Viejos demonios

Barry Eisler · Capítulo 20 de 51

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Viejos demonios

Capítulo 19

 

Kane no daba crédito a sus oídos.

—¿Qué quiere decir que no tienen noticias del piloto del dron? — preguntó asiendo con fuerza el auricular del teléfono seguro y haciendo lo posible por no gritar—. ¿Y por qué se me informa casi a las diecisiete-cero-cero del día siguiente?

—Quería asegurarme de que tenía todos los datos —dijo Gossett—. No sabía qué había fallado. De hecho, todavía no lo sé. El piloto informó en cuanto tuvo confirmación visual del objetivo. Tenía que haber completado la misión unos cinco minutos después, pero no pasó nada. No conseguimos dar con él y, además, hemos perdido contacto con el dron.

Kane respiró hondo, sabedor de que no lograría nada productivo si daba rienda suelta a su ira y estallaba en recriminaciones. Se recordó que Gossett era un hombre cabal, leal y digno de confianza. Había trabajado a sus órdenes en la Armada y había demostrado con discreción su valía en diversos proyectos desde que había dejado las fuerzas armadas para trabajar con la OGE hacía cinco años. Algo había salido mal; esas cosas pasaban, y lo más sensato era averiguar qué había ocurrido en lugar de culpar a nadie.

Pero aquello… ¡Por Dios bendito!

—No… No sé si lo he entendido bien. ¿Se ha usado el dron? ¿Siguen con vida los objetivos?

—En las frecuencias de la policía no se ha dicho nada de muertes ni de explosiones, con lo que parece seguro concluir que no se ha usado.

—Pero han perdido contacto con el aparato.

—Eso puede tener varios motivos. Uno de ellos es que haya cumplido con su misión, lo que, evidentemente, supondría la pérdida de la señal de rastreo. Otro, que se encuentre dentro de una jaula de Faraday. El tercero, que le hayan quitado la batería. La falta de toda acción policial al respecto me hace pensar que estamos ante el dos o el tres.

Kane sacudió la cabeza con gesto incrédulo. Lo de aquella mujer parecía sobrenatural. Los dos hombres de Campo eran soldados competentes, aunque estaba dispuesto a reconocer que habían subestimado a su rival y se habían atado de manos al intentar capturarla en lugar de matarla sin más, pero lo del dron… Lo del dron no debería haber ocurrido. Si había usado aquella solución había sido, en gran medida, por servirse de algo que su objetivo no habría podido anticipar jamás ni tenía modo alguno de detener. ¿Podía ser que Lone y Little se hubiesen escapado con el dron? En ese caso, no cabía dudar de que el piloto tenía que estar muerto, pero ¿qué habían hecho con el cadáver?

—Dice usted que el piloto informó cuando tuvo confirmación visual. ¿Quién fue quien comprobó la identidad del objetivo?

—Él mismo.

Kane volvió a aplacar un ataque de ira.

—¿Y qué sentido tiene que fuese el mismo piloto quien lo confirmara? Si él puede ver el objetivo, el objetivo también lo puede ver a él, lo que da al traste con la ventaja que, en teoría, debería suponer el dron.

—Coincido con usted, señor, pero él mismo insistió. Había ejercido de piloto de vehículos aéreos no tripulados en la base de Creech y, al parecer, había tenido problemas con informes poco precisos que habían desembocado en daños no deseados. Desde entonces, insiste siempre en efectuar en persona la confirmación visual. Hasta ahora no había supuesto ningún problema.

El almirante tuvo que morderse la lengua para no espetarle: «¡Lo que quiere decir es que hasta ahora habéis tenido mucha suerte!». «No —pensó en cambio—. Se trata de buscar una solución y no un culpable».

—Por otra parte —prosiguió Gossett—, ya le he dicho que se puso en contacto con nosotros cuando confirmó la identidad del adversario. Lo que quiera que ocurriese tuvo que ocurrir después.

—Sí —repuso Kane sabiendo que debía dejarlo correr, aunque demasiado colérico para resistirse—, pero lo más probable es que el objetivo se diese cuenta durante la fase de confirmación y se quitara de en medio. Puede que hasta efectuase un contraataque. Joder, Gossett. Yo no soy ningún entusiasta del Ejército de Tierra precisamente, pero eso es de primero de soldadito: «Si te persigue un enemigo, da la vuelta sin que te vea, colócate a su espalda y atácale siguiendo su mismo camino».

—Me dijo que los objetivos eran de cuerpos policiales y no militares.

—Lo que le dije es que por lo menos la mujer es formidable. De eso no cabe duda. ¿Se tomaron medidas preventivas? ¿Había alguien protegiendo al piloto?

—Señor, usted me advirtió, de manera tajante, que quería que dejásemos, y cito sus propias palabras, «la menor huella posible». Una docena de agentes habría significado una docena de puntos flacos, una docena de posibles filtraciones.

—¿Y el equipo que usaron para vigilar al hombre?

—Los que lo formaban solo sabían que tenían que vigilarlo. Vuelvo a insistir, señor, con todos mis respetos, en que se ha hecho todo con arreglo a los parámetros que estableció usted mismo.

Kane soltó un largo suspiro. A Gossett no le faltaba cierta razón. Por supuesto, una docena de personas era una exageración. Dos agentes más, ¡qué demonios: uno!, habrían representado una diferencia fundamental. Lo único que tenía que haber hecho era asignárselo al equipo de vigilancia que había puesto a Little. Habría comportado un riesgo adicional insignificante frente a las notables ventajas que podía ofrecer.

Por otra parte, también era cierto que el almirante podía haber dejado dicho todo aquello por adelantado y no lo había hecho. No lo había hecho porque estaba convencido de que el dron cumpliría de sobra con su cometido y cualquier cosa que no fuera el equipo más reducido posible supondría incurrir en riesgos innecesarios.

—Tiene razón —reconoció—. Siento si he dado la impresión de estar… cayendo en la recriminación. Solo intento comprender qué ha salido mal. Y qué responsabilidad hemos tenido, si es que hemos tenido alguna.

—Además de que los dos objetivos siguen vivos…

—Sí, por supuesto. Sopesándolo todo, creo que ha sido, más que nada, una oportunidad desperdiciada. Es una lástima, claro, pero nadie va a saber qué es ese dron. Desde luego, si preguntan, no van a encontrar más que evasivas por todas partes.

—¿Quiere que hagamos un seguimiento?

—No, por ahora, retírense. Estaré en contacto, se lo aseguro.

—Recibido.

Colgó. En cuanto soltó el teléfono, volvió a sentir que lo invadía la cólera y aguardó a que pasara.

La había cagado, para qué negarlo. Por mucho sentido que pudiese tener un plan en el momento de idearlo, a la postre lo que importaba era que fuese un éxito o un fracaso. Y su plan había fracasado de un modo espectacular.

Había dejado pasar mucho tiempo abordando el problema de Bradley con un enfoque… conservador, interviniendo de forma discreta cuando había cometido locuras en el instituto; bloqueando el paso a Little sin ser visto cuando, años después, las obsesiones de aquel hombre habían amenazado con llevarlo hasta su hijo; separándolo de la influencia nefasta de ese mal bicho de Culebra, y allanándole el camino a un puesto de responsabilidad política —el escaño del Congreso que él mismo había dejado vacante— en el que se viera obligado, al fin, a hacerse un hombre y dejar a un lado de una vez por todas sus niñerías.

Pero entonces habían soltado a Culebra de Leavenworth, Hannah Cuero había desaparecido y Little había vuelto a detectar el rastro. Todas las medidas que con tanto cuidado había adoptado Kane, las respuestas que había dado de forma escalonada, habían quedado en nada de forma súbita. Ojalá hubiese sido, de entrada, menos circunspecto. Por descontado, actuar de ese modo contra Culebra —quien no dejaba de ser un soldado condecorado de las fuerzas especiales— y contra un investigador de Seguridad Nacional habría supuesto toda una serie de riesgos que él prefería evitar y que juzgaba innecesarios. Sin embargo, en aquel momento, visto lo visto, no podía negar que, de haberse librado desde el principio de Culebra y Little, habría podido atajar el problema antes de que, como se decía, la bola de nieve hubiera seguido rodando y haciéndose gigante.

Empezaba a darse cuenta de que, al actuar contra Little y Lone como lo había hecho, había tenido una reacción extrema a defectos nacidos de su anterior cautela, lo que, claro, no era sino otra forma de error. Lo que necesitaba era un enfoque que tuviera sentido tomando en consideración las circunstancias en que se hallaban y no el enfoque que pudiese estar trazando de forma inconsciente como reacción a éxitos y fracasos del pasado.

Cuando se sintió más calmado, empezó a considerar la situación. Le pareció que tenía un lado positivo. Dado que se había torcido, era preferible que no supiese nadie, aparte de Gossett, lo que tenía que haber ocurrido en realidad. En fin, aparte de Gossett y el piloto presuntamente muerto, lo que, en resumidas cuentas, era lo mismo.

En ese instante, lo atenazó un temor paranoico: «¿Y si han detenido al piloto?». Al fin y al cabo, Little y Lone pertenecían a los cuerpos de seguridad de la nación. Si lo tenían retenido y, con él, tenían el dichoso dron Azrael, podía pasar de todo. Por el aparato no tenía que preocuparse, ya que todo el mundo iba a negar su existencia, pero el testimonio del piloto en relación con el uso que pretendía hacer de él… podía implicar a Gossett.

Este último mantendría cerrada la boca probablemente, siempre que le diese garantías de un indulto presidencial, cosa que Kane podría procurar casi con total seguridad. Aun así…

Se llenó los pulmones de aire y lo expelió por completo. Se estaba dejando arrastrar por la paranoia, cosa que, en cierta medida, podía ser positiva, aunque en demasía nunca resultase útil. Porque Lone había dejado a aquellos dos cadáveres en Campo, ¿o no? ¿Y qué policía intachable hace una cosa así? Era obvio que aquella inspectora debía de tener mucho que ocultar. En primer lugar, claro, lo que fuera que la hubiese llevado a no dar parte del ataque que había sufrido y, además, los mismos cuerpos sin vida que había dejado en aquella cuneta.

Lo meditó con más detenimiento. Había dado por hecho que, fuera lo que fuese lo que ocultaba, debía de estar vinculado solo a Campo, pero, cuantas más vueltas le daba, más evidente le parecía que tenía que ser algo más. «¿Qué? ¿Qué más oculta?».

Pensó en Bangkok, que parecía estar en el origen de su conexión con Little: el grupo operativo contra la trata. Se puso a buscar noticias de la capital tailandesa en Google. Por poco probable que pareciese, probó con «Bangkok Lone».

El primer resultado hablaba del senador Lone, fallecido allí el año previo. Clavó la mirada en la pantalla. «¿Qué coño…?». Sabía, por supuesto, de Ezra Lone, muerto supuestamente de un ataque al corazón. Aun así, corría el rumor de que era un pederasta insaciable y se hallaba en el país de viaje de placer costeado por la nación para poder violar menores a voluntad cuando se había presentado alguien en su hotel para hacer una carnicería con él, su ayudante y algún que otro pez gordo de la policía real tailandesa. Ninguno de los dos gobiernos quería que nada de aquello saliese a la luz y los poderes fácticos habían colaborado en la invención de un cuento oficial que incluía un «ataque al corazón» y un incendio muy oportuno en un depósito de cadáveres de Bangkok que había destruido cualquier prueba que podría haber desmentido la versión autorizada.

Lo que, en aquel momento, guardaba una similitud de la leche con los accidentes con fósforo blanco de los hombres de Chop.

Nunca se le habría ocurrido relacionar a Livia Lone y Ezra Lone. El apellido que compartían era razonablemente común y, dado el origen asiático de la inspectora Lone, había dado por sentado que debía de ser de origen chino. Sin embargo, en aquel instante…

Necesitó otros cinco minutos de navegación para saber que Livia Lone había sido víctima de trata y había llegado a los Estados Unidos desde Tailandia. En Llewellyn (Idaho), la habían rescatado en una redada policial y se había criado en casa del magnate local Fred Lone, cuyo hermano era… Ezra Lone.

Kane meneó la cabeza mientras trataba de encontrarle sentido a todo aquello.

Resultó que Fred Lone había muerto también de un ataque al corazón cuando Livia Lone estaba aún en el instituto. Al parecer, según la prensa, la joven se había convertido en todo un prodigio de la lucha libre y el judo en la ciudad.

Se reclinó en su asiento. La cabeza le daba vueltas. De pronto, tenía muy claro que el ataque al corazón de Fred Lone había sido también un «ataque al corazón».

¿Esa mujer… qué demonios era?

Desde luego, a grandes rasgos parecía estar todo muy claro. Los hermanos habían abusado de ella siendo niña. Ella había aprendido artes marciales y había desarrollado un gran talento. Había matado a Fred Lone, pero se había visto obligada a esperar en el caso del hermano, ya que no era tan fácil abordar a todo un senador que a alguien que la tenía alojada en su casa. Al final, sin embargo, había dado con el modo de hacerlo. Si las historias relativas a lo que había ocurrido en la suite de hotel de Ezra Lone eran ciertas, quien lo había hecho debía de ser una persona de veras capaz. Al fin y al cabo, uno de los muertos era un policía tailandés y el ayudante de Lone era un exsoldado estadounidense. Si era verdad lo que se contaba sobre cómo aparecieron los cadáveres —el policía tailandés, castrado y asfixiado con sus propios órganos sexuales amputados; el ayudante, con el rostro destrozado de un disparo, y Ezra Lone, destripado como un venado—, el autor de todo aquello tenía que haber actuado siguiendo una… motivación extrema, un odio acerado que lo había empujado a llevar a término la venganza más salvaje y primitiva imaginable.

Siempre había dado por cierto que aquellos rumores sensacionalistas no eran otra cosa que cuentos o, cuando menos, exageraciones. Ya no.

¿Cómo coño había salido incólume de aquello? «Tiene que estar muy dotada, por supuesto. Es poli y sabe cómo hay que limpiar el lugar de los hechos y despistar a los investigadores. Además, no le faltó la suerte, ya que ni a uno ni a otro país le interesaba que se emprendiera una investigación».

¡Por Dios bendito! Y ese mismo ángel justiciero, o lo que fuese, había puesto la mira en Bradley. Encima, tenía un compañero de la Agencia de Seguridad Nacional motivado por la desaparición de su propia hija, presuntamente a manos de Bradley.

Tenía que llamar a su contacto de Aduanas para confirmar que Lone había estado en Bangkok a la muerte del senador, aunque no le hacía falta corroborar nada, porque sabía que había sido ella.

Además, tenía que buscarle ayuda a Bradley, un terapeuta o algo similar, porque no cabía duda de que por su cuenta no estaba mejorando.

Le fue casi imposible contener la rabia. Había hecho lo indecible por desintoxicar a Bradley para que llegase ese bicho de Culebra, ese camello maligno de tres al cuarto, y consiguiera engancharlo otra vez.

Eso, sin embargo, tendría que esperar. De momento, lo prioritario era neutralizar a Little y, sobre todo, a Livia Lone. Apartó su angustia y trató de pensar con claridad, con mente táctica. Todo apuntaba a que aquella mujer había conseguido salirse de rositas de unos cuantos asesinatos. El de Fred Lone en Llewellyn, el de Ezra Lone y sus colaboradores en Bangkok, el de Oliver Graham en París, el de los hombres de Chop en las afueras de Campo… De hecho, en cierto sentido, era una lástima que Chop hubiese limpiado el estropicio de Campo. Habría sido interesante dejar que se ocupara la policía de la zona y ver si podían relacionarlo con Lone, ya que había varias formas de poner a alguien fuera de juego.

Aquello le dio una idea.