Viejos demonios
Capítulo 21
Bomba y Culebra estaban sentados al borde mismo del acantilado de Punta Ratkay y se pasaban una botella mientras escuchaban las olas romper en las rocas que se extendían a sus pies y contemplaban la luz de la luna que cabrilleaba en un Pacífico oscuro e infinito. La botella era de Culebra y Bomba sabía que no debía, porque había llegado en coche, y en plena campaña y con todo lo demás que tenía entre manos no podía permitirse dar positivo en un control de alcoholemia, pero, joder, sentaba tan bien relajarse así, como en los viejos tiempos, cuando todo les sonreía y no había que soportar aquella dichosa presión ni ningún otro problema…
Culebra volvió a dar un trago al whisky y soltó luego un largo suspiro.
—Tú sabrás —dijo tendiéndole de nuevo la botella a Bomba—, pero, en mi opinión, todo va según lo previsto. Vas ganando. ¿Para qué vas a querer parar antes de llegar a la meta?
«Para poder dejarlo yendo el primero», pensó él. Sin embargo, dudaba que su amigo alcanzase jamás a entender algo así.
Bomba bebió de la botella. ¿Cuántos tragos llevaba? ¿Cuatro? ¿Cinco? Había perdido la cuenta, pero, joder, llevaban ya allí… ¿quince minutos? Desde luego, tenía que dejarlo, pero se estaba demasiado bien allí. La brisa del océano en la cara, la luz de la luna y ese… velo que estaba poniendo el whisky en los contornos de su visión y su oído, nivelándolo todo y situándolo en perspectiva, eran lo que necesitaba en ese momento. Ojalá estuviesen de permiso en algún lugar y no tuviera que preocuparse por conducir o por que lo parasen, para poder seguir bebiendo y charlando de gilipolleces hasta que todo se esfumara y no tuviese que recordar nada.
—Oye —dijo devolviendo la botella antes de poder dar otro trago—, lo que hiciste con Noreen… Joder, hermano, eso fue épico. Y lo de Hope también. Pero esa periodista me dio un buen susto, ¿sabes?, cuando me preguntó si tenía algo que decir sobre aquella «coincidencia».
—Joder, pues no sé dónde ve la coincidencia.
—Venga ya, hombre. Dos compañeras mías de instituto, con una semana de diferencia… Una me acusa de violación y desaparece y a la otra la violan y la matan.
—Pero sabíamos que eso iba a pasar. Tú puedes demostrar que has estado haciendo campaña en California todo este tiempo.
—Sí, pero eso no va a impedir que la gente haga conjeturas.
—¿Y cómo sabe la periodista a qué instituto fue Hope?
—Eso no me lo dijo, pero sé que los de mi clase tienen un grupo cerrado en Facebook. Yo no estoy, porque ¿quién coño tiene tiempo para esas cosas?, pero algunos compañeros de entonces se pusieron en contacto conmigo cuando Noreen fue a la prensa, para decirme que se acordaban de ella, que estaba loca perdida, que tenía que ser fuerte y todo eso. Conque imagino que, cuando te encargaste de Hope, debió de oír la noticia alguien que seguía teniendo trato con ella y contárselo a otros. Acto seguido, toda la clase hablaría de lo mismo y quizá alguno llamó a la periodista… La madre que… Ya estamos otra vez con los putos rumores, como si hubiésemos vuelto al instituto.
Tendió la mano para hacerse con la botella, Culebra se la dio y él le dio un sorbo. Vaya si sabía bien. Y sentaba todavía mejor. Vaciló y a continuación la devolvió. Culebra bebió también.
—¿Y publicó algo la periodista?
—No. —Bomba recalcó su respuesta con un movimiento de cabeza.
—¿Lo ves? Saben que no tienen una mierda y que, si sacan los pies del plato, tu viejo les va a meter una denuncia por difamación que los dejará con una mano delante y otra mano detrás.
Su amigo se encogió de hombros.
—Aun así, no es bueno dar que hablar. —Oía rara su propia voz. Arrastraba las palabras y le sonaban como distantes—. Distantes y sonantes —dijo en voz alta antes de soltar una risotada.
—¿Y a quién coño le importa de lo que hable la gente? Lo que cuenta es lo que haces.
Bomba lo miró.
—La política no va así, hermano —repuso mientras remitía la risa—. Lo que cuenta la gente es la mitad de la historia.
Culebra dio otro sorbo y le tendió otra vez la botella.
—Vale, vale, pero tú lo has dicho: desde lo de Noreen, se han disparado las contribuciones a tu campaña y tus seguidores están tan encendidos por la conspiración que se ha montado contra ti que cualquier día bajan en tromba de las gradas para invadir el terreno de juego. Lo de Hope no ha afectado a eso. Normal. En todo caso, los habrá indignado todavía más.
Bomba volvió a dar un trago. Pretendía que fuese uno pequeño, pero no lo logró.
—¿Sabes qué? —siguió diciendo Culebra arrastrando también un poco las palabras—. Me voy a encargar de la tercera como hice con Noreen. ¿Cómo decías que se llamaba? Sherrie lo que sea, eso era. Sí, Sherrie. Haré que desaparezca la muy puta y luego, si alguien quiere ponerse a hacer hipótesis, sonará un poco a… oportunismo. Como si lo hubieran coordinado con el numerito de la desaparición de Noreen y quisieran aprovechar…, en fin…, la politización de lo de Hope Jordan, lo de intentar usar una tragedia familiar como arma contra ti. ¿Es así o no es así?
Bomba dio otro trago, aunque más modesto que el anterior. Perfecto, todavía controlaba.
—O míralo así si quieres —añadió su amigo, que subrayó su punto de vista hundiéndole un dedo en la carne—. Imagínate que no me encargo de Sherrie y que se lo cuenta todo a la prensa como temes que termine haciendo. Entonces sí que será demasiado tarde para hacer nada. Te denuncian dos mujeres y las dos desaparecen, y, encima, esta será la tercera en total… ¡Qué quieres que te diga! Ahí sí que no vas a poder evitar que se salgan de madre los rumores, las figuraciones y todo eso. ¡Y a ver cómo vuelves a encauzarlo! Cuando llegue ese momento, mirarás hacia atrás pensando: «Joder, cuánta razón tenía mi gran amigo Culebra cuando me dijo que debía adelantarme, asumir un riesgo menor a cambio de un bien mayor y no un riesgo mayor por un bien menor. Ay, Dios, si le hubiera hecho caso. Muchos estudios no tendrá, es verdad, pero tengo que reconocer que tampoco es ningún zopenco».
Bomba se echó a reír. No podía haber nadie en el mundo que lo entendiese mejor que Culebra. Su amigo se puso en pie, se acercó más aún al borde, se bajó la bragueta y meó por el acantilado. Las rocas del suelo estaban demasiado lejos para oír caer el líquido y, además, las olas hacían mucho estruendo al romper.
Viéndolo de espaldas, apenas visible al resplandor de las farolas distantes, Bomba reparó en que lo único que tenía que hacer era ponerse en pie, dar un paso al frente y empujar con fuerza. La gente a veces se caía de esa manera. Por eso había señales que advertían a los transeúntes: «Peligro», «Rocas inestables», «Aquí han muerto visitantes» y cosas así.
Sacudió la cabeza. ¿Qué coño estaba pensando?
Un momento después, Culebra volvió a subirse la cremallera y se sentó de nuevo. Bomba le tendió la botella. Él la volcó, dio un trago y exhaló a continuación un suspiro largo y satisfecho.
—Sí —dijo—. Voy a hacer desaparecer a la tercera. Si alguien se pone a largar, sonará a que se está aprovechando de la situación para desacreditarte. En ese caso, los que te apoyan se pondrán hechos una furia. Las elecciones son de aquí a dos semanas. A esas alturas serás el nuevo senador por Calipornia y ¿a quién coño le va a importar una mierda entonces?
El sonido de las olas que rompían se había vuelto más suave, hipnótico. Daba la impresión de fundirse con el cabrilleo de la luna en el agua, la oscuridad del cielo sobre sus cabezas y la crisálida hermosa y desdibujada que se había instalado tras los ojos de Bomba y había rodeado por completo su cuerpo.
—Vale, tío —dijo—. Qué coño. Hasta ahora has acertado. Joder, si me das mejores consejos de relaciones públicas que mis putos asesores.
Culebra lo miró y Bomba pudo ver la gratitud que asomaba a sus ojos ante alguien que lo valoraba no solo por sus habilidades, sino por su cerebro. Entonces, se acercó hasta estar al lado de él y le echó un brazo por encima del cuello fingiendo que le hacía una llave de cabeza. Bomba sintió su aliento caliente en la cara y el olor a whisky que emanaba.
—Sabes que lo hago porque te quiero, tío —dijo Culebra—. ¿Verdad?
El diputado asintió.
—¿Dónde vive? Sherry, quiero decir.
—En Kanab —respondió Bomba con la mirada perdida en la negrura del agua.
—¿Kanab? ¿Y eso dónde coño cae?
—Al suroeste de Utah, un poco más al norte del Gran Cañón.
Culebra soltó una carcajada.
—¿En serio? Eso está a…, ¿cuánto?, ¿a ocho horas del lago Saltón?
Bomba también rio sabiendo que aquel loco hijo de perra se había decidido a hacerlo. Y que le daba igual todo.
—Tengo una idea —dijo Culebra—. Cuando la recoja, en vez de desperdiciarla, te la traeré como si fuera un repartidor de pizza. ¿Te parece? Como hice con Noreen. Pero, claro, me tienes que guardar un trozo.
Su amigo volvió a echarse a reír. No podía negar que estaba como una cabra, pero… Bomba lo quería más que a nadie.
—¿Podrás acercarte? —preguntó Culebra—. Quiero decir, con la campaña y todo eso.
Bomba lo miró a los ojos. ¿Cómo lo llamaban? Una serendipia, ¿no?
—Pasado mañana, por la noche, tenemos un acto para recaudar fondos en Palm Springs.
—¡No jodas! Eso está a una hora del lago, hermano. ¡Es perfecto!
Bomba siguió riendo. Sabía que estaba demasiado borracho para conducir, pero ya le daba igual. Le daba igual que lo parasen por ir bebido y todo lo demás.
—Nuestro querido lago Saltón —dijo.
Culebra se alborotó el pelo.
—Y que lo digas, coño —aseveró entre carcajadas—. Que empiece la fiesta…