Viejos demonios
Capítulo 41
Bomba iba en su monovolumen de camino a Salton Sea Beach. La velada había sido lamentable y había bebido demasiado, pero él podía beber y conducir tan bien como el que más, desde siempre. Además, ¡qué más le daba! Borracho estaba de puta madre, y le podían dar por culo a todo el que tuviera algún problema con eso, incluida la Unidad de Tráfico de California.
El almirante se había ausentado a mitad de la fiesta por no sé qué indisposición estomacal y lo había dejado a él solo con aquella panda de hipócritas que lo abordaban para estrecharle la mano, aun cuando todos sabían que la verdadera atracción era el almirante. Tal vez era su manera de demostrar a su hijo hasta qué punto lo necesitaba. Sí, eso sería. Y a lo mejor por eso se había achispado él de forma tan evidente, para que se enterase el muy capullo de que el banco no iba a aceptar ningún retraso en el pago de aquel préstamo concreto. Recordando la cara de susto que había puesto cuando le había respondido con su propio aforismo, se echó a reír.
Después de despedir a los invitados, Bomba había vuelto a su habitación de hotel. Borracho y todo, estaba demasiado exaltado para dormirse. Había visto las noticias de Kanab y ¡menuda locura! Un poli muerto, una mujer secuestrada (las autoridades no habían revelado aún su nombre, pero tenía que ser Sherrie Dobbs), un tiroteo en el aparcamiento de un hotel… Ni siquiera se inmutó: Culebra sabía lo que se hacía y, de todos modos, no había modo alguno de relacionar a Bomba con nada de aquello.
En realidad, lo único que le importaba era que Culebra y él iban a reunirse más tarde en el lago Saltón, lo mejor que podía esperar de la vida en cualquier circunstancia y más aún aquella noche, ya que su amigo le iba a servir a Sherrie en bandeja. Se encargarían juntos de ella, se desharían del cadáver y se acabarían por fin sus dichosos problemas con el movimiento Me Too.
Quizá no se fueran a acabar en realidad, pero al menos se aplacarían. Sabía que iban a cundir las conjeturas, las teorías conspirativas y las noticias falsas. Las acusaciones siempre eran bienvenidas, porque todas procedían del lado contrario y, cuanto más indignados estuvieran quienes las proferían, más inflamarían a la base de sus votantes.
A su mujer no le importaba mucho nada de aquello, todo había que decirlo. Últimamente tampoco estaba yendo a muchos actos y, de hecho, se había saltado el de Palm Springs de aquella noche. Mejor, de hecho, porque llevaba tiempo mortificándolo con lo de la bebida y Bomba estaba empezando a hartarse. Además, no habría sido fácil explicarle aquella salida a las dos de la madrugada.
Intentó centrarse en su destino y en lo que le esperaba allí. Con Noreen Prentis se lo había pasado en grande. Cuánto les había rogado cuando le habían quitado la mordaza. Él se había reído y le había dicho que toda la culpa había sido de ella, que no tenía que haber contado nada, y ella le había dicho que sí, que tenía razón, que la culpa había sido suya. Ahora bien, Culebra y él se lo habían hecho todo de todas las maneras, todo y algo más. Después, cuando quedaba una hora más o menos para que amaneciese, le habían puesto una bolsa de plástico en la cabeza, que era lo que hacían cuando tenían que hacer desaparecer a alguien, porque dejaba menos pruebas que otros métodos en caso de que alguien llegara a encontrar el cadáver, la habían lastrado y la habían arrojado al agua. Joder, había sido una noche memorable.
Y la que tenía por delante también lo sería, ¿o no? Claro que sí. Lo que pasaba…
Había empezado a darse cuenta de que llevaba mucho tiempo sin sentirse feliz, desde que habían mandado a Culebra a Leavenworth y él había dejado el ejército para meterse en política. Entonces, Culebra había salido en libertad y todo había vuelto a la normalidad, de modo que Bomba había dado por hecho que era eso lo que había echado de menos, a su colega y los buenos ratos que pasaban juntos. Sin embargo, en aquel momento se estaba dando cuenta de que estaba equivocado: era la política lo que lo hacía un desgraciado. Todo había empezado cuando se presentó a las elecciones para el Congreso y todo empeoró cuando logró el escaño. Por si fuera poco, en ese momento estaba haciendo campaña para llegar al Senado y, si las encuestas no fallaban, estaba a punto de ganar los comicios. Aquello, que debería hacer que se alegrase, le daba ganas de vomitar.
¿En qué punto se habían complicado tanto las cosas? Ojalá pudiese hacer que todo volviera a ser como antes. Antes los tiempos habían sido más sencillos, más felices.
Se echó a reír al verse tan sensiblero. A fin de cuentas, ¿no iba camino de encontrarse con Culebra en ese mismo instante? Entonces podían darle por culo a todo lo demás. Ya tendría tiempo al día siguiente de preocuparse y de buscar una solución.
Volvió a soltar una carcajada y se sintió un poco mejor. Por algo había dicho siempre su madre que se le daba bien animarse.
Había dejado su móvil personal en el hotel como medida preventiva de costumbre, porque ¿a cuántos malos no habían matado o capturado en Irak siguiendo la señal de sus teléfonos? Por eso no tenía a mano sus listas de reproducciones. Eso, sin embargo, daba igual, porque llevaba el CD que había grabado hacía años y que seguía siendo su modo favorito de escuchar música. Lo introdujo en el reproductor del vehículo y subió el volumen. «Sí, nena — pensó—. “Let the Good Times Roll”».