Viejos demonios
Capítulo 31
Livia miró por la ventanilla y vio el suelo alejarse a medida que ganaban altitud.
Como Little suponía que su jefe, Ronald Tilden, seguía pendiente de sus movimientos, tras una minuciosa labor de contravigilancia, habían alquilado un avión pequeño en el aeropuerto de Seattle-Tacoma para evitar que sus nombres quedasen registrados en el sistema de la Oficina de Aduanas. El coste era de 450 dólares por hora y el piloto, un tipo llamado Dan Levin que rezumaba la discreta competencia con la que querría contar cualquiera en la cabina, les había asegurado que no le importaba esperar en el lugar de la pista que deseasen siempre que entendieran que el taxímetro estaba en marcha. Little, aseverando que para eso tenía ahorrados 401.000 dólares, había aceptado sin dudarlo.
Livia había querido ponerse en contacto con la policía de Kanab, pero Little se había opuesto, resuelto como estaba a no llamar la atención ni hacer oficial ninguno de sus movimientos. Ella, sin embargo, le había preguntado cómo se sentiría si aparecía Culebra y se llevaba a Sherrie Dobbs durante el vuelo y Little había cedido al fin. En consecuencia, no bien despegaron, Livia usó el teléfono de conexión por satélite y llamó al jefe de la policía local, un tipo llamado Cramer que, por supuesto, quería saber de qué iba todo aquello.
—Es solo por prevenir —le aseguró la inspectora—. Estoy investigando un asesinato y la señora Dobbs tiene información pertinente. Dudo de que el sospechoso se encuentre siquiera cerca de Kanab, pero quiero tranquilizar a la señora Dobbs, porque la he notado asustada al hablar con ella por teléfono. De todos modos, tardaré unas dos horas en llegar allí.
—En fin, si estuviéramos en temporada turística, no sé si habría podido prescindir de nadie. Estamos seis agentes a tiempo completo en el cuerpo, si es que se le puede llamar cuerpo con tan pocos efectivos, aunque lo máximo que hacemos es poner multas de tráfico y echar a los que acampan sin permiso. Pero en esta época del año… Vamos, que no me importa plantarme yo mismo con el coche delante de la casa de los Dobbs. Un matrimonio muy agradable, por cierto. Se mudaron aquí hace unos años y abrieron una panadería que ya querrían tener ustedes en Seattle.
—¿Qué fue lo que los llevó a Kanab? —preguntó Livia sabiendo que siempre cabía la posibilidad de recibir información útil.
—Pues lo mismo que trae a cualquiera que no es de por aquí: la naturaleza de los alrededores. Estamos a un tiro de piedra de Grand Staircase-Escalante, el parque nacional Zion y el Gran Cañón. Además, la vivienda tiene aquí un precio asequible y la gente es muy agradable. Mi mujer y yo nos enamoramos de la zona cuando vinimos a hacer senderismo y escalada siendo universitarios. Estuvimos un tiempo viviendo en Coeur d’Alene y la verdad es que la zona es muy bonita, pero con todas esas urbanizaciones que están construyendo como si estuviesen en Hollywood, lo que llaman la californicación, un policía no puede permitirse comprar una casa. Así que aquí nos vinimos. Tengo una mujer maravillosa, dos críos adorables y a los treinta y dos años soy jefe de policía en una parte del mundo en la que nunca pasa nada malo. ¿Se lo he vendido bien?
Livia soltó una risita, aunque lo cierto es que sus palabras le habían provocado cierta inquietud. Tal vez se había excedido restando importancia al peligro que corría Sherrie Dobbs al exponerle la situación. Quizá tenía que haber pedido a Dobbs que fuese a comisaría y los esperase allí. No, la mujer estaba guardando reposo.
—Escuche, jefe Cramer…
Él se echó a reír.
—Tutéeme, por Dios. Aquí todo el mundo me llama Tom y a muchos hasta les cuesta llamarme agente.
—Está bien, Tom, lo de apostar un coche patrulla delante de la casa de Sherrie Dobbs es más por tranquilizarla que por protegerla, pero el hombre al que estoy investigando es peligroso. Tenéis que andaros con mucho ojo, ¿entendido? Me has dicho que estáis en temporada baja y eso es bueno. Si veis cerca de la vivienda de los Dobbs a alguien que no conozcáis o cualquier cosa que os resulte extraña, pedid refuerzos de inmediato.
Hubo una pausa.
—¿Tan grave es?
—El hombre al que estoy buscando… ha matado al menos a dos personas. Tiene formación militar y experiencia en combate. En Kanab no pasa nunca nada malo y eso es genial, pero, si tiene que pasar algo malo, ten por seguro que será por este tipo.
—¿Tienen una fotografía o una descripción de él?
Ella le había preguntado lo mismo a Fallon, pero él no había podido ofrecerle gran cosa:
—Blanco, de complexión delgada, un metro setenta y cinco de altura y quizá setenta y cinco kilos de peso. Eso es lo único que sé.
—En fin, algo es algo. Si es que aparece.
—¿Tienes un móvil al que llamarte?
Él le dio el número.
—Gracias —dijo ella—. De verdad que agradezco mucho la ayuda.
—A mandar. Nos vemos en casa de los Dobbs. De aquí a dos horas me ha dicho, ¿verdad?
—Más o menos. Gracias de verdad, jef… Tom.
Colgó. Ya habían dejado atrás el denso entramado urbano de la zona metropolitana de Seattle y empezaba a aparecer a sus pies el marcado relieve de la cordillera de las Cascadas. No estaba tranquila del todo. ¿Hasta qué punto podía disuadir a alguien como Culebra la presencia de un coche patrulla?
De algo serviría al menos. En el caso de Noreen Prentis, el agresor se había esfumado sin dejar rastro y en el de Hope Jordan, había hecho que pareciese un robo común a mano armada que había degenerado en algo peor, una trágica coincidencia, pero si dejaba un poli muerto delante de la casa de Sherrie Dobbs además de matar a Dobbs o hacerla desaparecer, les iba a resultar muy difícil buscar una explicación. En tal caso, sería imposible seguir sosteniendo que el caso de Prentis y el de Jordan no guardaban ninguna relación. No podían ser tan descarados.
Tenía que ser así, aunque, por descontado, no podía estar por completo segura.
«Kanab —pensó—, donde nunca ocurre nada malo».
Estaba dispuesta a hacer cuanto pudiese por que siguiera siendo así.