Viejos demonios
Capítulo 15
Little observó a Livia alejarse y, al verla cruzar la calle y echar a trotar, se volvió para ocuparse de lo que tenía entre manos.
Fuera quien fuese, no cabía dudar de que el fulano estaba muerto. Había dejado de moverse, la boca se le había contraído y la porción de cuello que sobresalía por encima de la camisa se había transformado en un globo gigantesco y violáceo que lo hacía más semejante a una rana exótica de los Trópicos. No tenía claro si Livia le había partido el cuello o aplastado la laringe, ni pudo evitar, de nuevo, cierta oleada de admiración, gratitud y hasta una pizca de envidia.
Aprovechó que tenía la gabardina asida por las solapas para arrastrarlo hasta el denso matorral del lado occidental del mirador. Al llegar a la orilla de los arbustos, se detuvo y comprobó que Livia había desaparecido.
Miró a su alrededor. Por la calle de delante del cementerio pasaba algún que otro coche, pero no había peatones. Saltaba a la vista que el desconocido había elegido aquella escultura porque era un sitio ideal para esconderse. Entre eso y el mal tiempo, estaba convencido de que nadie debía de haber visto nada de lo que acababa de ocurrir.
Reflexionó unos instantes. Dado que no había habido disparos, no tenían que preocuparse por pruebas balísticas. Es más, dado lo copioso de la lluvia, dudaba que fuesen a encontrar indicios forenses de ninguna clase en el lugar de los hechos. De modo que no tenía motivo real alguno para no dejar el cadáver donde estaba. Cuando lo descubriesen, la policía local cotejaría sus huellas y registraría su ropa. Tal vez tuviesen su fotografía, y hasta su ADN, en alguna base de datos.
«Puedes averiguar algo, tal vez mucho».
Sin embargo, el médico forense determinaría el momento y la causa de la muerte… y Livia ya le había dicho en qué clase de marrón estaba metida en la comisaría, un marrón que, no podía negar, había empeorado él de un modo evidente. Se la imaginó volviendo a su puesto de trabajo empapada y llena de manchas de hierba y de barro. ¿Y si alguien relacionaba su aspecto con lo que iban a encontrar en el parque? Resultaba muy probable teniendo en cuenta su talento para las artes marciales y el estado en que se encontraba el cuello del cadáver…
No, no podía dejarlo allí. Tenía que hacerlo desaparecer. Lo rodeó, le metió una mano bajo un muslo y la otra bajo una de las escápulas y se estaba preparando para hacerlo girar y meterlo bajo los arbustos cuando oyó una voz interior que le insistía a voz en cuello: «Déjalo ahí y que lo encuentre la poli. Que investiguen. ¿No quieres resolver toda esta mierda? ¿No quieres encontrar a los hombres que se llevaron a Presley?».
Por un momento quedó petrificado, como atrapado en un purgatorio terrible, a horcajadas entre la rectitud y la desesperación. Sabía que se encontraba en una coyuntura complicada y que posiblemente no estuviera del todo en su sano juicio. Livia lo había intuido y no se había equivocado.
Sin embargo, nunca había estado tan cerca, tan puñeteramente cerca de saber lo que había pasado. Saber: no quería más. Saber lo que le había ocurrido a su niña, a aquel sol. Eso solamente. Con eso se sentiría satisfecho. Con eso estaría agradecido. «Pero, Dios mío, concédeme una hora a solas con los que lo hicieron. Sí, por favor, Dios mío. Concédeme eso y nada más. Por favor».
Intentó no imaginar lo que les haría. A veces se dejaba llevar por aquellas fantasías. Se veía con un soplete de soldador, una sierra de carnicero de cuarenta y cinco centímetros de hoja, un martillo percutor de veinte voltios… Y, a veces, las fantasías amenazaban con arrastrarlo al fondo del abismo. Había fines de semana en los que se detenía en una ferretería a sopesar distintas herramientas mientras se figuraba cómo las usaría. Había hablado con carniceros, obreros de la construcción y patólogos forenses para sonsacarles información relativa a los distintos útiles de sus respectivas profesiones, a su aplicación, a las ventajas y los inconvenientes que presentaban y a los motivos por los que preferían unos en lugar de otros.
En ocasiones, cosas así conseguían calmarlo, brindar un objetivo a su rabia desamparada y asfixiante, purgarla en parte. A veces se dormía arropado por fantasías de una precisión y un detalle extraordinarios sobre los dolores que podría infligir a aquellos hombres, los instrumentos de que se serviría y cómo los emplearía, el cuidado que tendría de no cometer ningún error que pudiese acabar de manera prematura con su sufrimiento, para que el castigo impuesto fuera lo más atroz y prolongado que pudiera concebirse.
Si es que algún día los atrapaba. Si es que tenía la ocasión.
Y en ese momento, quizá, quizá, solo quizá…, había dado con ella. Con todo, tenía que centrarse en cómo conseguirlo y no en el resultado final. Tenía que seguir las pistas paso a paso, hacer cuanto estuviese en su mano por apartar toda emoción y limitarse… a investigar.
Si lograba hacerlo, los encontraría. Seguro.
«Entonces, deja ahí el cadáver y que la policía haga su trabajo».
Tan poderoso era el deseo que sentía de escuchar aquella voz que, de hecho, gruñó del esfuerzo de apartarla de sí. Entonces empezó a llorar.
«Lo siento —pensó—. Lo siento. Lo siento».
Ni siquiera sabía a quién le estaba pidiendo perdón. ¿A Presley, por contenerse? ¿A Livia, por haber estado a punto de traicionarla…?
Qué más daba. Se sentía como si hubiese caminado hasta el borde mismo de un precipicio terrible y oscuro y, tras asomarse a él, hubiese conseguido, de un modo u otro, dar un paso atrás.
Al menos esta vez.
Cacheó al hombre, pero, aparte de un teléfono desechable Tracfone del que casi con toda certeza no podría averiguar nada, tenía vacíos los bolsillos.
Entonces metió los brazos con más fuerza bajo los hombros y las piernas del cadáver para medio levantarlo y medio empujarlo por encima de los arbustos y hacerlo desaparecer así entre una maraña de zarzas.
Permaneció allí un instante con la respiración agitada y, a continuación, se puso en pie, abrió el paraguas y se dirigió a la acera. Tenía el coche estacionado a la vuelta de la esquina. Cuando cayera la tarde volvería para arrastrar el cadáver hasta el maletero y deshacerse de él en un escondrijo más seguro. Toda la región de Seattle estaba salpicada de ríos y lagos. Lo único que tenía que hacer era encontrar el más adecuado y arrojarlo allí.
Por supuesto, antes tendría que llenarlo de agujeros para asegurarse de que se hundía para siempre y tal cosa significaba que tendría que hacer una visita a la ferretería. Al pensarlo se echó a reír en voz alta y no pudo sino preguntarse si no se estaría volviendo loco. Quizá sí, porque lo peor de todo era que le daba exactamente igual.