Viejos demonios
Capítulo 45
—Aquí la tengo —informó el conductor dando la vuelta y uniéndose al resto de tal manera que los seis quedaron mirando a Bomba, Culebra, Little y Livia desde una distancia de unos metros—. Está en el maletero. Todo va sobre ruedas.
El más alto señaló a Little y a Livia:
—Vosotros dos, de rodillas.
La inspectora lo miró a los ojos:
—Que te follen.
El hombre se echó a reír.
—Ya nos habían dicho que eras un demonio. ¿Quieres otro golpecito?
No la habían subestimado. Todo lo contrario: estaban manteniendo la distancia. Con todo, todavía le quedaba la posibilidad de provocarlos. ¿O es que tenía algo que perder? Comparada con la idea de ponerse de rodillas, la posibilidad de que la matasen no le parecía tan mala.
—Inténtalo.
El hombre volvió a soltar una carcajada.
—Si lo que quieres es probarme, tú sabrás. Diputado Kane, puede volver a su vehículo si lo desea. Los demás os tenéis que quedar.
—¿Qué? —exclamó Bomba.
—¿Qué cojones pasa aquí? —preguntó Culebra.
—Os ha mandado mi padre, ¿verdad?
El alto asintió.
—En efecto.
Bomba soltó una risotada.
—Tenía que habérmelo imaginado. Pues dile que se vaya a la mierda.
—Se lo puede decir usted mismo. Quizá no me he expresado bien al decirle que puede volver a su vehículo si lo desea: Lo que quería decir es que vuelva a su vehículo y salga de aquí.
—Perfecto —repuso él—, pero Culebra se viene conmigo.
El hombre negó con la cabeza.
—Los demás se quedan, usted se va. Ese es el trato y créame que es eso lo que vamos a hacer, por las buenas o por las malas.
—Vale, pues, entonces, os vais a la mierda vosotros. —Bomba se arrancó a reír.
Los hombres se miraron unos a otros, a todas luces sin saber qué hacer. El diputado rio con más fuerza, echando el cuello hacia atrás y temblando de regocijo.
Aquello los había distraído y Livia no lo había pasado por alto. Si se abalanzaba sobre el que tenía más cerca, Little también vería la ocasión. Bomba y Culebra harían lo mismo y, aunque el tumulto que se formaría a continuación distaría mucho de ser la situación ideal, en aquel momento parecía preferible el caos al orden.
Estaba preparándose para atacar cuando ocurrió algo extraño. El más alto echó atrás la cabeza con violencia como si le hubieran dado un puñetazo. Durante un segundo del todo chocante, permaneció erguido y, a continuación, relajó los brazos, dejó caer el arma y se desplomó con las rodillas flojas.
Livia pestañeó. En ese instante, el que estaba a la izquierda del alto también echó la cabeza hacia atrás de forma brusca y cayó al suelo.
«Carl. Seguro que Kanezaki lo ha…».
—¡Francot…! —empezó a gritar un tercer hombre antes de derrumbarse como los otros.
Durante un instante irreal, todo y todos parecieron petrificarse… y de pronto estalló todo: Bomba se puso en pie de un salto; los tres hombres de uniforme que quedaban se dispersaron en distintas direcciones, mirando a todas partes mientras intentaban localizar la procedencia de los disparos; Little, que había jugado al fútbol americano en la Universidad Estatal de Florida, se lanzó hacia delante y embistió a Bomba con un alarido de vikingo poseído; Culebra, también como movido por un resorte, se levantó y echó a correr hacia el lado del conductor de su coche…
Livia se puso en pie con la misma agilidad. Uno de los hombres uniformados la oyó llegar y empezó a volverse hacia ella con la pistola ametralladora en posición… Ella aferró el silenciador con las dos manos y dio un giro enérgico. Una ráfaga entrecortada punteó el cielo de la playa de espinas. La inspectora siguió retorciendo el arma y el hombre gritó cuando se le partió el dedo dentro del guardamonte. Livia giró entonces sobre sí misma, metió la cadera y lo derribó con un ogoshi, una proyección básica de judo que le permitió arrancarle el arma mientras su dueño volaba por encima de ella. Cuando él golpeó el suelo, dio un paso atrás, apuntó al rostro y apretó el gatillo. La cabeza del hombre estalló con la ráfaga sostenida que se oyó a renglón seguido.
Miró a un lado y a otro y vio a Little encima de Bomba, aullando de rabia. El diputado también gritaba. A los otros dos hombres de uniforme los había perdido de vista.
Hizo girar la MP7 en el preciso instante en que el coche de Culebra desaparecía tras un edificio con el maletero aún abierto. Soltó un chillido de frustración y se apartó corriendo del agua con la intención de obtener un ángulo mejor. Volvió a ver el vehículo. Apuntó a una rueda. Disparó. Las balas se quedaron muy cortas, ya que, al no conocer bien aquella arma y tener miedo de alcanzar a Sherrie Dobbs, estaba siendo muy prudente. Entonces, el gatillo dejó de hacer nada: se había quedado sin munición.
Volvió a gritar de rabia, dejó caer la pistola ametralladora y volvió al lugar al que los habían llevado. Vio el estuche del dron y se hizo con él. Oyó más ráfagas de fuego, pero no pudo saber si iban contra ella o contra Carl. Corrió hacia la tapia de una casucha derruida, se puso de rodillas y abrió el maletín, sacó el Azrael, lo encendió y lo puso en el suelo.
Más fuego amortiguado. Un grito. Todo apuntaba a que Carl había abatido a otro. El dron cobró vida con un zumbido y despegó. Manejando la palanca y con los ojos puestos en la pantalla, lo levantó a seis metros del suelo y lo hizo avanzar. El indicador de la batería marcaba un tres por ciento.
«Por favor —pensó—. Por favor».
En la pantalla vio pasar la playa a gran velocidad. Dos por ciento. Vio el coche de Culebra zigzagueando a gran velocidad y haciendo saltar al paso de las ruedas el detrito que conformaba la arena de la playa. «El motor», pensó. Era la parte del vehículo más alejada del maletero. Rezó. Uno por ciento. Hizo que el dron describiera una curva y lo situó delante del coche antes de lanzarlo a toda velocidad contra la rejilla del radiador temiendo que los sensores anticolisión no se lo permitiesen. El indicador de la batería llegó a cero. Levantó la tapa de plástico y apretó el botón.
La pantalla quedó en negro y Livia oyó una explosión a cien metros de ella. Dejó el maletín y echó a correr por la playa. Vio el vehículo detenido al lado de otro edificio abandonado y echando humo de debajo del capó. La puerta se abrió. Ella siguió corriendo. Culebra se apeó, tosió y se limpió la cara, alzó la mirada y la vio.
—¿Me quieres a mí? —le espetó antes de adelantar los antebrazos, extender las palmas y mover los dedos hacia dentro para invitarla a acercarse —. Pues aquí me tienes, furcia. Ven a por mí.
La rabia y la adrenalina no la dejaron siquiera reducir el paso. Lo único que quería era ponerle las manos encima a aquel…
En el último instante, Culebra se apartó con el pie izquierdo y le asestó un derechazo en la mandíbula que hizo que Livia viese las estrellas. Ella intentó girar sobre sí misma y agarrarlo, pero él era muy rápido. Volvió a echarse a un lado y, esta vez, le lanzó un gancho con la zurda que la llevó a tambalearse. La inspectora dio un paso atrás con la respiración agitada y las manos en alto pensando defenderse de un boxeador.
Él sonrió mientras los dos daban vueltas en círculo.
—¿Te ha gustado? Espero que sí, porque tengo mucho más para darte. A lo mejor acaban matándose todos ahí atrás. ¿Te imaginas que solo quedamos Bomba, tú y yo? ¿Qué te parece? ¿Te gustaría que nos montásemos un trío?
—¿Qué pasa, Culebra? —dijo ella con la respiración alterada—. ¿No sabes follar solo? ¿Necesitas a tu amiguito?
—Tranquila, que he violado a un montón de zorras sin Bomba y me lo voy a hacer contigo de todos modos. Voy a co…
Ella se abalanzó hacia él, esta vez preparada para hacer frente al paso al lado y el golpe. Metió la cabeza, puso los brazos en alto y absorbió el impacto con el bíceps y el antebrazo. Él retiró el puño con la misma velocidad y fue a apartarse, pero lo agarró por la manga izquierda. Culebra volvió a reaccionar con rapidez y atacó con el codo contrario. A ella ya le daba igual: lo tenía. Se encogió más aún y dio un paso a la derecha. El hombro rebotó en la cabeza de ella, que tiró con fuerza hacia abajo del brazo de él con la mano derecha, le empujó la cabeza hacia el lado contrario con la izquierda y le saltó por encima del hombro con la pierna derecha. Culebra perdió el equilibrio y cayó a cuatro patas. Ella no lo soltó y pasó a ejecutar una omoplata, una llave de luxación de jiu-jitsu. Él debía de haber recibido adiestramiento en lucha en el suelo además de en boxeo, porque intentó liberarse rodando.
«Ahí va eso, violador hijo de puta». Asió con fuerza por detrás el cinturón de él con la diestra y se echó hacia la izquierda. Culebra perdió el punto de apoyo y se desplomó sobre su estómago con el brazo izquierdo atrapado entre las piernas de ella. Livia se inclinó hacia delante, le rodeó el cuello y la axila opuesta con los brazos uniendo las manos e hizo una violenta tijera con las piernas. La cara de él se hundió en la playa de espinas de pez y su brazo quedó levantado. Hubo un instante de resistencia y, a continuación, Livia sintió como se dislocaba el hombro de su oponente y se le rompía el codo. Él lanzó un grito que se encargaron de apagar las raspas de la playa.
El brazo recién fracturado cayó lacio y, por un extraño instante, Livia recordó algo que le había contado una vez un instructor: «En realidad, la rodilla se dobla en los dos sentidos, lo que pasa es que uno de ellos te lleva directo al hospital». Apoyó una mano en la cabeza de él, le hundió el rostro contra el suelo y giró sobre su espalda. Culebra intentó volverse hacia ella, haciendo evidente de nuevo que tenía cierta formación, pero ella acompañó su movimiento sin dificultad y, asiéndole el brazo sano, tiró de él hacia ella. Él unió las manos, pero tenía flácido el brazo izquierdo y su agarre no sirvió de nada. Livia hizo con el codo sano de él una llave Kimura en cuatro, lo giró con fuerza y lo partió también. Él volvió a gritar. Ella lo soltó y se puso en pie. Culebra se retorció sobre su espalda con el rostro transfigurado por el dolor.
Ella apenas oía sus aullidos, pues la voz del dragón los había eclipsado. «Mátalo. Mátalo. Agárralo por la espalda, inmovilízale la columna y pártele el cuello. Déjalo tullido. Mátalo».
En ese momento, sin embargo, escuchó algo que se impuso a todo aquello. Una voz de mujer. Apagada. Agonizante. Desesperada.
Sherrie Dobbs.
Corrió hacia el maletero abierto, que tenía la luz encendida. La mujer estaba de lado, desnuda, atada y amordazada, temblorosa y casi convulsa. A su lado tenía un par de pañales mojados que debían de haberse soltado de un modo u otro. El maletero estaba chorreando y Livia necesitó un segundo para reparar en el motivo.
Sherrie Dobbs había roto aguas.