Viejos demonios

Barry Eisler · Capítulo 13 de 51

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Viejos demonios

Capítulo 12

 

Acababa de dar la medianoche cuando Livia volvió a reunirse con Little en el parque del Canal de Fremont.

Por suerte, no había tenido ningún contratiempo a la hora de desembarazarse de las prendas que se había manchado. Además, no la habían echado de menos en la comisaría. Hasta había podido dormir a pierna suelta en el avión de regreso a Seattle tras sucumbir a la reacción de su sistema parasimpático tras la descarga de adrenalina provocada por el combate. Mejor, porque estaba tan furiosa con Little —y con ella misma— que habría resultado peligroso enfrentarse a él cansada y sin ser dueña por completo de la situación.

Aguardó oculta entre las sombras que arrojaba la fábrica de asfalto del final del parque hasta verlo tomar el sendero. Aguzó el oído, pero solo oyó silencio aparte de sus pisadas.

Desapareció tras los árboles del camino y lo rodeó por detrás para asegurarse por completo de que no lo había seguido nadie. Sabía que Little no prestaba tanta atención a semejante detalle como Carl, Rain o cualquiera de los demás con los que había trabajado en París, y era muy consciente de que, en adelante, más le valía cambiar.

Tampoco es que ella estuviese en posición de tirar la primera piedra, después de lo que había estado a punto de ocurrirle aquella misma tarde en las afueras de Campo, pero de eso se trataba precisamente.

—Buenas —dijo tras salir de la arboleda a sus espaldas.

Él se dio la vuelta con la mano del arma puesta casi en la cintura y los ojos abiertos de par en par a la luz de una farola distante.

—Joder, ¿qué quieres, que me dé un infarto?

Ella lo miró unos segundos, observando cómo su aliento se trocaba en vapor al tocar el aire frío de la noche.

—Solo estaba andándome con ojo. Como me aconsejaste tú, ¿no te acuerdas?

—¿Has averiguado algo?

—Dímelo tú.

Él arrugó el entrecejo.

—¿Eso a qué viene?

—¿Quiénes eran los que me tendieron la emboscada?

—¿Que te tendieron una emboscada? ¿De qué me estás hablando?

Ella lo miró. Tenía buen olfato para las mentiras y le daba la impresión de que la sorpresa de Little era real. Aun así, un sospechoso siempre podía decir la verdad si no se le hacían las preguntas correctas.

—Saliendo de Campo, a unos kilómetros al sur de la interestatal número ocho. Dos vehículos y dos cadáveres en la cuneta. No me digas que todavía no lo has comprobado con la comisaría del sheriff del condado de San Diego. Sabías lo que iba a pasar.

Él meneó la cabeza con aire confundido y Livia dio un paso más tratando de contener su ira.

—¿Lo has comprobado con la comisaría del sheriff?

Un segundo, y luego…

—Sí.

—Entonces lo sabías, joder.

—Livia, yo… A ver, que no hay nada sobre cadáveres. Ni sobre coches. Nadie ha informado de nada de eso.

La inspectora clavó en él la mirada mientras hacía lo posible por hacerse a la idea de lo que le estaba diciendo.

—Es imposible que esos dos vehículos sigan en el arcén desde que me asaltaron, con toda esa sangre y sin que nadie haya llamado para informar de su presencia. Ha tenido que pasar una patrulla de tráfico para ver qué ha pasado.

—Sangre en el suelo… ¿De qué estás hablando? ¿Te han atacado? ¿Los has matado? Cuéntamelo, por Dios.

Ella sacudió la cabeza.

—No, Little, no pienso contarte nada hasta que me digas lo que sabes.

—¿Lo que sé de qué?

—Estabas al tanto —dijo ella acercándose. Aunque él era quince centímetros más alto y pesaba unos cuarenta y cinco kilos más que ella, no dudó en dar un paso atrás—. Sabías que estarían observando y que yo iba a meterme en la trampa. Me has usado para hacerlos salir.

Él levantó las manos en señal de rendición.

—Te dije que me estaban observando y que tenías que andarte con mucho ojo.

Ella flexionó los dedos mientras combatía la necesidad de agarrarlo por las solapas y tirarlo de espaldas.

—Me lo dijiste sabiendo que no te iba a escuchar, que daría por hecho que sería fruto de la paranoia, un espejismo provocado por la desesperación. Me lo dijiste para cubrirte las espaldas, para que, si te lo echaba luego en cara, pudieses usarlo como si fuera la tarjeta que te libra de la cárcel en el Monopoly.

—Pero ¿tú te estás oyendo, Livia? Estás…

—Que te den. Yo he acabado con esto. —Se volvió y enfiló el sendero.

—¡Livia! —La llamó él.

Ella siguió andando.

—¡Livia!

Lo oyó apretar el paso para alcanzarla.

—Me cago en… Pero ¿quieres…?

La inspectora sintió la mano derecha de él antes incluso de que la asiera del brazo. Le agarró el puño de la chaqueta, se agachó, bloqueó su pierna derecha con el muslo a la altura de la rodilla, tiró del brazo de él hacia delante y lo lanzó con un tai otoshi. Little había perdido ya el equilibrio y no podía hacer nada por evitar que la inercia lo empujara a caer de cabeza por encima de ella. Livia resistió el impulso de completar el movimiento y, manteniendo el brazo en su lugar, lo levantó en el último instante para protegerle la región occipital. De haber querido, podría haber pasado a una llave de agarre con la intención de partirle el codo. Aun así, también se sobrepuso a dicho impulso.

Dio un paso atrás y bajó la vista para mirarlo a los ojos.

—No me toques.

Él estaba tendido ante ella, jadeando.

—Sí —repuso tras unos instantes—. Como te dije, hace mucho que dejé atrás mis días de fútbol americano. —Estiró las piernas y se puso en pie, todavía sin poder enderezarse del todo y tratando de recobrar el aliento—. ¿Estás más tranquila?

—Ni lo sueñes. Ya te lo he dicho: o me lo cuentas todo o hemos acabado.

—Pero si ahora sabes que tenía razón, que esos dos siguen haciendo de las suyas, que…

—Calla la puta boca ahora mismo si no quieres que te suba otra vez a la montaña rusa. Y esta vez no esperes que tenga compasión.

Estuvieron unos instantes en silencio, sosteniéndose la mirada y respirando de forma marcada. A Livia no le hacía ninguna gracia que él supiera qué botones tenía que pulsar para provocarla y él no tenía reparo alguno en hacerlo. ¿De verdad iba a darle la espalda solo para demostrar que podía hacer lo que le viniera en gana, que él no podía manejarla a su antojo? Quien fuera el que la había atacado en Campo, el que se había llevado a Hannah Cuero, el que estaba protegiendo a los culpables… ¿En serio iba a permitir que buscaran víctimas nuevas?

Él apoyó las manos en las caderas y exhaló un largo suspiro.

—Está bien —dijo—. No lo sabía, pero…

—Pero sabías que era posible, quizá hasta probable. Si no, no habrías hecho ninguna comprobación en la comisaría del sheriff de San Diego.

—Ya te he dicho que mi jefe, Tilden, no me quita el ojo de encima. Sí, suponía que… si a mí me tienen vigilado y se toman tantas precauciones, no es impensable que también estén vigilando la casa de los Cuero.

—Y me has dejado que me meta yo solita en la trampa.

—No exactamente. Te dije que estuvieses atenta por si te espiaban. Pero que conste que no lo digo por librarme de la cárcel del Monopoly. Tienes razón: sabía que no ibas a hacer caso a mi advertencia, pero también que sabes cuidarte muy bien sola. Mira lo que me acabas de hacer.

Ella no dijo nada. Era consciente de que, por furiosa que estuviera, no podía echarle a él la culpa, al menos no toda. ¿O no habría estado ella dispuesta a poner en peligro a otra persona para averiguar lo que le había ocurrido a Nason? Detestaba tener que reconocerlo, pero no le habría importado lo más mínimo en caso de haber tenido la ocasión.

—Los hombres a los que has matado… No eran ellos, ¿verdad? No eran los que se llevaron a mi hija.

Livia lo miró a los ojos. No tenía claro que mereciera que le respondiese y, sin embargo, tampoco podía ser tan cruel.

—No lo sé, aunque… lo dudo.

—¿Por qué?

—Los hombres a los que buscamos… no se quedan en la zona después de actuar. Esto era otra cosa.

—¿Qué?

Sí, esa era precisamente la pregunta. Se dio cuenta de que, en realidad, no estaba furiosa con Little, sino con ella misma. Tenía que haberlo sabido de antemano. Lo peor de todo era que sí lo había previsto en parte, pero no había sido capaz de atar cabos. Se había querido convencer de que Little estaba traumatizado, desesperado, y eso lo estaba llevando a exagerar. Se había plantado en Campo y se había reunido con la señora Cuero diciéndose, en parte, que lo hacía solo por contentarlo y quitárselo de encima.

En ese momento cayó en algo más: se había centrado tanto en las pruebas que podía haber dejado en el lugar de los hechos y en deshacerse de ellas, así como en la conversación que iba a tener con Little, que ni siquiera había vuelto a pensar en los Cuero; pero en ese instante…

—Tenía que haber vigilancia —dijo—. Los que me interceptaron en la carretera tuvieron que seguirme la pista desde la casa de los Cuero. No vi nada por el estilo, pero tenía que haber algo. Puede que estuvieran observándola a distancia, con una cámara de vídeo instalada en un árbol o un poste de teléfono. Lo que sea. Tuvieron que verme entrar y salir y me siguieron hasta que estuve a cierta distancia del municipio, sin que me diese cuenta hasta que ya era demasiado tarde. Eso ha sido, ni más ni menos, lo que ha pasado.

—Tiene sentido.

Ella negó con la cabeza.

—No lo entiendes. Le di mi tarjeta de visita a la señora Cuero.

—¿Qué? ¿Por qué?

«Porque, en el fondo, pensaba que tus teorías no tenían fundamento. Porque di por hecho que estabas tan afectado que te habías vuelto paranoico».

—¿Qué querías que hiciese? «Hola, señora Cuero. No puedo decirle quién soy, con qué autoridad me presento aquí ni por qué tendría que dejarme entrar en su casa y hablarme de lo más traumático y aterrador que pueda ocurrirle a una persona; pero, por favor, dedíqueme unas horas y cuénteme todo lo que pueda sobre su hija para ver si puedo hacer algo».

—Tienes razón, pero…

—¿Cuándo has mirado si sabían algo en la comisaría del sheriff?

—Hace una hora más o menos.

—¿Y no sabían nada? ¿Nadie había informado de un homicidio en la carretera?

—Ni pío. Ni siquiera una multa por exceso de velocidad.

—Entonces, alguien ha tenido que mover los cadáveres. Lo que significa… que tienen que contar con más gente por los alrededores. Si no me equivoco con lo de la cámara, tiene que haber una grabación, un vídeo en el que salga yo y quizá también el coche que alquilé. De todos modos, aunque no sea cierto, les bastará con preguntarle a la señora Cuero quién ha ido a verla. Y, por cómo me han abordado a mí, dudo que esa gente tenga la costumbre de hacerlo por las buenas. Además, hasta puede que no quieran que hable con nadie más. Querrán eliminar cabos sueltos, como han hecho con los vehículos y los cadáveres del arcén. ¿Te has parado a pensarlo? No solo me has puesto en peligro allí, sino que me has colocado una diana en la espalda. Es más, también has puesto en peligro a la madre traumatizada de esa pobre chiquilla y a su tía. ¿Te da igual?

—Seguro que no les pasa nada. Nadie va a…

—Esa es la misma mierda que te dijiste a ti mismo para mandarme allí. ¿A quién coño nos estamos enfrentando, Little? Cuenta con efectivos suficientes para vigilar la casa, mandarme a dos matones, limpiar el lugar de los hechos justo después… ¿y me quieres convencer de que los Cuero no tienen por qué preocuparse? ¿No te das cuenta de lo desquiciado que te tiene todo esto? Olvídate de mí. ¿Qué piensas hacer si le pasa algo a la familia de Hannah? ¿De verdad crees que es esto lo que querría Presley?

A él se le ensombreció el rostro mientras se le crispaba la mano de la pistola.

—Ni se te ocurra, jamás…

—¡Tengo todo el derecho del mundo! Porque me has arrastrado a esto y ahora no puedo librarme aunque quiera. ¡Estoy metida en esto contigo hasta las cejas, so capullo, y tengo que saber que serás capaz de dominarte lo suficiente para no poner en peligro a personas inocentes!

Little la miró de hito en hito. Tenía ojos furiosos y de la nariz le salían nubes de vaho que bien podrían haber sido de humo. Entonces, suavizó el gesto y bajó la mirada.

—Tienes razón —dijo—. Lo siento.

Los dos guardaron silencio unos instantes. El agente especial levantó entonces la vista.

—¿Qué? —preguntó Livia, incapaz de interpretar su expresión.

—Lo siento de veras.

—Sí, pero también te alegras.

—En parte lo siento por eso.

Ella asintió sin palabras. No le hacía ninguna gracia reconocerlo, pero, en el fondo, lo entendía.

—¿Tienes alguna teoría?

—¿Sobre quién me ha atacado?

—Y sobre quién puede estar detrás.

Ella se detuvo a considerarlo.

—De entrada, sabemos que cuentan con mucha gente por aquella zona, ¿verdad? Si me han vigilado, me han atacado y han limpiado los destrozos…

—Estoy contigo.

—No sé gran cosa de Campo, pero, por lo que he visto, solo se me ocurren tres organismos con el personal necesario: la comisaría del sheriff del condado de San Diego, la Patrulla Fronteriza y el campamento de instrucción militar de montaña.

—También coincido. ¿Cuál te parece más sospechoso?

Livia recordó la vaga sensación que la había asaltado de que debía visitar la base de la armada y la frustración que le había provocado saber que no podía detenerse. Pensó también en cómo había intentado hacerse pasar por guardia de tráfico el trooper Johnson…

—No creo que fueran agentes de la ley —aseveró—. Dudo mucho que estuvieran habituados a parar vehículos ni a registrarlos.

—O sea, que ni eran hombres del sheriff… ni de la Patrulla Fronteriza.

—Eso creo. Dime: ¿puedes averiguar algo de esa base de la armada?

Él asintió.

—Tenlo por seguro.