Viejos demonios
Capítulo 17
Kanezaki bajó las escaleras que llevaban al sótano. De allí al laboratorio tecnológico lo separaban unos cuatrocientos metros. Siempre estaba buscando motivos para visitar los distintos feudos de Langley, pues, como mínimo, aquello le proporcionaba un poco de ejercicio. No le venía nada mal, ya que últimamente había pasado demasiado tiempo en su escritorio.
La llamada de Lone había sido una de las más extrañas que había recibido en más de lo que alcanzaba a recordar, y eso que, como integrante del círculo que conformaban Rain, Dox y el resto de sus agentes extraoficiales, estaba acostumbrado a las llamadas extrañas.
Conocía el programa Azrael. Había que reconocer que a los del escuadrón de los frikis se les ocurrían nombres chulos y la idea de asociar un proyecto de drones en miniatura con un ángel bíblico de la muerte era un modo excelente de garantizar que no les faltaría financiación.
Nada de eso quería decir que Azrael fuese un mero derroche mercadotécnico. El escuadrón de frikis había hecho maravillas con la duración de la batería y lo que había empezado como un aparato alimentado a través de un cable y luego por láser había acabado por tener una autonomía de vuelo de casi una hora gracias a la batería que llevaba en su interior. Las repercusiones de aquello eran inimaginables, no solo en el ámbito de la guerra contra el terrorismo, sino también en lo tocante a la vigilancia, tanto en el extranjero como en el interior. Por eso se estaba llevando a cabo el programa con tanta discreción.
Y, pese a todo, alguien había hecho las gestiones necesarias para sacar de su jaula a uno de los pájaros del proyecto Azrael. ¿Quién? ¿Por qué? Por lo que le había dicho Lone, el asunto en el que estaba metida no iba más allá de la investigación de una serie de desapariciones de crías adolescentes; algo terrible, por descontado, pero que no tenía nada que ver con la geopolítica…
En fin, fuera lo que fuese, debía de suponer una amenaza para alguien muy bien situado, alguien que contaba con la autorización necesaria para acceder a aquel programa y quizá a más. Hasta ahí podía llegar sin problema. Lo que no lograba imaginar era por qué iba a querer nadie usar algo tan refinado que, además, dejaba una firma tan inconfundible. Como mínimo, sería como matar moscas a cañonazos, por no hablar del riesgo innecesario que suponía, ya que sería casi imposible que al lado de los cadáveres de la policía de Seattle y el agente de Seguridad Nacional no se encontraran los restos del dron que los había asesinado. Una cosa así estrecharía la búsqueda de un modo infinitamente más preciso que una simple bala o una bomba común y corriente.
Recorrió el pasillo sin ventanas. Las paredes de bloques de hormigón estaban pintadas de un color celeste perlado que resultaba chocante y los fluorescentes del techo eran tan intensos que daban ganas de ponerse gafas de sol. Caminar por las diversas dependencias del sótano de Langley resultaba siempre un tanto desorientador, como estar en las entrañas de un casino de Las Vegas. Igual podía ser mediodía que medianoche o cualquier hora intermedia. No había relojes ni ventanas: solo el resplandor artificial y el eco de las propias pisadas sobre el linóleo mientras se avanzaba en paralelo a los muros interminables, se doblaban esquinas idénticas y se cruzaban puertas cerradas que no se distinguían de las anteriores sino por los números que tenían estarcidos a un lado y ofrecían una mínima pista de la ubicación de quien llegaba a ellas.
Se preguntó por qué la estaría ayudando. En realidad, tampoco tenía claro que le estuviera siendo de ayuda todavía, pues podía ser que no descubriese nada que le fuese útil. Aun así, lo estaba intentando.
En parte lo hacía por la información que pudiese obtener de ella. El mal uso de un dron Azrael para cometer un asesinato en suelo estadounidense se contaba precisamente entre las cosas que le interesaba conocer; que ansiaba conocer, debía decir si quería ser sincero. Su actitud se debía, en gran medida, a la trampa mortal que le había tendido hacía tiempo Biddle, jefe del puesto de operaciones de Tokio, cuando Kanezaki no era más que un agente bisoño y torpe de la CIA. Jamás olvidaría esa lección ni relajaría un ápice sus empeños en estar bien prevenido y pertrechado en consecuencia. Tampoco dejaría de rodearse de gente en la que sabía que podía confiar. No dejaba de ser curioso que recelase de sus propios compañeros y, por el contrario, se sintiera seguro en manos de colaboradores como Rain y Dox. Quizá no fuese solo la traición de Biddle. Tal vez también tenían su peso su condición de sansei, de descendiente de inmigrantes, y el hecho de vivir entre los Estados Unidos y Japón y de sentirse extranjero en ambos países. Quizá.
Pero ¿por qué se sentía inclinado a ayudar a Lone? Por Dox, suponía. Sabía que entre el tirador grandullón y la poli de Seattle existía un vínculo muy fuerte. Dado que Dox estaba entre sus adquisiciones más valiosas, tenía sentido hacer lo correcto por ella para que Dox se sintiese en deuda con él.
Todo eso era cierto. Sin embargo…
Aquella mujer lo incomodaba. Tenía un fanatismo exagerado. Lo veía todo en blanco y negro. Y lo peor no era que hiciese caso omiso de cualquier tono de gris, sino que daba la sensación de considerar moralmente censurable a todo aquel que tuviera una percepción algo más matizada de la realidad.
Su mundo se reducía a lo más sencillo: proteger a los niños; proteger a las mujeres; proteger a todo aquel que no estuviese en condiciones de protegerse a sí mismo; investigar a violadores y a quienes abusaban de menores, reunir pruebas, arrestarlos y ponerlos entre rejas.
Casi le provocaba envidia que fuese capaz de prestarle un servicio al mundo sin enfrentarse a constantes decisiones éticas. Aun así, el terreno del espionaje no era como el trabajo policial. En el universo de Kanezaki no era extraño que para alcanzar un bien hubiese que optar por medios reprochables. A él no le hacía ninguna gracia, pero tampoco veía que hubiese ningún modo de evitarlo. Lo único que estaba a su alcance era tratar de ser tan honrado consigo mismo como le fuera posible.
Aun así, Lone se veía tan… impecable, mientras que él tenía la sensación de estar cada día más manchado por su trabajo. Si permanecía demasiado tiempo en el mar, ¿no acabaría por perder de vista el litoral? ¿No se olvidaría, de hecho, de la existencia misma de la costa? Aquello le quitaba el sueño en ocasiones.
A veces, cuando le pedían que hiciese algo… cuestionable, se preguntaba si lo habría aprobado Tatsu, el amigo de Rain, agente del Keisatsuch, el FBI nipón, que había muerto de cáncer hacía varios años. Había tratado a Kanezaki como a un hijo, todo un honor en cualquier circunstancia, pero más aún teniendo en cuenta que el hijo biológico de Tatsu había fallecido siendo un niño. Nunca había conocido a nadie que fuese capaz como él de nadar entre tanta mugre y mantenerse limpio en lo fundamental. No había sido solo su mentor, sino que se había erigido en modelo de Kanezaki, que estaba resuelto a ser siempre fiel a la memoria de su ejemplo.
Esa era, suponía, la verdadera razón de que estuviese ayudando de buen grado a Lone. A esas alturas era ya padre. Tenía un hijo y una hija y estaba obligado a hacer del mundo un lugar seguro para ellos, costara lo que costase. Lone los protegía, o al menos protegía a niños como ellos, y era buena, cosa que quizá compensase lo que él sabía que tenía de malo.
Sonrió con un gesto triste. Tal vez debería hablar con uno de los loqueros de la CIA, expresarle sus dudas con sinceridad, pero había colegas a los que había contrariado y sabía que, si se enteraban, podrían usarlo en su contra. Además, no tenía ninguna intención de entregar a los lunáticos el control del manicomio. Al menos, todavía. Mejor superar la afición a la bebida a golpe de voluntad que dejar que cualquiera pudiese descubrir que asistía a reuniones de alcohólicos anónimos.
Sí, la ayudaría y, con ello, se ayudaría también a sí mismo. Era como los que conducían un camión encargado de eliminar residuos tóxicos. El trabajo era de vital importancia, por supuesto, pero el camión provocaba no poca contaminación por sí mismo. Sin embargo, si encontraba el modo de pagar para compensar semejante emisión de carbono…, estaría haciendo un bien, ¿no? Si sus hijos tenían en el futuro alguna duda sobre las cosas que había hecho y la vida que había llevado, quizá esa compensación los ayudaría a entenderlo.
Ojalá.
Llegó a la entrada del laboratorio, una puerta de acero doble de tamaño exagerado. Descolgó el auricular del intercomunicador que tenía al lado y marcó un número. Oyó una serie de pitidos electrónicos y, a renglón seguido, una voz femenina que aseveraba imitando un acento ruso:
—Al habla el KGB.
Él sonrió.
—Un día te vas a meter en un lío por eso.
—El espionahe es negosio ariesgado, camarrada.
El recién llegado soltó una risotada.
—¿Tienes unos minutos para dar una vuelta?
—¡Ya te digo! —respondió sin acento.
Un instante después, oyó el chasquido de un pestillo eléctrico y el zumbido de unos cilindros hidráulicos que se replegaban. Entonces se abrió la puerta y salió por ella una joven de pelo largo y castaño rojizo y unos deslumbrantes ojos verdes, vestida, como siempre, con su bata blanca de laboratorio. Maya. Hacía dos años que Kanezaki había movido algunos hilos para conseguirle un puesto en el escuadrón de los frikis en cuanto se graduó en el Instituto Tecnológico de California. Desde entonces se había encargado de que fuese ascendiendo en el organigrama de la Agencia. Era una buena chica. Aunque le resultaba extraño verse convertido para alguien en lo mismo que había sido Tatsu para él, la vida es una rueda y no queda otro remedio que rodar con ella.
Se cerró la puerta.
—Te veo pálida. ¿No te dejan nunca salir a jugar al patio?
La muchacha sonrió.
—¿Quién quiere jugar fuera con la de juguetes que tenemos aquí?
Él inclinó la cabeza y los dos echaron a andar.
—Precisamente por uno de esos juguetes quería preguntarte.
—Ajá. Ya decía yo que me resultaba raro verte por aquí abajo…
A Kanezaki le habían trasladado el despacho a la séptima planta, la del ala ejecutiva, y la gente de la séptima no solía frecuentar el sótano. A él le daba igual, porque la mayoría de los contactos que se había granjeado en el edificio se encontraba en los pisos más bajos. Algunos no eran siquiera agentes en sentido estricto, sino colaboradores y hasta administrativos. Eran ellos los que hacían funcionar el organismo, pero era fácil que sus contribuciones y su conocimiento pasasen inadvertidos. Por esos y otros motivos, eran también los más sencillos de reclutar. Esperaba que nadie se lo echase nunca en cara: él era espía y, a su parecer, la labor de los espías consistía, sobre todo, en reclutar gente.
—He oído rumores de que uno de los drones Azrael ha echado a volar hace poco.
Ella lo miró con gesto entre preocupado y sorprendido. Kanezaki conocía la pregunta que quería hacerle ella y también que no iba a formulársela.
—Pensaba que todavía los teníais en periodo de prueba —añadió—. ¿Quién tiene autoridad para pedirlo prestado?
—No sé quién habrá dado el permiso —repuso ella mirando a su alrededor—, pero sí puedo decirte que quien se lo llevó llevaba tarjeta verde.
A los empleados de la CIA les daban tarjetas azules. El verde se reservaba para los colaboradores externos.
—¿Que le habéis dado un prototipo de dron asesino a un colaborador? ¿A quién? ¿Por qué?
—Lo único que puedo decirte es que trabaja con la OGE… o con la Percivallian o como la llamen ahora. El contrato era del ICE. —Se refería al Servicio de Control de Inmigración y Aduanas—. Sabes que nos encargamos de poner en funcionamiento el programa de drones del ICE y que seguimos ofreciéndoles actualizaciones y asistencia técnica.
—Sí, pero esos son solo para vigilancia.
Ella lo miró a los ojos sin decir nada.
—Dios santo —dijo él.
La joven volvió a callar.
—Vale. ¿Y cuándo lo retiraron?
—Ayer.
Él pensó un instante. La situación era una verdadera locura. Si ya era bastante irregular sacar un prototipo a la calle, dárselo a alguien con tarjeta verde era ya pasarse. Encima, como parte de una operación del ICE… Aun sin tener en cuenta que, al parecer, pretendían usarlo para asesinar a una inspectora de un cuerpo local de policía y a un investigador de Seguridad Nacional, aquello no tenía pies ni cabeza.
—Ya sé que no sabes quién lo ha autorizado, pero dime por lo menos quién ha podido hacerlo.
Ella dejó escapar un suspiro.
—Tom, ¿en qué me estás mezclando?
—No te estoy mezclando en nada.
—La gente sabe que somos amigos y que me ayudaste a conseguir este trabajo.
—Y tú sabes que lo que me cuentas no sale de mis labios. Ni siquiera te estoy pidiendo un nombre, Maya. Entiendo que eso no te lo han dicho. Lo único que quiero conocer son algunos parámetros.
—¿Y me vas a decir por qué?
—¿Lo querrías saber aunque pudiese revelártelo?
La joven soltó una risita.
—Probablemente no.
—Entonces, ¿quién ha sido?
—Lo único que puedo decirte es esto: sabes que esos pájaros de Azrael están controladísimos, así que, si mi jefe ha dejado que se lleven uno, ha tenido que ser porque se lo han pedido de lo más alto.
—¿El director de la Agencia?
Ella volvió a reír.
—¡Frío, frío! El jefe lleva dirigiendo el laboratorio desde antes del 11-S. Les da sopas con honda a los directores. Dice que ellos vienen y van… y no se equivoca.
—¿Quién entonces? ¿El DNI? —Se refería al director de información nacional, que se hallaba al frente de todos los cuerpos de espionaje: la CIA, la Agencia de Seguridad Nacional y todo lo demás.
—Más arriba. Te estoy hablando del SecDef, el vicepresidente quizá… o el mismísimo presi. Nada menos.
Kanezaki no alcanzaba a entenderlo. ¿Qué interés podían tener el secretario de Defensa, el vicepresidente o el presidente de los Estados Unidos en matar a una inspectora de la policía de Seattle y un investigador de Seguridad Nacional?
—¿Hay algo más que puedas contarme?
Ella negó con la cabeza.
—¿Ni siquiera habéis hecho hipótesis?
—Qué va. Ya sabes que a mí no me cuenta nadie nada, ni siquiera tú.
—Pero ves muchas cosas. Si te decidieses a salir ahí fuera, Maya, podrías ser una oficial de caso de la leche.
Ella sonrió, probablemente convencida de que intentaba halagarla, cuando lo cierto es que él lo decía muy en serio.
—En fin, gracias por la ayuda. ¿Me mantendrás informado si te enteras de algo más?
—¿No es lo que hago siempre?
—Es verdad. Por lo menos, cuando te pregunto.
—Pues eso.
Kanezaki siguió caminando y cruzando todas las puertas cerradas sin marcar. Se alegraba de haber encontrado el modo de traspasar algunas de ellas, pero todo apuntaba a que iba a necesitar averiguar cómo franquear unas cuantas más.