Viejos demonios

Barry Eisler · Capítulo 45 de 51

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Viejos demonios

Capítulo 44

 

Livia observaba la pantalla mientras el Azrael seguía al monovolumen. Era increíble lo fácil que resultaba manejarlo y hasta el momento estaba funcionando a la perfección. No dejaba de ser atractivo imaginar que, cuando Bomba saliese del coche, lo único que tendría que hacer era acercarlo y pulsar el botón.

Ojalá pudiera. Sin embargo, eso no ayudaría a Sherrie Dobbs.

Little tomó la precaución de quedar varios kilómetros por detrás. La carretera estaba totalmente desierta y no querían arriesgarse a que los viese Bomba.

—Allí va —dijo Livia—, a Salton Sea Beach, como sospechábamos.

El agente especial soltó una exhalación.

—Vale, ya sé que el dron no hace ruido, pero quizá sea mejor quedarse un poco atrás cuando salga del coche, por si las moscas.

Ella agradeció el respeto con el que se lo había advertido.

—De acuerdo.

—Estamos casi en Desert Shores. ¿Me ciño al plan?

—Sí, gira a la derecha cuando lleguemos. Después cortamos las luces, seguimos unos minutos por la playa y hacemos a pie el último kilómetro más o menos. No podemos arriesgarnos a que oiga o vea el Jeep.

—¿Ni rastro de Culebra?

Eso era difícil de decir. La playa estaba salpicada de estructuras abandonadas de aspecto fantasmagórico en el resplandor verde de la cámara de visión nocturna del dron.

—Todavía no —respondió tras un momento—. Bomba está aparcando en… No sé…, parece un edificio abandonado. Dame un segundo, que quiero dar una vuelta para ver si lo está esperando dentro Culebra… —En la pantalla solo aparecía Bomba. El dron resultaba increíblemente útil. Nunca lo habría esperado—. No hay nadie con él. Voy a subir un poco más para tener mejor vista. ¿Cómo he podido vivir sin esto tantos años? Le dije a Kanezaki que se lo devolvería cuando acabase todo, pero ahora no lo tengo tan claro.

Little soltó una risita.

—¿Cómo vamos de batería?

—No muy bien, porque siguiendo a Bomba hemos gastado mucho. Nos queda un treinta por ciento.

—Bueno, si han quedado aquí, podremos arreglárnoslas sin el Azrael si nos falla.

Ella se mostró de acuerdo con un gesto. Sabía que Little tenía razón y, aunque había dicho en broma lo de quedarse con el dron, era curioso lo rápido que había empezado a depender de él. El hecho de ser capaz de ver a tanta distancia era un paso gigantesco.

Little dobló a la izquierda y cruzó el municipio por carreteras cuarteadas en las que crecían malas hierbas, sin bordillo ni acera, con postes telefónicos, pero sin farolas. Las casas eran pequeñas y estaban apagadas, como salidas de una película distópica.

—Podían haber rodado aquí Mad Max —dijo Little leyéndole el pensamiento— o una versión cinematográfica del Infierno de Dante. Y este olor, por Dios bendito…

La carretera acababa en la playa. Siguieron adelante, haciendo crujir las ruedas sobre lo que Livia sabía, por lo que había leído, que no era arena, sino raspas de pescado. En la orilla misma, giraron a la derecha.

Livia miró la pantalla.

—Está claro por qué les gusta este sitio —aseveró—: por todo lo que hay por aquí abandonado. Estoy viendo cocheras, camiones quemados, casas desiertas… Pueden elegir adónde llevar a sus víctimas y luego tomarse todo el tiempo del mundo. Vehículos oxidados, muebles destrozados… es como un vertedero postapocalíptico. Sabíamos que iban a quedar en el lago Saltón, pero, aun así, si no llegamos a tener el Azrael, nunca los habríamos encontrado.

Little siguió adelante. A unos ochocientos metros al norte de donde había dejado Bomba el monovolumen, Livia dijo:

—Mejor paramos aquí. No sé cuánto puede oírse aquí un coche.

Él hizo lo que le pedía y los dos salieron. El aire era seco y caliente y el hedor, tan intenso que hacía que se les saltaran las lágrimas como si hubiesen abierto un horno con un bicho quemado humeando en su interior. Costaba imaginar siquiera que nadie hubiese podido nunca vivir allí. El suelo mismo parecía exudar desolación, muerte y desesperación. Livia pensó en el cuadro de Saturno devorando a su hijo y se preguntó si Goya habría conocido un lugar como aquel.

Habían apagado ya las luces del interior y dejaron las puertas abiertas para no hacer ruido. Echaron a andar, cerca del agua en todo momento para que las espinas pulverizadas de los peces, húmedas y más compactas en aquella parte, no delataran sus pasos. Little había sacado el arma, pero Livia no, porque seguía manejando el dron, con el que seguía describiendo círculos. Entonces…

—Ahí está —anunció en voz baja—. Ese es Culebra, aunque no veo su coche. Está al lado del agua y va hacia el norte.

—¿Puede que haya dejado el coche en un edificio con tejado?

Livia amplió el círculo del Azrael.

—A lo mejor. Vamos, Sherrie, ¿dónde estás?

—No puede andar lejos —musitó Little—. En el peor de los casos, si no la encontramos directamente, nos guiarán hasta ella Culebra y Bomba.

Ojalá tuviese razón. Con todo, la inspectora empezaba a tener un mal presentimiento. La batería había llegado ya al diez por ciento.

—Ahí está Bomba. Va hacia el este para reunirse con Culebra. Sí, ese es su punto de encuentro. Saben exactamente dónde han quedado.

—Podemos quitarlos de en medio —propuso Little— y luego buscar a Sherrie Dobbs.

—¿Y si no la encontramos?

Para eso no tenía respuesta el agente especial. Livia pensó en lo mucho que había lamentado no haber acabado con Culebra en Kanab cuando había tenido la ocasión y rezó por no estar equivocándose en aquel momento.

—Acuérdate de que no es solo por Sherrie —dijo, tanto a ella misma como a él—, sino por todas las adolescentes a las que han hecho desaparecer. Si los matamos ahora…

—Entendido. Sigamos.

Livia miró el indicador de la batería.

—Mierda, nos hemos quedado en un cinco por ciento. Tengo que hacerlo volver.

Menos de un minuto después descendió ante ellos el dron sin hacer mucho más ruido que un ventilador grande instalado en un techo alto y aterrizó a sus pies como un pajarillo. Ella lo recogió, lo apagó, lo metió en el maletín y sacó la Glock.

Estaban ya a cincuenta metros de Bomba y Culebra y alcanzaban a verlos acercarse uno al otro a la débil luz de la luna. Al llegar al punto de encuentro, los dos se abrazaron. Livia y Little se acercaron y se detuvieron a la vuelta de un tráiler oxidado. Los muebles que en otra época había llevado en su interior se encontraban esparcidos por el suelo como vísceras. Su estructura los ocultaba aunque no les sirviera mucho de protección. Livia dudaba de que aquellos componentes oxidados fuesen a ser capaces de detener una piedra por no hablar ya de una bala.

Bomba y Culebra estuvieron hablando de pie unos minutos, tan cerca de donde estaban ellos que se oían sus risas, si bien no resultaba posible distinguir lo que decían. Culebra sacó una botella y se la fueron pasando.

Livia dejó en el suelo el maletín. Había llegado su oportunidad. Se acercó a Little y le dijo al oído:

—Los apresamos ahora, ¿vale?

Él asintió.

—Si hay que dispararle a alguno…

—Que sea a Bomba. Sin Culebra corremos el riesgo de no encontrar a Sherrie Dobbs.

—Entendido.

Tras unos minutos, los dos hombres echaron a andar hacia el tráiler. Si llevaban armas, y Livia daba por hecho que sí, las tenían enfundadas. Los dos se reían entusiasmados, distraídos. Little y ella iban a poder tomarlos totalmente desprevenidos.

Estaban ya a veinte metros. A Livia se le había acelerado el corazón. Respiró lentamente y en silencio por la boca.

Diez metros. Culebra y Bomba llegaron a un montón de desechos: sillas rotas, ruedas de tractor, una carretilla que parecía derretirse como en un cuadro de Salvador Dalí… Entonces, en el momento mismo en el que lo rebasaron… algunas de las formas se movieron como si se desplegaran. «¿Qué coño…?», pensó Livia.

Eran hombres, tres, y llevaban trajes de camuflaje. Distinguió el contorno de gafas de visión nocturna y las siluetas de pistolas ametralladoras con silenciador.

—Me cago en la puta —susurró Little.

Bomba y Culebra sintieron la presencia de los hombres o los oyeron, pero era ya demasiado tarde. Uno de ellos, situado más a la izquierda y más alto que los demás, ordenó:

—Quietos ahí o sois hombres muertos.

Los dos se quedaron petrificados. El más alto de los tres y el que estaba más a la derecha se abrieron de inmediato en abanico con las pistolas en alto y apoyadas con firmeza en el hombro y la cabeza situada tras la mira. Por su avezada confianza y la coordinación de sus movimientos parecían militares, pero no cualquier militar.

—Las manos, arriba —dijo el alto—. Os estamos apuntando con MP7, llevamos aparatos de visión nocturna y no vamos a fallar.

Bomba y Culebra volvieron a obedecer.

—¿Sabéis quién soy? —preguntó el primero arrastrando un tanto las palabras.

—Sí —repuso el alto—, por eso estamos aquí.

El tercero se acercó en silencio por detrás y sacó de inmediato la pistola que guardaba Culebra en la región lumbar y los cuchillos que llevaban tanto él como Bomba.

Little miró a Livia y movió los labios para indicar: «¿Qué coño es esto?». Ella negó con la cabeza sin saber qué decir. No tenía ni idea de lo que estaba pasando. Lo único en lo que lograba pensar era «¿Dónde está Sherrie Dobbs?».

Tras ellos oyeron entonces una voz que les ordenaba:

—Tirad las armas y levantad los brazos. Vosotros también tenéis MP7 apuntándoos a la espalda.

Livia sintió que la inundaba un aluvión de adrenalina. No pensaba renunciar a su arma por nada del mundo. Respiró hondo…

Sintió una explosión de luz tras los ojos. El mundo desapareció por un instante y, acto seguido, se encontró de rodillas, mareada y tiritando. No tenía la Glock. Sintió unas manos que le tanteaban los bolsillos y fue a sacar el Vaari, pero había perdido la coordinación. Sintió que le arrebataban el cuchillo de su funda.

—Hostia —oyó decir a su espalda—, este me lo quedo.

La cabeza le daba punzadas y sintió un hilo de algo que le caía por la nuca. Le habían asestado un golpe y el hilo era de sangre.

—No es nada personal —dijo otra voz—. Tenemos órdenes de no arriesgarnos contigo.

Hizo por levantarse y la asaltaron las náuseas.

—Tranquila, que no te pasa nada —le aseguraron—. Solo ha sido un coscorrón cariñoso. Andando.

Consiguió ponerse en pie. Little estaba a su lado, con las manos en alto y vacías. La miró y meneó la cabeza diciendo:

—Lo siento.

Echaron a andar. Las náuseas remitieron en cuanto empezaron a moverse, pero se aseguró de seguir tambaleándose mientras caminaba. Lo único que podía hacer en ese momento era intentar hacer que la subestimaran. Aunque dudaba mucho que algo así fuese a suponer una gran diferencia, saber que estaba haciendo algo por cambiar su situación, aunque fuera insignificante, la ayudaba a mantener el miedo a raya. Pensar en Sherrie Dobbs también servía de algo.

Se detuvieron a escasos metros de Bomba y Culebra. Los dos estaban de rodillas delante de los tres tipos con traje de camuflaje, de pie con las pistolas ametralladoras en posición de guardia baja. Semejante visión la llevó de un salto al buque mercante de su infancia, a Calavera, a Cabeza Cuadrada y a Barbasucia… y a lo que le habían obligado a hacer.

Se obligó a apartar de sí aquellos pensamientos. Ya no era aquella niña indefensa ni lo sería nunca, pasara lo que pasase.

Little estaba temblando con la mirada fija en los dos hombres arrodillados y Livia sabía lo que estaba pensando: si pudiera echarles mano al cuello…

—No —dijo—, aún no. Sherrie Dobbs.

El agente especial gruñó del esfuerzo que estaba haciendo por no lanzarse sobre ellos. Miró a Bomba y a Culebra y dijo:

—Vosotros dos le quitasteis a mi niña todo lo que podía haber tenido. Si no os mato aquí mismo, juro por Dios que os voy a encontrar en el infierno.

Ninguno de los dos respondió. Los dos hombres que tenían Livia y Little a la espalda se reunieron con sus tres camaradas. Uno de ellos llevaba el maletín. Lo puso en el suelo y anunció:

—El dron. Será la guinda del pastel.

Por la playa de peces muertos llegó un coche con los faros apagados. Se detuvo y bajó de él el conductor, pertrechado, como el resto, con traje de camuflaje y gafas de visión nocturna. Abrió el maletero y Livia oyó un gemido amortiguado.

«Sherrie Dobbs».