Viejos demonios

Barry Eisler · Capítulo 25 de 51

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Viejos demonios

Capítulo 24

 

 

Livia estaba en su cubículo estudiando un diagrama. Había algo sobre Bomba y Culebra que le resultaba inquietante, la intuición que había sentido cuando hablaba con Little en la piscina reflectora y a la que no lograba dar forma. Había algo, lo sabía, y pensaba que, haciendo un esquema de las fechas y los lugares de las desapariciones, quizá lograra concretar lo que fuese que se movía en las sombras de su cabeza. Hasta el momento, no obstante, el gráfico estaba sirviendo de muy poca ayuda. Era incapaz de encontrar un patrón que tuviese sentido o cualquier cosa que no fuera simple oportunismo: dos hombres a los que tanto les daba el lugar y el momento siempre que pudieran cometer sus tropelías lejos de su paradero habitual.

El hecho de no haber encontrado nada en línea sobre Culebra también le estaba dificultando mucho la labor, pues la obligaba a hacer sus conjeturas sin más información que la que le había dado Fallon. No sabía gran cosa de su condena por contacto sexual abusivo. Había mirado lo que había tipificado al respecto en el Código de Justicia Militar. Al parecer, se hallaba un paso por debajo del delito de agresión sexual con violación, así que supuso que Culebra se habría avenido a confesar para no arriesgarse a una pena mayor. Fuera lo que fuese lo que había hecho en Irak, parecía seguro suponer que Bomba lo había hecho con él. Al fin y al cabo, sus correrías en los Estados Unidos habían cesado cuando Culebra había estado cumpliendo condena y se habían reanudado poco después de que saliera en libertad condicional. Entonces, ¿por qué había pagado él y no Bomba los platos rotos? ¿Porque Bomba había tenido suerte o porque había movido los hilos su padre?

Lo que deseaba por encima de todo era información sobre lo que habían hecho los dos en Irak. ¿Violación? ¿Asesinato? No le interesaba el motivo por el que había dado Culebra con sus huesos en la cárcel, ni siquiera de qué se le había acusado: lo que quería saber era qué habían hecho y por qué habían detenido a Culebra. ¿Por qué lo de Irak era agresión sexual y lo de los Estados Unidos secuestro? ¿No sería que en suelo iraquí también habían estado raptando crías, pero el ejército solo había presentado contra él los cargos que el fiscal militar consideraba que podían demostrarse, como había ocurrido con Al Capone y la evasión de impuestos?

Fallon estaba tanteando a sus contactos y, aunque Livia dudaba que fuese a encontrar entre los de la antigua unidad de Bomba y Culebra a nadie que estuviera dispuesto a hablar con ella, siempre cabía la posibilidad. Dependiendo de lo que lograra descubrir, también podría tratar de recurrir al fiscal militar que se había encargado de la causa. Si conseguía sumar lo que habían hecho en Irak a lo que habían hecho en los Estados Unidos…, en fin, quizá tendría algo con lo que emprender una investigación formal. Quizá pudiese prever su siguiente movimiento.

Por suerte, en aquel momento no tenía muchos casos entre manos. Aquella misma semana debía presentar su testimonio en un juicio por violencia doméstica y, además, tenía que hablar con los testigos de dos investigaciones de agresión, pero de la conversación que había mantenido con Amy, la camarera, no había obtenido gran cosa. La mujer recordaba que el desconocido le había dicho: «Hola, ¿qué tal? Me da que no te vendría mal que te acercase a algún sitio…», lo que resultaba alentador, ya que coincidía con lo que declaraban las víctimas, pero no había conseguido acordarse de nada más, nada que Livia no hubiese averiguado ya. Para colmo de males, a ningún abogado de la defensa que se preciara le costaría echar por tierra lo que pudiese decir la testigo dada la imprecisión general de sus recuerdos. «¿Cómo puede acordarse con tanta claridad de algo que ocurrió hace más de un año? ¿Tenía el vehículo encendida la luz interior? Ah, que no vio con claridad al conductor… ¿No estaba cansada después de un turno tan largo? ¿Había tomado una copa antes de volver a su casa?», y todo eso.

Aun así, aquel hombre tenía que haber abordado a más mujeres. Por cada vivienda allanada hay cincuenta que los ladrones estudian y rechazan, y por cada mujer violada, hay cincuenta a las que ha acechado, valorado o abordado un violador que, por uno u otro motivo, decide ir a cazar a otra parte.

Con Bomba y Culebra debía de haber ocurrido lo mismo. Lo que sabía de ellos hasta entonces podía ser solo una fracción diminuta de la verdad.

Volvió a tener esa sensación, esa impresión de estar viendo el contorno de algo sin lograr distinguir los detalles. «Pero ¿qué?».

Little sabía como ella que los delitos en serie presentaban tres aspectos fundamentales: victimología, modus operandi y firma. Aunque, por supuesto, existía cierta superposición entre los tres, en líneas generales estos términos se referían a la clase de víctima que prefería un violador o asesino dado, el método que usaba a la hora de cometer el delito y los actos fetichistas a los que se entregaba sin que tuviesen utilidad alguna para la comisión del acto delictivo en sí.

Bomba y Culebra tenían preferencia por las víctimas de color. El método era el que había inferido Little: una calle de barrio tranquilo con pocas casas, un supermercado al que era posible llegar a pie, una hora cercana al ocaso… Hasta ahí, bien.

Pero ¿cuál era la firma? Casi siempre había una: un tipo concreto de cuerda, una postura que el violador obligaba a su víctima a adoptar o en la que dejaba siempre el cadáver, una frase que exigiría que dijese su víctima o que usaría él mismo, como el violador Hola Qué Tal… Los actos de Bomba y Culebra, en cambio, parecían estar caracterizados precisamente por la ausencia de firma. Ni ADN en el lugar de los hechos ni cadáver por ninguna parte: solo nueve chiquillas de las que no quedaba rastro alguno.

No tenía sentido. Había algo que se le escapaba, como si se tratara de una sombra que no sabía cómo iluminar.

Hizo una búsqueda rápida de noticias en línea sobre Bomba… y le sorprendió ver, en un periódico de Portland, un artículo sobre el doble asesinato horripilante de una mujer, llamada Hope Jordan, violada y estrangulada, y de su hijo de dos años, asfixiado. Las autoridades estaban buscando a un vagabundo al que decían haber visto los testigos en el aparcamiento en el que se creía que habían secuestrado a las dos víctimas. Casi todo el artículo giraba en torno al suceso en sí, pero el último párrafo destacaba una coincidencia trágica: Jordan había sido compañera de instituto del diputado Bradley Kane III, que en aquel momento se encontraba participando en una reñida carrera por el Senado en California. Bomba.

Permaneció un instante con la vista clavada en la pantalla mientras trataba de asimilarlo. Noreen Prentis había acusado a Bomba de violarla en el instituto y había desaparecido a continuación, y esa otra mujer, Hope Jordan, había sido violada y asesinada… después de sufrir secuestro. No había desaparecido, como Noreen Prentis, como aquellas nueve adolescentes. Sin embargo, quizá en esa ocasión no se trataba de hacerla desaparecer…

Sintió una oleada ardiente de odio. Aquel era un sentimiento que no le preocupaba; es más: lo acogía de buen grado. Había pasado la mayor parte de su vida conviviendo con él. El odio era lo que le había dado la fuerza necesaria para librarse de Fred Lone y, después, para vengarse de Nason. La justicia era su vehículo, cierto, pero el odio era el combustible que lo movía.

No obstante, también tenía que sortear curvas y para eso necesitaba moderar la potencia del odio, conque esperó a que retrocediera para poder pensar con frialdad.

¿Había denunciado también Jordan a Bomba? En ese caso, el artículo habría dicho algo. Buscó otras noticias sobre aquella mujer, pero no encontró nada más que las crónicas de su muerte. ¿Cómo había llegado a averiguar siquiera el periodista a qué instituto había asistido Hope Jordan? Desde luego, no era lo primero que se preguntaba la prensa de una víctima que se había graduado hacía veinte años. ¿Y cómo se le había ocurrido publicarlo a los responsables del periódico, cuando debían de saber que con ello despertarían la ira de Bomba y quizá también de su padre?

«Porque alguien lo ha considerado relevante». Tal vez. ¿Quién firmaba la noticia? Lo comprobó: Helen Matlock. Pulsó en el nombre y vio que se trataba de la periodista de sucesos del diario.

¿Por qué había incluido Matlock esa información sobre Bomba? Estaba en el último párrafo, como a modo de paréntesis, pero estaba allí. «Matlock sabía que había una conexión entre Prentis y Jordan. Le dio miedo ser más directa o quizá sabía que el director lo censuraría, así que se limitó a añadir aquel simple hecho con la esperanza de incitar a otros a investigar más en profundidad».

No dejaba de ser, claro, una suposición.

Pensó en Rick. Su tío adoptivo estaba ya jubilado, pero seguía teniendo contactos en el cuerpo de policía de Portland. Tal vez él lograse esclarecer aquel asunto. Además, a diferencia de otras de sus fuentes de información, sabía que podía confiar en él, en su discreción y en que la protegería siempre. A fin de cuentas, la había acogido en su casa después del «ataque al corazón» de Fred Lone y, aunque sabía que debía de abrigar no pocas sospechas, nunca le había preguntado nada.

Sacó el móvil y lo llamó usando la marcación rápida. Tras dos tonos oyó su voz:

—Livia.

Hasta percibió su sonrisa, que la hizo sonreír a ella también.

—Buenas, Rick.

Nunca lo llamaba tío, ni siquiera cuando lo conoció, a los trece años. Livia había odiado siempre a su hermana, Dotty, que sabía perfectamente lo que estaba haciendo su marido, Fred Lone, a la pequeña lahu refugiada que se había avenido a adoptar el matrimonio. De hecho, nunca preguntaba a Rick por la señora Lone. Suponía que, un día, Rick le anunciaría que había muerto. Ella, por descontado, le diría que lo sentía, pero no sería cierto.

—¿Cómo va todo? Hace mucho que no sé de ti.

Ella volvió a sonreír. Siempre decía lo mismo, hasta cuando no pasaba una semana entre una llamada y otra. Aquella vez, no obstante, tenía razón: hacía ya un mes que le había hablado del ataque que había sufrido delante de la academia de artes marciales y, por supuesto, de la resolución de no presentar cargos contra ella que se había tomado en la investigación posterior.

—Bien, aunque un poco liada. ¿Cómo está Gavin?

Gavin era la pareja de Rick, otro agente retirado de la policía de Portland que también había sido amable con ella cuando no era más que una adolescente traumatizada y se había hecho digno de su confianza.

—Estamos bien. Descansando, sin hacer gran cosa, aunque nos pasamos un poco con la cerveza. Te echamos de menos. A ver cuándo vienes a vernos.

«Puede que vaya antes de lo que te imaginas», pensó, aunque no tenía ni idea de cómo iba a arreglárselas para justificar otra ausencia en aquel momento.

—Me encantaría —dijo—. Mientras tanto, tengo una pregunta.

—Dispara.

—He leído noticias sobre una violación con asesinato en Beaumont-Wilshire. Las víctimas son una mujer llamada Hope Jordan y su hijo de dos años.

—Sí, una canallada.

—¿Me puedes contar algo que no hayan dicho en las noticias?

—Si estuviera todavía en activo, seguro que sí, pero ahora… no mucho. ¿Qué quieres saber?

—¿Sabías que Jordan fue al instituto con Bradley Kane? El diputado del Congreso, Bomba, no el vicepresidente.

—No.

—El artículo que he leído lo menciona de pasada y me preguntaba… cómo ha podido averiguarlo la periodista y por qué habrá incluido el detalle. Me ha parecido extraño cuando no ha pasado mucho tiempo desde el asesinato.

—Sí que resulta extraño. ¿Quieres que pregunte?

—Sí, y también me gustaría saber si la policía de Portland tiene alguna pista. Grabaciones de cámaras de seguridad, testigos…, lo que sea.

—No es que no me alegre, ni mucho menos, de saber de ti, Livia, pero ¿puedo preguntarte por qué no te pones tú misma en contacto con el cuerpo?

Ella vaciló y dijo a continuación:

—Estoy buscando a un colaborador de Bomba, un amigo suyo del ejército llamado Stephen Spencer y apodado Culebra… y quizá también al mismísimo Bomba.

—Dios santo.

—Vaya. Comprenderás que, por el momento, prefiera no hacer mucho ruido al respecto. ¿Te parece bien?

—Me parece perfecto. Déjame sondearlo.

—Gracias. Si puedes hablar con la periodista… Se llama Helen Matlock. Me gustaría saber cuál es su punto de vista con respecto a Bomba.

—A Matlock la conozco. En la mitad de los homicidios que investigué apareció en el lugar de los hechos antes que la policía.

Aquello parecía prometedor.

—¿Y puedes llamarla?

—Claro. Veré qué puedo averiguar de ella y de la policía. Te llamo en cuanto sepa algo.

Colgó. Resultaba frustrante saber que había mucho más de lo que se mostraba y no ser capaz de verlo… o de usarlo. Se recordó cuánto había progresado y con qué rapidez. Sabía que Bomba y Culebra habían raptado a todas aquellas crías y matado a aquellas mujeres. Lo único que tenía que hacer era dar con los medios necesarios para demostrarlo.

O, si no lo lograba, para hacerlos pagar de otro modo.