Viejos demonios

Barry Eisler · Capítulo 40 de 51

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Viejos demonios

Capítulo 39

 

Livia llamó a Kanezaki y le dijo que lo del transmisor había sido un desastre, pero habían conseguido otro avance importante… que podrían aprovechar si volvía a echarles una mano.

—¿Cómo? —preguntó él en tono resueltamente neutro.

—Con ese programa tuyo, el que usaste para ayudarme a cazar al violador del parque: Guardian Angel.

—Livia, se supone que tú no deberías conocer la existencia de ese programa… suponiendo que existe.

—No necesito gran cosa. De hecho, quizá no necesite nada, porque estoy convencida de que sé dónde va a reunirse Bomba con su socio, Culebra, el hombre que ha secuestrado a Sherrie Dobbs. El problema es que no sé cuándo será ni cuál será el lugar exacto.

—¿Me estás pidiendo que rastree el móvil de un diputado del Congreso de los Estados Unidos?

—No, lo único que te pido es que localices un teléfono desechable. ¿Quién puede decir de quién es un desechable?

Kanezaki guardó silencio y Livia supuso que estaba sonriendo. Ojalá.

—Dame más detalles —dijo al fin.

Ella lo puso al corriente de lo que habían encontrado y, al acabar, añadió:

—Puedo darte las fechas y los lugares en los que secuestraron a Eva Sánchez y a Linda Haywood. Estoy convencida de que las llevaron al lago Saltón. Si tienes acceso a los registros de la compañía telefónica, ¿no es posible saber qué aparatos tomaron esas rutas en esas fechas y a esa hora? Ten en cuenta que los teléfonos en cuestión debieron de activarse poco antes y que casi con total seguridad no se usaron con otros números, sino solo para llamarse entre sí.

—En teoría, sí que tengo acceso, pero ¿de verdad crees que gente como Bomba y Culebra va a usar dos veces el mismo móvil desechable?

—Lo dudo, pero, si usaron desechables durante los demás delitos, es casi seguro que ahora también. Culebra no lo habrá encendido en Utah, pero puede ser que sí lo haya hecho brevemente de camino al lago Saltón. Si lo ha hecho, será para llamar al número de Bomba, pero, aunque no lo haya usado todavía, si antes se han coordinado con desechables, seguro que vuelven a hacerlo.

—¿Cómo puedes estar tan segura?

—Tom, ¿cómo coño te crees que me gano la vida? ¿No sabes a quién reclutas de agente? Pues que sepas que conozco bien a esta clase de monstruos, mejor de lo que podría querer nadie, y te puedo decir que, cuando esa gente encuentra algo que le funciona, no lo abandonan. ¿Estamos?

Hubo una pausa prolongada.

—Ahora te llamo.

Livia informó a Little de la parte de la conversación que no había oído y los dos se pusieron a esperar estudiando mapas y fotografías del lago Saltón con la esperanza de dar con un lugar concreto en el que pudieran quedar Bomba y Culebra. Lo más probable era que estuviese en el lado noroeste, ya que estaba más cerca de donde se encontraba Bomba, pero quizá se equivocaran y el perímetro total del área de búsqueda fuera de unos ciento sesenta kilómetros. Aun sin la ayuda de Kanezaki para concretar el momento y el lugar, era posible que encontrasen a Sherrie Dobbs, pero para ello necesitarían una cantidad de suerte nada tranquilizadora.

Si bien no podía estar segura, por cuanto entre el ataque frustrado con el dron y la emboscada de los hombres de Kane en Kanab no se había atrevido a encender su móvil, Livia suponía que debía de tener docenas de llamadas y mensajes de texto esperándola. La policía de Kanab se habría puesto en contacto con la de Seattle para comunicar que una de sus inspectoras había participado en un tiroteo y después había hecho algo parecido a huir del lugar de los hechos. La teniente Strangeland debía de estar al borde de un ataque de nervios y lo más probable era que la jefa Best estuviese reuniendo un pelotón de fusilamiento, en un sentido figurado o quizá literal. Prefería no conocer los detalles, porque lo único que quería era salvar a Sherrie Dobbs, pero imaginarse a Donna puesta en semejante brete por su culpa pudo más que cualquier otra consideración. En consecuencia, la llamó desde el teléfono de conexión por satélite.

Strangeland contestó al instante.

—¿Sí?

Se le notaba preocupada. El teléfono de Livia tenía el número oculto, de modo que su superior debía de albergar la esperanza de que fuese ella quien la llamaba.

—Soy yo, teniente.

—Livia, por Dios todopoderoso. ¿Estás bien?

Ojalá la hubiese amonestado. Verla preocupada ante todo por su salud hizo que tuviese que tragar saliva antes de decir:

—Sí, sí. Siento no haber llamado antes.

—¿Dónde estás? ¿Qué estás haciendo? Nos han llamado de Kanab, en Utah. ¿Estás con Little? ¿Es verdad lo que dicen?

—Sí, es verdad.

—Cielo, eso no es nada bueno. La jefa Best está que trina. Ya he perdido la cuenta de las veces que he oído decir hoy «fugitiva», «agente corrupta» y Oficina de Responsabilidad Policial, y me estoy quedando muy corta.

Livia miró a los parroquianos sonrientes que pedían en la barra café con leche y vainilla o moca con chocolate y almendras. Sintió ganas de llorar y esta vez no hizo nada por contenerlas.

—Lo siento, Donna, te has portado muy bien conmigo y no quiero crearte problemas, pero, si la policía de Kanab os ha contado lo de Sherrie Dobbs…

—Sí, estamos al tanto.

—Pues resulta que tengo una pista y… —Se detuvo al ver que no era capaz de explicarlo, tal vez ni siquiera a ella misma—. Solo puedo decir que tengo que intentarlo. Sé que Best me querrá crucificar y me da igual: lo único que quiero es que no te crucifique a ti también.

—Por mí no te preocupes. ¿Cuál es esa pista? ¿Dónde estás?

—Teniente, el hombre que ha secuestrado a Sherrie Dobbs y el hombre al que se la lleva en este momento… Solo le puedo decir que, si te metes con ellos, acabarás tan jodida como yo.

—Tú, deja que yo me preocupe por eso y cuéntame qué está pasando.

Livia pensó unos instantes. Little le había dejado claro que no podían esperar ayuda de la Agencia de Seguridad Nacional ni del FBI, pero ¿y si…?

—Teniente, sé adónde están llevando a Sherrie Dobbs, aunque con un margen de error de ciento sesenta kilómetros. También sé, más o menos, cuándo llegarán y puede que queden solo dos horas. Sin embargo, si no consigo información más precisa, Little y yo, sin ayuda…, no podremos cubrir todo el terreno necesario. De los federales no podemos esperar ayuda, pero ¿y de la Unidad de Tráfico de California? Desde luego, tampoco me importaría contar con un equipo de los SWAT.

—¿Estás en California?

—Sí.

Strangeland guardó silencio antes de decir:

—Puedo hacer alguna que otra llamada, pero te advierto ya que nadie va a poner en marcha a un equipo de los SWAT de California porque lo diga una teniente de la policía de Seattle. Lo único que voy a conseguir si lo intento es que quieran hablar con la jefa y, entonces, en el momento que mencionen tu nombre, lo más seguro es que lo manden, pero para buscarte a ti.

—No pasa nada —repuso Livia sin demasiada sorpresa. De pronto sintió una paz extraña y hasta cierta lucidez—. Tranquila, Little y yo nos encargaremos de todo.

—¿De qué? Livia, dime algo.

—Ahora no puedo. No tenemos mucho tiempo, pero te mandaré un correo electrónico, a tu cuenta personal, no a la de la comisaría, para que por lo menos sepas de qué iba todo.

—Cielo, me estás asustando. Quiero que me cuentes, ahora mismo, de qué coño va todo esto para poder ayudarte. ¿Me entiendes?

—No puedo, teniente. Ahora mismo no puedes hacer nada por mí y lo único que conseguirías es salir perjudicada. Eso es lo último que he pretendido nunca, porque tú siempre me has protegido y eso significa mucho para mí. Siento haber sido a cambio una amiga de mierda.

—Livia…

—Te mandaré un correo electrónico.

Colgó con una extraña sensación de entumecimiento. No quería decir que no le pesara, sino solo que en ese momento estaba sedada. Era muy consciente no solo de esto, sino de que más tarde se le pasaría el efecto de la anestesia.

Si es que había un después.

Informó a Little de por qué no podían contar con recibir ayuda y, a continuación, escribió el correo electrónico para Strangeland. Programó su envío automático para el día siguiente, pues, si la teniente lo recibía en ese instante, dado el estado en que se encontraba, no sabía cuál podía ser su reacción y no podía arriesgarse a que la jefa Best tomara cartas en el asunto. Una vez que acabó, se sintió más tranquila. Se trataba de otro por si acaso.

En ese momento llamó Kanezaki.

—Está bien —dijo—, tengo que admitir que conoces bien a esa clase de monstruos.

La anestesia empezó a perder efecto por obra del entusiasmo.

—Cuéntame.

—En los dos raptos de los que me has hablado se usaron teléfonos desechables, dos en cada uno. Se compraron poco antes de los secuestros y, al parecer, se destruyeron justo después. Ninguno se usó más de unas cuantas veces y siempre para llamar al otro.

Livia hizo un gesto de confirmación a Little. El corazón le había empezado a latir con fuerza.

—¿Y ahora?

—Con eso también tenías razón. Hace tres horas se encendió un teléfono en el bosque nacional de Coconino. Supongo que allí no habrá mucha cobertura, pero está en una de las rutas que llegan de Kanab y Culebra debe de haber encontrado un punto en el que tenga varias rayas.

Pasó la información a Little, que se puso a teclear en el portátil.

—¿Lo han vuelto a encender? —preguntó Livia a Kanezaki.

—No, pero el aparato al que ha llamado sí sigue encendido.

—Ese es el de Bomba, que estará esperando más información. ¿Dónde está?

—No sabemos si es el de Bomba. No olvides que lo único que estoy rastreando es un teléfono desechable.

—Es verdad. ¿Dónde está el segundo desechable?

—En el hotel Avalon de Palm Springs. —Tras un silencio, añadió—: Tengo entendido que Bomba celebra allí esta noche un acto de recaudación de fondos para su campaña.

—Qué coincidencia.

Livia repitió la información a Little antes de decir a Kanezaki:

—¿Nos puedes avisar cuando empiece a moverse el teléfono del Avalon? Little y yo hemos estudiado como hemos podido el terreno que rodea al lago Saltón y creemos que el encuentro se producirá en la costa noroeste, porque está más cerca… del Avalon, a menos de una hora. Quizá queden en Salton Sea Beach, pero también podría ser en la nordeste, en Bombay Beach tal vez. El litoral que rodea a esas dos localidades podríamos cubrirlo, pero, si es en cualquier otra parte, estamos hablando de ciento sesenta kilómetros de playa y, por más que hayamos reducido las posibilidades, es muy probable que no hayamos afinado tanto como creemos.

—Si sigue encendido, os podré avisar cuando empiece a moverse el desechable de Avalon, pero, por lo que sé, buena parte de lo que rodea al lago Saltón son páramos habitados por más iguanas que personas. En lo que a señal de telefonía móvil se refiere, me temo que habrá un montón de zonas sin cobertura. Tu teléfono de conexión por satélite funcionará bien, de modo que podré ponerme en contacto contigo, pero posiblemente pierda el desechable al que esté rastreando, suponiendo, claro, que lo dejen encendido.

—Bien pensado. Aun así, cuanto más puedas acercarnos, mejor. A juzgar por el lugar desde el que ha llamado, calculamos que Culebra tiene que estar ahora a dos horas o algo más de su objetivo. Little y yo estaremos en un Jeep cerca de Mecca. Eso está justo al noroeste del lago Saltón y será donde Bomba, perdón, el fulano que viene de Avalon, tenga que poner rumbo al sur por la ruta 86, si se van a reunir en la costa occidental, o al sudeste, por la 111, si piensan encontrarse en la oriental. Tenemos la intención de seguirlo de lejos mientras tú tengas su señal. ¿De acuerdo?

Kanezaki exhaló un suspiro.

—¿Y si Bomba apaga el móvil antes de salir del hotel… o en cualquier otro punto del camino?

Livia ya había pensado en eso. Por lo menos habían dejado de jugar a no pronunciar la palabra prohibida.

—Entonces sí que se nos va a poner difícil. Little y yo intentaremos seguirlo por la ruta que nos parezca más probable a esas alturas… y Sherrie Dobbs sufrirá probablemente una muerte terrible.

Se impuso un largo silencio, tras el cual dijo Kanezaki:

—Parece que no soy el único que sabe reclutar agentes.

Ella esperó a que siguiera hablando e hizo lo posible por no hacerse ilusiones.

—¿Tienes cerca el Azrael? —preguntó él después de unos segundos.

—Sí —repuso ella sintiendo una oleada de entusiasmo—, como me pediste.

Él volvió a suspirar.

—No es un dron de vigilancia, pero, dadas las distancias de las que estamos hablando y de la velocidad que pueden alcanzar allí los vehículos, debería servir. No es difícil de manejar. Yo te enseño.

Livia se sintió de nuevo al borde de las lágrimas después de que hubiera desaparecido por completo la anestesia.

—Gracias, Tom. Eres un buen…

—No lo digas, que me pones nervioso.

—Pues que sepas que lo eres.

—Escucha, aunque pudiésemos dar con su ubicación exacta, sabes que esos dos están muy adiestrados. Han servido en las fuerzas especiales y han estado seis veces en Irak. Moverse en el desierto aquel será para ellos como andar por casa. Además, si estás en lo cierto, han usado el lago Saltón muchas otras veces. Conocen bien ese terreno en concreto y tú no. No te bastará con sorprenderlos: deberías llevar refuerzos.

—Lo he intentado, pero nadie se atreve a enfrentarse a Bomba ni a su padre. En este momento, se podría decir que tú eres el único amigo que tenemos.

—Sabes que tienes más amigos.

Ella entendió lo que quería decir.

—No, ni lo pienses.

—Sabes que estará dispuesto a ayudarte.

—Olvídalo, Tom. De todos modos, no tenemos tiempo. Por favor, avísame cuando empiece a moverse Bomba… y explícame cómo tengo que usar el dron.