Viejos demonios
Capítulo 28
—¿Hope Jordan? —dijo el almirante casi con un gruñido—. ¿Y su hijo de dos años? ¿Tú estás gilipollas o qué?
El viejo estaba a poco más de un palmo de la cara de Bomba. Él quería apartarlo de un empujón, porque ya no era ningún niño y, encima, estaban en su casa, en su propio estudio, joder, pero se encontraba demasiado desconcertado y, aunque no le hiciera ninguna gracia admitirlo, demasiado asustado.
—No sé de qué…
—¡No me mientas, coño! —le espetó el almirante acercándose más aún y poniendo el índice a dos dedos de la nariz de Bomba.
Aquello no tenía buena pinta. Bomba no recordaba haber visto nunca a su padre tan furioso. Tenía el rostro encendido, escupía al hablar y parecía estar a punto de dar un paso atrás y asestarle una buena bofetada. Además, era muy raro que el almirante soltase palabrotas.
Kane padre apartó el dedo, pero mantuvo su actitud.
—Ha sido ese amigo tuyo, el degenerado de Culebra, ¿verdad?
Bomba parpadeó. ¿Cómo es que conocía a Culebra? ¿Qué era lo que sabía?
—¿Verdad? —exigió de nuevo en voz aún más alta.
El hijo se apartó de él, esperando a medias que intentara detenerlo. «Te juro por Dios que, como me pongas una mano encima, te dejo fuera de combate», pensó. Por suerte, el viejo debió de considerar más prudente no hacerlo.
Bomba se detuvo delante de la bandeja de licores dispuesta sobre un aparador. En ella había una botella de una partida especial de Jack Daniel’s, casi vacía a pesar de que la había rellenado hacía… ¿cuánto?, ¿tres días? Empezó a servirse una dosis moderada en uno de los vasos de la bandeja cuando pensó: «¡Qué coño!». Lo llenó hasta la mitad, dejó la licorera y medió de un trago lo que se había puesto. Cerró los ojos y tembló. «Joder, joder. ¡Cómo lo necesitaba!».
Entonces se volvió y miró al viejo a los ojos sintiendo el calor del whisky desplegándose en sus entrañas y extendiéndose hacia su pecho, sus brazos y sus pelotas. La mención inesperada de Culebra por parte de su padre lo había desconcertado, sin lugar a duda, pero, por uno u otro motivo, un segundo después resultó… tranquilizadora. Quizá fuese solo el recordatorio de que no estaba solo frente a su padre. Si lo desafiaba a él, los estaría desafiando a ambos y, ¡oye!, solo había que preguntarle cómo acababa aquello al reguero de moros que habían dejado muertos en el campo de batalla.
Se sorprendió sonriendo.
—¿Quieres un poco? —preguntó tendiéndole el vaso—. Está buenísimo.
El almirante lo miró de arriba abajo sin hacer nada por ocultar su repulsión, pero Bomba creyó ver algo más en su gesto, algo sorprendente y hasta estremecedor.
Miedo.
Una vez que lo había reconocido, se preguntó cómo no lo había visto antes. Al fin y al cabo, Bomba lo sabía todo del miedo. Lo había visto —lo había provocado, sí señor— en más rostros de los que nunca sería capaz de recordar. Y lo había saboreado. Sin embargo, nunca lo había visto en su padre y en aquel instante sintió una nueva avalancha de confianza y satisfacción que hizo quedar en nada el calor del whisky.
Inclinó el vaso y lo apuró de dos grandes sorbos antes de soltar el aire con ademán enérgico y eructar, sabedor de que el almirante odiaba semejante grosería.
El viejo hizo una mueca de desdén con la que consiguió enmascarar el miedo de manera momentánea, pero su hijo no lo había pasado por alto.
—¿Así es como piensas encarar la presión? ¿Arrastrándote hasta una botella con la esperanza de que desaparezca?
Bomba volvió a sonreír. De pronto, se dio cuenta de que hacía tiempo que no se sentía tan bien.
—Claro que sí. ¿Por qué no? Ya te encargarás tú de arreglarlo todo. ¿O no lo haces siempre?
—También te he cambiado unos cuantos pañales, Bradley, cuando tu madre estaba demasiado ocupada, pero no esperaba tener que seguir haciéndolo cuando tienes casi cuarenta años.
Bomba se echó a reír. La sensación le gustó tanto que le hizo reír más aún. Por lo general, al almirante le habría bastado con decirle que se sentía defraudado para desarmarlo, pero ese miedo que había visto en sus ojos, ¡Dios santo!, le había parecido hermosísimo. Ojalá lo hubiese advertido hacía años. Ojalá lo hubiese advertido siendo niño.
—¿Qué es lo que quieres, almirante? ¿Te has plantado aquí con el avión vicepresidencial para recordar aquellos días felices en que a veces me limpiabas el culo?
La verdad es que se le hacía chistoso. Además, ver los ojos del viejo desencajados por el horror ante aquella grosería no hacía sino mejorarlo. Bomba volvió a reír.
—¿Lo ves gracioso?
Saltaba a la vista que su padre intentaba parecer severo, pero Bomba había vuelto a percibir el miedo en su expresión. Dios, ¿cómo es que no lo había visto nunca hasta aquel momento?
—No —replicó sonriendo—, eres tú quien me parece gracioso.
El almirante meneó la cabeza. Bomba nunca lo había visto tan desconcertado. No sabía cómo debía interpretarlo, aunque sí que lo hacía feliz. Vació el resto de la licorera en el vaso.
—¿Sabes lo que habría sido gracioso? —oyó decir al viejo a sus espaldas —. Que no hubiese arreglado nunca tus estropicios, que no te hubiese sacado las castañas del fuego, que no te hubiese cambiado los pañales, ni literal ni metafóricamente, y te hubiera dejado cocerte en tu propia suciedad…
Bomba se volvió. Miró a su padre a los ojos y se encogió de hombros.
—Pues no me saques las castañas del fuego.
El almirante pestañeó y volvió a dejar asomar el miedo a su rostro, esta vez con más intensidad que hacía un minuto.
—En serio —dijo Bomba. Alzó el vaso en un falso brindis y dio un gran sorbo—, tómate unas vacaciones y olvídate de cambiarme los pañales. No te cortes: vuelve al avión vicepresidencial y vete a Washington a hacer lo que te salga de los cojones.
El viejo había dejado de parecer asustado para adoptar un gesto que rayaba en el horror.
—¡Ah, no, espera! —añadió Bomba con una sonrisa. Notó que había empezado a arrastrar las palabras. Perfecto—. No lo vas a hacer y yo sé por qué. Los dos lo sabemos.
—¿De verdad? —logró articular el padre en tono fulminante. Aun así, Bomba se sentía como nunca y la condescendencia del almirante, de costumbre tan poderosa como la criptonita, se hizo de pronto tan débil como el final de un chiste malo.
—Sí, almirante, de verdad. ¿Te acuerdas de todas las veces que, de niño, me dijiste que, cuando le debes un millón de dólares al banco, es problema tuyo?
El padre guardó silencio. ¡Por Dios todopoderoso! ¿Había habido nunca un sonido más hermoso que aquel?
—Claro que sí —prosiguió—, pero que, cuando lo que le debes son mil millones, el problema es del banco. Bueno, pues ¿sabes de lo que acabo de darme cuenta? De que tú eres el banco y yo te debo mil millones de dólares. —Soltó una carcajada ante la convicción de que aquello, de tan cierto, resultaba hilarante. Cuanto más lo pensaba, más le hacía reír.
El viejo lo observaba, cagadito de miedo.
—Necesitas ayuda, Bradley. Eso seguro que lo entiendes.
Bomba levantó el vaso para hacer otro falso brindis.
—Claro que sí, almirante, y sé que puedo contar contigo. Mil millones de dólares es mucho dinero. —Volvió a reír y dio otro trago generoso al whisky.
Kane padre permaneció en silencio con la mandíbula rígida y las narices hinchadas. Uno de los ojos se le entornó levemente.
—Quiero creer que no has tenido nada que ver con eso —dijo por fin—. De verdad que quiero creerlo. Que ya no eres un crío de dos años, por Dios bendito. Dime que ha sido solo ese mal bicho de Culebra y buscaremos la forma de arreglarlo.
El comentario lo cabreó.
—No es ningún bicho. En Irak me salvó el culo un montón de veces y no porque fuese un banco y yo le debiera una burrada de dinero, sino porque es mi amigo, mi mejor amigo.
—¿En serio? ¿De verdad ha matado a un chiquillo porque es tu amigo? ¡Qué reconfortante!
—¿Qué es lo que quieres, almirante?
—Que me digas dónde está.
—Se me ocurre algo mejor. En vez de eso, ¿por qué no te vas a tomar por culo?
El viejo volvió a ponerse rojo de ira.
—¿No te das cuenta de lo que te está haciendo?
—¡Protegerme!
—No está protegiéndote, sino allanándote el terreno. ¿Crees que no lo sé, que no sé lo de todas esas chicas? No las de Irak; me refiero a las de aquí.
Bomba lo miró y sintió de pronto que se le había pasado el efecto del whisky y, con él, toda la confianza y las ganas de reír. Se dio cuenta de que volvía a tener miedo, como lo había tenido siempre delante del viejo.
El almirante debió de advertirlo también, porque sonrió y dijo:
—Está bien, ya lo sé. Lo único que te mantenía alejado de todo eso era tener a ese degenerado entre rejas. En cuanto salió, volvió a contagiarte con esa cría de Campo, esa tal Hannah Cuero.
Bomba se estremeció.
—No sabes lo que estás diciendo.
—¿Ah, no? ¿Quién crees que fue el que te protegió de él? ¿Quién crees que lo mandó a la cárcel, imbécil, que no eres más que una mierdecilla consentida y ciega?
Kane hijo parpadeó. Trató de pensar con claridad, pero no se le ocurrió nada.
—¿Qué? —consiguió decir.
Por un segundo, el almirante dio la impresión de querer contenerse, pero a continuación debió de decidir que ya era muy tarde para retroceder, pues dejó escapar un largo suspiro y dijo:
—Tuve que separarlo de ti, Bradley, de las cosas que te estaba arrastrando a hacer en Irak y cada vez que volvíais a casa. Y funcionó, por Dios bendito. ¿No lo ves? ¿No te das cuenta de la influencia maligna q…?
—¿Que mandaste a Culebra a Leavenworth? —Notó una bruma roja que le nublaba la vista.
—Hice lo que cualquier padre…
—¿Le buscaste una condena por conducta deshonrosa? ¿Le quitaste la libertad, la reputación, la vida? Siete años casi. Si serás… Joder, me cago en… Te…
Agitado, dio un paso adelante e hizo retroceder al almirante. Tenía tantas ganas de estrangular al muy hijo de perra que le temblaban los brazos. De un modo u otro, se las compuso para decir:
—Fuera. —Sonó como un bufido.
—Dime dónde puedo encontrar…
—¡Fueraaa! —rugió Bomba.
La puerta se abrió de golpe cuando la hizo girar con una mano uno de los del servicio secreto mientras metía la otra en el interior de la chaqueta.
—Tranquilo, Ken —le dijo el almirante tendiendo la mano—. No pasa nada.
Bomba miró al guardaespaldas y luego al almirante.
—Y llévate a los pichaflojas de tus gorilas —dijo.
Ken tenía la vista clavada en Bomba, que giró la cabeza como la torreta de un carro de combate y le dedicó una sonrisa que era más una mueca.
—¿Quieres probar suerte conmigo, Ken? Pues venga, saca tu herramienta, que te la voy a meter por el culo hasta que llegues a darle un beso negro a la boca del cañón.
—No pasa nada, Ken —repitió el almirante—. Gracias por preocuparte. Danos solo un minuto más.
—Sí, Ken —añadió Bomba sin dejar de sonreírle—. Sé bueno y haz lo que te han dicho.
El interpelado apartó la mirada e hizo un gesto de asentimiento al almirante antes de salir y cerrar la puerta.
El estudio quedó de nuevo en silencio. Padre e hijo, enfrentados, se miraron sin decir nada. Tras un instante, Bomba volvió a sonreír. El repaso que acababa de darle a Ken le había sentado de maravilla.
—¿Pensabas que tenías un problema cuando lo único que te debía eran mil millones? —dijo ampliando aún más la sonrisa—. Pues reza por que no le cuente a Culebra que moviste los hilos para meterlo en Leavenworth, porque entonces sí que vas a saber lo que es un problema.