Viejos demonios

Barry Eisler · Capítulo 44 de 51

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Viejos demonios

Capítulo 43

 

 

Bomba puso rumbo al sur por la ruta 86, la carretera de cuatro carriles que recorría la costa occidental del lago Saltón. Se encontraba de maravilla y había dejado atrás toda esa mierda del acto de recaudación de fondos, embargado por el entusiasmo de ver a Culebra y todo lo que le esperaba más adelante. El hedor del agua resultaba abrumador y representaba la promesa de lo que estaba por llegar.

No estaba acostumbrado a tomar aquel sentido y, bebido como estaba y sin puntos de referencia como el del Red Earth Casino, el trayecto resultaba un poco confuso. La carretera corría más cerca del agua en aquel punto y le permitía ver las cabrillas iluminadas por la luz de la luna. Por lo demás, no había otra cosa que arena, maleza y formaciones rocosas, además de líneas telefónicas infinitas paralelas a una carretera sin señalización horizontal. Si alguien averiguaba en algún momento cómo montar una colonia en la Luna y el proyecto fracasaba, seguro que adoptaría aquel aspecto.

Unos kilómetros más atrás le había parecido rebasar un Jeep aparcado detrás de unos árboles. Debían de ser críos fumando maría o magreándose. Había mirado por el retrovisor y hasta se había echado a un lado para apagar las luces durante un minuto, pero nadie había intentado seguirlo. Sí, debían de ser críos.

Dejó a la izquierda un municipio diminuto llamado Desert Shores, poco más que una gasolinera, carteles de «Se alquila» y paredes cubiertas de pintadas, unas cuantas casitas que parecían a punto de desmoronarse y en las que no había una sola luz. A continuación, volvió a quedarse a solas con la Luna.

Unos kilómetros más adelante vio al fin la farola y el cartel de bienvenida desvaído al lado del poste eléctrico oxidado. Parecía más una advertencia que una bienvenida, todo había que decirlo, pero aquello era para los excursionistas que acudían a contemplar embobados las ruinas cuando aún había luz en el cielo. De noche no acudía nadie por allí.

Apagó los focos y giró a la izquierda para tomar una carretera de asfalto que no tardó en mudar a grava y a tierra. El corazón se le aceleró. Había un garaje en el que le gustaba aparcar y hacia él se dirigió. En fin, llamarlo garaje era quizá ser muy generoso, ya que a esas alturas no quedaba de él más que tres paredes ruinosas, pero le servía para ocultar el vehículo. El primero de los dos en llegar se encargaba de reconocer los alrededores, por si había algún vagabundo merodeando por allí. Todavía no habían dado con ninguno, porque por allí tampoco había nadie a quien pordiosear. Aun así, siempre era bueno ser precavido.

Se echó a reír de placer. «El lago Saltón —pensó—, que hasta los mendigos evitan y a nosotros nos encanta».