Viejos demonios
Capítulo 25
Livia acababa de colgar cuando apareció Strangeland. Miró el diagrama que había elaborado con los lugares y las fechas de las desapariciones y preguntó:
—¿Hay algo que tenga que saber?
La inspectora negó con la cabeza.
—Hasta que averigüe algo más, prefiero no molestarla con esto.
Su teniente había aceptado antes una explicación así. Sabía que, en lo tocante a violadores, le gustaba jugar largo. Esta vez, sin embargo, respondió:
—Vamos a hablar.
«Mierda».
Strangeland se volvió para encaminarse a su despacho. Livia se levantó, la siguió y entró con ella. Cerró la puerta sin preguntar, pues sabía que, si Strangeland no hubiese querido intimidad, le habría comunicado en su cubículo lo que fuera que tenía en mente.
Su superior se apoyó en el borde de su escritorio para mirarla de poli a poli. Era una buena señal, porque, de haber tenido malas noticias se habría sentado para dejar la tabla del escritorio entre las dos.
—Acabo de estar en el despacho de la jefa Best —anunció.
Livia no dejó que cambiara su expresión, pero sintió que el corazón se le revolucionaba como si hubiese cambiado de marcha. Tal vez se había equivocado sobre la condición de las noticias.
—Muy bien.
—Parece ser que Charmaine ha recibido una visita del alcalde, que por lo visto está muy agitado después de recibir una llamada muy inquietante sobre ti, concretamente, sobre tu presencia en Bangkok en las fechas en las que murió allí el senador Ezra Lone y en París cuando secuestraron y asesinaron a Oliver Graham.
Livia se vio asaltada por una sensación de mareo que no le resultaba familiar. «Se acabó», pensó. Siempre había sabido que, un día, todo aquello le pasaría factura y daba la impresión de que aquel día hubiese llegado. Ahora bien, si pensaban atraparla, tendrían que sudar la camiseta, porque ella no tenía ninguna intención de ayudar.
—Muy bien —volvió a decir y se felicitó por la frialdad de su propia voz.
—Charmaine me ha preguntado si creo que hay algo de cierto en esas alegaciones anónimas y yo le he dicho que no lo sé. —Se detuvo y, al ver que Livia no respondía, siguió diciendo—: Me ha dicho que no ve correcto que, siendo mi inspectora y, por tanto, mi responsabilidad, no sepa decir nada al respecto y yo le he dicho que tiene razón.
Livia volvió a guardar silencio.
—Me ha dicho que todo esto la pone en una situación muy difícil, más aún teniendo en cuenta que el Departamento de Justicia está mirando con lupa todo lo que hacemos, que no podemos permitirnos un escándalo, que si no habrá sido un error declararte libre de sospecha el mes pasado, etc., etc. Ha querido saber lo que opinaba sinceramente de ti con independencia de lo que dicen tus informes de aptitud. En resumidas cuentas: un todo o nada.
A Livia el corazón se le empezaba a desbocar. Apretó los dientes un instante y trató de dominar su respiración antes de decir:
—¿Y qué le has dicho?
Strangeland la miró un largo rato y a continuación respondió:
—Que eres una de las mejores agentes con las que he tenido el privilegio de trabajar, que eres valiente hasta la insensatez cuando se trata de velar por la justicia y que lo que necesitas es gente que te proteja y no que intente derribarte. Lo cual quiere decir que Charmaine y yo podemos ser compañeras tuyas de trabajo o políticas, pero no ambas cosas.
Livia volvió a crispar la mandíbula, pero esta vez no la relajó. No dijo nada por temor a hablar más de la cuenta.
—No me equivocaba —añadió Strangeland— cuando te dije que Charmaine te tenía manía. Eso sigue igual, pero ya sabes lo que pasa muchas veces cuando recibimos una llamada de violencia doméstica. Hay un hombre fundiendo a hostias a su mujer y, cuando aparece la poli e irrumpe en la pelea, la mujer se encara con los agentes.
—Porque lo que está pasando allí no es de su incumbencia —consiguió decir Livia.
—Sí, esa es la idea. ¿Sabes lo que me ha dicho Charmaine?
Livia negó sin palabras.
—Cito textualmente: «La inspectora Lone no es santo de mi devoción precisamente. No me hace gracia tanto misterio, no creo que tenga el menor respeto a la autoridad y no me fío de lo que pueda estar planeando, pero eso es entre ella y yo. Si se creen que el primer cagueta anónimo que vaya con cuentos al alcalde va a ponerme en contra de mis propios agentes, van listos. Así que dile a la inspectora Lone que tiene cuarenta y ocho horas para aclararlo todo». Según ella, si no es capaz de darle largas a un alcalde durante ese tiempo, no merece el puesto de jefe de policía.
Livia asintió, todavía con los dientes apretados. Sintió que se le saltaban las lágrimas, pero no podía hacer nada.
—¿Tendrás tiempo suficiente? —preguntó Strangeland.
La inspectora volvió a asentir sin palabras, gesto que la teniente repitió antes de decir:
—Más te vale, porque, si no arreglas este marrón, sea lo que sea, antes de ese plazo, Charmaine te crucificará, y cuando digo te, quiero decir nos. ¿Puedo ayudarte en algo?
Livia se pasó una manga por las mejillas e hizo un gesto negativo con la cabeza.
—Con el tiempo que me has dado tengo suficiente.
Strangeland asintió y, tendiendo los brazos, le estrujó los hombros. Livia no se inmutó.
—Perfecto, pues sal ahí y haz que me sienta orgullosa de ti.