Viejos demonios
Capítulo 23
La jefa Best no quitaba ojo al alcalde, que recorría el despacho de ella como si fuese el suyo propio. De no haber estado Best sentada a su escritorio, lo más seguro era que se hubiera apoderado de su dichoso asiento. La prudencia de ella, sin embargo, le impedía decirle que pusiese el culo en el sofá de una puñetera vez y le mostrase respeto. El alcalde Martin Woods tenía a todo ciudadano de Seattle medianamente destacado por posible rival político y no podía evitar entregarse a diversos rituales de dominación cuando estaba ante alguno de ellos. Best no tenía claro si lo que pretendía era recalcarles quién tenía la sartén por el mango o recordárselo a él mismo. Fuera como fuere, era preferible dejar que se recrease. Porque, ¡qué leche!, ella sí que era su rival. La diferencia radicaba en que no tenía intención de dejar que nadie lo viese venir.
Además, el motivo de aquella visita era delicado… y, además, la ocasión podía ofrecer alguna que otra oportunidad valiosa. ¿Para qué iba a interrumpir el numerito del alcalde?
—Entonces —dijo al fin—, no tienes ni idea de quién era quien te ha llamado. —Era un breve compendio de lo que él había tardado un minuto en contar hecho un basilisco. Los policías sabían bien que responder con un resumen de lo dicho era una técnica muy eficaz para hacer hablar a un interlocutor.
Los alcaldes, al parecer, no.
—Ni idea —repuso Woods—. Era un número oculto. Además, ¿cómo coño han conseguido mi móvil?
Best, que tenía por costumbre hacer caso omiso de las preguntas retóricas, no dijo nada.
Woods se detuvo frente al escritorio y se pasó los dedos por el cabello, gris como el acero y de corte impecable. «Venga, da la vuelta y ponte a mi lado —pensó ella—. Los dos sabemos que te mueres de ganas».
Como siguiendo instrucciones, él rodeó el escritorio, apoyó el cuerpo en la pared a fin de hacer que ella tuviera que darse la vuelta para mirarlo y cruzó los brazos.
—Tú eres la poli. ¿Qué sacas en claro?
Ella se encogió de hombros, no ante la pregunta, sino por lo poco que le importaban sus jueguecitos gestuales. Le afectaba tan poco un hombre grosero como uno predecible.
—Sabes tan bien como yo que la agente Lone tiene enemigos —respondió —. Ha sufrido dos intentos de asesinato y todavía no se había destapado que en la red de pornografía infantil que estaba investigando estaban implicados varios agentes del servicio secreto y senadores. De modo que…
—No digo que no tenga enemigos. Claro que los tiene. Lo que te pregunto es si te parece que podemos considerar amigo nuestro al que me ha llamado, es decir, si crees que sus acusaciones pueden ser ciertas.
Ella sabía perfectamente adónde había querido llegar, pero no tenía ninguna intención de responder hasta que se lo hubiera preguntado de forma directa.
—No lo sé muy bien —respondió, no tanto por ser verdad como con cierta finalidad estratégica.
Él la miró fijamente.
—¿En serio? Quiero decir que quien me ha llamado tenía información extremadamente detallada: fechas de viajes a Bangkok y a París y la conexión que la une a un senador muerto y a un contratista militar asesinado, muertos ambos estando ella de vacaciones en la misma ciudad que ellos. ¿Tú sabías algo de esto?
—No. —Best se alegró de poder responder con sinceridad—. Recuerdo haber leído el año pasado la noticia del infarto del senador Lone y, hace un mes, la del secuestro y el asesinato de Oliver Graham.
—¿Y no sabías que la agente Lone estaba en las inmediaciones cuando ocurrieron las dos?
—Suponiendo que sea cierto, claro. Pues no, no lo sabía. De todos modos, como te acabo de decir, el senador Lone murió de un infarto. ¿Crees que se lo provocó mi inspectora?
—El que me ha llamado asegura que no fue un infarto. Además, dice que a su hermano, el padre adoptivo de ella, también le falló el corazón cuando la inspectora Lone vivía en su casa.
—Yo no soy médico, Martin, pero da la impresión de que en la familia Lone tengan problemas cardíacos.
—¿No te acabo de decir que el que me ha llamado dice que no fue un infarto?
—Con todos mis respetos, Martin, el que te ha llamado podría haberte dicho que la Luna está hecha de queso semicurado y, en ese caso, espero que ahora mismo no estaríamos debatiendo sobre si se refería a havarti o jarlsberg.
Él frunció el entrecejo. El sarcasmo de Best no le hacía ninguna gracia, pero, a ojos vista, tampoco tenía con qué responder. Ella se preguntó por qué estaba contestando a lo que le decía Woods. Quería tener algo contra Lone, ¿no? Pues bien, el alcalde se lo estaba sirviendo en bandeja. Con todo, si la inspectora podía compararse con un pajarillo con cierta manía a volar a lugares en los que no debería estar, Woods era más como una serpiente venenosa: si una era irritante, el otro era peligroso.
Él tardó unos instantes en responder:
—Entonces, crees que quien me ha llamado miente.
Ella volvió a encogerse de hombros.
—Yo diría que los dos estamos de acuerdo en lo evidente: quienquiera que se haya puesto en contacto contigo tiene interés en hacerle daño a la inspectora Lone. Si ese es su móvil, creo que pecaríamos de imprudentes dando por sentado que nuestro desconocido va a ceñirse sumisamente a la verdad.
—Supongo que dará por hecho que vamos a comprobar las fechas.
—Por supuesto que cuenta con ello, y supongo que las fechas, en efecto, coincidirán, pero también creo que debe de haber dado por sentado que, cuando descubramos que parte de lo que ha dicho es cierto, asumiremos que lo es todo lo demás. ¿Es lo que estás haciendo tú?
—Yo no estoy asumiendo nada: solo quiero saber lo que ha estado haciendo tu inspectora.
No pasó por alto que aquel «tu inspectora» equivalía a un «tu responsabilidad y, en caso de llegar a ello, tu escándalo». Esperó con la intención de que el silencio tirase de la lengua al alcalde.
—Porque ¿de qué estamos hablando aquí? —dijo él tras unos instantes—. ¿De contratos secretos con los federales? ¿De una asesina en el cuerpo? ¿De qué?
—¿Esas son tus teorías?
—Esas son mis preguntas. Y tengo otra: ¿nos salpicará algo de esto? ¿Qué piensas hacer en ese caso?
Ella lo miró para responder:
—No conozco tanto a la inspectora Lone, pero empezaré manteniendo una conversación con su teniente, Donna Strangeland. Seguro que ella puede aclararme si tenemos a Nikita en la plantilla.
—No te lo tomes a broma, Charmaine. Entiendo que tu inspectora tiene enemigos. De hecho, todos los tenemos, pero una cosa es que quieran vengarse y otra es que estalle y nos alcance a los demás. No tengo que decirte que a la policía de Seattle la siguen mirando con lupa por el acuerdo al que se llegó con el Departamento de Justicia. Si no quieres que te pongan a ti la lupa encima, más te vale encontrar la forma de hacer que enfoque a otra parte.
«Esa es tu especialidad, no la mía», pensó ella. En cambio, lo que dijo fue:
—Hablaré con la teniente Strangeland.