Viejos demonios

Barry Eisler · Capítulo 9 de 51

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Viejos demonios

Capítulo 8

 

 

Aquella misma noche, Livia paseaba con Little por una senda desdibujada del parque del Canal de Fremont, una franja verde que recorría la ribera del cauce navegable que separaba aquel barrio de Seattle del de Queen Anne.

A Little no le había molestado el retraso. Según le dijo, le importaba mucho más que tuviesen el mayor cuidado posible. De hecho, aunque se habían comunicado a través de dos móviles desechables, había usado referencias indirectas para darle a entender que debían encontrarse en la fábrica de los chocolates Theo de Fremont justo antes de la hora de cierre. Desde allí, habían caminado un poco hasta verse protegidos por la oscuridad que se extendía al borde del agua.

Avanzaban en silencio, creando nubes de vaho en el aire gélido. Livia se preguntaba a qué vendría todo aquello, pero había optado por esperar, porque no quería mostrarse impaciente. Little se detuvo al fin y la miró con vehemencia desde el otro lado de sus distintivas gafas de montura de pasta verde.

—Gracias por venir —le dijo—. Y perdona por tantas precauciones.

Livia echó un vistazo a sus espaldas. El parque estaba desierto.

—¿Qué ha pasado? —preguntó.

Hubo una larga pausa, interrumpida solo por los lengüetazos que daba el agua en la margen lodosa que tenían a la izquierda y el crujido de las hojas secas bajo sus pisadas. Livia tenía la sensación de que su interlocutor estaba intentando serenarse.

—Ya te he hablado de mi hija.

La hija de Little se llamaba Presley. Hacía unos diez años, cuando tenía quince, había desaparecido mientras se dirigía al supermercado de su barrio, a comprar palomitas para ver una película con sus padres. Little le había enseñado la fotografía que llevaba en la cartera de aquella chiquilla negra de cara agraciada y sonrisa radiante que rodeaba con los brazos el brazo de un padre jubiloso.

—Sí —contestó recelosa.

—También sabes lo que supone para mí, teniendo los recursos que tengo a mi alcance, no haber sido capaz de encontrarla ni de averiguar… lo que pudo ser de ella.

Llegaron al final del parque. Ante ellos se extendían, iluminados con focos de un blanco helado, los terrenos de la Lakeside Industries. Little se detuvo a la sombra de unos árboles y se levantó el cuello de la chaqueta de su traje, aunque no se la abrochó. Hacerlo le habría entorpecido el acceso al arma que, como bien sabía Livia, llevaba en una cartuchera a la cintura.

Él se volvió a mirarla. La penumbra moteada revelaba unos ojos grandes y afligidos. Livia no pasó por alto las bolsas que se habían formado bajo ellos y se dio cuenta de que aquel hombre no solo parecía cansado, sino más viejo que la última vez que se habían visto, hacía solo un mes.

—Los hombres que se la llevaron —dijo él al fin— han vuelto.

—¿Qué quieres decir con eso?

En realidad, lo que estaba preguntando Livia era: «¿Qué quieres de mí?».

—La noche que salió a alquilar esa película, Presley iba de camino al supermercado que había a ochocientos metros de donde vivíamos. A un lado había un arroyo y al otro, casas más retiradas. Empezaba a oscurecer y la gente volvía de su trabajo. En aquella carretera sinuosa no había mucho tráfico a esas horas y todavía menos transeúntes. Eran el lugar y el momento perfecto para secuestrar a una adolescente. O para que lo hiciese quienquiera que tuviese esa idea entre ceja y ceja.

Livia no dijo nada.

—Pudo ser alguien que actuaba en solitario —prosiguió él—, que aprovechó el momento y el lugar y, además, tuvo la suerte de que nadie notara que la estaba acechando, se fijara en una matrícula o un modelo de vehículo ni lo viera metiendo a rastras en un coche a una niña que se resistía.

Su voz se quebró y tuvo que hacer una pausa. Livia recordaba que le había dicho: «Dime, Livia, ¿cuánta gente podría mirarte a los ojos como estoy haciendo yo ahora y decirte: “Sé por lo que has pasado, por lo que estás pasando”? Pues bien, yo puedo. Y te lo digo». No se había equivocado. El problema estaba en que ella podía decir lo mismo.

Little se aclaró la garganta.

—Pero no fue nadie que actuara en solitario. Aquello no fue fruto de un impulso ni de la suerte.

La inspectora lo miró con gesto de cautela.

—¿Por qué dices eso?

—Porque me pasé los cuatro años siguientes viviendo prácticamente dentro de la ViCAP y otras bases de datos por el estilo. Con el tiempo llegué a identificar siete desapariciones similares. Existía un patrón que, además, no hacía pensar en una única persona. Eran dos hombres, que, además, no confiaban precisamente en la suerte: eran metódicos. Aquello no era ninguna afición para ellos, sino una verdadera dedicación.

La ViCAP era la base de datos del Programa de Detención por Crímenes Violentos del FBI, creada en 1986 y con sede en Quantico.

—¿Y por qué dos? —La policía que llevaba dentro hizo que Livia arrinconara momentáneamente otras preocupaciones. No tenía que preguntar por qué había dado por hecho que se trataba de varones, porque resultaba poco menos que insólito que aquella clase de delitos fuese obra de una mujer.

—Porque con uno no bastaría para llevar a cabo algo así de forma tan sistemática. Haría falta demasiada suerte. Sería imposible dominar el terreno, vigilarlo para que no hubiera testigos ni ningún otro problema. Además, sería preciso dedicarle mucho tiempo. Se trata de someter a una chiquilla que no va a dejarse, sujetarla, impedir que grite, meterla en el vehículo y, después de todo eso, salir de allí. Quizá te sea posible hacerlo una vez sin que te vean, y puede que hasta dos o tres; pero ocho… De hecho, tuvieron que ser más veces, porque tú y yo sabemos que, si había ocho casos en la ViCAP, tiene que haber por lo menos otros doce que no llegaron a registrarse.

Livia no ignoraba que tenía razón. La de la ViCAP era buena idea, pero eran tantos los policías locales que no se molestaban en dejar constancia de sus investigaciones en la base de datos que era fácil no encontrar en ella lo que se buscaba.

—¿Por qué dos —insistió, aunque conocía la respuesta— y no tres?

—Es posible, pero poco probable. Tres es un número poco estable y dudo mucho que haya tres hombres tan perversos y que, no obstante, consigan entablar una confianza mutua y colaborar con tanta eficacia durante tanto tiempo. ¿No lo ves tú así?

Sabía que estaba intentando hacerla partícipe, aunque, por desgracia, no lo necesitaba.

—Sí, por lo que me has contado, pienso lo mismo que tú, pero…

—No tengas miedo de herir mis sentimientos. Jamás. Lo que necesito es precisamente tu percepción.

Ella asintió, preguntándose qué querría él además de su percepción.

—Sería mucho más rápido, y mucho más fácil, matar a la víctima en el mismo lugar en que la encuentran. Algo así sería excepcional, pero no imposible, y si fue eso lo que ocurrió, sí que podríamos estar hablando de un lobo solitario.

Little negó con la cabeza y apretó la mandíbula. Tenía los orificios nasales hinchados y los ojos inyectados en fuego. Daba la impresión de alguien a quien le estuviera costando horrores contenerse, de alguien muy peligroso.

—Ninguno de los informes habla de sangre, de casquillos, de testigos que oyesen disparos… Para matar a alguien con tanta rapidez y sin dejar un solo rastro hace falta demasiada suerte durante demasiado tiempo. Esos dos no matan a sus víctimas en el acto, sino más tarde.

Livia volvió a mostrar su acuerdo con un movimiento de cabeza.

—Tiene lógica, pero ¿te estás basando solo en lo que has averiguado en la ViCAP?

—Claro que no. Cuando encontraba algo parecido a lo que pasó con Presley, llamaba por teléfono a los cuerpos de seguridad del lugar de los hechos. La mayoría de las veces, lo que sacaba en claro de la llamada hacía pensar que había dado con un falso positivo, pero, si los detalles me resultaban lo bastante prometedores, me trasladaba allí y hablaba con la familia de la víctima y con quien pudiera darme una pista. Examinaba el terreno. Todas las desapariciones habían ocurrido alrededor de la misma hora, cuando empezaba a anochecer, en un barrio tranquilo con pocas casas y un supermercado o una tienda de ultramarinos a la que la víctima adolescente se dirigía a pie. Nunca habían encontrado nada, ni ADN en el lugar de la desaparición ni cadáver siquiera. Lo único que había eran ocho niñas que habían salido a comprar al caer la tarde a una tienda de los alrededores y se habían esfumado como por arte de magia, raptadas por las únicas personas de este planeta que saben lo que le ocurrió a mi pequeña… porque son los dos desgraciados que se lo hicieron.

Livia se subió hasta arriba la cremallera del forro polar.

—¿Te importa si seguimos andando? No sabía que fuésemos a estar a la intemperie…

Él sacudió la cabeza como para despejarla.

—Perdona, se… me ha ido el santo al cielo.

Dieron media vuelta y volvieron a hacer crujir las hojas con el agua a su derecha. Desde luego, el agente especial estaba hecho un manojo de nervios. Iba a tener que andarse con cuidado con él, porque quien se está ahogando se aferra a cualquier cosa, aunque sea a la persona que ha ido a rescatarlo.

—No pasa nada. —Livia le miró el torso—. Es que tú vas más abrigado que yo.

Él soltó una risita.

—Y que lo digas. Yo antes tenía otras hechuras, ¿sabes? Pero sí, hace mucho que dejé atrás mis días de fútbol americano.

—Me has dicho que han vuelto. ¿A qué te refieres?

—A que las desapariciones siguieron produciéndose durante cuatro años después de la de Presley. Dos de ellas fueron anteriores y las otras cinco ocurrieron más tarde. Entonces… cesaron, sin más. Como si alguien hubiera apagado de pronto un interruptor.

—¿Has comprobado los registros de detenciones?

Little se volvió a mirarla.

—¿Con quién te crees que estás hablando?

—Intento no dejar ningún detalle atrás.

—Buena respuesta. Pero sí, joder, claro que he comprobado los registros. Fue lo primero que pensé: en algún lugar tenía que haber alguien detenido por algo remotamente parecido al secuestro de crías adolescentes. No encontré nada. No sé qué los haría parar, pero eso no fue.

—¿Y ahora han vuelto a las andadas?

—Sí. Y no, no hace falta que preguntes: he vuelto a rebuscar, esta vez en cada puta base de datos en la que se registran encarcelamientos y puestas en libertad. He mirado toda clase de delitos, hasta casos de evasión fiscal, coño. Todo lo que pueda explicar que esos dos, o uno de ellos, se hayan visto apartados de su actividad por haber estado entre rejas los siete años en cuestión. No hay nada que coincida. Sea lo que sea lo que los detuvo, no fue que estuviesen cumpliendo condena.

Siguieron caminando en silencio mientras Livia reflexionaba.

—Háblame de la última desaparición —dijo al fin, evitando adrede la palabra víctima para mantener cierto grado de distanciamiento crítico. Era muy consciente de que si manifestaba interés, alentaría a Little, pero tampoco veía más alternativa. Lo que más le preocupaba era la facilidad con que la estaba involucrando. Conocía su pasado y sabía qué cuerdas pulsar. Además, tenía mucha información comprometedora de ella. Hasta entonces no la había usado, pero ¿cuánto tiempo duraría su renuencia en caso de desesperación?

—Otra adolescente, hace dos semanas en Campo, en California. Y encaja en el patrón.

No creía que el patrón que había descrito Little fuese poca cosa, pero tampoco que bastara para convencerse de que los responsables fueran los mismos. El problema radicaba en que el agente especial quería creerlo. ¿Y cómo no? Estaba desesperado por dar con algo que pudiera relacionar con Presley, un bálsamo que mitigara en algo la ubicua agonía de fondo de no saber nada. Ella había conocido aquel horror durante dieciséis años y sabía hasta qué punto podía nublar el discernimiento de quien lo sufría. Lo difícil iba a ser encontrar un modo de hacerlo retroceder que superase las defensas de Little.

—Sé lo que estás pensando —dijo él—. Crees que estoy histérico, desesperado, que veo agua en el desierto porque me muero de sed.

Tenía que haber supuesto que él sería lo bastante inteligente para ver la situación desde el punto de vista de ella.

—Sí, porque sé lo que se siente —repuso con voz suave.

—Me parece razonable. Sin embargo, no es solo eso: la de Campo era india norteamericana. De las otras ocho, cuatro eran negras, tres hispanas y una india.

—Es verdad que ahora sí parece más que haya un patrón, pero…

—Déjame acabar. A las nueve, porque ahora ya van nueve, y serán más si no hacemos algo, las han secuestrado en un barrio modesto. ¿Qué te hace pensar eso si lo sumas al hecho de que todas pertenecían a distintas minorías étnicas?

Livia no pasó por alto que había dicho hacemos. Normalmente, esa clase de asociación forzosa la repateaba, pero, teniendo en cuenta el estado en que se hallaba Little, decidió hacer la vista gorda.

—Si yo —respondió— quisiera secuestrar adolescentes sin despertar más atención policial que la absolutamente necesaria, probablemente evitaría a las niñas blancas de barrios ricos…

—Eso es. Lo último que se te ocurriría sería llevarte a la hija de alguien que tuviera el dinero o los contactos necesarios para tirar de recursos policiales fuera de lo común.

—Aunque, en este caso, han tenido la mala suerte de topar contigo.

—Hasta que los encuentre no puedes decir eso.

En ese instante hubo un movimiento furtivo cerca del dique. Little se detuvo y observó con atención mientras metía la mano en la chaqueta. En la penumbra se dibujó un hombre de pocas carnes y bigote poblado con una mochila al hombro.

La inspectora posó una mano en el hombro de Little.

—Es un vagabundo —dijo—. Vamos.

Siguieron caminando. Livia lo miró.

—Perdona, pero tengo que asegurarme de que no te estás confundiendo.

—Ya te he dicho que lo entiendo de sobra.

—Cuando desaparece una adolescente y no hay pruebas de delito, lo más común es…

—Que se haya escapado de casa. Sin embargo, hay más de dos millones de casos así al año. Nadie los mete en el ViCAP. De todos modos, créeme: he descartado cientos de desapariciones voluntarias. Normalmente no he necesitado más de un par de llamadas para eso. Hablo con la policía local, los padres, los profesores, los entrenadores… Ya sabes cómo va esto: la mayoría de las veces es fácil leer entre líneas. En cambio, estas nueve crías, incluida Presley, no tenían problemas. Ninguna bebía ni se drogaba. No tenían tendencias suicidas ni enfermedades mentales… En fin, que no he encontrado los factores de riesgo habituales. Eran todas niñas buenas, con buenas notas y buena relación con sus padres. Algunas hacían deporte, trabajaban a media jornada o pensaban entrar en la universidad. Una de ellas hasta hacía labores de voluntariado en un hospital. Ninguna se escapó de casa: las raptaron. Y fueron los dos mismos hombres.

De nuevo echaron a andar en silencio. Era cierto que Little quería creer que tenía una pista y eso restaba credibilidad a su teoría. Pero ¿y ella? ¿Quería creer lo contrario? No le hacía ninguna gracia que la involucrase en aquello. No podía permitírselo después de la conversación que había tenido con Best y el consejo —el ruego, mejor dicho— de Strangeland. ¿No estaría buscando un modo de restar importancia a la tesis de Little para librarse de lo que fuese que quería de ella?

—Mira —dijo el agente especial—, si quieres, puedes dar los mismos pasos que he dado yo. Empieza con la ViCAP, cotéjalo con el Centro Nacional sobre Desaparición y Explotación de Menores, busca a niñas adolescentes que se hayan esfumado sin dejar rastro, descarta a las que se hayan escapado de casa y te quedarán los mismos nueve casos que tengo yo. Cada uno de ellos comparte demasiados parámetros con el resto para que podamos explicarlo como una coincidencia. Aunque hubiese obtenido un falso positivo o dos, ¡qué leche!, aunque la mitad de ellos fueran falsos positivos, está claro que hay un patrón común. ¿No lo ves? ¿De verdad no salta a la vista, aun teniendo en cuenta que el caso me atañe de manera directa? A ti te pasaba lo mismo con tu hermana y, sin embargo, al final conseguiste averiguar lo que le había pasado. ¿O no?

Si en cualquier otra circunstancia la habría sacado de quicio que alguien recurriera a la memoria de Nason para manipularla, el dolor agudo de Little resultaba tan palpable que su intento apenas la irritó.

—Hubo cosas que supe ver —repuso, haciendo lo posible por no recordar — y otras muchas que se me escaparon.

—Por supuesto. Seguro que a mí me está pasando lo mismo. Por eso necesito tu ayuda.

Se dio cuenta de que Little había previsto su respuesta y de que, de hecho, había caído directa en su trampa. Su angustia se asemejaba tanto al tormento que había sufrido ella misma que le estaba haciendo bajar la guardia como nunca.

—Yo no soy la persona más objetiva con la que puedas contar en lo que respecta a adolescentes desaparecidas —dijo tratando aún de buscar una vía de escape.

—Es que no quiero tu objetividad, sino tu ferocidad.

Había llegado el momento.

—¿Para qué?

—No puedo investigar el caso de la niña de Campo. Hice unas cuantas llamadas que me confirmaron que encaja con el patrón. De modo que pedí un permiso y me lo concedieron. Y, de pronto, se cerraron en banda.

—¿Cómo que se cerraron en banda? ¿Quién?

—Mi jefe, Ronal Tilden, el director del Centro de Trata y Contrabando de Inmigrantes del HSI. Conoce mi pasado y mis obsesiones y nunca me había negado un permiso. Eso es que pasa algo…

—Venga ya, B. D.

—No, Livia, créeme. No me estoy volviendo paranoico. ¿Crees que no sé lo mal que estoy? Llevo casi una década con esta situación, pero eso no quiere decir que no deba confiar por eso en mis instintos. Tengo muy claro que pasa algo. «Te necesito aquí, B. D., porque me tienes que ayudar con no sé qué mierda». ¡Ah, claro! «Andamos fatal de presupuesto, porque se lo llevan todo los de terrorismo islámico». ¡Que le estaba pidiendo unos días de permiso, no las dietas de un viaje! Además, me pareció que tenía miedo.

—¿Miedo de qué?

—¿Y yo qué coño sé? Lo que tengo claro es que alguien lo ha puesto sobre aviso. Puede que sea por las acusaciones que respaldé contra esos senadores en el caso de pornografía infantil. Con eso me gané unos cuantos enemigos, sobre todo porque saben, aunque nadie pueda demostrarlo, que era yo quien estaba tras las filtraciones que hicieron imposible a los políticos mirar para otro lado. Puede que sea por otra cosa. Todavía no lo sé.

—¿Eso explica lo de los móviles desechables y las demás precauciones?

—Sí.

—Crees que te están observando.

—Sí. Si no, ¿por qué iban a negarme el permiso?

—¿Y por qué iban a querer impedir que investigues la desaparición de una adolescente?

—¿Por qué quisieron impedir que investigaras tú una red de pornografía infantil? Pues porque suponía una amenaza para una serie de intereses que al principio no podías ver. De todos modos, en realidad es una buena noticia, porque, si tan preocupados están, si hay alguien que quiere pararme los pies, puede que se nos abra una línea de investigación muy interesante. Podría ser el paso más importante que haya dado nunca en todo este asunto. ¿No lo ves?

Era imposible discernir qué parte de lo que le estaba contando era real y qué parte respondía a algo que podía estar empezando a desmoronarse en su cabeza. Lo entendía perfectamente: en los dieciséis años que duró su búsqueda de Nason, había llegado a dudar muchas veces de su propia cordura, pero lo cierto es que había tenido motivos de sobra para hacerlo.

Se detuvo a meditar unos instantes. Quizá hubiese un modo de ayudarlo sin exponerse…

—El patrón del que hablas…

—¿Qué le pasa?

—Una vez oí hablar de un programa de espionaje, uno que utilizan en la CIA y puede que también en la Agencia de Seguridad Nacional para seguir el rastro a lo que compra una persona con todo lo que no sea dinero en metálico, los lugares a los que va, las personas con las que se reúne, a no ser que los que se relacionan con ella se dejen el móvil en casa, lo que busca en Internet y la gente a la que conoce y con la que mantiene contacto en las redes sociales. Es una herramienta muy poderosa.

Aunque prefirió callar cómo sabía esto último, lo cierto es que le había resultado de vital importancia a la hora de dar caza a un violador en serie que hasta entonces había conseguido actuar sin dejar rastro alguno. Sabía perfectamente que, en algún momento, Tom Kanezaki, su contacto en la CIA, le pediría algo a cambio de la ayuda que le había brindado gracias al programa. Y le daba igual: fuera lo que fuere, seguro que habría valido la pena.

—¿Te refieres a Guardian Angel o, como se llamaba antes, God’s Eye?

Livia lo miró sorprendida, aunque tal vez no debía asombrarse. De cualquier modo, cabía preguntarse si no se habría extendido su uso más allá de la lucha contra el terrorismo para aplicarlo al mantenimiento general de la ley y el orden.

—Sí.

—Ya lo he intentado. El problema es que el programa solo tiene unos años y los datos relativos a las ocho primeras desapariciones son más antiguos. Lo único que tengo para trabajar con el programa es la desaparición de Campo y el logaritmo con que funciona no puede hacer nada con datos únicos: necesita varios juegos para identificar pautas. Desde luego, si no conseguimos averiguar nada de lo que ha ocurrido en Campo a la vieja usanza, lo más probable es que se repita en cualquier otro lugar. En ese caso, nos podría ser útil Guardian Angel, pero entonces habremos perdido a otra adolescente.

Punto final. Se preguntó cómo le sentaría a Little la desaparición de otra cría si eso lo ayudaba a esclarecer lo que le había ocurrido a Presley o a atrapar a los que se la habían llevado. Podía imaginárselo, pero quizá fuera mejor no hacerlo.

—Lo que quieres, entonces, es ir a Campo y hablar con las autoridades locales, la familia y los profesores como sueles hacer. Reconocer el terreno e intentar descubrir una pista nueva que te permita avanzar en el caso de Presley.

—Exacto, pero no puedo. Me inventé una excusa para venir al centro de operaciones de la Agencia de Seguridad Nacional en Seattle, pero Tilden ya se sabe mis tácticas. Probablemente tiene aquí a gente pendiente de mis movimientos para asegurarse de que no me muevo de la ciudad.

Livia dejó de caminar. Se sentía atrapada. Bajó la mirada al dique y a las aguas que se agitaban en la penumbra. Llegaban a ella los sonidos del tráfico del puente de Fremont, pero el parque seguía estando desierto.

—Entonces, quieres que vaya por ti a Campo.

—Sí. No se lo puedo pedir a nadie más. No me fío de la discreción de ninguna otra persona ni de su competencia.

—Pues no podías haber escogido un peor momento. —Livia seguía con la mirada puesta en el agua—. Después de lo de París, la OGE y todo eso, mi jefa me ha puesto una diana en la frente. No deja de observarme ni de tentarme para reunir el mayor número de piezas posibles y pescarme. Mi teniente también tiene sus sospechas y me ha dicho que esté un tiempo sin llamar la atención… y no ya por mi propio bien, sino también por ella. Ahora mismo no puedo involucrarme. Lo siento, pero me es imposible.

—Mírame, Livia, por favor.

Sabía que si se negaba, haría patente que tenía el corazón dividido, revelaría su debilidad. Dejó escapar un largo suspiro y lo miró.

—Por favor —repitió él.

—Joder, B. D. Ya me dirás de qué voy a poder servirte si me despiden. O, ya puestos, si me meten entre rejas.

Little había empezado a negar con la cabeza antes incluso de que acabase de hablar.

—No hace falta que te explique cómo va esto, porque lo sabes muy bien. Llegas a un punto en el que lo darías todo, tu vida si fuera necesario. Te sacarías los ojos o te prenderías fuego solo por saber… por saber lo que pasó. ¿Dónde está? ¿Qué le hicieron? ¿Estará viva? ¿Dónde está su cadáver? Déjame que la entierre, déjame que tenga un último gesto de ternura con mi hija…

La voz se le quebró. Mierda. Quería ayudarlo, claro que sí. Pero no podía. En ese momento era imposible.

—No hace falta que te explique —insistió él— cómo es esta pena, este dolor, esta agonía. Ni siquiera soy capaz de echar el cerrojo y olvidarme: lo más que consigo es meterlo a empujones en una habitación que tiene una puerta pesada, pero sin cerradura. Y no hay un dichoso día en que no me tenga que apoyar en esa puerta para que se quede cerrada. En cuanto me relajo un segundo, se abre de golpe y sale en avalancha el dolor.

La inspectora volvió a apartar la mirada. Sabía que así estaría anunciando a los cuatro vientos su debilidad, pero también que, si seguía mirando aquellos ojos suplicantes y angustiados, acabaría por sucumbir.

—Por favor, Livia. Te lo ruego. Por favor, ayúdame a encontrar a mi niña. Por favor…

Ella no respondió.

—Yo te he ayudado, joder. Me lo debes.

No, esa clase de presión no era precisamente la más acertada. Sosteniéndole la mirada, replicó:

—Tú no me ayudaste: me utilizaste.

—Una cosa no quita la otra. Sin mí no habrías sido capaz de dar con el resto de los que traficaron con Nason y contigo. No habrías podido matarlos… como merecían que los matasen.

—Para eso me has querido desde el principio, ¿no? O al menos eso esperabas.

—Quería tenerte a mi lado, sí, pero si eso me pone en deuda contigo, ya pagué por adelantado.

Ella apartó de nuevo la mirada. ¡Dios, cómo echaba de menos una buena sesión de ejercicio físico que la ayudara a desahogarse!

—Un vuelo directo a San Diego —lo oyó decir— y, luego, en una hora de coche te plantas en Campo. Es solo un día.

Suspiró al darse cuenta de que se había estado engañando. Sabía que era incapaz de decir que no a una cosa así, por peligrosa que pudiera resultar. Esa era la forma que tenía de mantenerse fiel a Nason. ¿Y si lo único que estaba haciendo era racionalizar un comportamiento temerario? Imaginó que acabaría por averiguarlo.

Miró a Little.

—¿Y si no descubro nada?

Él alzó las manos en gesto de súplica.

—Pues no descubres nada. Lo único que te pido es que vayas a Campo. Nada más.

Sabía que él estaba convencido de que era así, del mismo modo que ella estaba convencida de que no lo era. En el fondo, le estaba pidiendo mucho más; más, quizá, de lo que ninguno de los dos podía sospechar en aquel momento.