Viejos demonios

Barry Eisler · Capítulo 15 de 51

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Viejos demonios

Capítulo 14

 

Livia se colocó la capucha de su chaqueta de Gore-Tex y echó a andar hacia el cementerio de Lake View, situado en el barrio de Capitol Hill de Seattle. Aunque el parque del Canal de Fremont no era mal sitio, consideraba arriesgado quedar más de dos veces en un mismo punto de encuentro y había propuesto aquella alternativa antes de despedirse de Little la noche anterior.

Por la mañana se había asegurado de que la viese la teniente Strangeland, no solo durante la sesión informativa matinal, sino también más tarde. Su superior no le había dicho nada de su ausencia de la víspera. A Livia no le habría costado mucho buscar una explicación, ya que lo flexible —e irregular — de su horario de inspectora le permitía dar cuenta sin dificultad del tiempo que había pasado lejos de su escritorio. Sin embargo, prefería no tener que hacerlo.

El cementerio se encontraba a poco menos de cinco kilómetros de la comisaría. La mayor parte del camino era cuesta arriba y el paso ligero que había adoptado la hacía sudar pese a la lluvia constante, pero necesitaba aliviar la tensión con ejercicio. Ojalá Little hubiese averiguado algo. Tenían que hacerse con el timón de aquella situación, fuera cual fuese, y pasar a la ofensiva; no solo por ellos, sino también por la señora Cuero.

Además, tenía que conseguir, sin importar los medios, que no relacionaran su nombre con aquel asunto. No podía permitirse llamar la atención. ¿Cuánto había tardado en caer en el comportamiento que, precisamente, le había desaconsejado Strangeland? Se habría echado a reír si no hubiese estado tan alarmada, porque ni siquiera le habían hecho falta veinticuatro horas. De hecho, había tenido aquella charla con la teniente a menos de tres metros del teléfono desechable que había escondido Little. Al día siguiente, había matado ya a dos hombres que pretendían tenderle una emboscada. Y en aquel momento se encontraba de camino al lugar en que había vuelto a quedar con Little después de dejarse el teléfono en comisaría por si alguien trataba de seguirle el rastro.

Seguía furiosa con él, aunque quizá no tanto como debería. De entrada, el agente especial no se había equivocado del todo al decirle que estaba en deuda con él, pues, sin los expedientes que le había dado, jamás habría podido dar caza al resto de la banda que las había secuestrado a Nason y a ella. Era verdad que no lo había hecho de manera desinteresada, pero también que ella había sacado un beneficio tremendo de aquello.

De todos modos, si le debía o no algo y a cuánto ascendiera su obligación con él era lo de menos. Lo cierto es que no podía evitarlo. La de no saber lo que había podido pasarle a un ser querido, ni siquiera si seguía con vida o había muerto… era la sensación más horrible que conocía. Ella había vivido dieciséis años sumida en una pesadilla así y, si podía aliviar la angustia de alguien que estaba atravesando una experiencia similar, sabía que, en realidad, no tenía elección. ¿Cómo podía estar resentida con Little por algo que, a fin de cuentas, era inherente a ella misma?

Entró al camposanto por una abertura que conocía en el lado noroeste de la verja. Eran las doce del mediodía y llegaba media hora antes, pero una de las cosas que había aprendido en París de Rain, el compañero de Carl, era que llegar a una reunión a la hora acordada solía ser mala idea. De hecho, era una manera excelente de dejar que el adversario tendiese una emboscada. Y, aunque no desconfiaba de Little en ese sentido, entendía que los hábitos que se practicaban en entornos de escaso peligro servirían para condicionar su comportamiento en situaciones en las que el riesgo fuera considerable.

Recorrió el perímetro en el sentido de las agujas del reloj y no notó nada extraño. Había unas cuantas personas paseando al perro y algún que otro jubilado que había salido a hacer ejercicio con paso fatigoso a pesar del mal tiempo. Un día despejado de verano, los transeúntes serían muchos más, ya que el cementerio era célebre por la vista espectacular que ofrecía del lago Washington, pero, con aquella lluvia fría del otoño, era de esperar que Little y ella estuvieran casi solos. La atracción principal del lugar eran las tumbas de Bruce y Brandon Lee, donde era fácil encontrar al menos a un par de turistas presentando sus respetos al padre y al hijo. Allí era donde había quedado con Little, porque el lugar les ofrecía la ocasión de pasar por dos visitantes más de la zona. Desde allí podían ir paseando adonde quisieran: el cementerio contiguo del Gran Ejército de la República, el parque Boren o el Interlaken… Aquella parte de la ciudad se hallaba muy tranquila durante el día, disponía de zonas boscosas y ofrecía numerosos rincones íntimos.

Estaba en el ángulo sudeste del recinto, cerca de un edificio de mantenimiento, cuando vio a Little cruzar la entrada con un paraguas en alto y sonrió. Por el motivo que fuese —quizá porque siempre llovía de manera intermitente—, los habitantes de Seattle no solían molestarse en llevar semejante adminículo y preferían protegerse con chaquetas con capucha.

Puso rumbo al norte y a continuación se colocó discretamente a sus espaldas. Todo apuntaba a que estaba solo. Sin embargo, con todas las precauciones que estaba tomando con los teléfonos, en Virginia habría conseguido atraer hacia la posición en que se encontraba el grupo a dos hombres de la OGE si Rain y Larison no hubiesen detectado el problema a tiempo para encargarse de ellos. Livia había aprendido bien la lección y en aquel momento le pareció prudente ponerla en práctica.

Habían llegado casi a la tumba de los Lee cuando él miró hacia atrás y, al verla, bajó la cabeza con un gesto casi imperceptible de saludo y siguió caminando. Por lo menos, estaba comprobando si lo seguían, aunque no con tanta frecuencia como habría querido ella.

Delante de las dos lápidas había una hilera alta y densa de arbustos. Little los bordeó y desapareció tras ellos, en tanto que Livia proseguía por el camino circular que rodeaba el monumento y se acercó por aquella dirección. No estaba preocupada por nada en particular, pero siempre era mejor no seguir una ruta previsible.

Llegó a su lado y los dos guardaron silencio unos instantes con la mirada puesta en las lápidas, como un par de peregrinos amantes de las artes marciales que hubiesen acudido a aquel lugar.

—¿Va todo bien? —preguntó ella al fin.

—Sí.

—¿Hay noticias del campamento?

Él miró a su alrededor.

—Quizá. Lo único que he conseguido es un informe relativo a un accidente ocurrido durante la instrucción.

—¿Qué clase de accidente?

—No lo sé. El oficial con el que hablé me dijo que el comandante no podía ponerse.

—¿Por qué?

—Lo único que me dijo es que su comandante estaba ocupándose del accidente y, cuando le pedí más información al respecto, se puso gallito y se lanzó a preguntarme sobre el motivo de mi interés, si tenía jurisdicción civil o militar, etcétera.

—Dadas las circunstancias, ¿no temes que tus preguntas puedan hacer saltar la alarma?

—Dadas las circunstancias, ¿crees que me importa un bledo?

Guardaron silencio un instante, hasta que Livia dijo:

—¿Cómo lo interpretas?

—Está claro que esconden algo.

—¿Algo como dos cadáveres?

—Sí. Parece que quieren hacer ver que los hombres en cuestión murieron en la base, en un «accidente durante la instrucción», y no en una cuneta a manos de la poli a la que pretendían secuestrar. Eso es lo que me dice el instinto, aunque, claro, de momento no tengo nada parecido a una prueba.

Por el camino que discurría por detrás de las lápidas pasó un hombre con un sombrero chambergo y una gabardina clásica que llevaba un paraguas abierto en una mano y un maletín de aluminio en la otra y los miró un segundo con gesto neutro y distante.

Livia lo vio dirigirse a la entrada del cementerio.

—¿Cómo has venido? —preguntó a Little con aire intranquilo.

—En coche.

El hombre desapareció tras unos árboles.

—¿Estás seguro de que no te han seguido?

Aún no había acabado de decirlo cuando se dio cuenta de que no tenía sentido alguno, pues, aunque él dijera que sí con convicción, no podía confiar en su criterio.

Él volvió a mirar a su alrededor antes de responder:

—He tenido mucho cuidado.

—Porque ese tío no me ha gustado nada.

—¿Por qué?

No era momento de perderse en detalles y, de todos modos, no sabía si sería capaz de expresarlo. Su recelo se debía en parte a lo que le había enseñado Rain en París sobre cómo pasar inadvertido en un entorno urbano y en parte a ciertos elementos incongruentes. El paraguas hacía pensar que aquel hombre no era de allí, pero ¿de qué le servía si llevaba sombrero? Era como ponerse tirantes y cinturón. Por supuesto, podía tener una explicación, igual que su presencia allí. Sin embargo, si era forastero y había acudido allí a rendir homenaje a Bruce y Brandon Lee, ¿por qué no se había parado? La mirada que les había lanzado habría tenido sentido si hubiese pensado: «Vaya, hay gente en la tumba. Me esperaré a que se vayan antes de presentar mis respetos». En cambio, apenas había posado la vista en Little y en ella antes de seguir andando. Además, ¿qué sentido tenía cargar con un maletín de aluminio para salir a pasear bajo la lluvia?

—Tenemos que irnos. Ya.

—¿En serio? —preguntó el agente especial cuando ella ya había echado a andar con paso firme hacia el agujero de la verja por el que había entrado.

Llegó a aquel punto y lo esperó con aire impaciente. Cuando él la alcanzó, Livia señaló la calle que tenían a sus pies, al otro lado del agujero.

—Baja por aquí —le dijo—. Ve hacia la derecha, gira otra vez a la derecha al llegar a East Howe y una vez más en la Quince para volver a la entrada que has usado antes.

—¿Adónde vas tú? —quiso saber él con la respiración un tanto agitada.

—Al mismo sitio, pero por otro lado. Haz lo que te he dicho y no bajes la guardia, ¿de acuerdo? Creo que te han seguido.

—Estoy segurísimo de…

—Hazlo. —Con esto, se dio la vuelta y corrió por entre los árboles siguiendo el perímetro occidental, saltó la valla de tela metálica del rincón sudoeste y recorrió sin bajar el ritmo el sendero barroso y bordeado de árboles que se extendía entre el cementerio y el Volunteer Park, al sur mismo del recinto.

«¿Qué ha sido eso? —se preguntó—. Sé que significa algo, pero ¿qué?».

Llegó al final de la senda y detuvo el paso al llegar a un conjunto de árboles tras el que esconderse. Los pocos vehículos que pasaban por la Quince salpicaban la acera con el agua de los charcos. Por lo demás, la zona estaba desierta.

Cruzó como un dardo la Quince y siguió hacia el este por Galer para girar de inmediato a la izquierda por Grandview, de modo que quedó encaminada al norte, en paralelo al lado oriental del camposanto, pero dejando en medio una manzana. A su izquierda tenía bloques de pisos de escasa altura y, a su derecha, casas unifamiliares. No había coches ni transeúntes. Al lado derecho de aquella calle angosta había vehículos aparcados, pero no les prestó atención. Si querían tenderles una emboscada, nadie esperaría verla aparecer por allí.

Se detuvo al final de la calle, se agachó y, pegada al muro bajo de hormigón, se asomó a la izquierda por Garfield. La calle subía en pendiente hasta llegar al cementerio tras atravesar la Quince. Solo vio más vehículos estacionados, sin nada que pareciese fuera de lugar.

Miró a la derecha. La calle descendía hasta perderse de vista. Tampoco allí vio nada raro. Con todo, sabía que no se equivocaba. Lo sabía. «¿Adónde ha ido? ¿Qué estaba haciendo?». Si había seguido, solo o acompañado, a Little, ¿a qué venía lo de dejarse ver delante de las tumbas? «Quería confirmar vuestra presencia, vuestra identidad, vuestra ubicación, para luego…».

Salió hacia la derecha y se deslizó por la calle Garfield, agachada y pegada al muro de hormigón, mientras dejaba que los automóviles que había aparcados a su derecha la ocultasen de quien pudiera haber en la Quince y el cementerio. En la acera de enfrente vio algo que se movía entre los árboles, el destello de algo metálico en el mirador del parque de Louisa Boren, un pequeño oasis urbano con vistas al lago Washington y la cordillera de las Cascadas. Se agachó más aún tras uno de los coches, aguzó la vista y…

Era él. Estaba de pie al lado de uno de los monolitos de acero oxidado de seis metros de altura que conformaban la escultura del mirador, acechando bajo uno de los bloques horizontales. ¿Para qué? ¿Para protegerse de la lluvia sin alejarse del cementerio después de confirmar que Little y ella se encontraban allí? ¿Por qué?

El hombre se arrodilló sin dejar de mirar hacia el camposanto y dejó en el suelo el maletín. Tras introducir la combinación del cierre integrado, lo abrió y se puso a manipular lo que hubiese en el interior.

Desde luego, hacía un tiempo de perros, pero ni siquiera en un día gris como aquel se le ocurriría a nadie que hubiera ido a visitar aquel parque colocarse —de pie o de rodillas— mirando hacia la calle. La gracia de aquel lugar estaba en las vistas que ofrecía… y que se extendían precisamente en el sentido opuesto. Aquel fulano no estaba allí para eso. Tenía la vista puesta en el cementerio y su postura dejaba fuera de toda duda que lo que le interesaba estaba allí.

Livia no llegó a considerar de forma consciente lo que hizo a continuación. Era el instinto el que se había hecho con las riendas. Volvió a tomar la acera de Garfield y descendió por ella hasta dejar de ver al desconocido y la escultura. Entonces, atajó entre dos casas y siguió una pista para corredores que atravesaba la zona bien poblada de árboles situada tras el mirador. Avanzó en el sentido contrario al de las agujas del reloj hasta rebasar la posición del hombre y subió por el suelo húmedo de la colina, sigilosa y con cuidado de no resbalar con el barro ni las hojas mojadas. Además del tamborileo constante de la lluvia, lo único que llegaba a sus oídos era el ruido de algún que otro coche que pasaba por la calle Quince y cuyas ruedas levantaban el agua que cubría el asfalto situado por encima de su posición.

El suelo de los tres últimos metros de subida escurría demasiado para que resultara prudente salvarlos erguida, de modo que se puso a gatas hasta llegar a la cima y quedar cerca de la escultura, pero del otro lado. Como había supuesto, desde allí no alcanzaba a ver al desconocido, lo que significaba que él tampoco la veía a ella.

Se acercó más. Sus botas arrancaban un leve sonido acuoso a la hierba húmeda. El corazón le latía con fuerza y se obligó a respirar hondo, a llenarse los pulmones y a vaciarlos por entero para relajar la tensión como había hecho siempre antes de una competición de lucha libre o de judo. Se quitó la capucha para poder ver mejor.

Llegó al bloque que le quedaba más cerca y se detuvo a su lado. Pretendía ocultarse… y protegerse de un posible ataque. Bajó la mano hasta la pistolera de faja, retiró el broche y empuñó la Glock, aunque no tenía intención de usarla si no era estrictamente necesario. Por más que la hubiesen exonerado de responsabilidad alguna en la investigación del último tiroteo, en caso de repetirse la miraría con lupa un número de gente mucho mayor y dudaba mucho que esta vez pudiera salir indemne.

Volvió a tomar aire en silencio, lo soltó y, tras volver a inhalar, empezó a rodear el monolito en el sentido de las agujas del reloj.

Lo vio un segundo antes que él a ella. Seguía de rodillas y concentrado en el interior del maletín. Volvió la cabeza al detectar movimiento en su visión periférica y Livia notó en su expresión que la había reconocido. Sus ojos desencajados y la boca abierta expresaban miedo y sorpresa a partes iguales. Cerró el maletín de golpe y se puso en pie de un salto mientras se llevaba la mano a la cintura y la metía en la gabardina…

La inspectora se abalanzó con tanta rapidez que él no tuvo tiempo siquiera de echarse atrás. Lo embistió con el costado derecho a la vez que lo asía por la manga derecha y la solapa izquierda. El impacto lo derribó hacia atrás. Sacó la mano con el brazo adelantado y ella vio de reojo el arma. Sin embargo, ya había empezado a girar en el sentido contrario a las agujas del reloj, tras lo cual dobló las caderas y dio un tirón hacia arriba de la manga de él mientras le asestaba un gancho en la barbilla con el puño que tenía aferrado a la solapa y subía la pierna derecha para estrellársela directamente en las pelotas. Salvo por lo del impacto testicular donde normalmente se habría buscado el interior del muslo del adversario, se trataba de un uchi mata, una de sus proyecciones clásicas de judo favoritas. El cuerpo de él dio una vuelta de campana de tal modo que las piernas saltaron hacia arriba y fueron a golpear con los talones el saliente de uno de los bloques de acero, que sonó como un gong. Acto seguido, rebasó el cuerpo de ella mientras su cabeza corría a estrellarse contra el suelo. Livia le hundió los nudillos en el cuello mientras la parte posterior del cráneo recibía el impacto. Oyó un crujido sonoro y sintió que algo similar a una barra de cristal se quebraba tras la nuez del desconocido. Ella tenía todavía levantada la pierna derecha y la inercia amenazaba con lanzarla a tierra, pero puso una mano en el suelo y le estampó al mismo tiempo una rodilla en el hígado para contrarrestar el impulso. Encontró a tientas la muñeca de él y tiró de ella, pero su adversario había perdido el arma en la caída y se había puesto a dar espasmos, no sabía decir si por la caída o por el golpe en la garganta. Con el cuerpo convulso, sacudía los brazos y batía el suelo húmedo con los talones marcando un ritmo extraño. Se alejó de él rodando y, de pie, comprobó los alrededores con una mano en la culata de la Glock, pero no vio a nadie ni oyó nada que no fuese la lluvia incesante.

Entonces vio a Little correr hacia ella por la calle impulsándose con los brazos, con el paraguas cerrado en la mano izquierda y la derecha desembarazada. Livia le indicó con un gesto que frenara. Eliminado el peligro, tenían que centrarse en no llamar la atención. Con el corazón desbocado, observó el barro y la hierba mojada que la rodeaban y dio con el arma. La recogió —una HK45 Compact— y se la guardó en uno de los muchos bolsillos de sus pantalones.

Little llegó a la escultura, se arrodilló y colocó dos dedos en el cuello del desconocido, que había dejado de agitarse y se había puesto azul.

—No hay nada que hacer. Vete, corre.

—¿Y qué vas a…?

—Lo esconderé tras los matorrales y vendré luego a por él. —Miró a izquierda y derecha—. Si lo encuentran o me descubren, yo asumiré la responsabilidad. Pero vete ya.

Aunque sabía que Little se lo debía, vaciló.

—Joder, Livia, ¿piensas hacerme caso por una vez en tu vida?

Tenía toda la razón: no tenía sentido que se expusieran los dos. Se puso la capucha.

—¿Cómo me pongo en contacto contigo?

—Nos vemos en el parque del Canal de Fremont a medianoche.

—No, allí ya hemos estado demasiadas veces. Te han seguido, Little, ¿no lo entiendes? Tienes que andarte con cuatro ojos. Cambia de hotel, apaga el móvil. Tienes que ver cuál es el punto débil que han aprovechado y arreglarlo.

—Siempre apago el teléfono y, además, no puedes decir…

—Estás acostumbrado a seguir a la gente con medios electrónicos y es normal que pienses así y que tengas cuidado sobre todo en ese ámbito, pero los métodos antiguos siguen funcionando y, si no han podido localizar tu móvil con un Gossamer, es de esperar que recurran a algo más tradicional. ¿Lo entiendes? Si se va la luz, habrá que usar velas.

Él abrió la boca como si quisiera rebatir sus argumentos y, acto seguido, la cerró y miró de nuevo a su alrededor.

—Tienes razón. Me andaré con mucho más cuidado. ¿Sigues teniendo el desechable que te di?

—Sí.

—Bueno, pues me compraré otro, por prevenir, y te mandaré un mensaje desde un sitio en el que no vaya a quedarme mucho rato. Enciende el tuyo cuando puedas y sabrás que soy yo. Dime cuándo nos vemos. Y se acabó: ya no usaremos más el teléfono.

—¿Dónde nos vemos?

—Dímelo tú.

Ella pensó un momento en algún sitio más o menos céntrico, para que pudiese llegar Little sin demasiada dificultad, pero razonablemente discreto, un lugar desde el que pudiera ver en distintas direcciones a la vez.

—En la piscina reflectora del parque Cal Anderson —dijo ella.

—En la piscina reflectora, parque Cal Anderson. Lo tengo.

Ella asintió y se inclinó hacia delante para recoger el maletín con la intención de examinar más tarde el contenido, pero… ¿y si llevaba algún dispositivo de seguimiento? Se puso de rodillas y lo abrió. Tenía una tableta digital de gran tamaño sujeta a la tapa y, en la mitad de abajo, un teclado, palancas y botones, además de una estructura de gomaespuma que envolvía a algo que podría haber confundido con un colibrí… si no hubiese sido, obviamente, un aparato mecánico.

Little agarró al desconocido por las solapas de la gabardina.

—¿Qué es esto? —quiso saber.

Livia seguía con la vista clavada en el maletín como si le costase aceptar la verdad de lo que tenía delante.

—No estoy segura —aseveró—, pero juraría que es… un dron.