Viejos demonios

Barry Eisler · Capítulo 48 de 51

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Viejos demonios

Capítulo 47

 

 

Cuando llegaron al hospital de Palm Springs, Sherrie Dobbs había sufrido un ataque y estaba delirando. Los médicos llevaron a la recién nacida a la unidad de neonatos y a la madre a someterla a una operación de urgencia.

Aunque Livia había insistido en conducir, Carl se había negado en redondo.

—Te está sangrando la cabeza —le había dicho—. Puede que tengas una conmoción cerebral. Siéntate atrás con Sherrie y con su chiquitina, ¿vale? Déjame el volante a mí para variar.

Ella había querido protestar, pero sabía que él estaba en lo cierto. Además, quizá iba siendo hora de empezar a aceptar un poco de ayuda.

Poco antes de que arrancasen, Little había advertido:

—La radio estaba puesta cuando he entrado y la he apagado. No la encendáis.

Livia lo miró a los ojos.

—¿La canción?

El agente especial asintió.

—Sherrie no tiene por qué oírla otra vez, pero el CD sigue dentro. Lo usaremos como prueba.

—¿Tiene combustible?

—Sí —respondió Little con una sonrisa triste—, Bomba es un delincuente meticuloso.

Livia tenía que reconocer que Carl conducía como ella y salvó en menos de veinticinco minutos los más de sesenta kilómetros que los separaban de Palm Springs. Livia llamó de camino al hospital para asegurarse de que estuviesen preparados, a la comisaría de Kanab para que pudiesen hacer llegar la noticia al marido de Sherrie Dobbs y, por último, a Kanezaki, que se comprometió a enviar a un equipo para recuperar la camioneta que había llevado Carl y el fusil que había empleado.

Little se quedó atrás. Tenía que esposar a Bomba y Culebra, ir a por el Jeep y lanzarlos al maletero antes de llevarlos a la policía de Palm Springs, que, tal como acordaron Livia y él, constituía una mejor opción que la Unidad de Tráfico de California o la comisaría del sheriff del condado de San Diego, pues por el momento era mejor ceñirse a un cuerpo local con el fin de mantener al margen al padre de Bomba.

Los médicos quisieron examinar también a Livia y, aunque ella sabía que era conveniente, pues, una vez pasado el peligro y agotada la descarga de adrenalina, le daba punzadas la cabeza y sospechaba que Carl quizá estuviera en lo cierto al hablar de conmoción, les dijo que tenía que hacer primero un par de llamadas de teléfono.

Salió al aparcamiento. Todavía era de noche, pero el aire tenía el frescor de la primera hora de la mañana y, después de haber estado en el lago Saltón, todo olía a las mil maravillas. El césped que rodeaba el edificio sorprendía por su densidad y el mimo con el que parecían cuidarlo. Los organismos municipales debían de estar gastando cantidades indignantes de agua para crear semejante exuberancia, pero, en ese momento, la contemplación de aquel verdor tan vivo le resultaba de lo más hermoso.

Vio a un hombre apoyado en un árbol en la otra punta del estacionamiento, justo detrás del cerco de luz de una farola —Carl—, y se acercó a él.

—¿Se pondrá bien? —quiso saber el tirador.

—Todavía no lo saben.

—¿Y la pequeña?

—No estoy muy segura, pero creo que sí.

Guardaron silencio un momento. Ella quería decirle muchas cosas, pero eran todas demasiado complicadas.

—Me pones nervioso cuando me miras así —dijo él—. Nunca sé si vas a abrazarme o a darme un puñetazo.

Livia tampoco lo tenía claro. Con todo, se las compuso para decir:

—Gracias.

—No hay de qué. La próxima vez podrías ser tú la que me llame. Sabes que, si lo haces, vendré corriendo.

«Tal vez sea ese el problema».

—¿Cómo me has encontrado?

—Me avisó Kanezaki pensando que podías necesitar refuerzos.

—¿Y has llegado tan rápido desde Bali?

Él sonrió.

—Vaya, se me olvidaba que estoy hablando con una inspectora de primera. Me has descubierto: ya estaba aquí. Fue el bueno de Fallon quien se puso en contacto conmigo para decirme que te estabas enfrentando a gente dura de roer, así que me subí a un avión y me planté en Seattle con la idea de estar cerca de ti por si las moscas. Eso sí, cuando llegué ya te habías ido. Por suerte, Kanezaki consiguió que me recogiera un avión. Ya sabes que como agente de viajes es inmejorable, aunque se me está ocurriendo que podrías ahorrarle a todo el mundo muchos quebraderos de cabeza siendo más directa.

Sabía que tenía razón. Sabía que con su terquedad podría haber conseguido que la matasen y que matasen también a Little, a Sherrie Dobbs y a su bebé, pero detestaba la simple idea de necesitar ayuda.

—No te enfades con ellos —siguió diciendo Carl—. Es solo que hay gente que se preocupa por ti. ¿Sabes? Yo creo que, además, te tienen como inspiración. A lo mejor quieren formar parte de tu labor. ¿Lo has mirado alguna vez desde ese punto de vista?

Pues no. Su trabajo era su trabajo y no esperaba que nadie concibiese el mundo como lo entendía ella.

—¿Cómo sabías dónde encontrarme una vez llegado al lago Saltón? No pudiste seguir nuestro coche, porque te habría visto. Además, Bomba y Culebra te habrían descubierto si los hubieses seguido a ellos.

—Muy cierto. Esta vez, el mérito de mi clarividencia en lo relativo a tu ubicación hay que atribuírselo al dron Azrael de Kanezaki.

Tenía que haberse dado cuenta antes.

—¿Llevaba un transmisor?

—Creo que se comunica con un satélite o algo así. No sabría contarte los detalles. Kanezaki no suele compartir información si no es a cambio de información y ahora mismo no tengo gran cosa que ofrecerle. Supongo que, de todos modos, le podría haber preguntado por el dron, pero digamos que me había quedado sin saldo en la sección de favores con los vuelos en aviones privados, el equipamiento con fusiles de precisión de la leche y todo eso. El caso es que, en el momento en que lo encendiste, Kanezaki pudo saber con exactitud dónde estabas y me transmitió la información. Para bien, diría yo. —Al ver que no respondía, prosiguió—: ¿Por eso me dijiste que me perdiera la última vez que hablamos, porque tenías miedo de necesitar a alguien? — Ella siguió en silencio—. ¿Por qué tiene que ser tan complicado? A ver, si tú no me hubieses echado un cable en Tailandia, ahora estaría muerto dos veces y, no sé si te acuerdas, pero la segunda vez te dije que no lo hicieras.

Livia tampoco respondió, aunque lo recordaba muy bien.

—No es por presionarte —añadió él—, pero ¿te has preguntado alguna vez por qué quieres ayudar siempre a todo el mundo y no dejas que nadie te eche siquiera una mano a ti?

Ella quiso contestar. ¿Por qué le costaba tanto hablar de esas cosas? Al final lo resolvió con un anodino:

—Eres un gran amigo, Carl.

Él miró al suelo antes de volver a mirarla a ella.

—¿Eso es todo lo que soy, tu amigo?

Ella se encogió de hombros.

—No sé. No tengo… mucha experiencia en estas cosas.

—Claro, ni yo.

Livia lo miró y, tras un instante, él sonrió levemente para añadir:

—Bueno, puede que un poco sí, pero a la vez tampoco, ¿sabes?

Ella pensó que quizá sí lo entendía… y que resultaba agradable comprobar que a él le resultaba igual de difícil hablar de ello.

—Me gustaría quedarme —dijo Carl—, pero lo más seguro es que tengas que responder a un montón de preguntas y creo que sería mejor para los dos que yo no apareciese en ellas.

Livia asintió, aunque no quería que se marchase.

—Pero te propongo una cosa —añadió él—. Cuando acabes con las preguntas, con todo el papeleo y con lo que haga falta, podemos quedar para hablar. ¿Te parece bien? Eso podemos hacerlo si somos amigos, ¿verdad?

Ella volvió a asentir.

—Por otra parte —prosiguió—, si eso es todo lo que piensas hablar tú, quizá la conversación sea breve.

Livia se echó a reír. Cómo le gustaba la habilidad que tenía él para conseguir que lo hiciera. Carl sonrió, quizá porque a él también le encantaba lograrlo. Ella tendió la mano y le tocó la mejilla. Sabía que a él le gustaba y lo más raro era que a ella también había acabado por gustarle.

Él puso una mano sobre la de ella.

—Claro que, si me haces esas cosas, puede que ni necesitemos hablar.

Se inclinó y la besó con suavidad. A ella no le molestó… nada.

—Me quedaré unos días. Llámame cuando estés lista, ¿vale? Que no tenga que volver a matar a un montón de malos para llamar tu atención.

Ella soltó una carcajada y le devolvió el beso.