Viejos demonios
Capítulo 18
Eran más de las dos de la madrugada y Livia estaba en su altillo, sentada delante de su portátil. Esta vez no era por causa del insomnio habitual, sino por el hombre del cementerio de Lake View, el dron y, sobre todo, lo que había sabido después a través de Kanezaki. De modo que, por disparatado que pudiese parecer, se hallaba buscando información sobre el secretario de Defensa, el vicepresidente y el presidente.
Enseguida confirmó que ninguna de las tres posibilidades tenía sentido. Cierto es que las primeras desapariciones habían ocurrido hacía diez años, antes de que los tres contaran con el séquito y el equipo de seguridad que los acompañaban ya a todas partes, pero, aun cuando dos lustros antes hubiesen tenido la libertad necesaria para salir a dar caza y secuestrar de forma periódica a adolescentes por todo el país, su situación había cambiado mucho y, por lo tanto, no podían ser responsables de la desaparición de Hannah Cuero, al menos de manera directa.
No es, ni por asomo, que creyera que los hombres poderosos fuesen incapaces de hacer barbaridades semejantes. No era tan ingenua. De hecho, los creía especialmente inclinados a tal cosa. A fin de cuentas, habían sido un senador de los Estados Unidos y su hermano, un adinerado industrial, los responsables del secuestro de Nason y de ella, así como de todo lo que había ocurrido después. Con todo, no era el móvil lo que le daba que pensar, sino los medios y la ocasión. Los hermanos Lone habían usado una red de trata tailandesa para procurarse menores secuestradas. Las elegían y pedían que se las enviasen a lugares como, por ejemplo, la suite insonorizada del senador Lone en el hotel Bangkok.
«La misma en la que murió», pensó y se tomó un momento para disfrutar de tan preciado recuerdo.
Sabía que era posible que, en el caso de los tres hombres de los que estaba recabando información, se dieran los medios y la ocasión para algo similar, pero su instinto no acababa de creérselo. Lo que buscaba el responsable de aquellos secuestros, fuera quien fuese, eran los secuestros en sí. También, claro, lo que ocurría tras ellos. Sin embargo, quien quiere carne de venado puede comprarla sin más. Salir al bosque a cazar un ciervo es harina de otro costal.
De cualquier modo, alguien había tenido que tomar prestado ese dron Azrael y, según Kanezaki, tal circunstancia reducía la lista de sospechosos a los tres que tenía delante.
Aunque uno de ellos tenía un hijo, ¿verdad? No estaba muy al tanto de asuntos de política, pero eso sí lo sabía. El vicepresidente Bradley Michael Kane Jr. tenía un descendiente tocayo suyo en el Congreso: Bradley Michael Kane III. A quien, por cierto, no hacía mucho que lo había acusado de violación una mujer que había ido con él al instituto y que, después de destapar el caso, se había visto obligada a esconderse tras recibir amenazas de muerte.
Buscó noticias relativas al diputado Bradley Michael Kane III. En efecto, la mujer en cuestión se llamaba Noreen Prentis. Hacía un mes, había acusado a Kane hijo, al que, por lo visto, apodaban Bomba, de violarla durante una fiesta del instituto. Él lo negó y ella aseguró que la habían amenazado de muerte por sus declaraciones, extremo que había corroborado la policía. Después, se había esfumado. Esto último había provocado todo un revuelo informativo que, sin embargo, había remitido poco después. Su familia sostenía que había desaparecido, pero la policía no había encontrado nada que lo confirmase. Había quien temía lo peor y culpaba a algún votante desquiciado de Bomba. Sus defensores, airados por lo que entendían como una conspiración contra él, acusaban a la mujer de haber recurrido a una treta publicitaria por mero afán de protagonismo. No obstante, la mayoría parecía convencida de que se había asustado, bien por verse convertida en el centro de atención, bien por las amenazas recibidas o por las dos cosas, y había decidido retirarse del público y la familia aseguraba no saber nada de ella para hacer más creíble su historia. Por lo visto, un periodista ucraniano llamado Arkadi Bábchenko había hecho algo parecido al fingir su propio fallecimiento en respuesta a la amenaza de muerte que había recibido. No faltaban tertulianos en televisión que citasen su caso como precedente.
Livia tampoco pensaba tragarse nada de eso. Aunque no era imposible, una falsa desaparición parecía inverosímil. Con todo, si le había ocurrido algo a Noreen Pretis, no había pruebas que indicasen que se trataba de un acto criminal. Simplemente se había desvanecido, cosa que no era fácil de conseguir.
A no ser, claro…, que a quien lo hubiera hecho se le diera bien aquello.
Porque tuviese mucha práctica.
Sintió un hormigueo de emoción y trató de obviarlo. La clave estaba en no perder la objetividad, en analizarlo con actitud fría. No podía dejarse llevar por el sesgo de confirmación ni ninguna otra trampa psicológica. Tenía que considerar las pruebas tal y como se le presentaban.
Visitó la página oficial de Bomba y sintió de inmediato que se le desinflaba la inquietud. Había servido en seis ocasiones diferentes con las fuerzas especiales en Irak, y la mayoría de las adolescentes del expediente de Little había desaparecido en los Estados Unidos estando él destinado en el extranjero. No podía haber sido él.
¡Un momento! En realidad, no sabía gran cosa sobre el servicio militar en ultramar ni sobre los periodos que pasaban en suelo estadounidense los soldados. Nadie pasaba seis años seguidos en zona de combate. ¿Y si podía demostrar que las desapariciones que investigaba Little habían coincidido con la presencia de Bomba en el país?
Pero ¿de dónde podía sacar información así?
Su cerebro le sirvió en bandeja la respuesta de inmediato: «Carl».
Se imaginó llamándolo, exponiéndole la situación, explicándoselo todo…
No, ni soñarlo. Descartó por completo la idea.
¿Y Kanezaki? No, ya le había pedido mucho. Prefería no endeudarse más con él.
Entonces pensó en otra persona y se sorprendió al darse cuenta de que le parecía bien, de que confiaba en él.
Al menos, no desconfiaba de él más que del resto.
Sacó de la caja fuerte el teléfono de conexión por satélite, se dirigió a los ventanales septentrionales y encendió el aparato. A continuación, marcó un número de una lista codificada y esperó a que se estableciera la conexión. Que fuese a altas horas de la noche era lo de menos, ya que el receptor de la llamada estaba en Bangkok.
Sonó un tono y luego otro antes de que oyera su voz grave decir:
—Hola.
Fallon, el agente de Kanezaki con el que se habían enfrentado Carl y ella a una red de trata internacional en Tailandia. Había servido en los marines, tenía formación médica y, por lo demás, era un tipo competente hasta extremos extraordinarios en todos los aspectos. Se había encargado de remendarla cuando ella había visto la muerte tan de cerca al ir a acabar con Rithisak Sorm, el hombre que había estado tras el secuestro de Nason y de ella.
—Buenas —respondió—. Cuánto tiempo. ¿Me reconoces?
—Creo que sí. Tengo el teléfono encriptado, y con algo más fiable que el cifrado GMR-2. Si tú también, deberíamos poder hablar sin problemas.
—Claro que sí, tranquilo. ¿Cómo estás?
—Pues no puedo quejarme. Por aquí está la cosa muy interesante. Menuda guerra de bandas provocamos entre tratantes tailandeses y ucranianos.
Algo había leído en línea al respecto.
—Me alegro.
—Sí, estaría bien que se hicieran saltar unos a otros por los aires. Pase lo que pase, la mecha la encendimos nosotros. Gracias de nuevo por haberme metido en eso. Me estaba aburriendo como una ostra. Joder, y ahora me está pasando lo mismo. Esto no ha vuelto a ser igual desde que os fuisteis el zumbado de tu amigo y tú. ¿Cómo le va a él, por cierto?
Livia sintió que intentaba apoderarse de ella la emoción y la rechazó a golpe de voluntad.
—Creo que bien.
—Ah, no habéis estado en contacto.
—No mucho.
—Vaya, creí que… Bueno, da igual. ¿A ti te va bien? Espero que no te hayas metido en líos.
—Pues… algo hay.
—¿Puedo ayudarte?
—Quizá sí. ¿Cuánto sabes de las fuerzas especiales de los Estados Unidos en Irak?
—Algo. ¿Qué quieres saber?
Por lo que conocía a Fallon, entendía que algo debía de significar: «Estás hablando con una enciclopedia sobre el tema».
—Estoy investigando a un soldado de las fuerzas especiales que sirvió en Irak en seis ocasiones entre 2006 y 2013 y quiero saber con qué frecuencia pudo estar en los Estados Unidos durante ese tiempo.
—Depende. A diferencia de las fuerzas regulares, que hacían servicios de un año, las especiales, al principio, pasaban seis meses en el destino y seis con el grupo. Los seis que estaban en casa incluían sus vacaciones, sus estudios y un periodo de instrucción final antes de volver al extranjero. Lo que pasa es que ese ritmo era agotador y los soldados acababan quemándose o dejaban el ejército, así que, ahora, por cada seis meses de servicio en ultramar tienen doce en casa.
—De modo que un tío al que enviaran a Irak entre 2006 y 2013… habría pasado, como mínimo, la mitad de ese tiempo en los Estados Unidos, ¿no?
—En general, sí. Yo diría que es lo más probable.
Volvió a sentir que trataba de invadirla la emoción y la mantuvo a raya.
—Me has ayudado mucho. A ver cómo se nos da con algo más concreto. Si te doy un nombre, ¿habría algún modo de averiguar con exactitud cuándo estuvo en casa durante aquellos años y, además, dónde estuvo destinado? Has dicho «con el grupo» y no tengo muy claro lo que quiere decir…
—Pues con su unidad en la base estadounidense que les corresponda. Y sí, creo que puedo echarte una mano.
—Vale, ahora lo entiendo. La persona a la que estoy investigando es Bradley Kane III.
Hubo una pausa.
—Te refieres… al diputado Kane.
—Sí.
—El mismo que ahora se presenta a senador. El hijo del vicepresidente Kane, vaya.
—Sí.
Otra pausa.
—Tenía que haberme imaginado que no te conformarías con ir detrás de un pez chico.
—Quizá sí.
—¿Y se puede saber cuál es la naturaleza de tu interés?
—Mejor no. Prefiero que no te salpique.
—Si me pongo a pedir favores que tengan que ver con rebuscar en el expediente militar de Kane, yo diría que ya me he llevado alguna salpicadura, ¿no crees?
Mierda, no había pensado en eso: en cómo tendría que dar él con la información que le pedía, si es que era posible, ni en el rastro que iría dejando para ello. No es que aquello supusiera ningún inconveniente para ella ni para su investigación, ya que, quienquiera que fuese la persona a la que se enfrentaba, estaba claro que ya sabía de ella… y de Little. Verdad es que no sabían que estaba siguiéndole la pista a Bomba, pero, si Fallon decidía irse de la lengua, ya le había dado material suficiente y hacerle un resumen de sus sospechas no iba a cambiar mucho la situación.
Además… Además, podía ser preferible que alguien supiera toda la historia por si las moscas.
Sí, por si las moscas.
Lo puso al corriente y él la escuchó con atención, interrumpiéndola de tanto en tanto solamente para que le aclarase algún punto. Cuando hubo acabado, él le preguntó:
—¿Tienes miedo?
—¿De qué?
Él soltó una risa apagada.
—Supongo que eso responde a mi pregunta. Que si estás preocupada por ti.
—Un poco.
—Con un poco no basta en este caso.
—Sé lo que me hago, Fallon.
—Creo que, más bien, sabes por qué lo haces. Escucha: cuanto más te acerques a esto, sea lo que sea, más resistencia vas a encontrar. Por lo que me has dicho, hasta ahora te han infravalorado, pero creo que podemos dar por acabada esa parte del baile.
—Si consigo situar a Bomba Kane en las inmediaciones de cada una de esas nueve desapariciones, tendré motivos para emprender una investigación formal.
Tras un silencio, Fallon repuso:
—A ver, que la poli eres tú, no yo, pero lo que me has contado suena a caso construido con pruebas circunstanciales, también conocido como un caso flojo. Como amigo, y espero no parecerte presuntuoso por tenerme por tal, tengo que advertirte de que un caso así contra un fulano con los contactos y las posibilidades de Bomba Kane, que es hijo de un almirante en la reserva convertido nada menos que en vicepresidente y capaz de mandarte un puto dron asesino…, un caso tan poco sólido contra un fulano así, digo, suena un poco a nota de suicidio.
Ella asió con fuerza el teléfono.
—Alguien tiene que hablar en nombre de esas crías.
Por alguien tiene quería decir tengo.
—Lo entiendo —dijo él tras otro silencio— y… lo respeto.
Livia recordó su reacción cuando le había hecho saber que Carl y ella estaban buscando a un violador de menores tailandés y que necesitaban que les hiciera de intérprete, cómo se le había endurecido el gesto y la insistencia con que les había asegurado que pensaba hacer por ellos mucho más que traducirles.
Y lo que había hecho después.
Tuvo que dejar pasar un segundo antes de verse con cuerpo para hablar y, a continuación, respondió:
—Gracias.
—¿Puedo pedirte algo?
—Sí.
—La información que necesitas… sabes que Dox podría averiguártela. Además, si necesitas que te echen una mano con algo más que datos…, en fin, sabes que puedes contar conmigo, pero yo no soy más que un vejestorio. Si yo estuviera en tu lugar, querría tener a Dox de copiloto.
Ella cerró los ojos con fuerza.
—No le cuentes nada.
—No lo haré si es lo que quieres, aunque lo que intento decirte es que deberías hacerlo tú.
—Es que todo esto no tiene que ver conmigo, sino con esas chichas. ¿Lo entiendes? Lo que te estoy pidiendo es lo único que necesito. Conque dime: ¿podrás averiguarme lo que necesito?
No había pretendido ser tan cortante con él. Le estaba pidiendo un favor que, de hecho, podía ser gordo, y él ya le había dejado claro que estaba dispuesto a ayudar. Sin embargo, no podía soportar la idea de necesitar protección, un guardaespaldas o algo por el estilo.
Hubo una pausa prolongada, tras la cual dijo Fallon:
—Todos esos archivos están centralizados. Dudo que consiga averiguarte los documentos en sí, pero sé de alguien que me puede dar las fechas y los destinos.
Ella sintió una oleada de alivio.
—Perfecto.
—Ahora, supongamos que tu corazonada es buena y que las temporadas que pasó Bomba en los Estados Unidos coinciden con las desapariciones. ¿Qué vas a hacer entonces?
—Ya se me ocurrirá algo.
—¿Has pensado en ir a la prensa?
Ni se le había pasado por la cabeza.
—¿A qué te refieres?
—Si consigues situar a ese tío cerca del lugar en que desaparecieron nueve crías y esa mujer, Noreen Prentis, yo diría que tienes entre manos todo un notición, ¿verdad?
Aquello la hizo sonreír. Fallon podía saber muchas cosas, pero, al parecer, la de cómo funcionaban los periódicos no era una de ellas.
—Parece interesante —repuso con voz suave—, pero tendría las mismas desventajas de una acusación basada simplemente en pruebas circunstanciales. Teniendo en cuenta sobre todo el poder y la visibilidad de su familia, no habrá nadie dispuesto a dar la noticia sin pruebas que se sostengan en un juicio. Si las tuviera, es precisamente a los tribunales donde llevaría el caso.
—Sí, supongo que tiene sentido.
—Pero gracias por intentarlo.
—Ojalá hubiese servido de algo más. Deja que hable con mi colega. Está en la costa este y le gusta madrugar. ¿Puedes dejar encendido el teléfono?
—Sí.
—Bueno, pues a ver qué encuentro. Cuídate mucho, ¿vale?