Viejos demonios
Capítulo 46
Livia echó mano al Vaari para poder cortar la mordaza y las cuerdas con que tenía atados las muñecas y los tobillos, pero, por supuesto, no estaba allí: se lo habían quitado los hombres.
—Sherrie —dijo con voz trémula—. Sherrie, soy yo, Livia. Hemos hablado por teléfono. No te preocupes, todo va a salir bien. Se inclinó sobre el maletero e intentó desatar la mordaza, pero le temblaban demasiado las manos y el nudo estaba muy apretado. «Vamos, vamos…».
Al olor de azufre del aire fue a sumarse otro, el de la sangre.
«No solo ha roto aguas. Tiene una hemorragia».
—Sherrie, escúchame. No voy a dejarte sola, solo voy a mirar en el coche. Necesito un cuchillo para cortar la mordaza y desatarte. ¿Me entiendes? No me voy.
La mujer gimió y abrió los ojos con gesto aterrado. Livia no podía perder un segundo más tranquilizándola. Corrió hacia la puerta del copiloto. Estaba cerrada con pestillo. Lanzó un grito frustrado y dio la vuelta hacia la del conductor.
De un modo u otro, Culebra había conseguido ponerse en pie y se alejaba tambaleante. Se preparó para ir tras él, pensando «Tenías que haberle partido una rodilla…». En ese momento, en efecto, se le quebró la rodilla. Se le hizo añicos, como un árbol enano talado por un hacha, y Culebra se desplomó.
«Carl».
Livia entró en el coche y abrió la guantera.
«Vamos, vamos… Estos tíos son profesionales. Por aquí tiene que haber un cuchillo…». Lo había: una navaja negra. Se hizo con ella, se apeó de un salto y corrió de nuevo hacia el maletero.
—Sherrie, no te muevas, voy a quitarte la mordaza y a sacarte de aquí. Verás como todo va bien. —Le puso la hoja en la mejilla, cortó con cuidado la tela y la retiró.
La mujer hizo una inspiración violenta, agonizante, y a continuación dio una arcada como si fuese a vomitar.
—Espera —dijo Livia—. Espera. —Le cortó las cuerdas de las muñecas y los tobillos.
Oyó pasos apresurados que se acercaban a ella y se dio la vuelta con la navaja en alto. Era Little.
—¿Cómo va por ahí? —preguntó ella.
—Los ha matado a todos el tirador.
—¿A Bomba también?
—No. Él está vivo, pero no irá a ninguna parte.
A diez metros, Culebra seguía retorciéndose sobre la espalda.
—¡Que alguien me lleve a un médico, coño! —gritó—. ¡Conozco mis derechos!
El agente especial se acercó a él con paso decidido.
—¡No, Little! —exclamó Livia—. Piensa en Presley y en las demás chiquillas.
Él, sin embargo, no pudo hacer nada por evitarlo… ni ella por impedírselo. Se detuvo y, bajando la mirada, la clavó en Culebra.
—Tienes suerte de que no te libre ahora mismo de todo tu puto sufrimiento.
—¡Llevadme a un médico! —volvió a pedir el otro a gritos.
Little lo miró durante otro segundo y, a continuación, soltando un alarido de auténtica rabia primitiva, levantó un pie y le asestó un pisotón en la entrepierna. Culebra aulló e intentó escabullirse serpenteando, pero la única extremidad que le quedaba intacta apenas le permitía moverse. Little repitió la operación varias veces antes de parar y dejarlo allí tumbado lloriqueando.
Entonces se acercó a Livia para anunciar:
—Saldrá de esta.
Sherrie lanzó un gemido. Estaba muy pálida.
—Me duele —dijo—. Ay, Dios, cómo duele.
La situación era horrible. Ni siquiera tenían con qué taparla.
—Tenemos que llevarla a un hospital —anunció la inspectora—. Tenemos el coche muy lejos. ¿Puedes ir a por las llaves de Bomba y traer su monovolumen?
—Ahora mismo. —Salió disparado.
—Sherrie —dijo Livia inclinándose de nuevo sobre el maletero—. Dame la mano, vamos a sacarte de aquí.
Del otro lado de los edificios en ruinas oyó una voz de inconfundible acento texano decir:
—¿Labi? Soy yo, Carl. ¿Puedo acercarme?
Ella sintió que la inundaba un alivio enorme.
—Sí —respondió alzando la voz.
Él dio la vuelta al edificio y llegó al trote con un fusil con silenciador apoyado en los brazos.
—¿Estáis todos bien? —preguntó con la calma sobrenatural de que daba muestras cuando estaba tras la mira de precisión.
Si poco antes le había parecido irreal la situación, para aquello ni siquiera tenía palabras.
—¿Qué estás haciendo aquí? —fue lo único que consiguió decir.
—Me avisó el bueno de Kanezaki. Luego te explico el resto. ¿En qué te ayudo?
—¿Están todos muertos?
—Como Julio César, menos los dos que, por lo que tengo entendido, os interesan. A uno de ellos lo acabo de neutralizar y me parece que al otro le ha hecho lo mismo tu compañero.
Apoyó el fusil en el coche y miró al interior del maletero.
—¡Ay, la leche! —Llevaba algo parecido a un chaleco táctico sobre una camisa de manga larga. Se desprendió del chaleco, lo tiró al suelo y, después de quitarse la camisa, se la tendió a Livia, que fue a cubrir con ella a Sherrie cuando se detuvo.
La criatura había coronado.
—Sherrie —dijo la inspectora—, hay que sacarte del maletero. Tu bebé ya está aquí.
—Ay, la leche —repitió Carl. Era la primera vez desde que se conocían que lo veía quedarse sin palabras.
Livia miró al suelo. Imposible imaginar un lugar menos estéril.
—Ni siquiera tenemos nada que echar a tierra —dijo.
—¿Las alfombrillas del coche? —propuso Carl.
—Buena idea. Corre.
El tirador metió medio cuerpo en el vehículo y regresó un instante después con cuatro alfombrillas.
—Extiéndelas.
Él se arrodilló y las dispuso sobre el suelo. Luego alzó la vista y dijo:
—¿Tú sabes hacer esto? Porque yo te puedo asegurar que no.
—En la academia de policía nos enseñan, sí.
Obvió reconocer que jamás lo había hecho. Devolvió la camisa a Carl.
—Ponla sobre las alfombrillas. —Entonces se volvió hacia la parturienta, que estaba blanca como la pared, tenía la respiración agitada y superficial y estaba cubierta de un sudor espeso—. Sherrie —dijo tomándola de la mano—, necesito que te incorpores. ¿Me harás el favor?
Ella fue a cambiar de postura y exclamó:
—¡Duele mucho! —Empezó a llorar.
Livia sintió que perdía el dominio de sí misma.
—Carl, sácala de ahí.
Él se puso en pie y se inclinó hacia el maletero.
—Señora, voy a tomarla en brazos y levantarla. Si se agarra a mi cuello, creo que el trayecto le será más llevadero. ¿Podrá hacerlo?
Sherrie gruñó jadeante.
—Creo que sí.
Carl se colocó en posición y la mujer le pasó los brazos por el cuello.
—Vamos allá —dijo él—. Una, dos y tres.
La levantó y ella gritó. Tenía los muslos cubiertos de sangre.
—Déjala en el suelo. Rápido.
El tirador la puso sobre el catre que había improvisado y se apartó.
—¿Tienes una linterna?
—Claro. —Sacó una en miniatura de uno de sus bolsillos.
—Enciéndela y sostenla, que pueda ver lo que estoy haciendo. —Se arrodilló y se secó con gesto furioso el sudor de los ojos—. Necesito que empujes, Sherrie. ¿De acuerdo? Tu pequeño está a punto de salir. Voy a ayudarte, pero tienes que empujar.
La mujer soltó un gruñido.
—Ay, Dios. ¡Dios!
Carl alumbró con la linterna y Livia colocó las manos en posición. Se recordó lo que le habían dicho durante su formación. «No tiréis del bebé: simplemente, sostenedle la cabeza y acordaos de que se escurre mucho. No vayáis a dejarlo caer».
—Ya está aquí —anunció y reparó en que estaba llorando—. Ya está aquí.
La cabeza de la criatura asomó más todavía. Su madre lanzó un chillido.
—Ya queda poco —dijo Livia—. Lo has conseguido, Sherrie. Si has llegado hasta aquí, puedes hacer cualquier cosa. Vamos allá.
Oyó un coche a sus espaldas y Carl la tranquilizó:
—Es Little, no te preocupes.
Vio una carita diminuta y colocó las manos bajo la cabeza.
—Parece que viene bien. Un poquito más, Sherrie. Empuja. Ya casi estás. Solo…
Entonces salieron los hombros y, de pronto, todo el bebé, con tanta rapidez que casi se escapa de las manos de Livia. «No tires, sostenlo simplemente. No tires, sostenlo simplemente…». Ya estaba en el mundo, en brazos de la inspectora. Era pequeñísimo y tenía los ojos cerrados…
«¿Respira?». No estaba segura. ¿Qué tenía que hacer? «Comprobad el cordón umbilical. En caso de que esté rodeando el cuello del bebé, retiradlo». Miró y, ¡ay, Dios!, lo tenía alrededor del cuello. Lo desenredó con cuidado. La criatura tenía la boquita y la nariz cubiertas de moco o algo parecido. Lo limpió con toda la delicadeza que le fue posible. «Vamos, pequeño. Vamos, vamos, vamos…».
El recién nacido inhaló una bocanada de aire colosal que sonó como el viento ululando y, a renglón seguido, lanzó un llanto indignado diez veces más potente de lo que cabía esperar de su cuerpecito.
Sherrie Dobbs alzó la vista llorando. Livia también estaba deshecha en lágrimas.
—Es niña —anunció—. Toma, aquí tienes a tu guerrera.
Posó a la cría sobre el pecho de Sherrie, que la tomó tiritando de emoción mientras reía, la arrullaba y sollozaba a ratos.
Sin embargo, no se le había cortado la hemorragia y seguía muy pálida.
—Sherrie, escúchame. Estás sangrando. Tenemos que llevarte a un hospital y eso significa que hay que meterte en un coche. Es un monovolumen. ¿Podrás hacerlo?
La mujer miró a su pequeña y luego a Livia. Tenía el rostro sin color y extenuado, pero la mirada intensa.
—Puedo hacer lo que haga falta.