Viejos demonios
Capítulo 10
Apenas habían pasado doce horas desde su reunión con Little cuando Livia se encontraba ya de camino a Campo.
Había pasado despierta buena parte de la noche repasando la información que tenían de las nueve adolescentes desaparecidas, entre las que, por supuesto, se contaba Presley. Luego, tras un sueño breve, se había presentado temprano en comisaría y había tomado un avión a San Diego. Dedicó la mayor parte del vuelo a estudiar la ciudad. Campo era una pedanía situada en la frontera con México. La mayoría de sus poco más de dos mil seiscientos habitantes estaba conformada por ciudadanos blancos que convivían con un tercio aproximado de hispanos, aunque también había cierto número de nativos norteamericanos y dos reservas tribales en las inmediaciones, una de ellas con casino. La entidad que más gente de la ciudad tenía en su plantilla era la Patrulla Fronteriza. La Armada tenía su campamento de instrucción militar de montaña a unos kilómetros de allí. Además, el municipio conformaba el extremo meridional del sendero de la Cresta del Pacífico, que se extendía desde allí hasta Canadá. No había nada que no supiera ya ni ningún rasgo de relieve que coincidiera con los lugares en que habían ocurrido las demás desapariciones. Era de esperar: las primeras pesquisas eran solo una toma de contacto con la zona. Para empezar a sacar conclusiones solía ser necesaria, casi siempre, una labor más personal.
Alquiló un coche y recorrió los ochenta kilómetros que la llevarían allí desde el aeropuerto por una carretera que serpenteaba entre áridas colinas. La visibilidad no era buena a causa de los incendios de California, aunque, una vez al este de San Diego, pudo comprobar que tampoco había gran cosa que ver de todos modos, aparte de un kilómetro tras otro de piedra, polvo y maleza, salpicados de pueblecitos que anunciaban su presencia con poco más que el letrero de una gasolinera o una señal que obligaba a reducir la velocidad durante un tramo: Dulzura, Barrett Junction, Canyon City… Todo parecía remoto y hasta abandonado. Trató de percibir aquel paisaje a través de los ojos de los hombres a los que estaba dando caza, pero todavía no era capaz de ver como ellos.
Entonces apareció ante ella un almacén con el cartel de Campo Green Store, un edificio grande y bajo de madera que, haciendo honor a su nombre, estaba pintado de verde bosque. Según anunciaba, en él se vendían comestibles, licores, cerveza y vino. Allí, hacía solo dos semanas, Hannah Cuero, quinceañera, había comprado una caja de preparado para hacer tortitas y un surtido de bayas para el desayuno que quería hacer su madre al día siguiente y había desaparecido sin dejar rastro de camino a casa.
Estacionó, salió del coche y estudió los alrededores de aquel aparcamiento gigantesco. El sol de media tarde había quedado velado por la neblina y el aire de la montaña empezaba a refrescar. Tras el establecimiento se alzaba una colina pobremente poblada de piedras, chaparros y algún que otro árbol raquítico. La zona estaba sumida en un silencio sepulcral y resultaba difícil no sentir que semejante quietud estaba provocada por el reconocimiento de que poco antes había ocurrido allí algo, algo terrible.
Trató de zafarse de aquella sensación sacudiendo el cuerpo y caminó hasta el interior. La mujer de pelo gris que aguardaba tras la caja registradora le dio los buenos días. Livia la saludó de igual manera y se dedicó a recorrer los pasillos sin buscar nada concreto. Se limitó a dejar que su mente se relajara y se abriese, imaginando ser Hannah y tratando de sentir lo que habría sentido la chiquilla desaparecida. Allí está el preparado para hacer tortitas. Cógelo, compra unas bayas y para casa, que está haciéndose de noche y todavía te quedan cosas por hacer…
Compró una botella de agua y volvió al coche. Normalmente habría entablado conversación con la propietaria para averiguar qué se decía por el pueblo. Podía ser incluso que hubiese sido aquella misma mujer la que había atendido a Hannah la noche en cuestión, pero tenía que ser más discreta que de costumbre por el bien de Little. Y por el suyo propio.
El domicilio de la chiquilla estaba a un minuto en coche del almacén. Era una casa de fachada de tablones blancos. Aunque modesta, la habían pintado hacía poco y tenía bien cortado el césped de un jardín diminuto y una hilera primorosa de flores del desierto a cada lado del sendero que lo atravesaba. En el camino de gravilla había un todoterreno rojo aparcado marcha atrás. Como la vivienda, estaba limpio y, sin duda alguna, bien cuidado. Siguió adelante, se dedicó a conducir por el municipio y, tras media hora, volvió a estacionar en el almacén de color verde.
Pasó unos instantes meditando en el aparcamiento. Vio varios puntos en los que podían haberse emboscado los dos hombres. En la carretera misma, claro, o en el sendero de la Cresta del Pacífico, que corría paralelo a ella y a un nivel más elevado. En realidad, no estaba claro si Hannah había tomado la carretera o la senda, que bien podía ofrecerle algún atajo, en el momento de su desaparición.
Como ya había pasado por la carretera, optó por tomar el camino. Al hacerlo, se tomó un instante para maravillarse ante la idea de que aquella angosta franja de polvo se extendiera hacia el norte hasta completar los más de cuatro mil kilómetros que quedaban hasta Canadá. Al fin y al cabo, como todo lo demás, debía empezar en algún sitio. Y también tener su final.
Apenas había abandonado el establecimiento cuando tuvo claro que había hecho lo correcto. Aquel sendero ofrecía muchas más posibilidades a quien pudiese abrigar intenciones de secuestrar a una cría. Si la chiquilla tomaba la senda, no haría falta hacer nada más, y, si optaba por la carretera que había abajo, no sería difícil atajar por entre la maleza e interceptarla en cuestión de segundos. De un modo u otro, quien lo hiciera llamaría a su compañero justo antes de asaltarla para que lo recogiera con el vehículo, que tendría apostado en las inmediaciones. Un trabajo de equipo como aquel no era imposible, aunque hacía falta planificación, práctica y precisión. Desde luego, si Little estaba en lo cierto, aquellos dos hombres habían sido muy capaces de hacerlo… y de repetirlo en varias ocasiones.
El agente especial no había llamado a los Cuero para anunciarles la visita de Livia, pues temía tener pinchado el teléfono. Tampoco había dejado de insistirle en que se anduviera con mucho cuidado. A ella todo aquello le parecía pecar de paranoico y sus precauciones, que ya la estaban obligando a investigar con las manos atadas, harían que todo el viaje fuese una pérdida de tiempo si resultaba que no había nadie en casa. Al menos, el todoterreno que había aparcado en el camino de entrada resultaba prometedor, de todos modos, no iba a tardar en averiguarlo.
El sendero cruzaba la carretera poco antes de llegar al domicilio de los Cuero. Livia se detuvo y miró a su alrededor. Little le había dicho que tuviese cuidado por si la vigilaban y, aunque dudaba que nadie pudiese estar espiando la casa, no perdía nada por comprobarlo. No vio vehículos en las inmediaciones, ni estacionados ni en movimiento. Allí no había nada más que una calzada sumida en el silencio y el vacío de la tarde.
Sin embargo, seguía invadiéndolo todo… esa sensación que queda después de un suceso. El silencio que engendra la pena.
Dejó el camino, se dirigió a la puerta y llamó. Pasó un minuto antes de que se abriera y revelase a una mujer de unos cuarenta años con el pelo oscuro recogido en una cola de caballo. Era guapa y lo habría sido más de no ser por el cansancio extremo que acusaban sus ojos.
—¿Señora Cuero? —preguntó Livia.
La mujer asintió con gesto lento.
—¿Puedo hacer algo por usted?
—Disculpe las molestias, señora. Me llamo Livia Lone y soy inspectora de la policía de Seattle. No tengo información sobre su hija y no sabe cuánto lo siento, pero estoy investigando la desaparición de otra niña y es posible que tenga puntos en común con la de Hannah. Si no le importa, me gustaría hacerle unas preguntas por si me puede ayudar en mi investigación.
La mujer frunció el ceño con expresión perpleja. Se llevó los dedos a la mejilla y los dejó allí un instante como si quisiera confirmar su propia presencia. Livia tuvo la sensación de que debía de estar medicándose, probablemente con Valium. Normal: hacía dos semanas que había pasado de ser una madre con una hija que llevaba una vida gobernada por leyes predecibles a despertarse cada mañana en medio de una pesadilla.
Miró a Livia con ojos suplicantes y abiertos de par en par.
—¿Nos podría ayudar a encontrar a Hannah? —preguntó.
—No lo sé, señora, pero le aseguro que lo voy a intentar.
La mujer asintió con un solo movimiento rápido de cabeza, como si temiera que repetir el gesto significase sucumbir a una esperanza que debía de resultarle aterradora.
—Mi marido está trabajando, en la Patrulla Fronteriza. Se han portado muy bien con él, pero ya no podía seguir faltando. Pero entre, por favor.
Livia hizo lo que le pedía y la mujer cerró la puerta para invitarla a que la siguiese al otro lado de una sala de estar pequeñita. Era una buena señal: las conversaciones de verdad se producían siempre en la cocina; la sala de estar era el lugar en el que entretener a las visitas.
Sentada a la mesa de la cocina había otra mujer a la que identificó enseguida, por el parecido, como hermana de la señora Cuero y que se puso en pie al verlas entrar.
—Mi hermana —anunció la anfitriona—, que ha venido a quedarse unos días con nosotros.
—Arbel —se presentó la mujer tendiéndole la mano.
—Inspectora Lone, de la policía de Seattle —dijo la recién llegada respondiendo a su saludo—, pero mejor llámame Livia.
La otra le ofreció una sonrisa afligida.
—¿Seguimos sin noticias de Hannah?
Livia negó con la cabeza mientras trataba de apartar de sí una punzada de dolor. La contemplación de dos hermanas apoyándose le despertaba una ternura que no podía permitirse.
—Eso me temo, pero su desaparición podría estar relacionada con un caso que estoy investigando.
—¿Quiere tomar algo? —preguntó la señora Cuero—. ¿Café, té…?
No le sorprendió que ni siquiera se hubiese presentado. Bastante esfuerzo debía de ser ya para ella la tarea de poner un pie delante del otro.
—Agua solo, si no es molestia.
Livia pasó tres horas con la señora Cuero y con Arbel, viendo álbumes de fotografías, boletines de calificaciones y dibujos de cuando la chiquilla estaba en primero de primaria y posteriores, algunos de ellos enmarcados y colgados en la pared, ya que Hannah había querido dedicarse al arte y sus padres no habían dudado en animarla. Estaban muy pendientes de ella, conocían a sus amigos y tenían las contraseñas de su cuenta de Facebook y su teléfono móvil. Además, habían revisado ya todas las redes sociales que frecuentaba con los agentes del sheriff del condado de San Diego, que también habían interrogado a los compañeros de Hannah y a su hermano menor. Nadie había dado con una sola pista ni con nada que resultase sospechoso y, aun cuando a Livia le habría gustado entrevistar personalmente a los posibles testigos, incluido el padre de la desaparecida, tenía la sensación de que no había nada raro en la señora Cuero ni en su hermana. Había dado caza a un número suficiente de zumbados y detectado demasiadas mentiras para distinguir a una familia cabal de una con secretos y tenía claro que aquella no los tenía.
Aunque hubiese preferido lo contrario, los deseos no contaban. Por lo que había podido ver, Hannah no se había escapado de casa. Tampoco había caído en las garras de algún desalmado al que hubiese conocido en Internet ni en ningún otro sitio. Lo más seguro es que se la hubiera llevado algún desconocido ajeno a su ámbito familiar, un extraño. Aquella era la forma menos frecuente de secuestro y también la más difícil de resolver.
Cuando salió de la casa, el sol ya estaba cercano al horizonte. Dio su tarjeta a la señora Cuero y le pidió que la llamase a cualquier hora si se le ofrecía algo, lo que fuera. Resultaba frustrante tener que irse de allí sin haber llevado a cabo una investigación como estaba mandado, pero lo cierto es que tenía las manos atadas, no solo por los temores de Little, sino por la necesidad de volver a Seattle antes de que nadie se percatara de su ausencia.
Había dejado el teléfono apagado desde el momento de aterrizar en San Diego —porque Little le había advertido que podían estar espiándola, pero también por su propia paranoia acerca de los rastreadores de móvil—, de modo que encendió el GPS del vehículo y eligió una ruta ligeramente distinta hasta el aeropuerto: la de la carretera de Buckman Springs, que discurría al norte de la que había tomado a la ida. Estaba saliendo del municipio cuando vio la señal que indicaba la dirección del campamento de instrucción militar de montaña Michael Monsoor. La habría seguido con el único objetivo de satisfacer su curiosidad, pero no tenía tiempo que perder.
Aquella vía de dos carriles la llevó por entre plantíos de escasa extensión dispuestos en aquel terreno árido hasta que, poco después, desaparecieron incluso aquellos asentamientos aislados y no quedó en el paisaje nada más que la calzada, que culebreaba entre colinas rocosas, árboles raquíticos y hierba seca sin siquiera la magra compañía de un tendido telefónico.
Al llegar al puente construido sobre un arroyo seco vio acercarse por el retrovisor un Ford Taurus gris que arrojaba destellos azules con la luz magnética del techo. Miró el indicador de la velocidad y vio que había superado el límite por unos kilómetros, aunque no tantos que justificaran una acción policial, sobre todo por parte de un vehículo de incógnito. Sintió una punzada de inquietud. Levantó la mano derecha para hacer ver que se daba por enterada y, al mismo tiempo, evitar atraer la atención sobre la izquierda, que había bajado por un instante para apartar el forro polar y retirar el broche que sujetaba la Glock a la pistolera de su cintura.
El puente no tenía arcén y, por lo tanto, no ofrecía ningún lugar en el que detenerse con seguridad. La carretera giraba a la derecha justo en la salida y ofrecía un desvío amplio de gravilla en el que podría haber parado y, sin embargo, prefirió seguir adelante por considerarlo un lugar demasiado apartado y oculto tras un conjunto de árboles, demasiado obvio para hacerse a un lado.
A cuatrocientos metros llegó a una recta prolongada. Levantó el pie del acelerador y se apartó hacia el arcén haciendo sonar de pronto la grava bajo las ruedas de forma ruidosa. Cuando el coche se detuvo, dejó la caja de cambios en posición de estacionamiento, desabrochó el cinturón de seguridad, bajó ligeramente la ventanilla y activó los pilotos de emergencia antes de colocar las manos sobre el volante y mirar por el retrovisor.
El Taurus se situó detrás de ella y paró como a un coche de distancia, más cerca de lo que habría cabido esperar en una intervención policial de ese tipo. Además, se había alineado exactamente con su coche en lugar de situarse unos centímetros más a la izquierda. Ninguno de estos dos detalles era insólito, pues los agentes tenían sus preferencias a la hora de efectuar aquella operación y entre ellos no faltaban algunos muy descuidados, pero, con todo…
Miró el espejo con el corazón acelerado y la mano preparada para empuñar la Glock. La situación resultaba muy peliaguda, ya que, si confundía una detención real con un acto ilegítimo, podía acabar disparando a un policía, pero, en el caso contrario, quizá fuese ella la que recibiera un tiro.
Del Ford salió un tipo blanco de unos treinta y tantos años, aspecto atlético, pelo corto y rostro bien afeitado. Aunque no vio ningún bulto revelador, el hombre llevaba un cortavientos oscuro que ofrecía varias posibilidades a la hora de ocultar un arma. Bien podía ser poli, aunque resultaba difícil determinarlo sin más detalles. Tenía las manos vacías y eso era bueno, pero se había apeado con una rapidez sospechosa, sin tiempo de informar por radio de la detención —describir el vehículo y al sospechoso y dar cuenta de la ubicación— ni, desde luego, de que en la centralita comprobasen la matrícula.
Echó a andar hacia la ventanilla del conductor. Algo así también resultaba extraño: habría sido más seguro hacerlo por el otro lado. Había quien prefería abordar el vehículo detenido por el lado izquierdo —un error, en opinión de Livia—, pero, en tal caso, casi siempre dejaban su propio coche más a la izquierda para crear una zona protegida del tráfico que les permitiera llegar al de delante con cierta seguridad.
Todavía había algo más que no encajaba: su exceso de confianza. En la academia se insistía hasta la saciedad en que una intervención así nunca está exenta de peligro. Los aspirantes a policía veían vídeos de controles «de trámite» grabados desde la cámara instalada en el salpicadero en los que el conductor mataba de un tiro al agente sin previo aviso o daba marcha atrás y lo atropellaba, cuando no lo atrapaba cuando se asomaba a la ventanilla y lo arrastraba por la calzada. Cualquier policía con conciencia táctica que se acercase a un vehículo detenido sabía que debía hacerlo con cautela, por negligente que fuera. Sin embargo, aquel tío vestido de paisano y con un coche de incógnito, que la había parado por superar quizá en ocho kilómetros la velocidad máxima y había encendido las luces a la distancia justa de un lugar escondido para que cualquiera menos cuidadoso hubiese detenido allí su vehículo, se estaba acercando a un coche desconocido como quien sabe con exactitud lo que puede esperar de él.
Hizo varias inspiraciones lentas y profundas para mantener la calma mientras cambiaba al retrovisor lateral. Él seguía con las manos vacías. Ella quería sacar la Glock, pero, joder, si se equivocaba…
—Hola —dijo el desconocido al llegar a su ventanilla. No llevaba placa visible, ni colgando del cuello ni sujeta al cinturón. Tenía las palmas de las manos apoyadas en las caderas, con lo que podía acceder con rapidez a una pistola oculta.
Aquello no le hacía la menor gracia, pero era lo que habría hecho cualquier poli prudente y lo importante era que, por el momento, seguía teniendo las manos vacías. Haría ver que estaba dispuesta a cooperar y, si él sacaba el arma pese a todo, no tendría más remedio que recurrir a la suya. Sintió la tentación de adelantarse, pero sabía que una cosa así provocaría casi con toda seguridad un tiroteo en el que ella quedaría atrapada en el interior del coche mientras él mantenía toda su movilidad. Aun en caso de que consiguiera abatirlo, a los investigadores no les costaría relacionar la bala con su arma reglamentaria.
Todavía tenía otra opción: el Somico Vaari que llevaba en el pantalón, recio como un hacha y afilado como una navaja de afeitar. Se había practicado un agujero en el bolsillo derecho de la cintura para poder meter la funda, cuya pinza lo mantenía en su lugar. Con enganchar la punta del meñique en el saliente de la empuñadura podría sacar aquel cuchillo en menos tiempo del que tardaría él en desenfundar la pistola.
Y sin dejar pruebas balísticas.
—Hola —repuso con una sonrisa amigable.
Él hizo un gesto de afirmación con la cabeza.
—¿Sabe por qué la he parado, señorita?
—No, trooper…
Livia estaba usando el tratamiento que se empleaba con los agentes de la policía estatal, pues, fuera lo que fuese aquel fulano, no pertenecía, desde luego, a la guardia de tráfico de California.
—Johnson. Señorita, voy a tener que pedirle que salga del vehículo y me siga hasta el coche patrulla.
No le corrigió la fórmula que había empleado. Encima, acababa de llamar «coche patrulla» a uno de incógnito. ¿Y ni siquiera le pedía el permiso de conducir y los documentos del vehículo? O había ido a topar con el poli más torpe de la historia…
O aquel tío no era poli.
Aunque, si él o cualquier otra persona la habían visto en la casa de los Cuero y la habían seguido desde allí, tenían que saber, o sospechar al menos, que ella sí era policía. Si fingía lo contrario, el desconocido se daría cuenta. De modo que lo mejor que podía hacer era hacer ver que se había tragado la actuación de él.
—Por supuesto, trooper Johnson. No sé si lo sabe, pero soy compañera, de fuera de la ciudad y, además, no llevo encima mi arma reglamentaria. ¿Salgo del vehículo?
Él dio un paso atrás en dirección a su propio coche y asintió con la cabeza.
—Adelante.
Aquello le sonó más a militar que a policía, aunque no podía decir que fuera una pista concluyente. Lo que le resultó más revelador fue que el tipo aquel aceptara sin más su afirmación de que no iba armada. Para un policía normal, la declaración espontánea de un conductor asegurando que no llevaba pistola habría sido de todo menos tranquilizadora. Sin embargo, aquel fulano le había dado el «Adelante» sin pedir siquiera que se identificase.
Desde luego, fuera quien fuese, lo que buscaba no era matarla sin más. De lo contrario, ya lo habría intentado. Qué va: quería información, probablemente saber quién era, qué pintaba en la casa de los Cuero, qué sabía, qué sospechaba y cosas así, y tenía que sacársela antes de matarla. Por eso quería tenerla al lado de su coche, donde probablemente pretendía esposarla para llevarla después a otro lugar donde poder tomarse su tiempo teniendo la sartén por el mango; es decir, lo último que ella pensaba consentir mientras siguiese con vida.
Por un instante, se maravilló ante la facilidad con la que había dado por supuesto que aquel hombre tenía la intención de matarla. Al parecer, los dos atentados a los que había sobrevivido en relación con la red de pornografía infantil en la que habían estado implicadas altas instancias del Gobierno habían erradicado cualquier asomo de necesidad que pudiera haber sentido de poner en duda su intuición… u obviarla por considerarla paranoica.
Oyó un vehículo que se aproximaba y esperó. Un segundo después apareció por su mismo carril una Ram 2500 con los bajos de las puertas llenos de polvo y barro, probablemente de transitar por caminos forestales. En cuanto la vio pasar, abrió con la mano izquierda dejando así libre la derecha para sacar la Glock en caso de que el fulano pestañease siquiera. Él, sin embargo, no lo hizo: se limitó a observarla con el gesto pragmático que, supuso ella, debía de suponer que adoptaría un agente de policía después de parar a un conductor. Livia tuvo que recordarse que el hecho de que aquel tipo no tuviese la menor idea del protocolo que debía seguirse en aquella situación no quería decir que no conociera otras tácticas.
Se apeó con el corazón desbocado, se volvió hacia él y cerró la puerta con la izquierda. Se había apostado a un metro y medio de ella, una distancia menor de la que habría elegido un policía de verdad, aunque mayor de la que habría deseado ella para usar el Vaari. No notó ningún bulto alrededor de la cintura de él, aunque siempre podía llevar al hombro una pistolera clásica o, lo que era más probable, un arma en la zona lumbar.
Cuando dejó de oírse la camioneta que acababa de pasar, el lugar en que estaban quedó sumido en un silencio repentino.
Él la miró de arriba abajo y su mirada se detuvo en el bulto que se insinuaba bajo el forro polar de ella. Apartó el cortavientos con la mano derecha y apoyó los nudillos en la cadera. Livia no se había equivocado: llevaba una pistolera lumbar, a unos centímetros de donde había colocado la mano.
—Pensaba que no iba armada.
Ella sintió que el corazón se le aceleraba un poco más.
—Y no voy armada.
Él flexionó los dedos de la mano derecha.
—¿Y qué lleva debajo del polar?
—Una cámara.
El desconocido volvió a doblar los dedos.
—Enséñemela.
Ella lo miró a los ojos.
—¿Piensa contarme en algún momento de qué va todo esto?
De haber sido un agente de verdad, y de los buenos, a esas alturas se habría apartado para no quedar a tiro y habría sacado su propia arma. Joder, de entrada, un poli de los buenos no la habría dejado salir del vehículo sin hacerle un reconocimiento a fondo.
Vio que cruzaba su mirada un atisbo de preocupación y supo que aquel hombre no quería matarla sin más, sino que antes tenía que interrogarla y, en aquel instante, había empezado a preguntarse si podría hacerlo sin correr peligro.
«¿Quieres que te reviente el final, capullo? No, no puedes».
—Enséñemela —insistió.
—Claro que sí, en cuanto usted me diga a qué cuerpo per…
Él fue a sacar la pistola. Muy inteligente, hacerlo antes de que ella acabara la frase. Livia, sin embargo, había previsto aquel ardid y lo había visto tensar los músculos, de modo que se abalanzó hacia él antes incluso de que él escondiera la mano tras la cintura. En menos de un segundo le había apartado el brazo del arma con un golpe de la mano izquierda mientras sacaba el Vaari con la derecha y lo asía con fuerza para hundirle en el abdomen los veinte centímetros de hoja curva de acero, hasta la mismísima empuñadura.
El hombre dio un alarido y se dobló por la mitad mientras su cuerpo trataba de apartarse por un acto reflejo del metal frío que había irrumpido de pronto en su interior y sus brazos se unían con violencia frente a él como las puertas de un establo después de salir en estampida los caballos. Ella agarró la manga derecha de su cortavientos con su mano izquierda, giró en el sentido contrario a las agujas del reloj y le apartó las piernas con un hiza guruma, un sencillo barrido de rodilla de judo, mientras lo empujaba con el Vaari, en lugar de tirar de él con el agarre de cintura de costumbre. Así logró derribarlo de espaldas de manera aparatosa.
Sacó el cuchillo de golpe, describiendo un giro con la hoja a mitad de camino y sin dejar de aferrarse a su brazo derecho para impedir que buscara de nuevo el arma. Tampoco lo necesitaba, pues él tenía las rodillas recogidas en posición fetal y el rostro desencajado por el dolor y boqueaba como un pez sobre la superficie del muelle. Estaba convencida de que el acero le había seccionado el bazo antes de atravesarle el diafragma y penetrarle en el pulmón izquierdo, lo que quería decir que el diafragma debía de estar dando espasmos, el pulmón estaría paralizado y el bazo, el órgano más vascularizado del cuerpo, tenía que estar llenándole de sangre las entrañas. Lo observó sin soltarle el brazo y lo vio temblar de la cabeza a los pies. Aguzó el oído y percibió la llegada de un vehículo que estaba a punto de doblar la curva. «Mierda».
Enfundó el Vaari, agarró al hombre por la parte de atrás del cortavientos y lo arrastró entre los dos coches. Por suerte, no era demasiado corpulento y la gravilla hizo las veces de lubricante en seco. Él siguió agitándose mientras lo arrastraba, pero no se resistió. Su sangre fue dejando un rastro espeso del paso de ambos.
Alcanzó el espacio que mediaba entre los dos coches en el momento mismo en que oyó al recién llegado tomar la recta. Agachándose, tiró de él sin permitir que se incorporase hasta quedar a la altura de la rueda delantera derecha del pretendido coche de policía. El arcén daba a un terraplén de gravilla que descendía hasta una cuneta cubierta de malas hierbas. Se lanzó a ella tirando de él, que rodó hasta abajo convertido en un muñeco de trapo y quedó boca arriba con una pierna sobre otra como si remedara torpemente a alguien apoltronado.
El vehículo redujo la marcha. Mierda. ¿Y si la había visto el conductor? Era poco probable, pero…
Salió de la cuneta y echó un vistazo a hurtadillas. Se trataba de la RAM 2500 blanca que acababa de pasar por allí hacía unos minutos. No podía estar segura, pero coincidían el modelo, el color y el barro, de modo que no necesitaba más indicios. Si el conductor no había mostrado ningún interés al pasar por allí la primera vez, ¿qué podía haberlo llevado a volver? ¿Y por qué estaba aminorando la velocidad…?
La camioneta rebasó su posición y, tras dar media vuelta, volvió a pasar al lado de los dos coches. Entonces se apartó hacia el arcén situado frente al de ella y se detuvo con el motor en ralentí.
«¿Qué coño pasa aquí?».
Oyó vibrar un teléfono y bajó la mirada. El zumbido provenía de los pantalones o de la chaqueta del fulano. El suelo se había empapado en sangre, lo que fue a confirmar que debía de haberle partido el bazo, y el hombre, a todas luces, no estaba para oír el móvil ni, por supuesto, para responder. Con todo, se preguntó si no alcanzarían a percibirlo desde dentro de la camioneta. Lo dudaba, aunque, si salía alguien…
Volvió a la cuneta, agarró al tipo por el brazo y tiró de él para ponerlo bocabajo. Le levantó el cortavientos y vio, como había supuesto, la pistolera lumbar, de la que sobresalía la empuñadura de una Glock. La desenfundó («Una 19, perfecto»), comprobó que estuviese cargada («Nueve milímetros, genial») y, reptando, comenzó a avanzar en paralelo al arcén. No quería quedarse justo detrás de los coches ni, mucho menos, del charco de sangre que se había formado entre ellos. Aquel sería el primer lugar en que mirarían y no tenía ninguna intención de verse metida en un tiroteo estando ella en una cuneta y su adversario en una posición elevada.
A unos metros vio un montón de piedras que se alzaba por encima del nivel de la carretera. Se incorporó un tanto y, agachada, apretó el paso.
El teléfono dejó de vibrar. Oyó el ruido de la puerta al abrirse y el de un par de botas sobre la gravilla. Trepó por las piedras en el sentido de las agujas del reloj con el corazón desbocado, aunque dominando la respiración, y se obligó a ir más despacio, ver dónde ponía los pies y sacrificar la velocidad en aras del sigilo.
Oyó una voz de hombre preguntar:
—¿Frank?
Ocho pasos hicieron crujir la grava y, a continuación, un silencio. Volvió a oírlo hablar, esta vez en voz baja.
—¿Qué cojones…?
Los pasos no se habían acercado a la cuneta. Habían rebasado el coche de ella para detenerse a continuación, lo que quería decir que no había visto el cuerpo, pero sí la sangre, y su cerebro debía de estar buscándole sentido: «¿La habrá matado Frank? ¿Adónde la ha llevado? ¿Por qué no me responde?».
«Un momento. ¿Esa sangre es de ella? ¿No será…?».
Livia salió entonces de detrás de las piedras.
—¡No te muevas! —gritó mientras avanzaba hacia él empuñando con las dos manos la Glock que acababa de coger.
Delante tenía a otro hombre blanco de complexión atlética, cortavientos y vaqueros que no la miraba a ella, sino, como había supuesto, al charco de sangre que había entre los coches. Tenía una pistola en la mano derecha, baja, pero lista para disparar, probablemente tras haber concluido, al ver sangre y no encontrar a Frank, que no era prudente dejarla enfundada.
Haciendo caso omiso de la orden que había recibido, alzó el arma y la dirigió hacia ella girando en el sentido de las agujas del reloj.
Ella apretó el gatillo una, dos, tres y cuatro veces en rápida sucesión. Le apuntaba al torso, cada vez más a la izquierda a medida que avanzaba, y se cubrió con el coche del primer fulano mientras obligaba al segundo a seguir girando para hacer puntería contra ella. El recién llegado se estremeció con cada balazo y se derrumbó hacia la cuneta sin dejar de girar ni de presentar batalla. Hasta consiguió descargar un disparo y luego uno más. Ella llegó al lateral del coche, se agachó, apuntó a la cabeza de él y le encajó dos balazos en un lado. Él dobló las rodillas y cayó de espaldas con el torso en la zanja. Quedó así unos instantes hasta que, a continuación, le desaparecieron también las piernas por el terraplén.
Livia permaneció tras la protección que le ofrecía el bloque del motor del coche mientras comprobaba que no tenía ninguna amenaza a uno ni otro lado. Espiró dos veces pausadamente por obligarse a mantener la calma y su actitud táctica y corrió en paralelo a la cuneta hasta rebasar en diez metros la posición del segundo tío. No pensaba confiarse, porque sabía que había quien contra todo pronóstico sobrevivía a un disparo en la cabeza.
Con todo, al asomarse con cautela constató que no hacía falta tanta prudencia. Una de las balas le había entrado por la sien y le había volado un ojo. Tenía el rostro como cubierto por un sudario de sangre.
Pensó en registrar los cadáveres y sus vehículos por ver si podía averiguar quiénes eran… No, tenía que salir de allí pitando. Bastaba con que pasara por allí cualquier ciudadano en coche y viera los tres automóviles en el arcén y la sangre… También podía ser que hubiese algún excursionista recorriendo el sendero de la Cresta del Pacífico y, tras oír los disparos, se acercara a curiosear, o que un motociclista con una GoPro montada en el casco grabase su matrícula. Eso, por no pensar en la posibilidad de que acertara a pasar por allí un agente de policía de verdad. Tal vez tuviera solo una probabilidad de salir de aquello de rositas y podía contar con que con cada segundo que pasara en aquel lugar se estaba volviendo cada vez más remota.
Solo se permitió el tiempo necesario para echar un vistazo rápido al coche y la camioneta y comprobar que no tenían cámaras en ninguna de las lunas ni en el salpicadero. Gracias a Dios.
Corrió a su vehículo y volvió a ponerse en marcha. No dejó de mirar los retrovisores con el temor de volver a ver luces estroboscópicas detrás de ella, pero, tras diez minutos sin más incidentes, había tomado la interestatal número ocho en dirección oeste y se había convertido así en un coche más entre otros muchos. Se examinó mientras conducía. Tenía mucha sangre del hombre al que había matado con el Vaari, aunque no se notaba demasiado sobre el tejido oscuro del forro polar y los vaqueros. De hecho, se notaba más el olor. No le costaría encontrar un lugar en que parar a limpiarse ni un comercio en el que comprar toallitas con lejía y una muda. La vaina del cuchillo también estaba manchada: iba a tener que adquirir otra, aunque fuese de manera provisional. Luego, tendría que hacer alguna que otra escala más para deshacerse de ella, del resto de prendas ensangrentadas… y también de la pistola.
Después, podría volver al aeropuerto, encender de nuevo el teléfono y rezar por que no la hubiesen echado de menos.
Solo entonces podría encargarse de lo más importante de todo: Little. Porque había descubierto, con una rabia que sentía que había alcanzado su punto de ebullición y que a duras penas lograba contener para que no hirviera hasta derramarse, que no se había limitado a utilizarla, que no se había conformado con manipularla.
Había tenido que tenderle una puta trampa.