Viejos demonios
Capítulo 35
Culebra se dirigió al este por la ruta 89, rodeado por poco más que artemisas, collados y un cielo azul infinito como si estuviera en una película de vaqueros. Sin embargo, el escenario le importaba tres mierdas. Aquel tramo de carretera era un paso forzoso y si los polis andaban espabilados, podía ser que topase con un control poco más adelante. Una vez que rebasara Page, les sería imposible dar con él, pero, hasta entonces, le tocaría estar un poco inquieto. ¿Inquieto, coño? Lo que estaba era un pelín acojonado. De hecho, si el coche no hubiese estado equipado con limitador de velocidad, lo más seguro era que se hubiese propasado con el acelerador. Porque ¿qué cojones era lo que había pasado en el aparcamiento del hotel?
La mujer asiática era poli. De eso no había duda: tenía voz de poli y daba las órdenes como un poli. ¿Una agente de la policía de Kanab? Podía ser, pero le daba en la nariz que no. Había algo en ella que le sonaba a poli de altos vuelos. Cuando la había mirado a los ojos, no le había quedado nada claro si aquella zorra iba a detenerlo o a sonreír mientras lo dejaba frito en el sitio. Dudaba que los agentes de aquel municipio tuviesen la mitad de confianza en sí mismos a la hora de enfrentarse a nadie de ese modo, aunque tenía que reconocer que el tío de delante de la casa de Sherrie Dobbs tampoco había sido ningún pastelito.
Entonces, en el momento mismo en que se preparaba para sacar la Ruger y descerrajarle un tiro, alguien le había gritado que se agachara. ¿Qué había dicho? ¿Lydia? ¿Livia? No había entendido muy bien el nombre. Eso sí, un segundo después le estaban disparando por la espalda y ella lo estaba devolviendo. Sin saber qué coño estaba pasando, había acabado de meter a Sherrie Dobbs en el maletero y había salido de allí cagando leches.
Pero, si la mujer era poli y se había propuesto detenerlo y salvar a Sherrie Dobbs, y si el hombre que la había avisado de la amenaza que tenía detrás era su compañero, ¿quiénes eran los otros? Había oído un montón de disparos, más de los que había podido contar, sobre todo estando centrado como estaba en salvar el pellejo. Tenía que haber por lo menos dos tiradores, aunque posiblemente fueran tres. Lo que estaba claro es que no eran policías. No habían dado una sola orden: habían tendido su emboscada sin más aviso. Pero ¿a quién buscaban? ¿Quién los había enviado?
Que hubiesen atacado a la mujer y a su compañero no quería decir que fuesen ellos su objetivo principal. Parecía más probable que su objetivo principal fuese el mismísimo Culebra y que los otros dos se hubieran entrometido en sus planes.
Vale, pero ¿por qué Culebra? Para evitar que se llevara a Sherrie Dobbs no. Para eso estaba el agente que había apostado delante de su casa. Sin embargo, los tiradores del aparcamiento… estaban esperando a que apareciese él. Pero no lo habían emboscado allí: solo habían actuado cuando la poli había llegado al hotel y había intentado arrestarlo.
Lo que significaba que no querían que lo detuviesen. Lo que querían era que saliera de allí… con Sherrie Dobbs.
Dios santo, cómo le palpitaba la muñeca. ¿Qué coño tenía aquel poli, manos biónicas? Culebra se miró la manga y se sorprendió al ver que estaba húmeda. Se la levantó y, joder, no es que tuviera el brazo magullado como si se lo hubiera pillado con la puerta de un coche o algo así, ¡es que le estaba supurando! El fulano aquel había apretado tanto que parecía que le hubiese dado un chupetón en el brazo. A lo mejor era uno de esos raritos que se pasan el día apretando una bola de goma.
A lo que iba: los tres del hotel tenían pensado seguirlo, posiblemente porque iban a matarlo. Un clásico: encuéntralo, arréglalo y remata la operación. Pero ¿quién querría dejar que secuestrase con éxito a Sherrie Dobbs para matarlo a renglón seguido?
«¿Bomba?». No, después de todo lo que habían pasado juntos, y todo lo que habían compartido, no podía ser. «¿Seguro?». Sí, al menos, hasta un punto razonable. «¿Es que hizo algo por ayudarte cuando estabas en Leavenworth por algo por lo que también podrían haberlo metido a él? Pues no, los siete años que estuviste en la trena los pasó él dándose la gran vida de un diputado del Congreso y lo más seguro es que de aquí a poco sea senador, con su familia rica y su padre, el puto vicepresidente de la nación. ¡La de gente que habrá acabado bajo las ruedas del autobús después de que lo empujase un amigo por mucho menos de eso!».
Sí, pero, si Bomba quisiera matarlo después de que Culebra hubiese acabado de arreglar los tres tropiezos que había tenido en el instituto, ¿por qué no iba a esperar a que se reunieran aquella noche en el lago Saltón? Le estaba llevando en bandeja a Sherrie Dobbs. Lo único que tenía que hacer era decirle: «Gracias, hermano. Toma, aquí tienes un balazo en la nuca por las molestias». Luego, arrojar los cadáveres al agua y adiós para siempre. Dios sabe que era eso mismo lo que habían hecho con muchas nenas cuando se había torcido la cosa.
«¿Te has vuelto melindroso, Bomba? ¿No te atreves a apretar tú mismo el gatillo con tu hermano de sangre?». Podía ser, aunque melindroso sería la última palabra que asociaría con Bomba. No, estaba perdiendo de vista algo. Alguien —Sherrie Dobbs quizá o tal vez otra persona, si no ambas— había comprendido que lo de Noreen Prentis y lo de Hope Jordan tenían un patrón común y que Sherrie era la siguiente. Por eso debían de haber apostado a aquel poli delante de la casa de los Dobbs y por eso también debían de estar en la ciudad la asiática y su compañero.
Si la policía se había dado cuenta de que Sherrie Dobbs era algo así como un centro de atracción, ¿por qué no lo iba a adivinar alguien más?
Sí, eso tenía sentido, pero ¿por qué matar a Culebra? ¿Qué había hecho? Él estaba limpiando los platos rotos de Bomba nada más. ¿Quién podía tener algo que objetar a eso?
A no ser que, una vez cumplida su misión, alguien pudiera entender que Culebra se había convertido en una carga, en un cabo suelto, por decirlo de algún modo. Lo que de nuevo lo llevaba a Bomba.
Decidió andarse con mucho ojo con lo que le decía a Bomba por teléfono. Eso, desde luego, era recomendable en cualquier ocasión, pero, aun al margen de cuestiones de seguridad, su amigo se había enfadado, sin duda, por cómo se había encargado Culebra de Hope Jordan. De modo que hablar del policía de delante de la casa de Sherrie Dobbs y de la otra agente, su compañero y los tres pistoleros… En fin, que lo único que iba a conseguir era asustar a Bomba, ¿no? Tanto, que a lo mejor hasta quería aplazar lo de esa noche. Eso no sería justo, después de todas las molestias que se estaba tomando Culebra para hacerse con Sherrie y entregársela.
En ese momento cayó en que Bomba no le había dicho nada de que estuviese tan embarazada que casi daba la impresión de que se fuera a poner de parto en el maletero del coche. Tenía la esperanza de que no fuese así. Nunca se lo había hecho a una preñada y se preguntaba cómo sería…
Una cosa sí que tenía clara: los pañales de adulto que le había comprado le iban a quedar pequeños. En fin, como tenían tiras adhesivas, sería cuestión de unir dos. Sherrie y él tenían todavía mucho viaje por delante y no podía dejar que se hiciera sus cositas en el maletero.
Volvió a preguntarse si Bomba no tendría nada que ver con aquellos pistoleros. Desde luego, si había sido cosa suya, lo mejor era hacerse el tonto.
Pero es que no tenía ningún sentido. Bomba sabía que podía confiar en él. Culebra había cumplido casi siete años de condena sin decir jamás palabra de nada ni de nadie. «¿Y su padre?». Aquel pensamiento lo asaltó de pronto sin que supiera bien por qué. «No», se dijo a continuación. Sin embargo… El viejo era el vicepresidente de la nación y era fácil suponer que querría que alguien hiciera desaparecer los trapos sucios de Bomba y acto seguido… ese alguien desapareciera también.
Joder, pero ¿cómo iba a saber siquiera el almirante Kane que él existía? Nunca habían coincidido y las pocas veces que Bomba hablaba de su viejo no daba la impresión de que tuvieran precisamente mucho contacto. No se lo imaginaba diciéndole: «Oye, papá, ¿te he hablado alguna vez de mi colega Culebra? Tenemos las mismas aficiones y nos lo pasamos en grande juntos».
Pues alguien había tenido que mandarle a aquellos tiradores y la única razón realista por la que podían estar allí era porque habían dado con él y se habían propuesto seguirlo.
«Un momento. ¿Cómo piensan seguirme exactamente?». Sintió una oleada de miedo… y empezó a buscar un lugar en el que parar.