Viejos demonios
Capítulo 20
Livia estaba tendida en el futón y empezaba a conciliar el sueño cuando vibró el teléfono. Se incorporó al instante y pulsó el botón de descolgar.
—Sí.
—¿Estás lista? —preguntó Fallon.
El corazón se le aceleró de inmediato.
—¿Lo has conseguido?
—¿No te he dicho que tenía un colega…?
—Vamos a hacerlo así —propuso ella poniéndose en pie de un salto y dirigiéndose a su escritorio—. Tú me dices primero cuándo estuvo en casa. Si esos periodos no coinciden con las desapariciones, si estaba sirviendo en Irak cuando secuestraron a esas adolescentes en los Estados Unidos, no es el que busco. —Se sentó, activó el portátil, introdujo la contraseña y abrió el archivo de Little.
—Entendido.
Fallon fue leyendo las fechas en las que había servido Bomba en suelo estadounidense. Cuando acabó, Livia tenía ocho coincidencias de ocho. Hannah Cuero era la número nueve, pero su caso, claro, era de hacía un mes, cuando hacía tiempo que el diputado había dejado el ejército.
—¿Cuántos aciertos hemos tenido? —dijo él al acabar.
Ella miró sus notas.
—Un cien por cien.
—Dios santo.
—Sí. Cada vez que desaparecía una chica, Bomba estaba en los Estados Unidos. En tres de sus estancias en casa no pasó nada o, por lo menos, no se registró nada en la ViCAP, la base de datos del FBI.
—Lo que supongo que no quiere decir gran cosa.
—Exacto. Pudo pasar varios periodos inactivo por el motivo que fuese o quizá los cuerpos locales no introdujeron la desaparición de una adolescente en las bases de datos, cosa que ocurre a menudo. Lo que importa es que no hay un solo informe de desaparición de las fechas en las que estaba en Irak, lo que por sí solo sería ya una casualidad de la leche.
Volvió a mirar sus notas, una relación de nombres, fechas y lugares de desaparición. Haciendo lo posible por contener su entusiasmo, dijo:
—Ahora, vamos a reducir más las probabilidades. ¿Me puedes decir dónde estuvo destinado Bomba cuando sirvió en suelo estadounidense?
—No puedo dar cuenta de todos sus movimientos, pero sí darte algunos parámetros.
—Lo que tengas.
—Bien. Casi todas las veces, el primer sitio al que se dirigía era su fuerte. Es lo normal, porque hay que guardar las armas y el resto de pertrechos. Además, a la gente le gusta ver de vez en cuando a su familia. Ah, por cierto: el Ejército de Tierra tiene fuertes, y la Infantería de Marina, campamentos. En el caso de Bomba, que pertenecía al grupo V, estaríamos hablando de Fort Campbell, que está en Kentucky, cerca de la frontera con Tennessee. ¿Tenemos algo por ahí cerca?
Livia comprobó sus notas, abrió un programa cartográfico y sintió un nuevo aluvión de adrenalina.
—Una en 2007, en Guthrie (Kentucky), que debe de estar a una media hora de la base. ¿En qué fechas de 2007 estuvo Bomba en Fort Campbell?
—Todo el mes de octubre, todo…
—Eso es: el 10 de octubre de 2007. La víctima, una chiquilla llamada Kaila Jones. ¿Era la primera temporada que pasaba en casa Bomba?
—Sí, ¿por qué?
—Porque después de eso debió de darse cuenta de que no podía salir a cazar cerca de la base sin marcar un patrón. Donde tengas la olla… Supongo que, en adelante, aprovecharía otras ocasiones que le permitieran actuar más lejos: vacaciones y cosas así.
—A todos les dan treinta días de permiso para que vayan adonde les dé la gana, dentro y fuera del país. No tienen por qué tomárselos seguidos, de modo que, si su unidad se lo permite y no están haciendo instrucción ni maniobras en ese momento, pueden pasar una semana en un sitio u otro, una quincena aquí y una semana allí, etcétera. Los días que no uses un año se acumulan para el siguiente. Puedes acumular hasta sesenta días antes de verte obligado a usarlos o perderlos. Lo malo es que mi colega no tiene acceso a los registros relativos a los días de vacaciones de Bomba.
—Mierda.
—Espera. Hay una cosa que se llama permiso en bloque, cuando todo el mundo tiene que tomarse las vacaciones a la vez. Muchas unidades lo prefieren, porque así es más fácil de gestionar y más ordenado el ciclo de misión, base, instrucción y vuelta a la misión.
—¿Y tu amigo tiene registros de eso?
—Ya lo creo. ¿Estás lista?
Era una suerte que se ofreciera a darle la información que tenía antes de que ella le revelase las fechas y los lugares de las desapariciones, que era como debía hacerse. No es que pensara que Fallon pudiese compartir datos falsos, sino que siempre era mejor proceder así. En un test, los alumnos podían fingir que sabían la respuesta; en un trabajo, no tanto.
—Adelante.
De los seis periodos distintos de permiso en bloque que le dio Fallon, tres no coincidían con las fechas de las desapariciones; pero los otros tres sí.
—Tenemos tres aciertos —anunció mientras intentaba, una vez más, mantener a raya su entusiasmo—: Charleston, San Antonio y Mineápolis.
—Parece que la cronología apoya tu hipótesis. De todos modos, si quieres situar a Bomba en las inmediaciones durante esas fechas, creo que, más que saber simplemente que tenía la ocasión, vas a necesitar recibos de tarjeta de crédito, registros de telefonía móvil y cosas así. Por el momento, yo diría que lo único que tienes es que pudo haberlo hecho. Quiero decir que ahora sabes que no tiene coartada o, por lo menos, no tiene la coartada de haber estado en su base, pero la ausencia de coartada solo significa que no puede demostrar que no lo hizo, no que tú puedas probar que sí lo hizo. ¿No es verdad?
—Tienes razón. Pero sigamos. Hay otras cuatro adolescentes. Supongo que a esas las pudo atacar durante un permiso normal y corriente, y de eso tu colega no tiene datos.
—Eso es.
—¿Y pudo haber más veces en las que pasara varios días seguidos fuera del cuartel?
—Muchas. De entrada, hay un pase de cuarenta y ocho horas que no cuenta como permiso formal. Si empalma con un fin de semana…, enhorabuena, tiene usted cuatro días libres. Se supone que no debes alejarte mucho, porque pueden hacerte volver en caso de necesidad, pero, sinceramente, ¿tú crees que los tíos de fuerzas especiales hacen lo que se les dice? Si ven que pueden salirse con la suya…
—Vaya, pues qué bien. Parece que pudo tener más oportunidades de lo que yo pensaba.
—Oye, que todavía no hemos llegado a la instrucción, y de eso mi colega sí tiene registros.
—¿Instrucción fuera de la base?
—Eso mismo. Hay más cursillos de fuerzas especiales en cuarteles del resto de institutos armados de lo que pueda uno contar: vigilancia física en Fort Bragg, en Carolina del Norte; buceo de combate en la base aeronaval de Cayo Hueso; supervisión de caída libre en la base aérea Davis-Monthan de Arizona; operaciones de invierno en el Centro de Adiestramiento de Guerra Ártica, con sede en Fort Wainwright, en Alaska… Esos son solo unos cuantos y Bomba ha estado en todos ellos y más.
—Repíteme los nombres de esas bases. Uno a uno.
Él hizo lo que le pedía y ella fue localizándolos en el mapa. Ninguno de ellos se hallaba en las inmediaciones de una desaparición. «Mierda».
—Con estos no ha habido suerte. Dame los demás.
Fallon repasó cada uno de los cuarteles en los que había estado haciendo instrucción Bomba. Todos dieron resultados negativos.
—Me da la impresión de que no actuaba durante los periodos de formación —dijo Livia sin apartar la vista de la pantalla—. A lo mejor estaba demasiado ocupado o tenía más cuidado de no crear un patrón que pudiera cotejarse con su expediente militar… o tal vez sean ambas cosas.
—Tiene sentido. De todos modos, debió de tener ocasión de sobra durante los permisos ordinarios y los pases de pernocta… y quizá también durante su formación en idiomas.
—¿Formación en idiomas?
—Claro, en el caso del grupo V, lo más seguro es que tuviesen que aprender árabe, darí, persa o pastún. La mayoría se enseña en Fort Bragg, pero Bomba estuvo entre los afortunados a los que enviaron al Instituto Lingüístico de Defensa de Monterrey en 2006.
—Tampoco coincide con ninguna.
—Entonces, solo nos queda una posibilidad: la de la formación civil.
—¿A qué te refieres?
—Además de los cursillos oficiales de los que te he hablado, los soldados de las fuerzas especiales asisten también a centros en los que enseñan profesores no militares con pericia en campos como el tiro, la conducción, la escalada, la búsqueda de personas, el manejo de carretillas elevadoras, la defensa personal, la apertura de cerraduras, los allanamientos… En fin, ya te puedes hacer una idea. Si un equipo de las fuerzas especiales redacta una solicitud que valga la pena y consigue que se la aprueben, puede que le sufraguen cursos muy chulos con el dinero de tus impuestos.
—¿Y tu colega tiene constancia de todo eso?
—No tan exhaustiva como en el caso de los permisos en bloque y la formación oficial, pero algo sí que me ha pasado.
—Pues vamos allá.
—A ver: uso de palos y cuchillos con técnicas parecidas al kali con un colega llamado Mike Killman, una especie de monje guerrero que estuvo también en las fuerzas especiales y que también le ha dado clases a un servidor.
—¿En serio se llama Killman?
—Sí, supongo que estaba predestinado, como Wordsworth a hacer poesía. El cursillo lo hizo en Fayetteville, en Carolina del Norte, al lado de Fort Bragg.
—Nada. Posiblemente no le hizo gracia por estar cerca de otra base de las fuerzas especiales.
—Lo siguiente es una academia llamada Guerrilla Jiu-Jitsu, donde hizo un curso con un tipo llamado Dave Camarillo, en San José (California).
En Santa Cruz, a media hora de San José, sí se había producido una desaparición.
—A Dave lo conozco. Entrenaba con él en mis tiempos universitarios. ¿Cuándo estuvo allí Bomba?
—En diciembre de 2010.
Livia sintió una descarga de emoción.
—Bingo. Ya tenemos cinco. ¿Qué más?
—Estuvo también en Radical Mixed Martial Arts, en Nueva York, con alguien llamado Rene Dreifuss.
Con aquel profesor también había entrenado ella.
—¿Cuándo?
—En marzo de 2011.
—Bingo. En esas fechas hubo una desaparición en Summit, Nueva Jersey. Eso hace seis coincidencias. ¡Seis!
—Dios santo.
El corazón de la inspectora se había desbocado.
—Sí, es él. —Clavó la vista en la pantalla por un instante como si esperase que se materializara en ella más información. Coño, coño, coño… Lo tenía. Joder, si lo tenía. Entonces se le pasó algo por la cabeza—. ¿Y tantas artes marciales…?
—Es muy frecuente entre los de las fuerzas especiales. MMA, jiu-jitsu, cuerpo a cuerpo castrense…, de todo lo que se te ocurra. ¿Por qué?
—¿Son buenos?
—¿Me lo preguntas en serio?
Ojalá Bomba lo fuese. Tal vez tuviera ocasión de comprobarlo en persona…
Repasaron el resto de la formación civil del sospechoso sin dar con más coincidencias inequívocas. Eso era lo de menos, porque los permisos ordinarios podían explicar los demás casos. De hecho, daba por sentado que habría más secuestros que no se habían llegado a registrar en la ViCAP.
Pensó por un instante en Little y su convencimiento de que se trataba de un equipo de dos personas.
—¿Podrías mirarme otra cosa? —preguntó.
—Eso espero. ¿Qué quieres?
—Es sobre las seis coincidencias que tenemos. ¿Podría cruzar los datos tu colega y ver qué soldados de la unidad de Bomba estaban destinados también en Fort Campbell el 10 de octubre de 2007, cuando desapareció Kaila Jones en Guthrie; quién estuvo también de permiso en Charleston, San Antonio y Mineápolis, y quién coincidió con él en los cursos de Camarillo, en San José, y Dreifuss, en Nueva York?
—¿Crees que tenía un cómplice?
—No lo creo: estoy convencida. Con un poco de suerte, habrá solo una persona que estuviera también en la base cuando desapareció Kaila Jones, se encontrara de permiso en las otras tres ocasiones y asistiera a los mismos cursillos.
—Dame media hora, a ver si puedo contactar con mi colega.
La llamó veinte minutos después.
—El hombre que estás buscando se llama Stephen Spencer —anunció—, aunque la gente lo llama Culebra.