Viejos demonios

Barry Eisler · Capítulo 35 de 51

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Viejos demonios

Capítulo 34

 

 

Poco después se reagruparon en la comisaría de Kanab. Tal como Livia había temido, Culebra y Sherrie Dobbs habían desaparecido y Tom Cramer estaba en el coche patrulla, muerto de un disparo.

Tanto la policía de tráfico de Utah como la de Arizona estaban buscando el coche de Culebra, aunque no había gran cosa que pudiesen hacer. El jefe Cramer no llevaba cámara en el uniforme, ya que el municipio no tenía presupuesto para tanto, y la grabación de la del salpicadero no servía de nada, puesto que su agresor no se había colocado en ningún momento delante del vehículo. Para colmo, Livia apenas había podido ver de pasada el coche que conducía. En resumidas cuentas, los agentes de tráfico estaban buscando un turismo gris o plateado conducido por un hombre blanco de estatura media. Antes o después recibirían fotografías suyas del ejército, siempre que el padre de Bomba no hubiese dado ya con un modo de deshacerse de ellas, pero era muy poco probable que aquel antes o después sirviese de gran cosa a Sherrie Dobbs.

Y lo peor de todo era que, por culpa de la confusión imperante, se estaban poniendo tarde los controles, más de media hora después de la huida de Culebra, lo que, aun en un municipio remoto como Kanab, rodeado de parques nacionales y de bosques, suponía una ventaja considerable para aquel. La interestatal más cercana era la I-15, a una hora aproximada en dirección oeste, tanto por Utah como por Arizona, y los de tráfico estaban convencidos de que debía de dirigirse allí. Livia tenía sus dudas. Por lo que podía ver en el mapa que tenían en la pared de la comisaría, había al menos siete rutas disponibles desde la ciudad y, dada su formación militar, suponía que debía de haber pensado mucho en cuál tomar en caso de que algo saliese mal. Eso, por supuesto, si decidía seguir por carretera, ya que su adiestramiento y su experiencia le permitirían pernoctar unas cuantas noches en el bosque y esperar a que pasara la tormenta policial. El momento no podía ser mejor, por cuanto se hallaban en medio de uno de los cierres que decretaban de forma periódica las autoridades federales: estaba vedado el acceso a los parques y los guardabosques estaban de permiso.

Los agentes de Kanab estaban haciendo lo posible por mantener la calma pese a lo turbador de la situación. En su ciudad, tal como había dicho el jefe Cramer, no ocurría nunca nada malo y, de golpe, lo habían asesinado a él, habían raptado a una mujer embarazada y una policía de fuera de la ciudad había abatido a balazos a tres hombres misteriosos en el aparcamiento de un hotel. Los tres estaban sin identificar y la víspera se había denunciado en Flagstaff, Arizona, el robo de la furgoneta que conducían. No habían dejado ningún otro rastro, aparte de una cámara de vídeo oculta entre los árboles que daban a la zona del motel en la que había dejado Culebra su coche y un teléfono en el interior de la furgoneta que seguía recibiendo las imágenes de la cámara cuando los policías del lugar registraron el vehículo. Imágenes a las que, por descontado, no habían podido acceder, ya que, según era de esperar, se transmitían a los móviles de los tres fallecidos, protegidos con contraseña.

Little volvió de hablar por teléfono con la Agencia de Seguridad Nacional.

—¿Ha habido suerte? —preguntó Livia.

Él negó con la cabeza.

—Mi jefe, Tilden, está que se sube por las paredes. Me ha echado en cara que me haya ausentado sin permiso y está más preocupado por lo que puedo estar haciendo aquí que por lo que hay que hacer. Me ha dicho que vuelva echando leches a Washington y me prepare para que me caiga una buena. Yo lo he mandado a la mierda y he llamado a nuestras oficinas de Salt Lake City, pero allí me han dicho que debía coordinarlo todo a través de la comisaría central. Eso es cosa de Tilden, que se ve que ha dado orden para que me jodan vivo esté donde esté. No es que me importe una mierda, porque la delegación de Salt Lak City está a cinco horas en coche de aquí y no nos podrían echar una mano aunque yo fuese el papa en lugar de persona non grata. Con el FBI va a ser lo mismo. Lo único que tenemos son los agentes de tráfico.

Recorrió la sala con la mirada. Livia sabía muy bien en qué estaba pensando: tenían recursos muy limitados. La comisaría de policía de Kanab no era más que un escaparate más en una plaza comercial, al lado de una licorería y frente a una correduría de seguros.

Guardaron silencio unos instantes. Livia se sentía impotente en extremo. Tenía que llamar a Strangeland, pero le estaba temiendo. Quería perseguir a Culebra, pero a esas alturas podía estar en cualquier parte. Los policías locales les habían pedido que no se movieran de allí, lo que no dejaba de ser un acto de condescendencia, dado lo difícil del momento y el procedimiento que deberían haber seguido tras un tiroteo en el que había participado una agente, más aún cuando se trataba de una agente forastera. Al menos, entre la confusión y la urgencia que rodeaban a la desaparición de Sherrie Dobbs, nadie había intentado confiscarle el arma, cosa, que, por supuesto, ella no habría permitido en el estado en que se hallaba.

Había informado a todos sobre Stephen Spencer, más conocido como Culebra, y les había explicado que sospechaba que estaba implicado en el secuestro y la muerte de dos mujeres que habían ido al instituto con Dobbs y que había ido a Kanab para hablar con ella sobre su miedo a ser la siguiente. No había tiempo para exponer el resto, si bien sabía que, al final, no iba a tener más remedio. Si no lograba demostrar nada, el padre de Bomba haría que le cayera una de padre y muy señor mío solo por haberlo intentado.

«Después de esto, puedes despedirte del cuerpo —pensó—. Dos cadáveres en un tiroteo hace solo un mes y los dos tiradores muertos delante del altillo. Strangeland te pide sin rodeos que no llames la atención durante un tiempo y tú vas y alquilas un avión a Utah y matas a otros tres después de que asesinen al jefe de policía de Kanab y secuestren a una vecina. Encima, te quieren investigar el vicepresidente y su hijo, diputado del Congreso. Te harán pasar por psicópata, rebuscarán en tu pasado y desenterrarán quién sabe qué…, además de atacar a la policía de Seattle. Caerán sobre Best, alegarán que el cuerpo a sus órdenes no ha acatado el trato alcanzado por el Departamento de Justicia. Presionarán a todo el mundo, hasta llegar al gobernador, para que te echen a los leones».

Se imaginó diciendo: «Puedo explicarlo todo», y a punto estuvo de echarse a reír. Luego imaginó a Sherrie Dobbs atada, amordazada y aterrada en la oscuridad de un maletero y sintió que se le anegaban los ojos de lágrimas de desesperación que contuvo a duras penas.

«Tienes que pensar. La única manera de ayudarla es ponerse a pensar. Piensa».

No hacía falta decir que la mujer secuestrada podía haber muerto ya. Si no, bien podía perder la vida en breve. Livia, sin embargo, no pensaba aceptar tal posibilidad. No la había aceptado con Nason hasta que se había demostrado que se equivocaba y, en el caso de Sherrie Dobbs, hasta que alguien le mostrase lo contrario, daría por cierto que estaba viva y que podían salvarla.

Habida cuenta de todo lo ocurrido, aquella comisaría diminuta se encontraba en un estado menos caótico de lo que habría esperado Livia. Habían transportado los cadáveres del jefe Cramer y de los tres hombres abatidos por ella a un hospital cercano y varios de los policías locales estaban cooperando allí con agentes de tráfico, pero el telefonista, un joven con coleta, se hallaba al alcance del oído y, aunque otro de los efectivos había ido a comunicar la terrible noticia al marido de Sherrie Dobbs, tenían la intención de llevarlo a la comisaría. A eso había que sumar a cierto número de personas que no dejaban de entrar y salir: personal sanitario, una concejala y hasta el alcalde. Aquel no era el mejor lugar para mantener una conversación personal.

—Necesito aire —le dijo a Little—. ¿Vienes conmigo fuera?

Él asintió, entendiendo al parecer sus intenciones, y los dos salieron al aparcamiento.

—No ha venido aquí para matarla sin más —aseveró Livia en cuanto se cerró la puerta tras ellos.

El sol empezaba a acercarse al horizonte. Si los agentes de tráfico no tenían suerte en breve, se verían obligados a pensar en otra solución.

—Eso parece —convino Little—, porque en ese caso la habría matado de un tiro en la casa, justo después de acabar con el jefe de policía. Habría sido mucho menos arriesgado y se habría ahorrado mucho trabajo.

—Entonces, ¿por qué no lo ha hecho?

—Porque es un violador y no soporta la idea de dejar pasar una ocasión así.

Livia no discrepaba del todo, pero sabía que la explicación no podía ser tan sencilla. Había tenido la sensación de que faltaba una pieza en el rompecabezas y, sin embargo, seguía sin poder ver cuál era.

—¿Y los tres hombres? —preguntó.

El agente especial volvió la vista a la entrada de la comisaría.

—Sí, en eso estaba yo pensando. La cámara… En mi opinión, los ha mandado el padre de Bomba. Si nosotros teníamos más o menos claro dónde iba a actuar Culebra, también lo ha podido averiguar cualquier otra persona.

Livia asintió. Estaba furiosa consigo misma por no haber tenido en cuenta aquella posibilidad. Como ellos, Kane había supuesto que Culebra buscaría a Sherrie Dobbs. Eso sí, no había contado con la presencia de Livia y Little, como tampoco ellos habían contado con la de Kane. Se habían centrado todos en Culebra y nadie había pensado en quien podría seguirlo.

Sabía que Rain, el amigo de Carl, no habría cometido el mismo error. Una de las cosas que más le habían impresionado de él era la capacidad que tenía para adoptar el punto de vista del adversario. Tal cosa le permitía ir siempre un paso por delante. Si, en lugar de con el almirante Kane, se las hubiese tenido que ver con alguien como Rain, la cosa habría sido mucho peor.

—¿Para qué? ¿Para asesinar al asesino?

—Eso diría yo —repuso Little—. Después de lo de Noreen Prentis y Hope Jordan, Kane sabe que su chaval ha mandado a Culebra a atar todos los cabos sueltos. Él quiere lo mismo, pero supone que, una vez acabado el trabajo, el violador convicto amigo de su hijo se convierte en otro cabo suelto. Así que manda a sus hombres al sitio donde sabe que lo encontrarán: donde vive su tercer objetivo, Sherrie Dobbs. Siguen a Culebra, ven dónde deja el coche y colocan una cámara para esconderse y esperar a que vuelva. Si está solo, suponen que ya ha matado a Dobbs. De todos modos, lo siguen para asegurarse y, si va con ella, los siguen a los dos y se encargan de ellos en algún tramo desierto de carretera de montaña.

Su teoría no sonaba demasiado equivocada, pero había algo que seguía inquietando a Livia.

—Pero entonces aparecimos tú y yo en el aparcamiento…

Él asintió.

—Salieron de la furgoneta en cuanto te encaraste con Culebra y empezaste a darle órdenes. Tiene sentido, ya que lo último que querría Kane sería ver al amiguete de su hijo detenido después de tratar de secuestrar a la tercera compañera de instituto que violó Bomba.

«Tenías que haberlo matado allí mismo», pensó Livia por enésima vez desde la huida de Culebra. Con el muerto se habría complicado bastante su misión de llevar a Bomba ante los tribunales, pero Sherrie Dobbs estaría a salvo. Además, con los tres desconocidos muertos y Kane en pie de guerra, la jefa Best iba a crucificarla con independencia de los resultados.

—¿Y por qué no han matado los hombres de Kane a Sherrie Dobbs sin más?

—Ya te lo he dicho: también quieren quitar de en medio a Culebra. Si él la va a matar primero, ¿por qué impedírselo? De todos modos, solo tienen que seguirlo…

Entonces Livia cayó en la cuenta.

—¡Eso es! ¿Cómo pensaban seguirlo?

Él sacudió la cabeza por un instante sin entenderlo bien. Entonces abrió los ojos de par en par.

—¿Crees que…?

—Le han puesto un transmisor —dijo ella encendiendo el teléfono de conexión por satélite—. ¿Por qué no? Si lo estaban espiando con una cámara, ¿por qué no iban a colocarle también algo en el coche? Sabían que es peligroso y tiene experiencia, de modo que no querrían tener que seguirlo muy de cerca. Eso era lo que no dejaba de incordiarme. ¿Por qué usar solo pistolas contra un hombre como Culebra en lugar de fusiles de asalto con munición perforante? Al fin y al cabo, Kane puede equiparlos con un puto dron si le da la gana. ¿Por qué iban a ir tan ligeros de equipaje?

—Porque querían discreción y ellos sabían que podían hacerlo, porque…

—Porque lo estaban rastreando a distancia. Así verían dónde y cuándo paraba y podrían elegir el momento adecuado. ¿Cómo no lo hemos visto antes? De hecho, muy tontos tienen que ser para no usar un transmisor. ¡Además, tiene que estar en el coche ahora mismo!

El teléfono captó señal y Livia marcó el número de Kanezaki, quien, como de costumbre, respondió de inmediato. Gracias a Dios.

—Tom, escucha. Soy Livia. Es una emergencia. Han secuestrado a una mujer llamada Sherrie Dobbs. Tiene que ver con el dron con el que me ayudaste. Ahora no puedo entrar en detalles porque no hay tiempo que perder, pero cuando acabemos te diré todo lo que sé. Todo. El hombre que se la ha llevado va en coche y estoy convencida de que le han colocado un transmisor. ¿Puedes localizarlo? Por favor.

Hubo una pausa dilatada. «Por favor —pensó—. Por favor…».

—Tal vez —respondió él—. ¿Tienes idea de qué clase de transmisor pueden haber usado?

Ella cerró los ojos y trató de apartar la desesperación.

—No.

—¿Sabes cuándo lo encendieron o dónde estaba en ese momento?

—Puedo darte la hora aproximada a la que lo colocaron en el vehículo, el lugar exacto en que estaba aparcado y el momento concreto en que empezó a moverse. ¿Tendrás con eso?

—Tal vez —repitió.

Livia sintió el impulso de gritar que no quería un tal vez, sino un puto sí. Le dio la información.

—A ver qué puedo hacer —repuso él.

La inspectora volvió a cerrar los ojos.

—Tienes que encontrar ese transmisor, Tom. Va a matarla. La mujer está casada, embarazada, y no ha cometido más delito que haber sido víctima de violación hace veinte años a manos de un hombre que no está dispuesto a que se lo recuerden ahora.

—¿Bomba Kane?

Ella abrió los ojos.

—¿Cómo lo…?

Entonces se dio cuenta: Fallon formaba parte de la red de Kanezaki.

—No te enfades con él. Si no estoy en el ajo, no puedo ser de gran ayuda. Piénsalo la próxima vez que quieras retenerme información. En fin, a ver qué puedo hacer con ese transmisor.