¿Escondida, dices? ¡Y una mierda! Todavía no ha nacido la zorra capaz de esconderse cuando el que la busca soy yo.

—No te enteras. Tengo a la prensa todo el día detrás de mí. Todavía no se habrán dado cuenta, porque suponen que se está escondiendo; pero, en algún momento, alguien anunciará su desaparición y los medios de comunicación no me dejarán ni a sol ni a sombra. «¿No le ha venido demasiado al pelo, diputado Kane, que su acusadora haya desaparecido sin dejar rastro?».

Culebra seguía con la minilinterna dirigida al rostro de Noreen.

—Joder, hermano, yo soy solo un exsoldado y, encima, expresidiario, y tú eres un diputado del Congreso de gran reputación y todo eso; pero, si a algún gilipollas con micrófono se le ocurriese insinuar siquiera que la desaparición de Noreen me ha venido de perlas, le diría: «Ni mucho menos, coño. Yo no saco ningún beneficio de esto, porque su desaparición me niega la oportunidad de enfrentarme a esa mentirosa de mierda y limpiar mi buen nombre».

Bomba miró la cara de Noreen. Resultaba delirante tenerla delante después de tanto tiempo, desnuda y atada, sobre todo porque ¿cuántas veces había fantaseado con una situación idéntica a aquella desde que había saltado a los medios hacía diez días?

—Además, ¿no tienes contactos? ¿No tienes a gente que puede sembrar rumores en la prensa? ¿Qué te digo yo? Lo de la desaparición es una treta publicitaria que se ha buscado para centrar en ti la atención, porque sabe que vas a demostrar que sus alegaciones son falsas. Ni se te ocurra disculparte. No cedas ni un palmo. Contraataca. Ponte a la ofensiva, hermano. Siempre lo hemos hecho así y siempre nos ha funcionado.

Bomba no dejaba de mirar a Noreen. Se había conservado muy bien. Hasta con el pañal se veía que había sabido mantener esas caderas delgadas que tan atractivas le habían resultado al conocerla. Ese era el tipo de caderas que siempre le habían atraído. Las tetas tampoco estaban nada mal, aunque quizá fuese en parte por cómo la había atado Culebra.

—Joder, tío —dijo como distraído—. La has envuelto como un puto regalo para mí, ¿verdad?

Noreen se retorció y quiso decir algo, aunque solo se oyó:

—¡Mmmpfff!

Culebra se echó a reír.

—Nos da igual, cielo.

Bomba se frotó la barbilla. Pensándolo mejor, a Culebra no le faltaba razón. Los periódicos decían que Noreen se había ido a vivir… a Denver, eso era, y él ni se había acercado a Denver. Joder, si, aparte de la temporada que había estado en Fort Carson, hacía ya más de una década, no había estado nunca en Colorado. Tenía siempre la agenda llena y era fácil demostrar dónde estaba en cada momento. Si Noreen había desaparecido hacía tres días en Denver, él no podía tener nada que ver.

—Me necesitas, hermano —dijo Culebra—. No me digas que es la única.

Ella sacudió la cabeza con violencia.

—¡Mmmpfff! —volvió a decir.

Bomba no apartaba la vista de ella. Le gustaba verla tan asustada. De hecho, empezó a sentir una erección. Tendió la mano y le pasó el dorso de la mano por la mejilla a Noreen, quien se apartó como aguijada por una descarga eléctrica. Él soltó una carcajada y la agarró por el mentón mientras clavaba su mirada en los ojos aterrados de ella.

—Noreen —dijo—. Sí que me has echado de menos. «Let the Good Times Roll», ¿qué te parece?

—¡Mmmpfff! —respondió ella—. ¡Mmmpfff!

—¿Empiezo a inflar el bote? —preguntó Culebra—. ¿Acabo con esto?

Bomba volvió a un lado y a otro la cabeza de Noreen, quien, por más que se resistió, no pudo impedir que la moviera a su antojo.

—No sé —dijo él sonriendo—. Yo diría que… la noche es joven todavía, ¿no?

Culebra rio y le dio una palmada en la espalda.

—Hermano, me has leído el pensamiento. —Se llevó la mano a un bolsillo y sacó un iPod—. Hasta había traído música… por si acaso.

Joder, ¿podía haber mejor amigo que Culebra? Bomba sonrió con la vista clavada en los ojos de Noreen.

—Claro que sí —concluyó—. Vamos a hacerlo. Que empiece la fiesta.