Viejos demonios
Capítulo 9
Bomba recorría a pie el suelo de cemento del muelle de Ocean Beach, en San Diego. Aunque era tarde, seguía haciendo un calor seco que la brisa nocturna ayudaba a moderar y todavía había gente por allí, en su mayoría chavales fumando marihuana, metiéndose mano o haciendo una cosa y la otra. Había sacado a pasear al labrador de la familia. No es que fuera un gran aficionado a los perros, pero su mujer y su hijo adoraban a aquel bicho y, desde luego, a él le brindaba una excusa perfecta cuando tenía que salir por la noche. La del ciudadano ejemplar que sale a dar una vuelta con su mascota era la clase de actividad vecinal que la policía encontraba no ya corriente, sino hasta tranquilizadora.
Él, en cambio, no se sentía precisamente tranquilo. Estaba cabreado e incluso un pelín asustado. La prensa local de Portland no dejaba de hablar del espantoso asesinato con violación del que habían sido víctimas una mujer y su hijo pequeño en el barrio de Beaumont-Wilshire, cerca de donde vivía Hope Jordan. Aunque todavía no habían revelado el nombre de los desafortunados, tenía que ser una coincidencia de la leche, sobre todo porque ningún medio había informado de nada semejante a, digamos, una muerte ocurrida durante un robo con violencia, que era lo que se suponía que tenía que simular Culebra.
Llegó al extremo del embarcadero que se internaba en la playa. El viento soplaba en ráfagas enérgicas en aquel punto. Se detuvo y contempló las aguas oscuras e infinitas mientras escuchaba las olas que rompían a sus pies. Sí, siempre le había gustado aquel muelle. De niño había pasado allí muchas noches, cuando no sobre el muelle, debajo de su estructura. A veces deseaba poder volver a aquellos días, en los que todo había sido fácil, en los que podía hacer lo que quisiera. Mejor aún, regresar a la época en que había servido en Irak, sin duda la mejor de su vida. Allí, Culebra y él habían sido como dioses, como dioses respetados, temidos e imparables.
La vida, sin embargo, no funcionaba de ese modo. Por jodido que resultara, había que conformarse con el momento y el lugar presentes. Y, de un modo u otro, había que ingeniárselas para sacarles el mayor partido posible.
Llevaba ya recorrida la mitad del camino de vuelta cuando vio a Culebra caminando en su dirección. Bomba hizo una sutil inclinación de cabeza a modo de gesto de alivio. No habían querido arriesgarse a contactar por ningún medio electrónico y, en aquel momento, Bomba se dio cuenta de que semejante silencio radiofónico lo había puesto nervioso. Se dirigió a la barandilla y se apoyó en ella para seguir mirando el mar con las luces del muelle a sus espaldas.
—¿Qué pasa, hermano? —dijo el recién llegado al detenerse a su lado.
El animal, que se había colocado en el costado opuesto de su dueño, soltó un leve gañido. Culebra no había conseguido nunca gustarles a los perros. Bomba dio un tirón a la correa.
—Calla.
Culebra obvió a labrador.
—Perdón, que llego un poco tarde. He tenido un día movidito.
Bomba lo miró.
—Pero bueno, ¿no?
Culebra soltó una risita.
—¡Joder, ya te digo!
—En las noticias no paran de hablar de una cosa rara, un asesinato con violación. Por lo visto han muerto una mujer y su hijo. Eso sí, de un robo con violencia no han dicho ni pío. ¿Se puede saber qué pasa?
—Ah, bueno. Es que he tenido que… improvisar un poco.
Sabía que no tenía derecho a cabrearse. Al fin y al cabo, Culebra le estaba haciendo un favor. Un favor no, exactamente, porque se debían mucho el uno al otro, pero sí que, de todos modos, era un detalle. Conque no dejaba de ser injusto enfadarse por los pormenores. Así y todo…
—¿Has tenido que improvisar o has querido improvisar?
Culebra dejó escapar un suspiro.
—Puede que mitad y mitad. Animar la cosa un poco no tiene nada de malo, ¿verdad?
Bomba no pudo contenerse.
—No estoy hablando de la fiesta, tío, sino del momento de limpiar. No es el brindis, sino la puta resaca lo que me preocupa.
El otro lo miró sonriente.
—Pues la resaca se cura con otra copa.
—Esto ya lo hemos hablado, tío. Teníamos claro el objetivo y también los parámetros. ¿Qué coño…?
—Venga, hombre. Si de todos modos ya tienes lo que necesitabas.
—¿Qué?
—Pues que pareciese un homicidio como otro cualquiera y no un asesinato premeditado. Que sí, que podía haber sido un robo con violencia que acabó en tragedia, pero, en vez de eso, fue… un robo con violencia que se desmadró… y al final acabó en tragedia.
—¿Y el crío?
Culebra se encogió de hombros.
—Yo creo que encaja perfectamente en la historia. Horrible a más no poder, es verdad, pero no deja de ser un homicidio como otro cualquiera. Por eso lo hemos hecho antes de que se le ocurriera ponerse a largar con la prensa, ¿no? Para que nadie pudiera relacionarlo contigo… ni con lo de Noreen. Pero es que, aunque lo hicieran, y no lo van a hacer, tú tienes una buena coartada. ¿En qué momento has estado tú en Portland?
Bomba meneó la cabeza.
—¿En serio tengo que agradecerte que hayas matado al crío?
—A ver, si te paras a pensar, tiene todo el sentido del mundo. Aunque pensaran que has sido tú el que ha acogotado a la madre para callarle la boca, ¿qué clase de monstruo se habría cargado también al crío? Eso sería ya demasiado. La gente no quiere creerse esas cosas.
Bomba volvió a negar con la cabeza. Sabía que Culebra estaba, de algún modo, en lo cierto y, aun así…
—¿Los has matado a tiros?
—¿Crees que me he vuelto gilipollas?
«Gilipollas no —pensó Bomba—, pero loco sí que has estado siempre».
Tras un momento de silencio, respondió el otro:
—Qué va. Ya sé que no pueden rastrear la pistola, pero, cuantas menos pruebas, mejor. Como siempre. He estrangulado a la madre y al crío lo he asfixiado. La cosa queda así: un tío desesperado que asalta a una madre ejemplar en su Volvo todoterreno para robarle, la obliga a conducir hasta un sitio apartado y la cosa… eeeh… se pone intensa. Si te paras a pensarlo, no se diferencia tanto de lo que ha pasado en realidad.
Bomba lo miró fijamente.
—¿De verdad te has propuesto convencerme de que te lo has montado con esa guarra y has matado a su hijo por hacerme un favor y no porque te apetecía?
—Pero ¿por qué no puede ser por una cosa y por la otra? Pues claro que me apetecía. A ver, te lo digo en serio, tío: buen gusto no te falta. Esa mujer tenía algo que… No sé, esa manera de obedecer a todo lo que le decía… Sabes lo que quiero decir, ¿no? «Por favor, no le haga daño a mi pequeño. Haré lo que me pida…». Ya te digo si lo hizo. Lo hizo todo.
Bomba no podía negar que le gustaba oír todo aquello. Sí, recordaba muy bien a Hope. Se había divertido tanto con ella…
—Así que podías darme las gracias, digo yo —añadió Culebra—. Me he conformado con tus sobras sin decir esta boca es mía.
Bomba no pudo evitar una carcajada.
—Después de veinte años no sé si pueden considerarse mis sobras.
Culebra también se echó a reír.
—Lo siento, hermano. Ya sé que no es lo que habíamos planeado, pero tampoco es que me haya dejado llevar: simplemente encontré una manera mejor de hacerlo, de darte lo que necesitabas y, ya de paso, darme yo un homenaje. Así ganamos todos, ¿no?
El perro volvió a gañir. Bomba lo miró y tiró de la correa.
—Calla.
Sabía que Culebra no estaba siendo del todo sincero. Estaba dispuesto a reconocer que tal vez no se había dejado llevar por completo, pero no dudaba que había empezado por satisfacer sus deseos y después había planeado el resto para justificarse. Aunque su teoría sobre cómo lo entenderían quienes investigasen el caso, y cualquier persona propensa a pensar lo peor de Bomba, era, de hecho, muy buena. Se preguntó si habría dado su visto bueno en caso de que Culebra le hubiese propuesto aquel plan de entrada… y tuvo que responderse que probablemente sí.
—¿Qué? —dijo—. ¿Me lo piensas contar o no?
—¿Qué quieres que te cuente?
—La parte que no ha salido en las noticias.
Culebra soltó una risotada.
—Claro, hermano, coño. Estaba deseando que me lo pidieras.