Viejos demonios

Barry Eisler · Capítulo 23 de 51

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Viejos demonios

Capítulo 22

 

 

Acababa de rayar la luz cuando rebasó el parque Cal Anderson subida en la Ducati. Little le había escrito desde un número nuevo, como le había prometido, y ella había respondido para quedar al cabo de una hora, pero quería llegar antes.

Dejó la moto en el estacionamiento situado entre Broadway y Nagle, desmontó, se quitó el casco y miró a su alrededor. El aliento se le hizo vaho en contacto con el aire frío de la mañana. Los pocos coches que había allí aparcados tenían las lunas cubiertas de rocío. Fijó el casco a la mochila y pasó el brazo izquierdo por una de las correas. De ese modo podía deshacerse de ella al instante si tenía un problema mientras dejaba libre la mano derecha para acceder al Vaari o la Glock. A continuación recorrió el perímetro con paso rápido mientras comprobaba que no la seguía nadie, aunque dudaba que tal cosa fuera posible, ya que había atravesado el nudo de la I-90 a más de doscientos.

Se detuvo en el extremo oriental del aparcamiento, que, al estar elevado, ofrecía una vista perfecta de la piscina reflectora, situada más allá de Nagle, y del parque que la rodeaba. Desde allí podría ver a Little mucho antes de que llegase al punto de encuentro… y tendría tiempo de sobra de descubrir a quien pudiera estar siguiéndolo.

Al final, el agente especial llegó también temprano, apenas diez minutos después que ella. Era una buena señal, porque quería decir que se había vuelto cuidadoso, quizá incluso paranoico. Aprendía con lentitud, pero aprendía.

Little entró en el parque por la esquina noroeste, desde Denny. Debía de haber tomado el tren ligero de Seattle hasta la estación de Capitol Hill. Con un poco de suerte, se habría apeado un par de veces durante el trayecto para comprobar desde el andén que no bajaba nadie con él y subirse a continuación en el otro sentido. Quizá hasta había usado antes un taxi o dos.

Lo observó recorrer el perímetro del parque mirando a su espalda de cuando en cuando. Sí que estaba andándose con cuidado. De cualquier modo, no lo había seguido nadie. Perfecto.

Se encaminó a la calle y tomó las escaleras que subían al parque. Little estaba doblando la curva cuando Livia llegó al borde de la piscina y asintió con la cabeza al verla. Ella esperó a que llegase a su posición y se puso a rodear con él el agua en el sentido de las agujas del reloj sin dejar ninguno de los dos de mirar a uno y otro lado mientras avanzaban.

—No hace falta que me lo preguntes —dijo Little—. He tenido mucho cuidado. He tomado varios taxis para cruzar barrios sin mucha gente, he cambiado de tren después de esperar en andenes vacíos y me he parado varias veces tras doblar una esquina para ver si venía alguien detrás de mí. Como un espía de la vieja escuela, vaya.

—¿Y llevas…?

—No, no llevo teléfono. Bueno, he traído el desechable nuevo por si tenía que llamarte, pero le he quitado la batería. Debía de estar siguiéndome un equipo cuando fui al cementerio. No lo digo por excusarme. Tenía que haberme andado con más cuidado ante la posibilidad de que me hubieran puesto vigilancia física. Tenías razón: me había convencido de que hoy en día todo es electrónico y no lo es.

Era un alivio que se hubiese puesto al día. Por suerte, pensó impresionada, no había intentado disculparse.

—¿Y el cuerpo?

—¿Conoces el embalse de Lake Youngs, al este del aeropuerto?

—Claro.

—Pues digamos que no te conviene ir allí a nadar durante un tiempo.

—¿Lo has arrojado al agua?

—Así es.

—Ese embalse tiene un montón de mantenimiento. Lo gestiona la empresa de servicios públicos de Seattle. Y el cadáver va a salir a flote.

—Después de lo que le he hecho no.

Livia se detuvo y lo miró de hito en hito, entre aliviada y preocupada. Además, tenía que reconocer que también estaba impresionada.

—¿Lo has llenado de agujeros?

—Sí, con un destornillador. Toda la cavidad torácica, el abdomen, el tejido blando…, cualquier parte en la que pudiera acumularse gas. Se quedará en el fondo.

La inspectora siguió con la vista clavada en él, intentando asimilar esa faceta suya en la que no había reparado hasta entonces.

—¿Qué pasa? —preguntó él.

—Pues que… es un trabajo de lo más desagradable.

Little lanzó un gruñido.

—Para mí, ese hombre estaba protegiendo a quienquiera que se llevó a mi pequeña, a quienquiera que le hizo vete tú a saber qué. Conque no, no me pareció desagradable. De hecho, ha tenido suerte de que lo matases antes de que pudiera vérmelas a solas con él. Supongo que en las asignaturas de psicología que tuviste en la universidad estudiarías la sublimación, ¿verdad?

Ella asintió.

—Pues llenar de agujeros ese cadáver ha sido un pobre sustitutivo de lo que me gustaría haber podido hacer, pero algo es algo. Espero que me creas cuando te digo que he hecho un trabajo meticuloso. En fin, que no lo va a encontrar nadie. De todos modos, aunque lo encontrasen, no darían con nada que pueda relacionarlo contigo… si es que lo hubo alguna vez. Ha desaparecido y ya está. Uno más. Ahora, dime: ¿has conseguido averiguar algo de ese dron?

Echaron a andar de nuevo y ella intentó pensar cómo contárselo por miedo a que Little no pudiera dominarse ante una información tan relevante, a que tomara un vuelo al sur de California para ir directamente al despacho de Bomba Kane e intentar despedazarlo con sus propias manos.

En fin, de un modo u otro, no tenía más remedio que contárselo. Quizá fuese mejor soltarlo sin más y después tratar de contenerlo a él.

—El dron es lo de menos —dijo—. Creo que ya sé… quien se llevó a Presley.

Él se detuvo en seco y la agarró por el brazo. De forma instintiva, ella se zafó y le asió la manga en contrapartida, pero se refrenó y se abstuvo de hacer nada más.

—Te he dicho que no me toques, coño —le espetó en cambio mientras lo apartaba de un empujón.

—¿Quién? —preguntó él inclinándose hacia delante y tendiendo los brazos, aunque logró detenerlos antes de llegar a ella, con los dedos crispados por la desesperación de aferrarse a algo. Tenía los ojos entornados, los labios retraídos y el rostro transfigurado por una rabia y un odio prístinos. Entonces, se encogió de dolor y se llevó con violencia el dorso del puño a los labios, en tanto que la rabia y el odio de su gesto se trocaron en aflicción y terror. Los ojos se le anegaron en lágrimas—. ¿Está viva? —susurró antes de que se le quebrase la voz.

Livia meneó la cabeza.

—No lo sé, pero lo dudo.

La aflicción se esfumó al instante para verse de nuevo transformada en rabia.

—Pero ¿quién fue? Dímelo ya, joder. ¿Quién?

Livia dudó un segundo, temiendo que Little echase a correr en cuanto oyera los nombres, pero luego pensó que no, que preferiría oírlo todo, cada ápice de información que pudiera darle, y aquello le brindaría la ocasión de aplacarlo.

Lo puso al corriente de cuanto había averiguado y, cuando acabó, se había hecho de día por completo y el parque había cobrado vida con gente que había salido a correr o a practicar taichí.

—A ese tal Bomba lo encuentro sin problema —aseveró él tras la explicación en un tono tan sosegado como gélido—. Vaya si lo encuentro. Pero al otro…, al Culebra ese… ¿Sabemos algo de las conexiones que tiene, aparte de Bomba?

—Parece que no. No tiene familia ni hay manera alguna de saber adónde fue cuando salió de Leavenworth.

—Te equivocas: sabemos, por lo menos, que fue a ver a Bomba. Eso fue lo que le pasó a Hannah Cuero. Ahora está claro por qué estuvieron siete años inactivos… y por qué no fui capaz de encontrar una conexión en todas las búsquedas de condenas penales que hice: me centré en instituciones federales y estatales; ni se me ocurrió mirar en quién podía haber en prisiones militares por delitos cometidos en zonas en guerra de ultramar. Culpa mía. Yo fui quien lo jodió todo.

Livia entendía ese sentimiento de culpa, porque era el mismo al que se había enfrentado toda su vida por lo que le había ocurrido a Nason. La culpa existía con independencia de la lógica y no tenía fundamento alguno en los hechos, de modo que no tenía mucho sentido tratar de razonar con ella. Lo único que cabía hacer era aprender a soportarla, reconocer su presencia y hacer lo posible por no prestarle demasiada atención aunque la exigiera a gritos.

Pese a todo, no pudo evitar decir:

—A nadie se le habría ocurrido buscar a gente encerrada en las prisiones militares por delitos cometidos en ultramar y, aunque lo hubieses hecho, Culebra estaba preso por una cosa llamada contacto sexual abusivo. Se trata de un delito diferente con un modus operandi distinto. No habría significado nada para ti aunque lo hubieras visto antes. Habría sido lo mismo, tanto para Presley como para Hannah Cuero.

Little se quitó las gafas y se frotó la cara con la mano que le quedaba libre. Tal vez agradeciera el gesto de Livia, pero no pensaba tragarse lo que intentaba colarle.

—¿Y por qué Culebra solo? —dijo tras unos instantes—. ¿Por qué no encerraron también a Bomba? ¿Por su padre?

Livia asintió.

—Eso creo yo. Mi contacto dice que hay rumores de que los dos estuvieron aprovechándose de chicas jóvenes durante las incursiones, pero ninguna de ellas los denunció nunca.

—No es de extrañar.

—Claro. En una zona de guerra sabes que, si abres la boca, tus violadores pueden volver fácilmente y matar a toda tu familia.

—Pero, entonces, ¿por qué encerraron a Culebra?

—Según mi contacto, por el testimonio de sus compañeros de unidad.

—¡Ja! —exclamó él con gesto severo—. A falta de pan, buenas son tortas. Un punto para la integridad de la unidad. Pero ¿por qué hubo solo un cargo?

—Eso no lo sabía mi contacto. De todos modos, no hace falta que te cuente cómo van estas cosas. Alguien hizo un trato o algo por el estilo: un cargo y solo por un delito menor, Bomba queda al margen y los testigos se avienen a colaborar.

Había algo en lo más recóndito de la mente de Livia que pugnaba por salir, algún tipo de… conexión. Lo sentía, aunque no alcanzaba a verlo. Intentó afinar la vista, enfocarla mejor…, pero Little la interrumpió.

—Con saber que Culebra se puso en contacto con Bomba tengo suficiente. Para llegar a uno solo necesito al otro. Haré lo mismo que hizo el hombre que manejaba el dron, que sabía que siguiéndome a mí daría contigo.

A ella no le hizo gracia la conclusión que parecía tener aquel razonamiento.

—¿Qué estás pensando hacer?

—Pedirme una excedencia y usar todos mis recursos para pegarme a Bomba como el olor a la mierda… y esperar a que asome Culebra.

—¿Y a Seguridad Nacional le parecerá bien?

—Seguridad Nacional ni va a enterarse. Si Tilden no me da la excedencia, pediré mi jubilación anticipada con carácter inmediato.

—Si echas el cierre de esa forma, Tilden sabrá de inmediato qué es lo que pretendes.

—Pues, si quiere cerrarme el paso, que se prepare para saludar personalmente a Bomba y a Culebra cuando los mande al infierno detrás de él.

—¿Ahora también vas a matar a tu jefe?

Él la miró con ojos inexpresivos y ella supo que había pecado de optimista al dar por hecho que sería capaz de aplacarlo.

—Para mí es igual que el agente del dron: cualquiera que proteja a los que se llevaron a mi niña, a sabiendas o de cualquier otro modo, deberían agradecerle al dios al que le recen habitualmente que lo que me interesa es matar a los principales responsables.

—Está bien, está bien, pero dejar de repente el trabajo es como poner un letrero luminoso diciendo que, al fin, has encontrado a los hombres a los que buscabas y que te has propuesto matarlos. Si, encima, quitas de en medio a tu jefe, no solo estarás anunciando lo que piensas hacer, sino que tendrás que perseguir a Bomba y a Culebra mientras a ti te persiguen las autoridades federales.

—¿Qué quieres que haga entonces? ¿Emprender una investigación formal?

Livia guardó silencio. Sabía que ella misma estaba hecha un lío. Además, no tenía muy claro que contaran con material suficiente para formular una acusación contra ellos… ni que fuesen a tenerlo nunca.

—No —siguió diciendo Little—. Eso está descartado. Sabes tan bien como yo que no tenemos más que coincidencias y pruebas circunstanciales contra un diputado del Congreso, héroe de guerra y vástago de nada menos que el vicepresidente de los Estados Unidos. Aunque estuviera interesado en meterme en un combate así, y que conste que no lo estoy, sé que nunca lo ganaría.

—Mira…

—No, Livia. No tengo ninguna intención de mandarlos a la cárcel. Lo que quiero es mandarlos al infierno… y no de cuerpo entero. ¿Me entiendes?

—Claro que te entiendo, pero estamos hablando de cosas diferentes. Tú me estás hablando de lo que quieres hacer y yo, de si funcionará.

Little no respondió. Livia no tenía claro cuánto la estaba escuchando, ni tampoco si la estaba escuchando siquiera.

—Piénsalo. Aunque te concediesen la excedencia y no tuvieras que renunciar a tu trabajo ni matar a alguien, Tilden estaría al tanto. ¿Crees que vas a ser capaz de llegar a Culebra a través de Bomba? Todos tus enemigos, todo agente que se proponga proteger a esa escoria, pensarán lo mismo: «Si se empeña en seguir a Bomba, Little caerá de cabeza en la emboscada».

Él apretó la mandíbula al tiempo que apartaba la mirada. Sí, la estaba escuchando, aunque intentase no hacerlo.

—Little… —De pronto recordó a Carl sentado detrás de ella en la enorme Kawasaki mientras salían disparados de Pattaya y gritándole por encima del ruido del motor: «Sé que estás deseando dar con Sorm, pero también tienes que hacerlo con cabeza». El recuerdo se materializó en su interior con tanta fuerza que hasta la llevó a mirar a sus espaldas. Allí, sin embargo, no había nadie.

—Little —repitió—, mírame. —Tras un instante de silencio, añadió—: Por favor.

Él la miró. Tenía los ojos húmedos.

—Lo sé —dijo ella sosteniéndole la mirada—. Lo sé.

El agente especial sacudió la cabeza, aunque Livia no supo determinar si para negar que pudiese entender lo que sentía o de dolor y de terror al ver que apenas lograba dominar sus obsesiones.

—Vamos a ser la voz de Presley —aseveró la inspectora—. Vamos a ser la voz de todas esas crías. Ya verás.

Él repitió el gesto, aunque con menos vehemencia esta vez.

—¿Cómo?

—Haciéndolo con cabeza… y con paciencia. Con más cabeza y más paciencia incluso de las que has tenido estos diez años terribles, porque eso ha sido lo que te ha traído a este momento, a este umbral que ahora, por supuesto, no vas a cruzar a la carrera. No dejes que nadie te haga picar de ese modo. Vas a ser prudente, vas a ser metódico y vas a ganar, porque sigues siendo el padre de Presley y no vas a decepcionarla.

El rostro de él se contrajo y por sus mejillas corrió otro reguero de lágrimas.

—Eso ya lo he hecho.

—No. —Livia sintió que sus propios ojos se anegaban—. Tú no tuviste la culpa. No podías hacer nada para impedirlo y habrías dado cualquier cosa, lo habrías dado todo, si hubieses podido. Lo que sí puedes hacer, lo que vas a hacer, es asegurarte de que nadie te impida ahora ser su padre.

Little se quitó las gafas, bajó la mirada y pestañeó. Las lágrimas cayeron al suelo y él cerró los ojos, se pinzó el puente de la nariz y soltó un violento suspiro. Cuando volvió a ponerse las gafas, parecía más sereno.

—¿Cómo? —repitió.

Ella lo miró de hito en hito y respondió:

—Así.