Viejos demonios

Barry Eisler · Capítulo 41 de 51

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Viejos demonios

Capítulo 40

 

Llegaron en coche a Mecca, un municipio agrícola poco poblado que alguien se las había compuesto para hacer crecer en el desierto. En él reinaban el silencio y el vacío y, aunque había casas y alguna que otra farola solitaria, parecía un lugar que hubiesen dejado al margen: olvidado, arrinconado y hasta abandonado. Y eso que, por lo que había leído Livia, era una de las zonas más populosas de las que rodeaban aquel lago muerto. Si lo que buscaban Bomba y Culebra era aislamiento e intimidad, podía entender cuál era el atractivo que ejercía sobre ellos el Saltón.

Se detuvieron en una de las incontables carreteras vacías y cuarteadas de los alrededores, arterias secas que se fundían con las faldas de las colinas desiertas, sin nada más que arena y tierra inculta tras el último tramo. Kanezaki le explicó cómo usar el dron y Livia practicó con él. Era tan fácil de manejar como le había dicho. De hecho, se parecía mucho a un videojuego. Tenía solo dos mandos: una palanca que controlaba la velocidad, la dirección y la altitud y un botón rojo cubierto por una tapa protectora de plástico transparente. Por supuesto, cuando preguntó a Kanezaki para qué servía, él respondió:

—Ya sabes para qué sirve. Por favor, no lo aprietes.

Final que ella decidió interpretar como: «… si no es necesario».

La pantalla era tan fácil de interpretar como los mandos. Por un lado, claro, se mostraban las imágenes que enviaban las cámaras instaladas en el aparato: dos en el morro y dos en la panza, con visión diurna y nocturna. Además, se ofrecían lecturas relativas a la velocidad, la dirección y la altitud, así como la batería restante y las coordenadas geográficas a fin de recuperar el dron en caso de que cayera. Con todo, Kanezaki le había asegurado que esto último era muy poco probable, pues los elementos de aviónica y los sensores que llevaba integrados no permitían al piloto manejarlo de manera que pudiese estrellarse y, si por algún motivo se perdía la señal de control, el aparato regresaría volando en círculos para recuperarla.

En realidad, el mayor peligro que corrían era que la carga de la batería resultase insuficiente. Kanezaki le dijo que la velocidad máxima rondaba los noventa y cinco kilómetros por hora y, dado que Livia confiaba en que Bomba no excedería los límites establecidos, mantener su velocidad no supondría ningún problema. Sin embargo, la autonomía de vuelo era de una hora aproximadamente si se limitaba a mantenerse merodeando en el aire, con lo que la misión de seguir a un automóvil la agotaría con mucha más rapidez. Tendrían que rezar por que, una vez que lo localizaran, Bomba no hiciese un trayecto demasiado largo.

Después de aquello no tenían otra cosa que hacer que esperar. Se detuvieron en un aparcamiento polvoriento detrás de una iglesia de ventanas y puertas cegadas con tablones, apagaron el motor y bajaron ligeramente las ventanillas. La noche se había presentado cálida y seca y, aunque estaban a varios kilómetros del agua, el aire tenía un vago olor a podredumbre. Sobre las colinas rocosas que se alzaban en la distancia se había elevado una gibosa luna de cera cuya endeble luz constituía toda la iluminación del lugar.

Little se había dormido y Livia se alegró de que su compañero lo hubiese logrado. Varias veces gesticuló y se retorció en sueños, que ella supuso tan angustiosos como los que tenía ella. Bebió agua de la botella que había comprado en Coachella, se diría que hacía ya una eternidad, y esperó tratando de no pensar en Sherrie Dobbs ni en lo aterrada que debía de estar. No sabía por qué le habían mandado hacer reposo. Ojalá no fuese por una cuestión de vida o muerte.

Al final, también a ella la venció el sueño. Se despertó sobresaltada cuando empezó a vibrar el teléfono de conexión por satélite. Descolgó y se llevó el aparato a la oreja.

—Sí.

—Creo que se ha puesto en marcha —anunció Kanezaki.

Con el corazón acelerado, Livia se incorporó como movida por un resorte.

—¿Cómo que crees?

Little también se había despertado y la miraba con atención.

—Hace cinco minutos —dijo el de la CIA— se ha encendido el móvil desechable de Culebra y ha llamado al de Bomba. Un minuto después, los dos se han apagado. Yo diría que la llamada ha sido de las de «Nos vemos allí en breve», tras lo cual Bomba ha apagado su aparato, porque, si bien no le importaba tenerlo encendido estando en el hotel, no quiere arriesgarse a que puedan usarlo para localizarlo y seguirlo hasta el lugar del delito.

Si Bomba tenía apagado el teléfono, ¿cómo coño iban a encontrarlo? Livia intentó pensar.

—¿Desde dónde ha llamado Culebra?

—Desde las afueras de una ciudad llamada Westmorland, a tres cuartos de hora de la costa noroeste del lago Saltón y más allá del punto en el que habría tenido que girar hacia el norte si hubiesen decidido quedar en la orilla oriental.

—Es decir, que, si Bomba decide ir por carreteras secundarias y piensan reunirse al oeste del lago, hemos subido demasiado y lo vamos a perder.

Miró el reloj y vio que eran casi las dos de la madrugada. Había dormido más de lo que pensaba y tenía la camisa mojada de sudor.

—Yo también lo he pensado —dijo Kanezaki—. Mira el mapa. La última carretera secundaria que podría tomar enlaza con la ruta 86 justo al sur de la reserva india de Torres Martínez. Si os apostáis allí, dará igual qué carretera tome, pues tendrá que pasar por vuestra posición. Como si toma la interestatal.

—¿Y si van a reunirse más al norte?

—Entonces pasará por allí Culebra en el otro sentido. La mala noticia es que a estas horas no habrá ni un solo vehículo por esas carreteras, de modo que va a ser imposible seguirlos con el coche, más aún tratándose de gente como Bomba y Culebra. La buena es que, si veis un coche, podéis estar bastante seguros de que son ellos y con el Azrael deberíais poder seguirlos sin delataros.

No le faltaba razón. Tenía que haberse dado cuenta ella antes: necesitaba salir del Jeep y despejarse la cabeza.

—Justo al sur de la reserva de Torres Martínez —repitió para que Little pudiera introducir el nombre en el programa de navegación—. Tomaremos posiciones. Si se enciende alguno de los móviles, llámame, ¿vale?

—No te preocupes, no voy a moverme de aquí.