Viejos demonios
Capítulo 38
Little y Livia habían pedido a Dan Levin que los llevase al aeropuerto regional Jacqueline Cochran, sito a cincuenta kilómetros al sudeste de Palm Springs, que era lo más que podían acercarse a Bomba. Su salida de Kanab no había sido exactamente ilegal, pero tampoco precisamente legítima. Con todo, era tanto lo que iban a tener que explicar que su desaparición en medio de la confusión que había seguido al asesinato del jefe Cramer, el secuestro de Sherrie Dobbs y la muerte de los tres hombres a los que había abatido Livia parecía trivial en comparación.
Durante el vuelo, Little usó su portátil para volver a buscar en la ViCAP, esta vez con los datos adecuados. Así y todo, no encontró ninguna entrada relativa a violaciones que tuviesen como firma una canción y el número de violaciones sin canción era demasiado elevado para asociarlo con Bomba y Culebra.
Por suerte, había otra forma de hacerlo. Los dos habían hecho desaparecer a adolescentes por todo el país, pero todos esos delitos habían estado asociados con sesiones de adiestramiento militar y destinos en bases nacionales. Por lo que sabía Livia, la primera vez que habían violado juntos siendo Bomba diputado y tras salir Culebra de Leavenworth había sido a Hannah Cuero, en Campo, y Campo estaba a apenas cincuenta kilómetros de Alpine, donde tenía su domicilio Bomba. Aunque era solo un pálpito y parecía poco probable, Livia y Little trazaron en un mapa un círculo con un radio de ochenta kilómetros y centro en Alpine y se pusieron a llamar a todas las comisarías de las poblaciones comprendidas en él, que iban por el oeste hasta San Diego, por el norte hasta Carlsbad y Escondido e incluían los municipios diminutos de la frontera con México, para preguntar por denuncias de rapto con violación de adolescentes, probablemente negras, latinoamericanas o nativas, en las que las víctimas refiriesen que los agresores les habían hecho oír una canción concreta.
Llamada tras llamada, salían con las manos vacías. Resultaba exasperante, porque no tenían tiempo para mantener conversaciones prolongadas en las que preguntar a su interlocutor qué cargo ocupaba, cuánto tiempo llevaba en el cuerpo ni quién podría conocer mejor los expedientes en cuestión. Por tanto, todos podían ser falsos negativos. Tenían que hacer las consultas con todo el tacto posible, preguntar si había alguien que pudiese informar con más detalle y seguir adelante.
Aterrizaron, alquilaron un Jeep —la oficina de alquiler de vehículos parecía estar especializada en todoterrenos—, pararon a comprar municiones en una armería —porque el tiroteo de Kanab los había dejado bajo mínimos —, aparcaron en un lugar llamado Vintage Coffee House, cerca de Coachella, y volvieron a la carga. Nada. Nada otra vez. Nada.
Livia estaba a un paso de la desesperación cuando al fin dieron con algo. Un anciano de la administración tribal de Mesa Grande llamado Águila Gris Sánchez les habló de una cría llamada Eva a la que habían secuestrado hacía ocho años, aunque no había llegado a ver a los autores. Le habían cubierto la cabeza y, tras una hora o quizá dos de viaje, la habían violado varias veces. Por la voz, había dado por hecho que eran blancos.
Y durante todo el tiempo le habían puesto una canción.
—¿Qué canción? —preguntó Livia aferrándose con fuerza al teléfono—. ¿La reconoció Eva?
—Sí, era famosa: «Good Times Roll».
Livia hizo a Little un gesto enérgico de asentimiento y dijo:
—¿Puede darme algún dato más, algo que recordase Eva o que crea usted que podía ser útil?
—Sí. Por lo visto, el saco que le pusieron en la cabeza olía a huevos podridos.
—¿A huevos podridos?
—Sí.
—¿Y tiene idea de por qué?
—No. Quizá lo habían usado para meter basura. Puede que solo quisieran hacer más insoportable su calvario. ¿Quién sabe por qué hace la gente semejantes barbaridades?
—¿Puedo preguntarle cómo sabe todo eso?
Hubo una pausa.
—Eva es mi hija.
Livia también necesitó unos segundos antes de responder:
—Lo siento.
—Desde entonces, Eva no puede oír esa canción ni otras por el estilo. Tampoco soporta los olores fuertes. Hay muchas más cosas que ya no puede hacer.
—Lo sé. —La voz de Livia era poco más que un susurro.
—¿Van a atrapar a esos hombres?
—Vamos a intentarlo.
—Ojalá pudiesen traérmelos.
Ella miró a Little.
—No creo que haga falta.
Otra pausa.
—¿Me contarán al menos cómo ha sido?
—Sí.
—Prométamelo.
Livia pensó en Grace, la hermana de Hope Jordan, que le había pedido lo mismo. Águila Gris Sánchez merecía la misma respuesta. Y Eva.
—Se lo juro.
Trazaron otra circunferencia en el mapa, esta con centro en Mesa Grande y radio de ciento sesenta kilómetros en lugar de ochenta dada la escasa densidad de población de la zona.
Con todo, no dejaron de sumar resultados negativos. Fuera hacía ya un rato que había oscurecido. «Bomba sigue en la cena de recaudación de fondos —pensó Livia— y Culebra no puede haber llegado aún. Hay tiempo. Todavía hay tiempo».
Dieron con otro caso, en Palm Desert, a solo veinte minutos en coche de donde estaban sentados. De hacía siete años. Otra adolescente, Linda Haywood, esta vez negra. La misma canción y, de nuevo, el saco con olor a basura.
Miraron el mapa. Seguro que carecían de muchos más datos de los que habían logrado reunir, de modo que había muchas probabilidades de que sus resultados estuviesen distorsionados. Aun así, todo apuntaba a que el lugar que estaban buscando se encontraba al este de Alpine. Pero ¿qué quería decir eso?
—¿Joshua Tree? —se preguntó Livia en voz alta—. ¿El bosque nacional de San Bernardino? ¿Qué puede haber por ahí que lo convierta en una buena zona de caza? ¿No será simplemente que se están cuidando de que Alpine sea el centro de su círculo de acción?
Aún no había acabado de decirlo cuando se dio cuenta de que no era así. Tenía que haber algo más, pero ¿qué?
Little tenía la vista clavada en el mapa.
—El lago Saltón —anunció.
—¿Qué le pasa?
—El hombre del dron… En Seattle, cuando tuve que deshacerme de su cadáver, busqué un embalse, un lugar en el que hundirlo. Es más rápido, más fácil y más seguro que hacer un agujero. Quizá… Si algo va mal y tienen que pasar al plan B, tienen disponible una masa de agua. Además… espera un minuto. —Tecleó algo en su portátil—. Recuerdo haber leído algo sobre ese lago. Creo que es el más grande de California y es salado. Lo causó hace mucho tiempo una inundación o algo así y desde entonces ha estado evaporándose, muriendo. De modo que…
Contempló un buen rato su pantalla sin dejar de asentir y, a continuación, giró el portátil para que pudiese verlo Livia. Había buscado en Google «olor lago Saltón» y obtenido más de ochenta mil resultados, todos relacionados con el ácido sulfhídrico.
La inspectora lo miró a los ojos.
—Huevos podridos —dijo.
Él asintió.
—La clase de olor que notaría una víctima… y que recordaría para toda la vida.
El corazón de Livia se había acelerado.
—Les gusta llevarlas allí. ¿Por qué no? Con ese mal olor, debe de estar deshabitado. Si algo se tuerce, se deshacen de la chiquilla en el agua, pero si va todo como lo han planeado…
—Por eso le ponen el saco. Eso es lo único que huele la víctima desde que le tapan la cabeza.
Estudiaron la entrada correspondiente de la Wikipedia y, a continuación, artículos de prensa e imágenes. El lugar estaba rodeado de trastos y estructuras en ruinas y de polvo tóxico, extrañas flores de algas y exterminio aviar. Sus playas estaban hechas de las raspas pulverizadas de millones de peces muertos hacía tiempo.
Little soltó un largo suspiro como si tratase de apaciguar su entusiasmo. Miró a Livia.
—La canción es su firma —dijo—, pero el saco es un elemento necesario, porque no pueden arriesgarse a que la muchacha identifique el lugar por el olor.
—En parte tienes razón. El saco es un elemento necesario, pero también forma parte de otra firma.
Él asintió adoptando un gesto sombrío de determinación.
—Es verdad. Lo has expresado mucho mejor, porque a Bomba y a Culebra les gusta el lago Saltón. En ese paisaje infernal se sienten como en casa.