Viejos demonios

Barry Eisler · Capítulo 17 de 51

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Viejos demonios

Capítulo 16

 

 

Una hora más tarde, Livia estaba de nuevo en la comisaría. Habría querido pasarse por su altillo de Georgetown para cambiarse los pantalones, que tenía mojados y manchados de hierba; pero ya había estado mucho tiempo fuera, de modo que había vuelto corriendo del cementerio y había hecho parada en un Safeway para comprar una bolsa en la que poder meter el maletín y la HK. Pese a la paranoia que le provocaba la posibilidad de llevar encima dispositivos de rastreo, el dron, si es que era eso, tenía la batería a la vista — no dudó en quitársela— y la tableta estaba apagada. Compró unos cuantos artículos inofensivos, que pagó en metálico, y los colocó en la bolsa de tal manera que ocultasen la pistola y el maletín.

Por supuesto, acababa de salir del ascensor y se dirigía a su cubículo cuando salió Strangeland de su despacho y, mirándola de arriba abajo, alzó las cejas para preguntar:

—¿Te has caído al estrecho de Puget?

Tan predecible era su mala suerte que hasta podría haber encontrado graciosa la situación. Con una sonrisa sardónica respondió:

—Algo así.

—En serio, ¿qué te ha pasado? Estás como si te hubieras lanzado de cabeza para alcanzar la tercera base en Safeco Field.

—Me ha sorprendido la lluvia y se ve que he elegido un atajo poco apropiado.

—¿Dónde?

—En el Huerto Comunitario.

Se refería al que había en el distrito internacional de Danny Woo, media hectárea de terrazas de cultivo que cuidaba un grupo de ancianos asiáticos residentes en la zona. Caía a poco menos de un kilómetro al sudeste de comisaría y era un lugar excelente para dar un paseo, al menos con buen tiempo.

Strangeland soltó una carcajada.

—¿Has decidido plantar tu propio kale?

A Livia no le gustaba aquella risa. Resultaba demasiado encantadora y, además, la conversación ya se había prolongado más de la cuenta.

—Sí. No se lo digas a nadie, no vaya a ser que quieran todos que les traiga.

La teniente podría haber seguido insistiendo de haber querido y, aunque Livia tenía respuestas preparadas, lo cierto es que no eran ninguna maravilla. Sin embargo, tal vez su superior prefería no saber nada en el fondo, porque se limitó a decir:

—Con que tengas cuidado de no resfriarte…

La inspectora, por supuesto, no pasó por alto el doble sentido y, por un segundo, la magnitud de lo que acaba de hacer y de lo que había estado a punto de ocurrir en el mirador penetró en su conciencia tras romper las barreras que lo contenían.

Lo apartó de su cabeza, convencida de que el truco estaba en no pensar en ello. Little podía liberarse o no del cadáver: eso era ya asunto suyo. Lo mejor que podía hacer era centrarse en su labor policial. En su trabajo. En su vocación.

Que, curiosamente, era lo menos peligroso de cuanto hacía.

Miró el móvil. Tenía un mensaje de la señora Cuero, que quería saber si había averiguado algo. «Sí —pensó—, aunque no tengo muy claro de qué se trata». De cualquier modo, trataría de decirle algo… más tarde o más temprano. La idea de dejar a nadie varado en la clase de infierno que había tenido que soportar ella misma con Nason le resultaba insufrible.

Tenía otro mensaje, aunque por la línea de la comisaría.

Era de una mujer que decía tener información sobre el violador al que habían vinculado a tres ataques gracias a las pruebas de ADN. Un hombre que respondía a la descripción recogida en los archivos de la policía de Seattle se había ofrecido a llevarla en su todoterreno bien entrada la noche hacía un año en Capitol Hill. Ella había declinado y no había ocurrido nada, pero sospechaba que podía tratarse de la misma persona.

Se trataba de una buena noticia. Aunque habían preferido no hacerlo público a fin de no condicionar el testimonio de los posibles testigos, el hombre al que estaban buscando usaba una frase característica cuando se dirigía a sus víctimas: «Hola, ¿qué tal? Me da que no te vendría mal que te acercase a algún sitio…». En comisaría, de hecho, habían empezado a referirse a él como el violador Hola Qué Tal. Tenían la esperanza de que hubiese alguien más que recordara haber recibido una proposición así de un hombre que coincidiese con la descripción física que tenían y usase la misma frase. Con un poco de suerte, podía ser que dieran con un detalle decisivo o se revelara alguna faceta nueva de su modus operandi que los llevase a una prueba nueva y, a la postre, al mismísimo señor Hola Qué Tal.

Livia llamó a la mujer. Se llamaba Amy y trabajaba de camarera en un local de Capitol Hill llamado The Pine Box, «la caja de pino», en parte por haber sido antes un depósito de cadáveres el edificio en que se encontraba. Entraba a las tres, pero podía quedar con ella antes. ¿En el Ghost Note Coffee, a la vuelta de la esquina de The Pine Box? Perfecto. Entonces, nos vemos de aquí a quince minutos.

Livia salió hacia el ascensor con la bolsa de la compra en la mano. De camino, no omitió detenerse delante del despacho de Strangeland.

—Puede que tenga una pista del violador Hola Qué Tal —anunció—. Una mujer dice que hace un año intentó llevarla en su coche un hombre que encaja con la descripción. He quedado con ella ahora.

La teniente miró la bolsa antes de hacer un gesto de aprobación con la cabeza.

—Mantenme al tanto de lo que averigües —le dijo.

Livia asintió y siguió adelante. No había pasado por alto que a Strangeland le había llamado la atención la bolsa de la compra y sabía que debía de tener un par de preguntas que hacerle, aunque, de entrada, prefería dejarlo así. Con todo, era probable que cambiara de opinión y la inspectora no podía permitir que ocurriese tal cosa.

En el aparcamiento subterráneo apagó el teléfono, se montó en el Jeep y salió. Giró al nordeste por James, accedió a la Séptima Avenida por debajo del paso elevado de la I-5 y, tras tomar por Hubbell, llegó a Pike. Aparcó en un callejón situado frente al Starbucks con tostadero, sacó de la bolsa los artículos que había comprado y la HK, encendió el móvil desechable de Little y fotografió lo que había sacado del maletín. A continuación, se conectó a la señal wifi del Starbucks, abrió Signal y llamó a Kanezaki.

Él respondió de inmediato, haciendo honor a la costumbre que recordaba de sus colaboraciones previas.

—¿Reconoces mi voz? —preguntó ella.

Hubo una pausa.

—Creo que sí.

—Bien. Tengo algo que puede interesarte.

—Muy bien.

—No sé qué es exactamente, aunque tú a lo mejor sí.

—Pero ¿me interesa a mí o más bien a ti?

Carl le había advertido que la información era la moneda de cambio de Kanezaki y que no hacía nada sin esperar algo a cambio.

—Todavía no lo sé. Espero que nos venga bien a los dos. ¿Te puedo enviar unas fotos?

—Adelante.

Lo hizo y, tras un instante, lo oyó decir:

—¿De dónde leches has sacado eso?

Sintió una ligera descarga de adrenalina. Su interlocutor ni siquiera había hecho nada por ocultar su sorpresa.

—¿Sabes lo que es?

—Mmm… Sí. ¿De dónde lo has sacado?

—De un hombre que tenía intenciones de usarlo contra mí de una manera o de otra.

—¿Cómo que «de una manera o de otra»?

—Es que no sé lo que es. ¿Un dron?

—Sí, es un dron, de los llamados Azrael. Espero que lo hayas manipulado con cuidado, porque lleva un explosivo en el morro, una bomba de fragmentación.

—¿Qué?

—¿Quién era el hombre al que se lo has quitado?

—No lo sé. Me estaba siguiendo. Conseguí acercarme a él por detrás y lo vi preparar algo dentro de un maletín. Cuando me vio, fue a sacar una pistola.

Kanezaki no respondió y, durante un momento que pareció una eternidad, Livia se preguntó si no habría metido la pata al ponerse en contacto con él. ¿Y si el desconocido al que acababa de matar era colega suyo? Kanezaki la había ayudado a atrapar al violador del parque y Carl confiaba en él, pero…

Se obligó a no pensar en ello. Ya tendría tiempo de considerar aquella posibilidad. Por el momento, se había decidido a ejecutar una proyección y sabía que arrepentirse a mitad de camino equivaldría a acabar ella misma arrojada de cabeza al tatami.

—Déjame que te explique —dijo él—. Ese dron es un prototipo. Existen solo tres y pertenecen a un programa que está controladísimo. De hecho, ni siquiera yo debería saber de su existencia, aunque no te voy a decir cómo estoy al tanto de ello.

Eso tampoco necesitaba saberlo Livia. De todos modos, imaginó que se debía al afán de Kanezaki por estar al tanto de todo. Se preguntó fugazmente si no lo habrían traicionado en el pasado. Si era ese el motivo, había que reconocer que la impresión le había durado mucho.

—¿Y los usáis para… asesinar a gente?

—Todavía no los usamos para nada. Aunque, sí, será lo siguiente que se emplee para hacer «descartes», que es como preferimos llamarlo. Los drones se crearon para llevar dispositivos de vigilancia, pero, naturalmente, a alguien se le ocurrió que quizá también podían llevar misiles. Entonces llegó el 11-S y los de S&T, el departamento de Ciencia y Tecnología de la CIA, es decir, el escuadrón de los frikis, atornillaron directamente un par de misiles Hellfire a uno de los primeros modelos de Predator y volaron con ellos un camión cargado de objetivos de gran valor en Yemen. Aquel fue el pistoletazo de salida de la guerra de los drones, que después de aquello se centró en la autonomía de vuelo, la precisión y la potencia de fuego. Al Predator lo sucedió el Reaper.

Pensó en los chistes que habría hecho Carl con todos aquellos nombres: «fuego del infierno», «depredador», «la de la guadaña»… ¡A saber qué otras denominaciones se le habrían ocurrido! Aquello hizo que lo echara de menos. A él y cómo la hacía reír, y lo segura que se sentía a su lado.

—Pero eso ya es cosa del pasado —prosiguió Kanezaki—. Hoy se trata, sobre todo, de hacerlos cuanto más pequeños mejor.

—Sabía que los hacían del tamaño de un pájaro. Así es como encontró Dillon a Carl… a Dox en Tailandia. Pero es que este… Si lo llegan a reducir un poco más, en vez de con un pájaro lo compararía con una libélula.

Kanezaki no dijo nada y ella reparó en que ya debían de estar desarrollándose drones del tamaño de un insecto.

—¿Cómo funciona? —preguntó Livia.

—¿Qué quieres decir?

—¿Lo llevas volando hasta tu objetivo y lo haces saltar por los aires?

—Más o menos. Un misil Hellfire echa por los suelos todo un edificio y aquí estamos hablando de un rastro… mucho más discreto. A más de un metro y medio no es seguro que mate, aunque podría cegar a alguien. Ahora sí, acércalo a menos de esa distancia del objetivo… y lo dejas frito.

—¿Y si el objetivo son dos personas que están una al lado de la otra, manteniendo una conversación?

—Por descontado. Lo único que hay que hacer es colocarlo en medio de las dos. Es preciso y discreto como un tirador de precisión y requiere muchísimo menos adiestramiento y talento. Además, es más versátil, porque lo manejas a distancia y ni siquiera necesitas tener a la vista tu objetivo. Puede ir a todas partes, doblar esquinas, entrar por una ventana…, cualquier cosa que se te ocurra.

—Y me has dicho que solo hay tres.

—Eso es.

—¿Puedes decirme quién tiene acceso a ellos?

—¿Y tú? ¿Puedes decirme en qué te has metido para que quienes tienen acceso a ellos quieran usarlos contra ti?

—Todavía no lo tengo muy claro.

—Bueno, pues cuéntame lo que sepas.

Livia no podía decir que desconfiase de él, pero tampoco le hacía gracia dar el primer paso. De todos modos, no tenía otra alternativa. Con lo que le había dicho y lo que había callado, Kanezaki había sabido dejárselo claro.

Lo puso al corriente de la información que tenía y, cuando acabó, él le respondió:

—No sé si el campamento de la Armada ha podido tener algo que ver, pero puedo decirte que el dron no era suyo. El personal de allí no tiene acceso a un arma así. Ni siquiera sabe de su existencia.

Percibió un leve atisbo de orgullo profesional en dicho aserto y quiso creer que sería consecuencia, más que causa, de su confianza.

—Vale, pero, entonces, ¿quién?

—No lo sé.

—¿Y puedes averiguarlo?

Hubo una pausa prolongada y Livia temió que le diría que no o pediría por ello un precio imposible: matar a alguien, traicionar a alguien… ¡A saber! En cambio, se limitó a responder:

—Quizá sí. ¿Estarías dispuesta a darme el Azrael?

Ella no tuvo que pensárselo.

—Todo tuyo —dijo.

—Perfecto. Guárdalo tú, como guarda el presidente el balón atómico. — Se refería al maletín con los códigos necesarios para poner en marcha un ataque nuclear por parte de los Estados Unidos—. No quiero que se pierda… y menos que caiga en las manos equivocadas.

—Entendido.

—Llámame de aquí a treinta minutos.

Livia vaciló antes de decir:

—Gracias.

—No me las des todavía —repuso él antes de colgar.