Viejos demonios
Epílogo
Un mes después, Livia estaba de nuevo en Kanab, esta vez con la Ducati, bajo un cielo infinito de color azul vivo y sintiendo en el traje de cuero la calidez del viento del desierto.
Pese a la insistencia de Strangeland en lo tocante a las vacaciones, había tenido mucho papeleo que gestionar, así como un buen número de interrogatorios con diversos organismos de las fuerzas del orden federales, estatales y locales, por no hablar del FIT y la comisión supervisora. Para colmo, se había liado la de Dios es Cristo entre los distintos cuerpos por la muerte de aquellos tres hombres de Utah y las distintas jurisdicciones que había en juego lo habían complicado todo considerablemente. Aun así, al final la habían dejado libre de toda sospecha. La atención mediática que estaba recibiendo por cortesía de Sherrie Dobbs no la hacía precisamente intocable, pero sí le había concedido cierto respiro ante sus posibles enemigos. Además, su negativa a conceder entrevistas no había hecho sino aumentar su estima. Una policía a la que no importase la publicidad y que se preocupara solo por salvar vidas resultaba digna de admiración. Al final, le concedieron un galardón al valor como había predicho —como había temido quizá— la jefa Best.
Kanezaki había afrontado con entereza la pérdida del dron. De hecho, le había asegurado que se alegraba de que hubiese sido útil, crucial, de hecho, a la hora de salvar a Sherrie Dobbs.
—¿No te da rabia que haya salido a la luz lo de Bomba? —le había preguntado ella.
—¿A qué te refieres?
—Ahora que se ha hecho público, ya no te será útil, al menos del mismo modo. Creo que, a fin de cuentas, yo he ganado mucho más que tú con nuestra colaboración. ¿O ya no eres espía?
Se hizo un silencio prolongado, tras el cual Kanezaki respondió:
—Sí, sigo siendo espía, pero también soy padre.
Tal vez lo decía con segundas intenciones, aunque Livia decidió tomarlo al pie de la letra.
—Me alegro de que llamases a Carl, quiero decir… a Dox.
—Créeme que yo también. Si me vuelves a necesitar, dame una voz, ¿vale?
Ella sonrió.
—Eres un buen hombre, Tom.
Después de otra pausa, él respondió:
—Hago lo que puedo.
Se lo había tomado con calma y en tres días había recorrido los mil ochocientos kilómetros que separaban Seattle de Kanab. El paisaje rural era precioso: bosques, montañas y, al final, el desierto; pero no un desierto árido como el del lago Saltón, sino uno con una clase de vida muy distinta, de cielos salpicados de nubes, cañones sinuosos y largas mesetas rojas dotadas de una paciencia intemporal y taciturna. El viaje en moto resultaba agradable y le daba tiempo para pensar.
Culebra había buscado la protección de un abogado, pero Bomba estaba colaborando con las autoridades. Se habían recuperado los restos de las adolescentes que habían hecho desaparecer, las nueve de la investigación y cuatro más que no habían llegado a recogerse en la ViCAP. A Presley la habían encontrado en el fondo del lago Needwood, en el parque de Rock Creek de Maryland. Al parecer, a Bomba y a Culebra les gustaba tener cerca una masa de agua por si se torcían las cosas. Little la había enterrado junto a su madre y desde entonces, siempre que no estuviera de viaje, había ido a visitarla a diario.
El vicepresidente Kane había dimitido («para centrarme en mi familia», había comunicado en la rueda de prensa convocada para anunciar que dejaba el cargo y la vida pública). Livia no podía menos de preguntarse, después de todo lo ocurrido en Kanab y el lago Saltón, cuánto tiempo sería capaz Culebra de mantener la boca cerrada antes de decidir que el almirante debía ir también a la cárcel, donde, además, lo tendría muy a mano…
Había llamado en persona a Grace Jordan, a Águila Gris Sánchez y a los padres de Hannah Cuero. Ninguno de ellos volvería a ser el mismo y Livia lo sabía, pero también sabía que era importante saber, sin más, qué había ocurrido y poder cerrar así un capítulo. Además, para gente como los Cuero o Little, y también para la propia Livia, revestía un gran valor el poder cuidar por última vez del ser querido, dar descanso a sus restos y honrarlos como se merecían.
Little había acudido a Seattle, para testificar, claro, pero también para hablar con ella.
—Te dije que sentía haberte metido en todo esto —le había dicho—, pero ahora no pienso lo mismo. Necesitaba encontrar a Presley más que nada en este mundo, más de lo que podré expresar nunca.
Livia asintió. Ella lo sabía bien y él era consciente.
—Y no lo digo solo por mí —siguió diciendo Little—. Hemos aliviado el dolor de mucha gente, ¿verdad? Además de evitar mucho más dolor.
Se alegraba de oírlo hablar así, porque en cierta ocasión le había confesado que, de saber con certeza que Presley estaba muerta, no dudaría en ponerle fin a todo él mismo.
—Ya te dije —repuso la inspectora— que yo no lo sentía.
Antes de despedirse de él, le preguntó si iba a estar bien.
—Creo que sí. Lo que hemos hecho… me ha sentado bien. No me refiero solo a lo de encontrar a Presley y a las otras crías, sino a lo de pararles los pies a esos degenerados. No quiero dejar de hacerlo. De hecho, tampoco creo que pueda.
Livia le preguntó por su jefe, Tilden. Cuando menos, había cometido obstrucción a la justicia y quiso saber si Little tenía pensado hacer algo al respecto.
—No. Quizá antes lo habría hecho, pero ahora… Tilden me da exactamente lo mismo. Además, me tiene miedo. Le asusta lo que pueda hacerle, y no solo en el plano profesional. Me puede resultar más útil donde está que bajo tierra.
Livia había asentido, feliz de que Little fuese capaz de verlo así, aunque a ella le habría resultado imposible.
Kanab estaba a apenas una hora de viaje del lugar del que le había hablado Carl, llamado Amangiri.
—La zona es muy bonita para recorrerla en moto —le había prometido— y al final del día dispones de un baño caliente con vistas a la puesta de sol del desierto. —Compartirían habitación durante cuatro noches. Solo de pensarlo se ponía nerviosa, como siempre, aunque también sentía cierto entusiasmo y, tal vez, felicidad.
No tardaría en llegar, si bien antes tenía que hacer otras dos paradas.
La primera era el cementerio municipal de Kanab. No había podido asistir al funeral de Tom Cramer, porque la había retenido en Seattle todo el jaleo posterior a los hechos; de manera que tendría que presentar sus respetos con retraso al hombre que había proporcionado pruebas póstumas para el juicio que se estaba preparando contra Culebra y, por extensión, para el de Bomba. Porque, al parecer, Cramer se había resistido antes de que lo matasen y le había agarrado la muñeca a Culebra con tanta fuerza que se había producido cierta transferencia de ADN. El testimonio de Sherrie Dobbs ya iba a ser devastador, pero aquel ADN sería un clavo más para el ataúd de Culebra.
El cementerio era una extensión de hierba situada al pie de una espectacular meseta roja y, por lo poco que le había contado él de lo que sentía por aquella región, supuso que habría estado encantado. Su tumba estaba adornada con docenas de ramos de flores, muchos de ellos recién cortados, por supuesto. Livia se arrodilló y puso una mano en la tierra que la cubría y en la que ya había empezado a brotar hierba.
—Ojalá no te hubiese llamado —dijo—. Lo siento.
Sabía que, algún día, alguien podría decirle lo mismo a ella y que, de poder, ella le respondería que no era culpa suya. También sabía que daría exactamente igual.
Volvió a la Ducati para hacer su última visita allí, en Kanab, para ver a Sherrie Dobbs y su marido… y a su pequeña, que tenía ya un mes.
Se habían mudado a otra casa, modesta, como la anterior, y alquilada con la ayuda de una campaña nacional emprendida a través de GoFundMe mientras reparaban la que había destrozado Culebra. La panadería del matrimonio se había convertido en toda una atracción turística. Por su situación económica, al menos, no tendrían que preocuparse.
Sherrie lloró cuando la vio llamar a la puerta. La abrazó con fuerza y a Livia no le importó. Tanto fue así que la abrazó ella también. Entonces su anfitriona la tomó de las manos y la invitó a pasar. La casa estaba envuelta en un delicioso olor a pan recién hecho.
Del dormitorio salió un hombre con una chiquilla en brazos. Livia lo reconoció por la tele: calvo, un poco regordete, de barba rala y los ojos azules más claros que hubiese visto en la vida. Era el marido de Sherrie. «Panadero —pensó la inspectora—, no puede negarlo».
Él le dedicó una sonrisa radiante.
—Yo soy Calder —se presentó—. Hemos hablado por teléfono. —Luego se volvió a la cría—. Mira quién ha venido, cariño. Dile: «¡Holaaa!».
La pequeña tenía los mismos ojos azules deslumbrantes de su padre, aunque, en ese momento, no parecía haber heredado su sonrisa, porque se puso a llorar como una descosida.
—Vaya, otra vez —dijo él antes de tendérsela a Sherrie.
Calder fue a la cocina y volvió con una bandeja de cruasanes. Se sentaron en la sala de estar y, mientras la madre amamantaba a su hija, hablaron del juicio contra Culebra y Bomba y del alivio que estaba siendo que los medios empezaran a dejarlos tranquilos. Sherrie sufría pesadillas, pero decía que tener que estar tan pendiente de la niña le estaba siendo de gran ayuda. Los cruasanes eran los mejores que hubiese probado nunca Livia, que adivinó enseguida a qué se debía el sobrepeso de Calder.
Con la tripita llena, el bebé había dejado de llorar y parecía estar a punto de dormirse. Sherrie miró a Livia.
—¿La quieres tener en brazos?
La inspectora no estaba del todo segura. Vaciló y su anfitriona añadió:
—Si ya os conocéis. De hecho, la tuviste en brazos antes que yo.
Livia pensó en Rick y en la niña llamada Lucy que, según le había contado siendo ella adolescente, había rescatado de recibir una paliza de muerte a los siete años. Lucy lo había llamado al cumplir los dieciocho para decirle que iba a ser enfermera, que nunca lo olvidaría ni olvidaría que no estaría viva de no ser por él. Miró a Sherrie y dijo:
—Vale.
La madre se puso en pie y, sentándose al lado de Livia, le tendió al bebé. Livia miró aquellos ojillos azules y se sorprendió sonriéndole.
—¿Cómo se llama? —preguntó, consciente de que tenía que haberse interesado antes.
Sherrie miró a su marido. Por un instante, ninguno de ellos dijo nada, hasta que habló Calder:
—Le hemos puesto Livia.
Aquello la sorprendió tanto, y tan estúpida se sintió por haberse sorprendido, que por un momento no pudo hacer otra cosa que menear la cabeza.
—Queremos que sea una guerrera —añadió Sherrie—, como tú.
Livia, abrumada, se las compuso para decir:
—Como su madre.
Calder sonrió a su mujer.
—Sí, también como su madre.
Le pidieron que no perdiese el contacto con ellos y que volviese cuando quisiera para quedarse unos días. Ella les dijo que sí, aunque dudaba que fuese a poder.
Salió, se puso el casco, arrancó la Ducati y se puso en marcha. No tardó en dejar atrás el municipio, perdido tras una nube de polvo, ni en encontrarse de nuevo sin más compañía que el cielo, la carretera y las mesetas, interminables y serenas.
Se acordó de Rick de nuevo. «A veces —le había dicho— resulta que le salvas la vida de verdad a alguien y eso hace que todas las demás pamplinas tengan sentido».
«Sí —pensó—, es verdad».
A veces por lo menos. Ojalá bastara con ese a veces.
Terminaste Viejos demonios
Barry Eisler
Libros como este
-
Colectivo de asesinos
-
Livia Lone
-
Tierra de sepultura
-
Descenso a la noche
-
Engaños y delitos
-
La compañía
Después del libro
Páginas que venían con esta edición, guardadas aquí como referencia.