Viejos demonios
Capítulo 33
Livia y Little habían subido sin pensarlo dos veces al vehículo de alquiler que habían reservado en el aeropuerto de Kanab. La inspectora había considerado un golpe de suerte nada desdeñable que la instalación, poco más que una pista de aterrizaje, ofreciera dicho servicio. El paisaje era impresionante —lomas rojas de cumbre plana, un cielo infinito y una carretera que se extendía casi hasta el horizonte— y se prometió que un día se tomaría unas vacaciones para recorrerlo con la Ducati. Aquello la llevó a pensar en Carl, también un entusiasta de las motos, aunque él fuese más de Harley. Quizá pudiesen haber hecho juntos un viaje así. En realidad, nunca habría funcionado. Había hecho lo correcto o, al menos, lo que había que hacer.
Livia necesitaba estar al mando, lo que quería decir que siempre prefería conducir, pero, si tenían problemas, estaba convencida de que les iría mejor con Little al volante y ella al cargo de la Glock, de modo que se había mostrado de acuerdo cuando Little había formulado la pregunta retórica de si podía conducir él. Ella no le había revelado el motivo, pues sabía que a él le habría parecido inherentemente ofensivo, en parte porque no habría tenido más remedio que reconocer que tenía razón.
Había hablado con Sherrie Dobbs desde el avión, pero quería que supiese que ya estaban en tierra y les faltaban escasos minutos para llegar. Llamó y, tras cuatro tonos, oyó el mensaje del contestador. Colgó.
«No será nada. Estará en el baño. Puede que se encuentre mal. Al fin y al cabo, está de ocho meses y guardando reposo». Aun así, se sintió intranquila. Llamó a Tom Cramer, pero también le saltó el buzón de voz. Colgó y se guardó el teléfono.
—No contesta nadie —anunció sacando la Glock de la pistolera de faja.
Little miró el arma y, a continuación, el navegador de su móvil.
—De todos modos, de aquí a dos minutos estaremos allí.
La inspectora asintió mientras miraba el mapa de la aplicación.
—No pares delante de la casa. Sigue adelante para que podamos dar un par de vueltas a la manzana.
Little no discutió, bien por saber que no debía, bien porque coincidía con ella. Livia no lo sabía ni le importaba.
Giraron a la derecha para tomar la calle de Dobbs y avanzaron hacia el norte. A dos manzanas de ellos dobló a la derecha un coche patrulla que iba en sentido opuesto. Conducía a gran velocidad, pero sin sirena, y estaba demasiado lejos para poder distinguir a quien fuese tras el volante.
Había una docena de explicaciones inocentes, pero las descartó todas.
—¿Has visto eso? —preguntó.
—Sí. ¿Quieres que lo siga?
Livia sintió una leve descarga de adrenalina que le ondulaba en el torso.
—Sí, pero no te pegues. Déjale bastante espacio.
Giraron a la izquierda para tomar la misma bocacalle que el coche patrulla justo a tiempo para verlo doblar de nuevo a la derecha dos manzanas más adelante. Little, quien, evidentemente, tenía experiencia en aquella clase de persecuciones, aceleró para no perderlo de vista.
A la izquierda, salieron a una calle de cuatro carriles y ya no estaba.
—Mierda —dijo Livia mirando de un lado a otro. Por más que hubiese acelerado el conductor tras doblar la esquina, estaban lo bastante cerca para verlo antes de la siguiente manzana. Delante de la curva había un parque, pero para acceder a él habría tenido que seguir recto en lugar de girar a la derecha. La avenida tenía también dos moteles —el Quail Park Lodge a la izquierda y un Days Inn a la derecha—, una tienda de antigüedades a la izquierda — aunque sin coches en el aparcamiento— y, a la derecha, un restaurante llamado Sego que formaba parte de un hotel llamado Canyons.
—¿Doy la vuelta?
—Todavía no. —El corazón le estaba latiendo con fuerza. Algo le olía muy mal—. Gira a la derecha en el siguiente cruce. Creo que ha doblado al llegar a ese Days Inn para seguir por detrás. Con un poco de suerte, el aparcamiento está conectado con el del siguiente hotel.
Little giró a la derecha una vez para cambiar de calle y otra para acceder al camino de entrada del Canyons. Delante tenía una zona de estacionamiento que daba la vuelta al hotel. Llegaron a la parte trasera. Las plazas de aparcamiento que dejaron a la derecha estaban en su mayoría vacías y en los pocos vehículos que ocupaban el resto —unos cuantos turismos y una furgoneta de alquiler U-Haul— no había nadie.
Siguieron adelante. Ante ellos había un muro bajo de cemento y, tras él, una hilera de árboles.
—Pues no están conectados —anunció Little.
—Bueno, con el coche no podemos pasar, pero… —Señaló las plazas vacías que había a la espalda del hotel—. Déjalo ahí, que quiero salir a echar un vistazo.
El agente especial hizo un par de maniobras para colocarlo con el morro mirando a la calle por la que habían llegado. Siempre era más prudente dar la vuelta al vehículo cuando se tenía la ocasión que cuando se tenía la necesidad.
Salieron. En la parte de atrás del hotel no se oía otra cosa que los sonidos amortiguados del tráfico de la carretera de cuatro carriles por la que habían llegado. El aire era fresco y seco. Little desenfundó el arma y Livia se alegró de que no hubiese necesitado que se lo advirtiera. Como solía decirse, negarlo no ayuda a superarlo.
—Espera —susurró la inspectora mientras se ponía en cuclillas mirando al muro. Los árboles que tenían detrás les ofrecían un buen escondrijo, pero no les permitían ver lo que había al otro lado. Se alegró de tener puesto el chaleco antibalas.
Se acercó al muro y volvió a agacharse, agradecida por contar con aquel parapeto. Aquella nueva posición le permitía ver entre los árboles. Al otro lado, a poco más de cuatro metros, estaba el coche patrulla. A su lado tenía estacionado un turismo con la parte trasera dispuesta hacia donde se encontraba ella. Un hombre estaba metiendo en el maletero abierto de este a una mujer encinta y desnuda, esposada y amordazada. Sherrie Dobbs. Y Culebra.
Sintió una descarga colosal de adrenalina y el corazón que parecía querer salírsele del pecho. Los sonidos de alrededor se atenuaron. Apuntó al torso del hombre y gritó:
—¡Alto!
Culebra quedó petrificado y la miró con expresión de total sorpresa. Dejó que su mano derecha se levantara con la palma hacia fuera y los dedos separados, pero con la izquierda siguió presionando el cuello desnudo de Sherrie Dobbs. Había algo desconcertante en el aire protector con que parecía tocarla, como si se preocupara por ella, como si fuera para él un bien precioso. Dobbs alzó la vista para mirarla con el rostro surcado de lágrimas y los ojos tan aterrados que, de pronto, arrojaron a Livia de un empujón al barco, al contenedor de mercancías… y a Nason.
Sintió que el dragón desplegaba las alas en su interior. «Dispara. Encájale un tiro. Mátalo».
Pero no podía. Si lo hacía, solo lograría que la investigasen a fondo y perdería la ocasión de llevar a Bomba ante los tribunales, de averiguar adónde habían llevado a todas esas adolescentes, dónde las habían dejado.
—¡Las dos manos! —rugió—. Quiero ver las dos putas manos ya.
Culebra levantó también la izquierda, con la palma hacia ella y los dedos separados.
—¡Da un paso a la derecha! Aléjate de…
—¡Livia, abajo! —oyó gritar a Little a su espalda.
Se agachó de inmediato y el cemento que tenía a la derecha de la oreja estalló al recibir un balazo cuyo sonido la alcanzó inmediatamente después. Entonces oyó toda una andanada de disparos y supo que era Little contraatacando.
Giró sobre sí misma, levantó la Glock y corrió siguiendo el muro para apartarse cuanto antes de aquella posición mientras intentaba averiguar de dónde venían los tiros. La pared volvió a recibir uno y entonces Livia vio a un hombre esconderse tras la furgoneta de U-Haul, a unos quince metros. De aquel vehículo llegaron más disparos —procedentes de dos armas, según le pareció— y Little respondió parapetado tras la puerta del coche que habían alquilado.
La disposición geométrica no les era favorable, ya que la furgoneta conformaba el vértice superior de un triángulo escaleno que tenía por base a Livia y a Little. Necesitaba abrir los ángulos y, a continuación, flanquear a los tiradores. Había otra cerca de cemento perpendicular separada por los dos aparcamientos y paralela a la parte trasera del hotel. Corrió hasta ella, la saltó y corrió hacia el norte, agachándose para protegerse tras el muro. Oyó más disparos y apretó el paso. Little se iba a quedar sin munición en cualquier momento y, por bueno que fuera recargando, sus agresores podían aprovechar ese instante para caer sobre él o rodearlo. Tenía que adelantarse.
Oyó el rugido de un motor que arrancaba al otro lado del muro de separación, seguido del chirrido de unas ruedas. «Sherrie Dobbs. ¡Dios!». Por un instante detuvo el paso como si su cuerpo intentase volver atrás por propia iniciativa. Pero no: no podía enfrentarse a Culebra desde aquel lado del muro mientras le disparaban por la espalda. No podía ayudar a Sherrie Dobbs si no neutralizaba antes la amenaza más inmediata.
Se obligó a seguir corriendo y, cuando calculó que se hallaba lo suficientemente al norte de los tiradores, echó un vistazo por encima de la cerca…
El hombre que había apostado en el lado más cercano de la furgoneta la vio y levantó una pistola como a cámara lenta…
Livia le apuntó al pecho y disparó. Él se sacudió al recibir el impacto y ella alzó un tanto la mira y le encajó una bala en la cabeza. Cayó abatido. Ella descargó de nuevo el arma y se detuvo. Por un instante, todo quedó sumido en un silencio irreal. Oyó el tintineo de una pieza de metal caída sobre el pavimento. Era el cargador vacío de Little, al que siguió el sonido de uno nuevo cuando lo encajó en su pistola.
Lo miró y asintió con un movimiento enérgico de cabeza. Él le devolvió el gesto y, tras volverse, se puso a disparar con furia a la furgoneta.
Livia salvó el muro de un salto y corrió en diagonal hacia el vehículo de sus atacantes. No había nada que la cubriese ni la ocultara y le daba igual. Lo único en lo que podía pensar, lo único que sentía, era Sherrie Dobbs metida en el maletero de aquel coche, impotente, incapaz de proteger al bebé que llevaba en su vientre, aterrada mientras la llevaba a Dios sabía dónde para que un monstruo la violara, la asesinase y lanzara su cuerpo a un lugar en el que jamás pudieran encontrarla.
Debieron de oírla llegar, porque uno de ellos se asomó y disparó a la vez que ella. Los dos fallaron. Una bala silbó a su lado y otra le alcanzó el chaleco por encima del estómago, pero le dio igual: gritando y sin dejar de correr hacia él, siguió disparando. Lo alcanzó en el pecho y, aunque él respondió, no pudo hacer puntería. Ella le encajó una segunda bala en el mismo sitio y siguió gritando, corriendo y disparando. El dragón se estaba apoderando de ella, transformado en un motor de furia atávica, colérico y temerario. El hombre se retorció e intentó apuntar. Ella volvió a alcanzarlo, esta vez en el cuello. Él retrocedió tambaleando entre espasmos mientras llevaba la mano izquierda al surtidor carmesí que había brotado de pronto en su garganta. A metro y medio ya de él, Livia le encajó una última bala en la cabeza y saltó por encima de su cuerpo en el momento en que daba en el suelo.
Vio a Little acercarse mientras se tiroteaba con un tercer hombre, que debió de haberla oído gritar y advirtió que habían abatido a su compañero. Fue a girar, pero ya era tarde. Ella le disparó en la nuca desde tan cerca que supo que el cadáver presentaría quemaduras de pólvora en el cuero cabelludo. El hombre echó la cabeza hacia delante con violencia, dobló las rodillas y se derrumbó como un edificio demolido con explosivos.
Oyó sirenas. Aunque en ese momento no hubiese sido consciente, sabía muy bien que disparar mientras corría era una locura y no podía decir cómo había salido victoriosa de aquella. Quizá por suerte, por rabia, por haber asustado a sus rivales con sus alaridos y su ataque imprudente o por una mezcla de todo.
—¡Ya van tres! —exclamó mirando a Little—. ¿Había más?
—Yo solo he visto tres.
Fue a reunirse con ella en la parte trasera de la furgoneta. Livia lo señaló con un dedo y luego apuntó con él al lado del copiloto para después hacer lo mismo con ella misma y con el del conductor. Él asintió sin palabras y los dos se separaron.
Livia llegó a la puerta del conductor. «Una, dos…». Se asomó una décima de segundo. No vio nada. Se asomó un poco más. Nada. Tiró de la manija, abrió la puerta y la empujó para apartarla de sí. Oyó a Little hacer lo mismo desde el otro lado.
—¿Ves algo? —preguntó con la espalda en el lateral del vehículo, justo detrás de la puerta.
—Nada.
Las sirenas estaban mucho más cerca.
—¿Listo?
—Sí.
—¡Ya!
Giró sobre sus talones para quedar en posición con el cañón de la Glock en alto y apuntando en diagonal al interior de la furgoneta mientras Little hacía otro tanto desde el lado opuesto. El espacio de carga, sin embargo, estaba vacío.
Replegó el arma.
—¡Tenemos que irnos!
Little respiraba con fuerza y tenía las pupilas totalmente dilatadas por la adrenalina.
—¿Adónde?
—¡La mujer que había al otro lado de la valla era Sherrie Dobbs! Culebra la estaba metiendo en el maletero de un coche. ¿A quién creías que le estaba dando órdenes yo a gritos?
Se dio la vuelta y echó a correr hacia el vehículo seguida de Little.
—¿Cómo coño lo iba a saber? ¿Y quiénes eran esos que se han puesto a dispararnos?
Livia comprobó que no hubiera nadie en los alrededores.
—Ya lo averiguaremos más tarde. Dame las llaves. ¡Venga!
Él metió la mano en el bolsillo y… en ese momento llegaron a toda velocidad al camino de entrada del hotel dos coches patrulla, uno detrás del otro.
—¡Venga! —insistió ella a gritos.
Los recién llegados se detuvieron a diez metros de ellos, bloqueando el camino de entrada. Livia tuvo la sensación de estar encerrada, metida de nuevo en aquel nauseabundo contenedor de mercancías. «Sherrie Dobbs, Sherrie Dobbs… Tengo que salir, tengo que salir, tengo que salir».
—¡Venga! —volvió a exclamar.
—¡No podemos! —repuso él a voz en cuello—. Nos han cortado la salida.
—¡Dame las putas llaves!
—¡No! Tenemos que dejarlo.
De los vehículos salieron cuatro agentes de uniforme que, parapetándose tras las puertas, apuntaron a Livia y a Little.
—¡Tiren las armas! —gritó la agente que conducía el primero, una mujer pálida que no debía de haber cumplido los veinte. El tono agudo de su voz hacía evidente que estaba aterrada.
—¡Somos compañeros! —respondió Little—. De Seguridad Nacional y de la policía de Seattle. Vamos a sacar las placas, pero, por favor, hay que tranquilizarse.
—¡Tiren las armas! —repitió la mujer.
El miedo que impregnaba su voz y su determinación calaron, de un modo u otro, en Livia, que, agachándose lentamente, dejó la Glock en el suelo. Su cabeza, sin embargo, le decía a gritos que estaba actuando como una imbécil, que aquello era una trampa y que les iban a hacer daño, a ella, a Nason o a las dos…
—¡Usted también!
—Tranquila, tranquila —dijo Little inclinándose para soltar su arma en el suelo.
Livia se enderezó, se apartó de la Glock y levantó las manos.
—Acaban de raptar a una mujer —exclamó—, a Sherrie Dobbs, y cada minuto que perdamos aquí es un minuto más que tendrá su secuestrador para hacerla desaparecer.
—¡Al suelo! —dijo la mujer con voz más confiada—. Bocabajo y con los brazos y las piernas abiertos y los dedos extendidos.
—No —repuso Livia.
Little la miró.
—Por el amor de Dios, Livia…
—No pienso tumbarme ni arrodillarme, ni nada por el estilo, joder. Voy a enseñarle mi placa y mi identificación. Soy Livia Lone, inspectora de la policía de Seattle. Si quiere disparar a una agente de la ley, dispare, pero, joder, hágalo ya, porque ¡alguien tiene que salvar a Sherrie Dobbs!
La mujer miró a la policía que había apostada tras la puerta contraria de su vehículo, también mujer y también joven, aunque en este caso negra, y ella asintió con un gesto.
La blanca ordenó:
—Enséñeme su placa. Despacio.
Livia sacó la identificación del bolsillo y la tendió frente a ella. Las dos agentes entornaron los ojos.
—Voy a lanzársela —anunció ella.
La blanca asintió y Livia le arrojó la placa. La mujer intentó atraparla con la izquierda, pero su organismo estaba demasiado cargado de adrenalina. Se le escurrió, la dejó caer y la recogió para examinarla.
—¿Y usted? —le preguntó a Little.
Él repitió el procedimiento. La agente negra volvió al coche patrulla y habló por la radio. Estaban actuando con cautela, comprobando la identidad de Little y de Livia, pero el tiempo que estaban invirtiendo en ello estaba poniendo a Livia los nervios de punta.
«Ya ha tenido que llegar a la carretera. No se arriesgará a superar el máximo de velocidad. Noventa kilómetros por hora. Un kilómetro y medio por minuto». Ya habían pasado cinco minutos, lo que quería decir que tendrían que contar con un radio de más de siete kilómetros. Si aquello se prolongaba diez minutos más, el radio sería de más de veintidós: una superficie de mil quinientos kilómetros cuadrados que no dejaría de aumentar con cada minuto más que transcurriese.
Quería echarse a chillar. De hecho, habría implorado si hubiese creído que podría haber servido de algo, pero sabía que sería inútil. No tenía más remedio que esperar.
La agente blanca la miró y por su expresión supo que se había convencido de que eran quienes decían ser. Aun así, seguía manteniendo su actitud precavida. Livia sabía que ella habría hecho lo mismo, pero eso era lo de menos: en aquel momento, la odiaba.
—Estamos intentando contactar con nuestro superior —anunció la mujer con cierto dejo de disculpa en la voz.
—¿Tom Cramer? —preguntó Livia.
La agente la miró con ceño confuso.
—Sí, ¿lo conoce?
—He hablado antes con él. Y espero estar equivocada, pero creo que está en el coche patrulla que hay al otro lado del muro que tengo aquí detrás.