Viejos demonios
Capítulo 42
Little estaba harto de intentar no demostrarlo. Llevaba semanas subsistiendo a golpe de poco más que adrenalina y cafeína y, si bien en otros tiempos se las había ingeniado para soportarlo sin demasiada dificultad, empezaba a darse cuenta de que aquel juego estaba hecho para gente más joven.
Estacionó detrás de un frutal situado en un tramo polvoriento de carretera llamado Avenida Ochenta y Cuatro como si se hallase en mitad de una ciudad y no en aquel lugar perdido. A la mierda con el nombre de la calle: si Bomba se dirigía al sur, tendría que pasar por allí y, si Culebra iba hacia el norte, también.
Los dos aprovecharon para aliviar la vejiga entre los árboles y, a continuación, no les quedó otra cosa que hacer que esperar de nuevo. Little quería echar a volar el dron y Livia le tuvo que recordar que la batería no duraba mucho tiempo. Si era Bomba quien pasaba por allí, como esperaban, y tomaba carreteras secundarias, tardaría veinte minutos más que por la interestatal. Eso los obligaba a medir con cuidado los tiempos.
Lo bueno era que la zona era la más desierta que hubiese visto nunca Little. La luz de la luna caía sin ganas sobre campos ociosos y las carreteras estaban tan en silencio que hasta costaba imaginar que se hubieran usado nunca. Uno de los viajes en familia que había mencionado a Livia había sido al parque nacional de las Badlands, en Dakota del Sur, y en cuanto a vacío era el único lugar que podía compararse con aquel. Los tres habían llegado allí tarde una noche sin luna y tenían que atravesarlo para llegar al hotel. Su mujer iba durmiendo y Presley, que viajaba atrás, se había inclinado hacia el asiento del conductor para preguntarle en voz baja si podían parar y salir unos instantes. Aunque Little estaba un poco paranoico con los osos y sabe Dios qué más, hizo lo que le pedía. Detuvo el coche, apagó los faros y los dos salieron del coche. Cuando cerraron las puertas, la oscuridad era tal que bien podrían haber estado en una cueva y la noche estaba tan en calma que el silencio era, más que una ausencia, una presencia, un ente infinito y solemne que parecía abrazarlos desde todos los puntos cardinales.
Cuando encendió la linterna que llevaba, vieron que habían estado avanzando por un cañón situado entre formaciones rocosas prehistóricas. La noche era tan oscura que los faros del coche ni siquiera las habían iluminado.
—¡Papá —había susurrado Presley—, esto es una maravilla! —Aquel cielo de chiquilla lo había abrazado con fuerza y él habría dado cualquier cosa, cualquier cosa, por poder disfrutar de nuevo de aquel instante. Aquel instante y nada más. Nada más.
Livia, percibiendo quizá su estado de ánimo, lo miró y le preguntó:
—¿Estás bien?
Él asintió.
—Solo estaba recordando algo bonito.
Ella guardó silencio unos segundos antes de decir:
—Pues parecías triste.
—Siempre me pongo triste cuando recuerdo algo bonito. ¿A ti no te pasa?
Livia soltó una risita y él se alegró. Little era de risa fácil, costumbre que había cultivado porque desarmaba a la gente, pero ella era distinta.
—¿Sabes? —añadió sorprendido al ver que se le saltaban las lágrimas—. Creo que a Presley le habrías caído muy bien. Desde luego, no podría haber elegido un modelo mejor.
Ella le regaló una breve sonrisa.
—Me habría encantado conocerla.
Él suspiró y las lágrimas se desbordaron.
—Ojalá hubieses podido enseñarle algunos de tus dones, desde luego.
Ella asintió sin palabras. Otra persona tal vez le hubiese dado un apretón en la mano o en una rodilla, pero a Livia no le gustaba esa clase de contacto. Little sabía bien por qué, aunque, por supuesto, ella nunca se lo había dicho ni él le había preguntado jamás.
—Oye —dijo la inspectora—, tenemos que hablar de nuestros objetivos para esta noche.
Little sabía adónde quería llegar ella y, de hecho, había estado pensando en lo mismo.
—Sé a lo que te refieres. Crees que, ya que tenemos ese dron, voy a querer matarlos sin más con él… si es que no estoy pensando en torturarlos primero.
Ella no respondió y él supo que era exactamente eso lo que había pensado.
—No te culpo —añadió— y tampoco te equivocas del todo, pero lo más importante, lo único que nos debe importar llegado el caso, es rescatar a Sherrie Dobbs, a Sherrie y a su bebé.
—Eso es.
Él asintió.
—Lo sé.
—Yo también quiero matarlos, pero la verdad es que el testimonio de Sherrie Dobbs bastará para hundirlos. Secuestro, asesinato, conspiración…, todo. Los voy a poner en habitaciones separadas para interrogarlos y te prometo que, cuando acabe con ellos, se habrán jodido tanto el uno al otro que van a pasar el resto de sus vidas entre rejas, acompañados, claro, por el padre de Bomba. De todos modos, hay algo que deseo casi más que todo eso. ¿Sabes qué es? —Aguardó unos segundos y, al ver que Little no respondía, prosiguió—: Quiero que confiesen dónde dejaron a todas esas crías desaparecidas. Quiero que puedas… que puedas enterrar a Presley, cuidar de ella por última vez, como hice yo con Nason.
Aquello le provocó un nuevo acceso de llanto.
—A mí también me gustaría.
Guardaron silencio unos instantes.
—Te agradezco lo que estás haciendo por mí —dijo Little— y… por Presley. Siento haberte metido en todo esto.
Livia lo miró a los ojos y él pensó que nunca había conocido a nadie tan formidable como aquella mujer.
—Yo no —dijo ella.
—No tendría que haberlo convertido en tu batalla.
Ella dio la impresión de estar considerándolo, pero lo único que respondió fue lo siguiente:
—Es que es mi batalla.
Entonces, los dos se pusieron de nuevo a esperar mientras el reloj digital del Jeep marcaba los minutos.
A las tres menos diez, Little dijo:
—¿Sabes? He estado investigando un poco sobre el nombre Azrael.
Ella lo miró.
—Ah, ¿sí?
—Azrael era un ángel. En el Corán es el ángel de la muerte, pero, en la Biblia hebrea, su nombre se traduce como «ángel de Dios» o «ayuda de Dios». Pensarás que estoy loco, pero lo pienso entender como un presagio.
—Me parece bien —dijo Livia abriendo el maletín y sacando el dron—, porque vamos a necesitar toda la ayuda que podamos tener.