Viejos demonios

Barry Eisler · Capítulo 28 de 51

Páginas del PDF

Viejos demonios

Capítulo 27

 

La conversación de Livia con Matlock fue breve. La mujer hizo lo que pudo por sacarle más información sobre la naturaleza de su interés y, cuando ella le explicó que no le estaba permitido revelar detalles de una investigación en curso y guardó silencio ante cualquier otro nuevo intento, acabó por renunciar. Matlock, en cambio, tuvo la decencia de no desquitarse callando ella también: le dio el teléfono de la hermana de Hope Jordan y le aseguró que querría hablar con Livia. No le dijo nada más, pero cabía inferir que la hermana había sido la fuente de Matlock en lo que respectaba a la conexión existente entre Jordan y Bomba. Su nombre, Grace, hacía adivinar cierta afición de los padres por asignar a sus hijas nombres de virtudes: «esperanza» y «gracia». El prefijo, 619, era el del sur del condado de San Diego.

—¿Grace Jordan? —dijo Livia a la voz femenina que contestó a la llamada.

—¿Puedo preguntar quién llama?

—Soy la inspectora Livia Lone, de la policía de Seattle. Querría hablar con Grace Jordan.

Una pausa y, a continuación:

—Soy yo.

«Bien».

—Señora Jordan, me ha dado su nombre y su teléfono una conocida común, Helen Matlock. Siento mucho lo de su hermana Hope y su sobrino y le pido perdón por esta intromisión en un momento que sé que es terrible.

Otra pausa mientras Grace digería aquel gesto de buena fe.

—Gracias —dijo al fin—. No es ninguna intromisión. ¿Le ha hablado Helen de Bomba Kane?

Livia reprimió una oleada de entusiasmo.

—En realidad, lo único que me ha dicho es que estaría usted interesada en hablar conmigo.

—No le… Un momento. ¿Por qué se ha puesto en contacto con Helen? ¿Está usted investigando a Bomba?

—Soy inspectora de delitos sexuales —respondió convencida de que, dadas las circunstancias, sería suficiente incentivo—. No puedo darle detalles sobre la investigación que ha motivado esta llamada, pero le agradecería cualquier dato sobre Bomba que pueda compartir conmigo.

Grace no dudó un instante.

—Le diré exactamente lo mismo que a Helen Matlock. Bomba es un violador. Violó a Hope cuando estábamos en el instituto, violó a Noreen Prentis, violó a Sherrie Dobbs y hasta se jactó de haberlo hecho en su entrada del anuario, pero Helen Matlock no quiso publicar nada de eso. ¿Piensa usted hacer algo con lo que le cuente?

Livia sofocó de nuevo la emoción que amenazaba con apoderarse de ella.

—Por eso mismo la llamo. ¿Me puede decir quién es Sherrie Dobbs?

—Otra compañera de instituto. Estaba en mi clase, luego era dos años menor que Bomba. Todo el mundo sabía de qué pie cojeaba Bomba. Se oían cuchicheos al respecto y a las chicas nos decían que tuviésemos cuidado. Las taquillas del vestuario femenino estaban cubiertas de advertencias sobre él, pero todo el mundo le tenía miedo a su familia, a su padre, el almirante, que ahora es el puto vicepresidente.

—Usted no parece tener miedo.

—Estoy aterrada, inspectora. A mi hermana acaban de violarla y asesinarla y a mi sobrino de dos años lo han matado con ella. Y yo sé por qué, por más que no haya Helen Matlock en el planeta dispuesta a publicarlo.

—¿Cree que Hope tenía intención de revelarlo?

Hubo una pausa. Livia alcanzaba a oír la respiración de la mujer y reparó en que estaba llorando. Esperó mientras se obligaba a no sentir nada. Eso vendría más tarde, quisiera ella o no. Por el momento, no tenía mejor arma que el distanciamiento, siempre que pudiera mantenerlo.

—Tenía miedo de hacerlo —respondió Hope tras un momento—. Estaba en contacto con Noreen y también con Sherrie. Hope y Sherrie querían confirmar la historia de Noreen contando la suya propia. Estaban aterradas por todas las amenazas de muerte que estaba recibiendo Noreen, pero pensaban seguir adelante. Entonces… desapareció Noreen… y todos supimos lo que eso significaba.

—No creen que esté escondida.

—¿Usted sí? —dijo Grace casi escupiendo las palabras.

—Ni por un segundo.

—¿Por qué me lo pregunta entonces? —Grace parecía sorprendida.

—Porque lo que yo pienso ya lo sé. Lo que quiero es conocer su opinión para tener datos nuevos, información que pueda usar.

—¿Contra Bomba?

—Contra el que le ha robado a su hermana y su sobrino, sea quien sea y por más contactos o poder que pueda tener.

A esto siguió un silencio prolongado. A Grace se le quebró la voz cuando dijo:

—Prométalo.

Livia aguardó unos segundos antes de decir:

—Joder, sí se lo prometo. —Al oír que volvía a callar, tal vez para recomponerse, preguntó—: ¿Qué ha querido decir con que Bomba se jactó de haberlo hecho en el anuario?

—Había una canción que le gustaba mucho. «Good Times Roll», de The Cars. Bomba estaba en el equipo de lucha y siempre la ponían antes de los combates, pero él también la tenía en su walkman… y… le gustaba enchufar dos auriculares diferentes para poder escucharla mientras… lo hacía… y hacer que ellas la escuchasen también. Años después, cada vez que Hope la oía por la radio se ponía a llorar y a vomitar.

—¿Y mencionaba la canción en el anuario?

—Sí. Si alguien le preguntaba al respecto, claro, decía: «Qué va. Es la canción del equipo de lucha libre. ¿Qué me estás contando?». Pero todos sabíamos lo que estaba haciendo: reírse de Hope, de Noreen y de Sherrie; recordarles lo que les había hecho.

Livia pensó en lo que le había dicho Ezra Lone de Chanchai Vivavapit, a quien ella llamaría siempre Calavera, el hombre que la había forzado a ponerse de rodillas ante él en aquel barco diciéndole que era el único modo que tenía de salvar a Nason, el mismo que, de todos modos, había violado a su hermanita hasta sumirla en un estado catatónico: «Si te digo la verdad, tengo la impresión de que te ha echado de menos. Si vieras cómo hablaba de ti… Te tenía por alguien muy especial».

Especial por cómo la había traumatizado, por cómo la había contaminado hasta formar parte de ella. A Calavera le había encantado aquello: saber que jamás sería capaz de olvidarlo, que a ella siempre le importaría. Livia no necesitó conocer estudios y perfiles psicológicos para saber que había hombres tan podridos que percibían como un vínculo la angustia de una mujer.

Apartó aquellos pensamientos y se obligó a mantener una actitud objetiva.

—De modo que, cuando desapareció Noreen, a Hope y a Sherrie… les dio miedo hablar.

—Sí. Además, pensaban que… Se sentían culpables por haber tardado tanto en decidirse. Tenían la impresión de que, si hubieran contado antes lo que les había pasado…

La voz de la mujer se apagó.

—Lo entiendo —dijo Livia—. ¿Y Sherrie? ¿Qué piensa hacer?

—Intenté convencerla de que hablara con la prensa, pero no quiere. Está aterrada. A Matlock se lo conté todo, todo lo que le estoy contando a usted, y mire lo que ha publicado: «Hope Jordan fue compañera de instituto del diputado Kane». Eso no es nada.

—Sí que es algo: gracias a eso la he encontrado yo a usted.

—Pero ¿por qué no lo ha publicado todo?

—No lo sé. Supongo que el director del periódico tenía miedo. Usted misma lo ha dicho: la familia de Bomba tenía a todo el mundo asustado cuando estaban en el instituto, y eso que su padre, por aquel entonces, solo era almirante. Ahora es el vicepresidente de los Estados Unidos. ¿Qué director de periódico va a publicar un testimonio indirecto sobre una violación ocurrida hace veinte años que, para colmo de males, implica a un diputado del Congreso hijo del vicepresidente? ¿Para qué? Yo diría que Helen Matlock dio la cara por usted e hizo lo que estaba en su mano al añadir un hecho sencillo e indiscutible al final de su artículo, sin imprecisiones ni acusaciones, con la esperanza de que, si alguien investigaba a Bomba, encontrase el artículo y tuviese por dónde seguir sus pesquisas.

Se hizo un silencio, tras el cual dijo Grace:

—Alguien como usted.

Una vez que se había puesto a hablar, Livia sabía que ser reservada tenía menos ventajas y más inconvenientes.

—Sí —repuso.

—De acuerdo, puede que me haya confundido con Helen, pero ¿qué va a hacer usted ahora?

—Mi máxima prioridad es poner a salvo a Sherrie Dobbs. ¿Podría ponerme en contacto con ella?

—Dudo que… Un momento. No quiero parecer paranoica, pero ¿cómo sé que es usted quien dice ser?

Había albergado la esperanza de que Grace preguntase algo así.

—No parece paranoica, sino inteligente. ¿Por qué no busca el número de teléfono de la comisaría central de la policía de Seattle, llama y pide que le pasen con la inspectora Lone? Así la pondrán al teléfono conmigo. Podría darle la extensión de mi línea, pero prefiero que sea usted quien busque el número y así se quede más tranquila.

—¿De verdad que no le importa?

—Grace, me gusta que las mujeres sean prudentes. Haga lo que más le convenga, que yo esperaré.

Cinco minutos más tarde sonó el fijo de su cubículo. Descolgó.

—Livia Lone.

—Inspectora Lone —dijo Grace—. Sí, es usted.

—¿Está más tranquila?

—Sí. He llamado a Sherrie. Está asustadísima, pero quiere hablar con usted.

Livia había abrigado la esperanza de que fuera ese el motivo por el que había tardado tanto en telefonear.

—¿La llamo?

—Ella la llamará.