Viejos demonios
Capítulo 7
Culebra hacía tiempo en un lateral del estacionamiento de Whole Foods, metiendo en una bolsa los artículos de alimentación que había recogido de la basura como quien se entrega a la labor más importante del planeta. La sudadera con capucha, los vaqueros y las botas que llevaba puestos y que dejaban mucho que desear en cuanto a limpieza resultaban de lo más versátil: en los alrededores de una obra, su portador habría pasado por albañil y en un parque natural o cerca de una pista forestal, por senderista, pero alguien que con semejante atuendo revolviera la basura como estaba haciendo él solo podía hacer pensar en un sintecho.
Por supuesto, no había confiado solo a la capucha la misión de ocultar su rostro. De hecho, nunca iba a ningún lado sin algún que otro elemento más de disfraz: vello facial falso, una nariz postiza, gafas o lo que fuera. Con eso, unos cuantos jerséis bajo la chaqueta que lo hicieran parecer diez kilos más gordo y una china en la bota para obligarlo a cambiar de andares, podía cruzarse con su madre sin que esta lo reconociera.
Tenía que admitir que la profesora a la que había recurrido la academia militar para que les hablara de cómo disfrazarse conocía muy bien su oficio.
—Siempre hay que pensar en el disfraz como en una cebolla —les había dicho aquella experta de la CIA llamada Kim— a la que podemos añadir o quitar capas. Basta con poner o eliminar el número necesario para desaparecer y conseguir que ocupe nuestro lugar otra persona.
Culebra se había mostrado escéptico al principio, pero ver lo que era capaz de hacer aquella tipa con solo unos truquitos había sido toda una revelación.
Una revelación muy útil, por cierto.
De las distintas posibilidades que se le ofrecían, la de mendigo era su favorita. A la gente de la calle no le gustaba mirarlos, porque hacía que se sintieran abochornados por su buena fortuna. De modo que, siempre que evitara fijarse en los transeúntes, que era lo que hacían siempre los sintecho cuando no estaban pidiendo limosna, podía estar seguro de que era casi invisible para ellos. Es verdad que las cámaras de seguridad iban a captar su imagen de manera inevitable, pero sabía que, con lo que había aprendido de Kim y lo que había practicado por su cuenta, grabarían a alguien que no era él.
Levantó la vista y la vio allí. Era Hope Jordan, sin duda; la misma mujer que había conocido por las fotografías que había buscado en la Red, de pelo corto y castaño, esbelta y con un buen par de piernas enfundadas en mallas de deporte. Tenía, claro, la edad de Bomba, aunque parecía más joven, y sabía cuidarse, igual que Noreen. Desde luego, había que reconocer que su amigo tenía buen gusto.
En el carrito que empujaba aquella mujer iba sentado un crío, varón a todas luces, que debía de haber cumplido los dos años y llevaba las piernas colgando por los huecos que tenía delante. No era de extrañar en una mujer casada que no iba a tardar en cumplir los cuarenta. Había imaginado que sería muy probable que fuese a la compra acompañada de un chiquillo o dos. Daba igual. De hecho, aquello hasta podía ser una ventaja.
La mujer presionó un botón de la llave y el portón trasero de su coche, un Volvo todoterreno, se abrió con un pitido. Tardó un minuto en colocar dentro la compra y, acto seguido, pulsó otro botón. Cuando se cerró el maletero, llevó el carro a su lugar con el niño todavía dentro. Una ciudadana ejemplar y no de los que dejan el carro en una plaza de aparcamiento vacía como muchos. Y madre ejemplar también, porque no se le había ocurrido dejar al chiquillo solo en el vehículo mientras devolvía el carro, aunque fuese unos segundos solamente. Bueno era saberlo.
Sacó al crío del carrito y lo llevó al coche. De camino, apretó de nuevo un botón de la llave y el vehículo respondió con un pitido doble. Abrió la puerta trasera del lado del copiloto y pasó unos segundos abrochándolo al asiento. Culebra miró a su alrededor. Había unos cuantos clientes que iban de un lado para otro, pero ninguno de ellos prestaba la menor atención a su entorno. Al fin y al cabo, ¿qué podía ocurrir en el aparcamiento de un supermercado de las afueras de Portland?
La mujer cerró la puerta y fue a rodear el todoterreno. No sonó ningún otro pitido, lo que quería decir que había desbloqueado las cuatro puertas para meter al crío y no se había molestado en bloquearlas de nuevo. ¿Y por qué iba a hacerlo? Tanto abrir, cerrar y volver a abrir podía ser un verdadero coñazo. Una cosa era asegurarse de que el pequeño no se quedara solo ni un segundo y otra muy distinta volver a bloquear las puertas cuando solo tenía que meterse ella misma en el coche. Habría sido excesivo. Una vez dentro, sin embargo, la cosa cambiaba. Los había que echaban el pestillo en cuanto se sentaban, sobre todo si llevaban a su hijo.
Culebra se acercó con disimulo en el momento preciso. La mujer abrió la puerta del conductor, metió el pie derecho, se agachó, se sentó…
Cuando Culebra llegó a la puerta del copiloto la vio por la ventanilla, vuelta de espaldas para asir la manija de su propia puerta y tirar de ella…
El recién llegado abrió la puerta del copiloto y se coló en el vehículo apuntando a la mujer con la Ruger de 5,6 milímetros R que le había dado Bomba y que, si bien hacía más ruido, evidentemente, que cualquier pistola equipada con silenciador, resultaba bastante sigilosa y tenía la ventaja de no dejar casquillos que pudiera recoger la policía.
La mujer acabó de cerrar la puerta en un acto reflejo, se volvió hacia Culebra y, al verlo, dio un respingo, ahogó un grito y contrajo el gesto llevada por el terror. Él se inclinó hacia el lado opuesto y, cruzando la mano izquierda por delante del torso, cerró su propia puerta. Manteniendo el revólver bajo y pegado al torso, dijo:
—No se te ocurra montarme ninguna escenita. Lo único que quiero es que saques unos cuantos billetes de un cajero. Nada más.
Aunque con muchísimas variaciones, la ingeniería social se reduce siempre a ofrecer al otro algo en lo que cifrar su esperanza, algo en lo que creer; en este caso, la impresión de que se trataba, sin más, de una transacción, de algo semejante a un contrato con un precio aceptable y donde cabía esperar una respuesta razonable por la otra parte firmante. Cierto es que la otra parte estaba planteando sus condiciones a punta de pistola, pero, al estar sometida a presión, la mayoría se aferra a sus convicciones cotidianas, incluida la creencia de que cabe esperar que sus congéneres cumplirán las promesas que ofrecen. La otra opción —la aceptación de encontrarse en peligro de muerte inminente y de que el único modo de evitarlo consiste en asumir el riesgo, la idea de todo punto insólita de contraatacar— era tan ardua como espeluznante. En comparación, la de aferrarse a las convicciones cotidianas resultaba sencilla y reconfortante. Los instructores que habían adiestrado a Culebra en el delicado arte de la «entrega extraordinaria», vulgarmente conocida como secuestro, le habían enseñado todo eso y algo más, y él había tenido ocasión de comprobar que era muy cierto.
La mujer contemplaba el arma con los ojos desencajados. Aunque la Ruger no era un revólver especialmente grande, Culebra sabía bien que lo que estaba viendo era algo del tamaño de un cañón de pistola apuntándole directamente al corazón.
—Si solo soy un viejo amigo tuyo —dijo con calma y sin alzar la voz. Miró al crío, que, pese a tener en la mano un rompecabezas o algo parecido, lo miraba a él, y le dedicó una sonrisa tranquilizadora antes de volver a centrar su atención en la mujer—. Qué alegría, que nos hayamos encontrado después de tanto tiempo. Amigos, ¿verdad? Y lo único que tienes que hacer es acercarme a un banco. ¿Lo entiendes? Acercarme a un cajero y se acabó.
Ella asintió sin palabras.
—Perfecto. No quiero asustar a nadie, ni pienso hacerle daño a nadie si no me das motivos. ¿Verdad que no me vas a dar ningún motivo?
La mujer negó con la cabeza. Las manos le temblaban.
—Dilo.
Ella tragó saliva.
—No voy a darte ningún motivo.
Mierda. Se estaba empezando a empalmar, por la rapidez con que obedecía aquella mujer, por lo aterrada que estaba. Era por su hijo, claro: estaría dispuesta a hacer cualquier cosa por proteger a su pequeño. Solo de pensarlo se le ponía más dura todavía.
—Así me gusta. De aquí a quince minutos habremos acabado. ¿Cómo te llamas?
—H… Hope.
—Muy bien, Hope. Ponte el cinturón. Vamos, póntelo.
Pero las manos le estaban temblando tanto que le fue imposible. Fue a meter la hebilla en el anclaje tres veces y las tres falló. Empezó a hiperventilar.
—Hope —dijo Culebra—, como te he dicho, si no me das ningún motivo para lo contrario, no os pasará nada a tu pequeñín ni a ti. ¿De acuerdo? Vamos, verás como puedes hacerlo.
Ella asintió, soltó un par de exhalaciones prolongadas y se las compuso para abrochar el cinturón. Él hizo lo mismo con el suyo. Habría preferido saltarse aquel paso para tener más libertad de acción, pero había visto una vez en cierta película que una mujer convencía al hombre que la retenía para que se quitara el cinturón y a continuación estrellaba el coche contra un árbol. Ella se salvaba gracias a la sujeción y al airbag, pero el tío salía despedido por el parabrisas.
—Bien hecho. Ahora, bloquea las puertas.
Ella obedeció.
—Bien. Arranca el coche, vamos.
La mujer pulsó el botón de encendido y el motor cobró vida con suavidad.
Él estaba encantado. ¿O es que se había inventado algún juego mejor que el de hacer lo que Simón dice?
—Gira a la izquierda cuando salgamos —ordenó. No quería que tuviese que acortar todavía por en medio del tráfico, porque seguía hecha un flan. Mejor darle un par de minutos para que se le pasara el tembleque.
Ella se volvió a mirar a su hijo como para asegurarse de que seguía allí y, tras respirar hondo de nuevo, puso la marcha atrás y empezó a recular.
Medio minuto después, habían llegado a la calzada. Ella había conseguido dominar los nervios, en parte, probablemente, porque el volante le ofrecía algo a lo que agarrarse con fuerza. Los limpiaparabrisas se habían echado a andar de forma automática. A Culebra le gustaba aquel zumbido rítmico que hacían al apartar la lluvia.
—Muy bien hecho —dijo—. Ahora vamos a girar a la izquierda para tomar la Cuarenta y Cinco. Pon el intermitente.
—Pero mi banco…
—No vamos a ir a tu banco, sino a una sucursal que me gusta más. El intermitente, Hope. Ya.
Ella hizo lo que le decía y, un instante después, se hallaban recorriendo en dirección norte una calle tranquila con árboles a uno y otro lado y sin más testigos que extensiones de césped bien cuidadas, canastas de baloncesto dispuestas en los caminos de entrada de las casas y hojas mojadas dispuestas a golpe de rastrillo en meticulosos montones al lado del bordillo.
Culebra había reconocido antes la zona, por supuesto, y el lugar al que la llevaba era una obra, un proyecto a medio construir de una de esas viviendas que parecían fabricadas en serie. Saltaba a la vista que la habían interrumpido hacía un tiempo, probablemente después de que el que la encargó se hubiera quedado sin dinero y el constructor hubiese retirado al personal. Estaba situada tras un largo camino de entrada de gravilla al final de un callejón sin salida, retirada del resto de casas y rodeada de árboles: un lugar privado, discreto, como los que buscaban siempre Bomba y él cuando estaban de viaje y no tenían cerca el lago Saltón. Tanto era así que Culebra había empezado a excitarse cada vez que pasaba con el coche por uno de aquellos sitios sin necesidad de llevar a una mujer con él.
Aquel día, por supuesto, sí iba acompañado.
Se tuvo que recordar que tenía que parecer un atraco con intención de robo que había salido mal. En eso había quedado con Bomba y lo cierto es que tenía sentido. Joder, pero… estaba tan cachondo… Como si no hubiese sospechado lo que le iba a pasar. Se había dicho que había examinado el terreno con la única intención de dar con un lugar tranquilo en el que matarla, pero, a medida que se acercaban, empezaba a cuestionárselo.
«¡Mira que eres malo…!», pensó. Se habría sonreído, pero la mujer lo estaba haciendo muy bien y no quería asustarla.
Llegaron al final de la calle.
—A la izquierda aquí —anunció—. Pon el intermitente. Ahora, a la derecha.
Sabía que ella quería preguntar adónde iban, pero no lo hizo. Tenía demasiado miedo. Joder, qué cachondo estaba.
La mujer estuvo unos minutos más siguiendo sus instrucciones. Culebra miró al chiquillo, que estaba jugando con su rompecabezas o lo que fuera aquello.
Llegaron al camino de entrada de la casa en obras.
—Aparca —ordenó.
La mujer miró al crío por el retrovisor.
—¿Dónde estamos? —El pavor había ganado la partida al horror—. ¿Qué hacemos aquí? Me ha dicho que íbamos a un banco, al cajero.
Se había echado a temblar de nuevo. Su instinto, de hecho, no se equivocaba. Solo tenía que haberle hecho caso un poco antes. Con todo, tampoco era culpa suya. Qué va. Es solo que la mente actúa así. Se había dado cuenta de que la situación era espantosa, peor aún de lo que había querido reconocer al principio. El problema era que hasta ese momento había estado cooperando y seguía entre los vivos, de modo que su cerebro le estaba diciendo: «Si estoy colaborando y no estoy muerta, será porque es lo que tengo que hacer. Si sigo así, saldré de esta con vida». Se había metido en una espiral de la que, una vez dentro, resultaba muy difícil salir. Lo habría tenido mucho mejor si se hubiera negado desde el principio, si hubiera tratado de negociar, resistirse…, lo que fuese. Nadie debería dejarse llevar nunca a un segundo lugar de los hechos, porque la única razón por la que puede querer buscar un sitio así un delincuente son sus ansias de violar, torturar o matar, si no de una combinación de las tres cosas. Hasta a quienes comprendían esto les resultaba muy difícil aceptarlo a la hora de la verdad. Son cosas del cerebro. ¿Qué se le va a hacer?
Ajá. Desde luego, ella no había tenido la culpa. Una parte muy rara de Culebra deseaba decírselo. Y quizá se lo dijese.
—Tengo que recoger mis cosas. Luego vamos al banco y después me esfumo. —Hizo un gesto con la Ruger—. Venga, entra ahí y aparca.
Eso hizo ella. Avanzaron con la lluvia tamborileando en el techo del vehículo, los limpiaparabrisas con su zum-zum, zum-zum y la grava crujiendo bajo las ruedas. El camino de entrada describía una lenta curva hasta la parte de atrás de la obra. Aunque el armazón exterior de la vivienda estaba casi completa, todavía no habían colocado las puertas del garaje. Solo había tres vanos enormes en la fachada trasera de la estructura inconclusa, cuyo interior estaba demasiado oscuro para ver nada desde el coche.
Culebra lo señaló con el revólver.
—Entra ahí, que no nos mojemos.
La mujer meneó la cabeza.
—Quédese con mi bolso —dijo alzando la voz—, con mi monedero. Le diré el número de mi tarjeta. Puede quedarse con el coche e ir con él al banco…
—Aparca. —La voz de Culebra revelaba una calma sepulcral—. Voy a recoger mis cosas y luego iremos juntos al banco. No pienso dejar que me des una clave falsa.
—Es cinco, nueve, cinco, nueve. No le estoy mintiendo.
Él miró al niño, que había levantado la vista del rompecabezas con gesto preocupado que rayaba en asustado. Era evidente que había captado la inquietud de su madre. En fin, a esas alturas ya daba igual.
Culebra la miró a los ojos. Desde que había entrado en el coche, había intentado crear un ambiente tranquilizador y serio, pero en ese momento abandonó toda pretensión al respecto. Quería que ella sintiera miedo de veras.
—Aparca en el puto garaje, Hope. No querrás que te lo tenga que repetir otra vez, ¿verdad?
El chiquillo empezó a llorar y la mujer hizo otro tanto. Con todo, siguió avanzando lentamente y abandonó la luz gris del día por el espacio en penumbra que se abría ante ellos. Entonces cesó el tamborileo de la lluvia. Los limpiaparabrisas también enmudecieron. En el silencio repentino que se impuso en el interior del coche, Culebra creyó poder oír el latido del corazón de ella.
Sacó el iPod y pulsó el botón de reproducción. «Lo siento, Bomba — pensó. La erección había llegado al extremo de resultar dolorosa—. Te prometo, tío, que así también va a salir como lo hemos planeado. Puede que hasta mejor».