Viejos demonios
Capítulo 11
Charles Opperman, comandante del campamento de instrucción militar de montaña Michael Monsoor al que todos conocían por Chop, usó el teléfono seguro de su escritorio para hacer la llamada. Las noticias no eran buenas, de modo que aquella no era una conversación que estuviera deseando mantener.
La voz respondió al primer tono.
—Sí.
—Almirante, aquí Chop.
—Adelante.
El comandante no titubeó. Nadie ignoraba que al almirante le gustaba recibir las noticias con la mayor concisión y, si eran malas, más todavía.
—Mis chicos han detectado una visita a la casa, una mujer. La han seguido y la han abordado. La mujer se ha escapado y mis chicos están muertos.
Una pausa.
—¿Quién era?
Dios. Ni preocuparse por los dos fallecidos.
—No lo sé todavía.
—¿Estaban usando cámaras para vigilar la casa?
—Sí.
—¿Está grabado?
—Supongo.
—¿Supone?
Chop sintió un acceso de indignación que al momento se vio eclipsado por el miedo.
—Entienda que me ha parecido prioritario recuperar los vehículos y los cadáveres.
Otra pausa.
—Claro. ¿Habrá preguntas?
—Ninguna que pueda causarnos problemas. Los cadáveres… Parece ser que los dos hombres tuvieron un accidente mientras manipulaban fósforo blanco.
El fósforo blanco era un arma incendiaria de autoignición. Las quemaduras que producía eran tan terribles que se habían aprobado numerosas leyes destinadas a regular su uso contra objetivos civiles.
—Qué desgracia, Chop. Lo siento mucho.
—Gracias, señor. Ya lo hemos notificado a sus familiares. De todos modos, no cabe esperar ninguna… incongruencia forense. Las quemaduras son muy extensas.
—En tal caso, no hay ya nada que le impida buscar la grabación, ¿verdad?
El comandante volvió a sentir la indignación… y el miedo.
—No, excelencia.
—Perfecto. Súbalo al sitio seguro. Mis hombres identificarán a la mujer.
A Chop le preocupaba que el almirante contara con que subiese un archivo que bien podía no existir siquiera.
—Almirante, los dos hombres que estaban al cargo del operativo… ya no están entre nosotros. No estoy del todo seguro de que haya una grabación ni, en caso afirmativo, de poder acceder a ella.
—Pues más le vale que sí, Chop, porque, en caso contrario, no va a tener más remedio que mandar a sus hombres a ese domicilio para que averigüen la identidad de esa mujer interrogando a todos los que vivan en él y hayan hablado con ella.
El otro apretó la mandíbula.
—Sí, señor.
—No veo la hora de recibir ese vídeo —fue todo lo que dijo su interlocutor antes de cortar la comunicación.
Chop colgó el teléfono asaltado por la sospecha de que el almirante había pronunciado esas palabras de despedida con una sonrisa en los labios. La sensación le resultaba odiosa, pero ¿qué iba a hacer? ¿Desobedecerlo? ¿Replicar? De todos modos, aun en el caso de que hubiera tenido la ocasión de hacerlo, ya era demasiado tarde. Mejor ser realistas. El índice de subsistencia, desde luego, era mayor así.
Rezó por que fuera posible encontrar la grabación. No le hacía ninguna gracia tener que enviar a un destacamento a la casa de los Cuero. No le parecía decente.