Viejos demonios

Barry Eisler · Capítulo 33 de 51

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Viejos demonios

Capítulo 32

 

Culebra estaba tendido bocabajo sobre una loma que daba al domicilio de Sherrie Dobbs, mirando por unos binoculares. Menos mal que había decidido reconocer el terreno antes de actuar, porque había un coche de policía delante.

El tío se había ido a colocar, además, en una posición táctica bastante buena: en el borde mismo de la parcela de la vivienda, situada en una esquina, apartado de arbustos, vehículos aparcados o cualquier otra cosa que pudiera servir de escondite a quien quisiera abordarlo. Encima, parecía estar alerta: ni dormitando ni leyendo una revista, sino examinando con calma los alrededores ayudado de los tres retrovisores. Por si fuera poco, aunque no podía asegurarlo, ya que solo lograba distinguirle el pecho y los hombros, daba la impresión de ser un espécimen recio. Desde luego, no era ningún deportista de fin de semana, y eso que el municipio parecía un pueblucho.

«¿Qué pinta usted aquí, señor agente? No me diga que Sherrie se ha enterado de lo de Noreen y Hope, las pobres, y lo ha llamado. ¿O será tal vez que lo ha llamado alguien?».

Culebra no era precisamente un tirador de precisión, pero el poli estaba aparcado a unos doscientos metros y él estaba en una posición elevada y tenía una línea de visión clara. Si hubiese tenido un fusil, no le habría costado acertarle. Por desgracia, solo tenía la Ruger. Por la noche, habría llegado con sigilo hasta donde estaba sin ningún problema. Por desgracia, era mediodía y el sol brillaba con tanta fuerza que podría haberse quitado la ropa para broncearse.

«¿Habrá otro dentro de la casa?». Lo dudaba mucho. El coche pertenecía a la policía de Kanab y ¿cuántos policías locales podía haber en un municipio así? ¿Media docena? Le daba en la nariz que aquel tipo estaba allí para contentar a alguien, probablemente a Sherrie Dobbs. «A ver qué hacemos… A ver qué hacemos…».

Imaginó que podía limitarse a esperar. Cuando se fuera el sol en unas horas, refrescaría, pero llevaba puesto su atuendo de mendigo, que incluía un pasamontañas, varias sudaderas para crear la sensación de corpulencia en un posible testigo y guantes tácticos para asegurarse de que no dejaba huellas. Mejor dejar que se hiciera de noche, bajar sin ser visto y matar al poli. No sería difícil.

Pero esperar entrañaba sus riesgos. Culebra había investigado en Internet y al llegar se había pasado por la panadería del matrimonio. Había visto al marido tras el mostrador, pero de la mujer no había rastro alguno. Por tanto, era más seguro actuar de inmediato, ya que Sherrie Dobbs estaba en casa, probablemente sola. Si no, ¿qué hacía un poli aparcado delante de su casa? De allí a unas horas, sin embargo, ¿quién sabía? Podía ser que Sherrie saliese o que su marido volviera, que se presentara algún vecino para charlar con ella… Podía pasar cualquier cosa.

Además, por la noche, la gente se volvía más recelosa para abrir la puerta. De todos modos, a decir verdad, con un poli delante, todo apuntaba a que a Sherrie no le sobraría la confianza fuera la hora que fuese.

Miró al agente a través de los prismáticos. El tío seguía examinando la calle, lo que le hizo preguntarse si no tendría formación militar. Quizá sí, aunque también podía ser que no fuese de los que se confían.

Esperar le parecía arriesgado. Estaba claro que actuar en ese instante presentaba muchas ventajas. El único obstáculo era el policía. En fin, había otros modos de sacarlo de allí sin usar un fusil ni tener que esperar a que cayera la tarde. El problema era cómo presentarlo, porque la idea era que, con dos mujeres desaparecidas y una violada y asesinada, Bomba aún tendría ocasión de eludir las sospechas, pero, si cambiaban eso por una mujer desaparecida, otra violada y asesinada, otra desaparecida y el poli que vigilaba su casa muerto delante de su puerta…, la misión de eludir las sospechas quizá se complicara un poco.

Por otra parte, ¿es que no habían demostrado ya los que defendían a Bomba su voluntad…, qué coño, su entusiasmo a la hora de justificar la desaparición de Noreen Prentis? Había media docena de grupos de Facebook con miles de seguidores consagrados a la teoría de que lo de Noreen formaba parte de un plan de desprestigio de los enemigos de Bomba. En uno de ellos, que no era precisamente el menos numeroso, habían llegado incluso a formular la teoría de que sus detractores, lejos de conformarse con colaborar en su desaparición, se habían encargado de mandarla al otro barrio. Aquella controversia estaba provocando alguna que otra pregunta incómoda, cierto, aunque solo en círculos mediáticos y entre votantes cuyo apoyo no iba a conseguir Bomba de todos modos. Su electorado, en cambio, estaba enardecido. Culebra no pudo evitar sonreír al pensarlo. ¿No habría confundido su vocación? Tendría que haberse dedicado al asesoramiento político.

No era que las ideas que tenía fuesen de ingeniero aeroespacial, pero, si algo sabía de las personas, era que, una vez que abrazaban una teoría, se hacía muy difícil despegarlas de ella. Rechazaban los hechos que no la respaldaban, inventaban otros que sí y hacían caso omiso de las contradicciones que encerraban sus propias creencias. Solo había que pensar en los conspiranoicos que aseguraban que la matanza de la escuela primaria Sandy Hook constituía un montaje pergeñado para restringir el uso de armas, entre otras muchas teorías. Cuando la gente estaba motivada para creer en algo, no había nada que la hiciera cambiar de opinión ni nada le parecía excesivo.

Conclusión: ¿y qué si desaparecía una tercera mujer?, ¿y qué si aparecía muerto el policía que se había apostado delante de su casa? Lo único que demostraría algo así sería hasta dónde eran capaces de llegar los enemigos de Bomba para desacreditarlo, por el servicio que había brindado a la nación, por aquello a lo que representaba… Lo que fuera, el motivo daba igual. La gente de Bomba lo adoraba, eso era innegable, pero, sobre todo, odiaba a sus enemigos. Culebra suponía que, cuanto más amenazadores pareciesen esos enemigos, más motivada se vería la base de apoyo de Bomba.

Sí, ahora que lo pensaba, tal vez un poli muerto en relación con la desaparición de Sherrie Dobbs no sería nada negativa. De hecho, quizá fuese… un recurso muy valioso.

Se imaginó explicándoselo todo a Bomba más tarde. A él no le iba a hacer ninguna gracia y, de hecho, reaccionaría como cuando le había contado cómo se había encargado de Hope Jordan, pero luego se dejaría convencer de que había sido lo mejor, ¿verdad? ¿O no había cambiado de opinión al ver a Noreen Prentis atada y amordazada, lista para que los dos la disfrutasen? Pues lo mismo iba a pasar con Sherrie Dobbs: tal vez se quejara, pero, cuando la mirase, se daría cuenta de que ya no podían devolverla y… joder, «Let the Good Times Roll».

Vale, pero no iba a ocurrir nada de eso si antes no se encargaba del poli. Tendría que hacer, eso sí, algunos ajustes en la estrategia. Había dejado el coche —un Toyota Corolla que había alquilado en San Diego, pero con las placas de matrícula prestadas de otro vehículo que había encontrado en un parque empresarial de Saint George de camino a Kanab— a cuatrocientos metros de allí, en el aparcamiento de un motel, con la intención de recogerlo y llevarlo a la casa de Sherrie Dobbs después de aquella primera inspección. Sin embargo, tendría que cambiar de plan. Podía acercarse al coche patrulla y sacar la pistola antes que su ocupante, pero para eso tendría que avanzar a descubierto a lo largo de al menos una manzana y durante mucho más tiempo del que quería darle para prepararse.

Era de esperar que lo hubiesen puesto sobre aviso y supiera que podía presentarse un tipo peligroso, aunque eso tampoco era ningún problema, ya que, en lo tocante al peligro, una cosa era saber y otra, muy distinta, ser de veras consciente. A menos que aquel poli hubiese visto la clase de combate y la forma de matar que usaba Culebra, cosa muy improbable, daba igual lo que se hubiera dicho a sí mismo, que seguiría teniendo ciertas suposiciones básicas, como, por ejemplo, la de que la violencia requería siempre un ascenso gradual, una progresión, algún signo de advertencia. Por supuesto, la violencia podía desarrollarse con rapidez, pero no con tanta que fuese imposible preverla. La gente imaginaba que hasta la peor de todas sería como un coche deportivo, que iría precedida por el rugido del motor, el chirrido de las ruedas y hasta quizá un ligero levantamiento del morro para indicar que ese cacharro está acelerando con fuerza y, tío, si no te quitas, te quita. Sin embargo, la experiencia le decía que casi nadie estaba preparado para su violencia, que, más que la de un coche que acelera, era la de un explosivo casero: uno ni siquiera sabía de su presencia hasta que le estallaba en la jeta. Para apartarse de eso había que tener mucho más que suerte.

Con eso quería decir que podía imaginar varios modos de abordar al policía, pero que, al final, había decidido hacerlo del modo más directo posible.

Retrocedió hasta la cara septentrional de la loma y la rodeó en el sentido de las agujas del reloj hasta quedar fuera del ángulo de visión del agente. Acto seguido, se dejó caer por la falda, dejando que las botas formaran riachuelos de arena roja frente a él y nubecillas de polvo en el aire seco. Apenas necesitó unos minutos para llegar a la calle paralela a la de Sherrie Dobbs, otra manzana de aletargadas casas adosadas unifamiliares que, a excepción de algunas en las que se veían coches en el camino de entrada, parecían vacías. Varios conjuntos de árboles arrojaban su sombra sobre las parcelas salpicadas de matorral agostado y rodeadas de desoladas lomas rojizas.

Siguió caminando hasta quedar a la altura del domicilio de Sherrie pero una manzana más al este y entonces giró a la derecha para tomar el camino de entrada situado entre dos casas y colarse en el jardín trasero de una de ellas, serpenteando de un árbol a otro a fin de permanecer oculto al policía. De una vivienda situada a su izquierda le llegó el ladrido de un perro, pero Culebra siguió adelante y el animal volvió a guardar silencio. A cierta distancia se oía el zumbido de un cortacésped. Nada más.

Un minuto después había llegado a la esquina de la casa que había frente a la de Dobbs, justo al otro lado de la calle. Se puso en cuclillas y miró por entre los árboles. El policía, que no había dejado de examinar los alrededores, se hallaba a menos de quince metros. Tenía las ventanillas abiertas, quizá por el buen tiempo o por oír mejor lo que ocurría fuera del coche. Culebra no habría dudado en dejarlas cerradas, ya que el cristal ofrecía cierta protección ante, digamos, un atacante con cuchillo. Oiría menos, desde luego, pero la compensación valdría la pena.

Por otra parte, el tío había aparcado el coche como lo habría hecho él: en el lado opuesto de la calle y con el lado izquierdo orientado hacia la casa, de manera que quien se acercase al vehículo desde cualquier sitio que no fuese la vivienda se aproximaría al conductor desde el lado del copiloto. La diferencia no era mucha, pero en el juego de subsistir contaba cada centímetro y quien dijera lo contrario no había jugado nunca una partida.

Esperó y estudió los movimientos del agente, que había puesto empeño en examinar la zona, pero no en hacerlo de forma aleatoria. Muy mala idea. Los centinelas que hacían patrullas regulares eran predecibles y, si eran predecibles, era fácil eliminarlos.

Culebra inspeccionó el terreno. Para llegar hasta el poli, tenía que atravesar una extensión de césped, la calzada de asfalto y un arcén de gravilla. Esta última era la única superficie sobre la que harían ruido sus pisadas, pero, a esas alturas, ya estaría demasiado cerca del agente para que pudiese reaccionar de forma eficaz.

Sacó la Ruger de la pistolera que llevaba en la región lumbar y observó, agachado y con la cabeza adelantada como un velocista en el taco de salida. El policía giró la cabeza a la izquierda, a la derecha, a la…

Culebra echó a correr con fuerza, balanceando los brazos mientras las piernas batían el aire. Cruzó el césped, el asfalto y la gravilla. Al llegar a esta, sus botas sonaron con intensidad. El agente oyó el ruido y debió de reconocer el peligro, porque subió los hombros, retrajo el cuello y giró el cuerpo hacia el lado del copiloto a la vez que adelantaba la mano izquierda para protegerse el rostro y llevaba la derecha hacia la cintura…

Culebra derrapó al llegar a su lado del coche, se aferró al marco de la ventanilla con la izquierda y metió la Ruger lo suficiente para amortiguar parte del ruido si tenía que disparar, pero no tanto que permitiera a su víctima arrebatársela fácilmente.

—Quietecito, agente —dijo—, que no quiero tener que matarte.

Por supuesto, eso último no era del todo cierto, pero aquellas cosas siempre iban más sobre ruedas si la otra persona tenía un motivo para colaborar.

La mano derecha del policía quedó petrificada antes de llegar a la pistola que tenía a la cintura. Sin embargo, acabó de girar la cabeza y miró a Culebra a los ojos. Su gesto tenía más de furioso que de asustado, cosa que no hizo gracia a su agresor. Necesitaba que estuviese dispuesto a obedecerle, ya que su plan era obligarlo a conducir hasta el motel para matarlo allí, recoger el coche de alquiler y regresar a por Sherrie Dobbs.

—Las manos, en el volante —ordenó con la boca de la Ruger apuntando directamente a la cara del agente mientras mantenía la postura desenfadada de alguien que pasase por allí y se hubiera agachado a charlar con el ocupante del vehículo—. Despacito.

El policía obedeció sin apartar la mirada. Sí que era un tipo recio, con manos grandes y antebrazos fornidos. Quizá fuera escalador o algo así. Con tantas lomas y parques nacionales, debía de haberlos a patadas por la zona. No le gustaba cómo lo estaba mirando, como si estudiara las opciones que tenía. No llevaba puesto el cinturón de seguridad y, por lo tanto, tenía más libertad de movimientos de lo que habría deseado Culebra. Además, el motor estaba encendido, de modo que podía arrancar y salir pitando en un abrir y cerrar de ojos.

—Mira para allí, por tu ventanilla.

—¿Por qué?

Culebra no daba crédito.

—Pues porque, si no, te mato. ¿Alguna pregunta más, señor agente?

—Sí. ¿Qué quiere de mí?

—Que me saques de aquí.

—¿Por qué?

Esa vez, la pregunta le hizo soltar una carcajada.

—¿Te lo tengo que decir otra vez? Mejor ahórranos a los dos la molestia y hazlo, coño.

—No, quiero decir que por qué quieres que te monte en el coche. Si lo que quieres es ir al centro de visitantes, no está muy lejos. Cierran a las cuatro, seguro que llegas.

¿Quién era ese tío, el loco del pueblo?

—Escúchame bien, mierdecilla…

Sin embargo, se dio cuenta demasiado tarde de que la pregunta no era más que una distracción, porque el otro se abalanzó sobre él, apartando las manos del volante como una exhalación para apartar la Ruger de un revés. Los dedos de Culebra se estrellaron contra el marco de la ventanilla, cosa que habría dolido mucho y hasta le habría hecho soltar la pistola, si los guantes no hubiesen estado forrados de kevlar para combatir el frío. El agente se volvió y se aferró a la muñeca de su atacante para tratar de dominar la mano con que empuñaba la pistola, sabiendo que no debía molestarse en desenfundar la suya propia y usando ambas manos para desarmar a Culebra.

Luchaba con desesperación y tenía unas manos fuertes de la leche, pero estaba sentado y limitado por los confines del interior del coche, mientras que Culebra se encontraba en una posición ventajosa y conservaba la movilidad. Apoyándose en la mano izquierda, dio un tirón a la Ruger con la derecha. Joder, pero las manos de aquel tío eran como zarpas de un puto oso. Intentó dirigir el arma hacia la cabeza del poli, pero era demasiado fuerte. El agente lanzó un bramido, un rugido primitivo de rabia y determinación mientras, enseñando los dientes, trataba de hacerse con la pistola. Un segundo más, y habría agarrado el cañón, lo que le habría dado un punto de apoyo para arrancársela a Culebra.

El agresor empujó la Ruger hacia delante para después dar un tirón en el sentido opuesto mientras el otro intentaba reaccionar. Aquel movimiento le dio el espacio necesario para apoyar una rodilla contra la puerta y usar los músculos lumbares a modo de palanca. El policía siguió aferrado a él con gran coraje un segundo más, con tanta fuerza que Culebra, de hecho, tiró de él con el arma hasta el asiento del copiloto, pero los antebrazos más musculosos del mundo no tenían nada que hacer frente a una espalda y, cuando el hombro del agente golpeó la puerta del lado izquierdo, Culebra tuvo ocasión de liberar la pistola. El otro lo vio venir un segundo antes de soltar y fue a volverse hacia la puerta del lado del conductor, tal vez suponiendo que podría salir aun cuando por el camino se llevara unas cuantas balas en el torso, que probablemente amortiguara el chaleco que debía de llevar puesto. Pero Culebra fue más rápido y estaba adiestrado para quitar de en medio a los malos que llevaban explosivos ocultos, en cuyo caso disparar al tronco era un modo seguro de salir por los aires. Adelantó la Ruger para dispararle a quemarropa detrás de la oreja. El policía dio una sacudida con la cabeza antes de desplomarse hacia un lado en el asiento del copiloto y apoyarla en el salpicadero.

Culebra volvió a oír ladrar al perro. Mierda, su plan no contaba con tener que disparar allí y, en caso de necesidad, había pensado hacerlo una vez metido en el coche para silenciar en cierta medida el ruido.

En fin, lo más seguro es que, si alguien lo había oído, pensase que se trataba de cualquier otra cosa. En realidad, no podía garantizarlo y, si el miedo había empujado a Sherrie Dobbs a pedir protección policial, era difícil que, oyendo un disparo, estuviese dispuesta a pensar que podía ser un petardo o la explosión del tubo de escape de un camión. Podía hacer cualquier cosa: llamar a la policía, coger la escopeta de la familia o llamar a la policía mientras cogía la escopeta de la familia.

Miró la vivienda. No parecía gran cosa: una construcción sencilla de tablas, cuya puerta cedería probablemente de una patada. Podía colarse por la ventana, claro, pero, entre el disparo y los ruidos que haría él intentando entrar, Sherrie Dobbs tendría tiempo de sobra para prepararse. Y la posibilidad de tener esperándolo a toda una Annie Oakley, la tiradora del circo de Búfalo Bill, no le hacía ni puta gracia.

«Está bien, habrá que pasar al plan B, al C o por donde vayamos ya». Enfundó la Ruger, rodeó el coche, abrió la puerta del conductor, entró de un salto. Metió la marcha, giró hacia la derecha de manera que el maletero quedase en dirección a la casa, pisó el freno de golpe, dio marcha atrás y aceleró en dirección a la puerta de la vivienda. Se oyó un ruido tremendo acompañado de una sacudida enorme y su cráneo fue a golpearse con el reposacabezas del asiento; pero el coche atravesó la puerta y la pared que la rodeaba. Pisó el freno de nuevo y topó de pronto con la extraña escena de encontrarse en medio del recibidor de la familia, aunque con un montón de astillas de madera y cristales rotos por todas partes y con el aire denso de polvo.

Miró a su alrededor, pero no vio a nadie, y a continuación abrió la puerta y salió de un salto.

—¿Sherrie Dobbs? —gritó—. ¿Está usted bien?

Hubo una pausa y, a continuación, una mujer asomó la cabeza por detrás de una esquina. Tenía los ojos aterrados, pero él la reconoció de inmediato por la búsqueda que había hecho en línea: Sherrie Dobbs.

—¿Quién es usted? —preguntó en un tono tan elevado que casi era un chillido.

—Policía —dijo Culebra—. Tenemos que sacarla de aquí cuanto antes. Vamos.

—¿Qué le ha pasado a Tom?

Saltaba a la vista que la mujer estaba luchando con su confusión y sus dudas. El truco consistía en hacer las cosas con total rapidez para que no tuviese tiempo de pensar ni de hacer caso a su instinto.

—Tom está en el coche —respondió avanzando hacia ella—. Está herido y tengo que llevarlo al hospital, pero no puedo dejarla aquí sola.

La indecisión remoloneó medio segundo más en los ojos de ella. Entonces se esfumó y Culebra pudo ver que había ganado la desconfianza. La mujer desapareció al otro lado de la esquina.

En ese momento, el recién llegado reparó en que no había llegado a verle las manos. «Mierda». Corrió hacia la esquina y la dobló… para encontrársela ante él, con una bata blanca, una barriga gigantesca de embarazada y una escopeta en las manos, que le temblaban con violencia. Aparte de aquel tripón y del amarillo chillón de la cocina, la escena parecía sacada de sus sueños.

Sabía, sin necesidad de pensarlo, que no había vuelta atrás: la única salida estaba en seguir adelante. Levantó las manos sin dejar de acercarse.

—¿Se ha vuelto loca? No me apunte con eso. Tenemos que sacarla de aquí, vamos.

Tanto le temblaban las manos que apenas conseguía apuntar la escopeta hacia él.

—Por favor —dijo ella—. Por favor…

Él agarró el arma por el cañón y se la arrancó con tal violencia que la mujer no tuvo siquiera tiempo de disparar. En cuanto tuvo la escopeta en su mano, se dio cuenta de lo poco que había faltado. Si se hubiera detenido a pensar antes de actuar, jamás lo habría logrado. Por eso mismo, claro, ni lo había pensado.

—¿Cómo coño se te ocurre apuntarme con una escopeta? —gritó plantándose delante mismo de su cara—. ¿A que te la meto por la boca y aprieto el puto gatillo?

—Lo siento —dijo ella levantando las manos temblorosas y echándose a llorar—. Lo siento. No sé qué es lo que está pasando ni quién es usted. ¡Ay, Dios mío! ¿Qué es todo esto?

Él tiró el arma a un lado y la agarró del brazo.

—Estoy con Tom —respondió Culebra haciendo lo posible por meterse de nuevo en el personaje y tirando de ella—. Ya le he dicho que lo han herido. Si quiere que la saquemos de esto, tendrá que hacer todo lo que le diga.

Doblaron la esquina en dirección al coche patrulla, que los aguardaba cubierto de restos de escayola y madera y rodeado de motas de polvo que bailaban en el aire a la luz del sol que entraba por las ventanas.

«Desde luego, una cosa así no se ve todos los días». Culebra tuvo que esforzarse para contener una risa desquiciada. La llevó hasta la puerta abierta del conductor, se asomó al interior y presionó el mecanismo de apertura del maletero. No ocurrió nada. «¿En serio, coño?».

Tenía que haberse estropeado al atravesar la puerta. Joder, con la puta ley de Murphy. Daba igual: se metió la mano en uno de los numerosos bolsillos del pantalón y sacó las esposas que había llevado.

Sherrie las vio y dijo con los ojos desencajados por el miedo:

—¿Qué? Pero ¿qué hace con…?

Culebra ni siquiera contestó. No tenía tiempo para eso. La hizo girar sobre sus talones y la empujó hasta que dio con el rostro en el maletero. Ella gritó, pero él apenas la oyó. Le arrancó la bata de un tirón, la lanzó al suelo, le colocó las muñecas a la espalda, le cerró las esposas de golpe, sacó una mordaza de otro bolsillo, le tapó la boca y se la ató a la nuca. Entonces abrió la puerta del asiento trasero, la lanzó de cualquier manera al interior y cerró la puerta con fuerza. Acto seguido, ocupó su asiento, metió la marcha y dio un pisotón al acelerador. El motor rugió y el coche atravesó volando el césped, haciendo saltar hierba y tierra a su paso. En el umbral de una casa de la acera de enfrente había una mujer observando boquiabierta la escena. Culebra echó el volante a la derecha y el vehículo derrapó y saltó por encima del bordillo antes de que las ruedas se agarraran al asfalto y lo hicieran avanzar como un cohete. La vecina estupefacta quedó así en el retrovisor, cubierta por una nube de polvo.

Culebra aceleró cuanto pudo, imaginando que, con suerte, podían quedarle aún sesenta segundos antes de que se dirigieran como un enjambre contra él todos los policías que pudiese reunir Kanab. Recorrió dos manzanas hacia el sur, giró a la derecha y luego se obligó a moderar la velocidad. Volvió a girar a la derecha. Tan enardecido estaba que ni siquiera vio el coche que lo seguía.