Viejos demonios

Barry Eisler · Capítulo 38 de 51

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Viejos demonios

Capítulo 37

 

Kane se encontraba en su bungaló privado del hotel Avalon de Palm Springs. Le había dicho a su jefe de gabinete que cancelara todos sus compromisos y no le pasase llamadas para consagrar su agenda al acto de recaudación de fondos para la campaña de Bradley, y que hiciera que le llevasen dramamina o cualquier otro antiemético. Sin embargo, el medicamento no había servido de gran cosa, como todo lo demás, ya que, en cuanto se había quedado solo, había vomitado en la papelera. El estómago se le había rebelado de forma tan súbita que ni siquiera había tenido tiempo de llegar al cuarto de baño forrado de mármol.

Tras vomitar, se sintió algo mejor, en parte porque sabía que alguien limpiaría la papelera o, lo que era mejor, la cambiaría por otra sin hacer preguntas, con lo que el estropicio desaparecería sin más, como si no hubiese existido nunca.

Se habría reído si no fuese porque aún sentía náuseas. La operación de Kanab había sido otro desastre. Culebra había estado allí, como había esperado y, de hecho, previsto el almirante, pero también habían acudido Lone y Little. Sus empeños en que la policía de Seattle retuviese a Lone habían fracasado de manera estrepitosa. Ni siquiera habían frenado a la inspectora. Encima, ese tarado incompetente de la Agencia de Seguridad Nacional, Tilden, que tenía que estar atando corto a Little, ni siquiera sabía dónde estaba hasta que su propio agente especial lo había llamado desde Kanab.

Al principio, los informes que había recibido resultaban confusos y Kane había pensado que había sido Culebra quien había matado al equipo de la OGE, pero luego se supo que aquello había sido obra de Little y de Lone. De haberse dado cuenta antes de que los dos habían descubierto la relación que unía a Noreen Prentis, Hope Jordan y Sherrie Dobbs y habían viajado a Kanab para intentar adelantarse a Culebra, habría enviado un contingente más numeroso y con mejores armas. Una vez más, había usado la fuerza necesaria para fallar, para fallar de forma espectacular.

En fin, podría haber sido peor. Por lo que sabía a través de sus hombres, Culebra había matado a un agente local y secuestrado a Sherrie Dobbs. Al menos había conseguido escapar, que era mil veces preferible a que lo hubiesen detenido. Sin embargo, Little y Lone habían dado su nombre a las autoridades estatales de Utah y Arizona, lo cual representaba otra contrariedad, aunque aún controlable. Todavía cabía la posibilidad de mandar otro equipo para encontrarlo, enfrentarse a él y eliminarlo. El público se haría preguntas, pero Kane contaba con legiones de abogados, expertos en relaciones públicas, periodistas, locutores de radio dados a la provocación y al insulto y magos versados en las formas más oscuras de manipulación de los medios sociales a las que azuzar en una contraofensiva coordinada si alguien mencionaba siquiera la posibilidad de que Bradley tuviese algo que ver con los presuntos delitos de Stephen Spencer, también llamado Culebra. Eso por no hablar de las fuerzas de asalto y los furibundos defensores de su hijo, de quienes tenía que reconocer que estaban más dispuestos a abrirse paso con uñas y dientes hacia la victoria que el entorno, más profesional, con el que estaba acostumbrado a tratar Kane.

Bien. Encontrar a Culebra no representaba un reto insuperable. Si la última vez lo había hecho a través de Sherrie Dobbs, esta vez sería a través de Bradley.

Porque era evidente que Bradley había quedado con él en alguna parte. Kane no albergaba la menor duda, aunque la idea le había repugnado ya en tiempos menos convulsos y en ese momento amenazaba con volver a hacerlo vomitar. Ese… Eso que se llevaban entre manos… Era evidente que disfrutaban haciéndolo juntos, en Irak y por todos los Estados Unidos, hasta que Kane apartó a Culebra. Luego, aquel malnacido salió de prisión y ocurrió lo de Hannah Cuero, además, claro, de lo de las compañeras de instituto. Sherrie Dobbs había sido la última.

Quizá tuvieran planes de compartir a Dobbs aquella misma noche, tras el acto de aquella velada. No era más que una corazonada, pero, si se equivocaba, sus hombres seguirían a Bradley en otra ocasión para dar con Culebra. Por eso había recurrido a la prudente táctica de hacer que sus guardaespaldas, fingiendo registrar los vehículos en busca de explosivos, colocasen un transmisor en el coche de su hijo. En algún momento de aquella misma noche o cualquier otra, Bradley haría su escapada y Kane había contratado a otro equipo de la OGE para que lo siguiera. Lo conformaban especialistas en operaciones urbanas, con adiestramiento militar y experiencia en combate y en operaciones conjuntas con la CIA, que habían pasado al sector privado. Eran hombres competentes en extremo, pertrechados con los últimos adelantos en visión nocturna y demás.

Bradley, por supuesto, no querría ni oír hablar de ellos. Se había puesto hecho una furia al saber que Kane había estado detrás de la pena de cárcel de Culebra y no se tomaría mejor la noticia de aquella solución de carácter más permanente que pretendía hacer realidad el almirante. Aun así, ¿qué podía hacer el chaval? Tendría que vivir con ello, adaptarse, odiar quizá a su padre, pero esas cosas pasaban a veces entre padres e hijos y, más aún, probablemente, entre reyes y príncipes coronados. Qué se le iba a hacer. Lo superarían; de hecho, Bradley acabaría por reconocer que Kane había actuado solamente por amor… y que todo había mejorado considerablemente.

Sí, Bradley tenía que entenderlo, sobre todo cuando supiese que el equipo no solo tenía órdenes de acabar con Culebra, sino que, por supuesto, el almirante le había encargado también que quitase de en medio a Little y a Lone.