Viejos demonios
Capítulo 13
El almirante Kane colgó el teléfono seguro y permaneció un instante sentado sin otra ocupación que frotarse la barbilla. Aquella situación era todo un rompecabezas.
Se reclinó en su asiento, puso los pies sobre la mesa y juntó los dedos de las manos. Tenía que ingeniar un plan, algo rápido y limpio que impidiera que la situación se acelerase más aún, y no tenía mucho tiempo. La vida de un vicepresidente era más relajada que la del presidente, por supuesto, pero, aun así, disfrutar de unos minutos de soledad sin que lo importunara ninguno de sus ayudantes era toda una excepción.
Chop no había conseguido el vídeo. Si existía alguna grabación, todo apuntaba a que sus hombres debían de haberla escondido y, quizá, protegido con contraseña. Conque, dado que los hombres en cuestión habían muerto, se había visto obligado a dar por hecho que por ahí no llegaría a ninguna parte. Aquello lo abocaba a la desagradable solución de interrogar a los padres de Hannah Cuero si quería saber quién había ido a verlos y había matado después a los chavales de Chop, pero el comandante —y eso lo honraba— había dado con una solución intermedia que había resultado igual de eficaz: enviar a un equipo a registrar en secreto el domicilio de los Cuero. En la cocina habían dado con una tarjeta de visita pegada con un imán al frigorífico. Pertenecía a una inspectora de delitos sexuales de la Policía de Seattle llamada Livia Lone. Bastó una consulta rápida a la base de datos de Aduanas para averiguar que la inspectora Lone había tomado un vuelo de ida y vuelta entre Seattle y San Diego el día mismo de la muerte de los hombres de Chop. Tenía que ser ella. No había más opción.
Y lo más interesante de todo era que aquella mujer estaba vinculada a Little.
Kane sabía de ese tal Little desde hacía un tiempo, desde que había tenido la corazonada de que Bradley podía haber vuelto a caer en alguna versión metastásica de sus hábitos degenerados del instituto y había pedido a su contacto en el FBI que buscara en la base del ViCAP posibles desapariciones ocurridas en las regiones del país en las que había estado destinado su hijo.
Los resultados habían sido perturbadores en extremo.
Kaila Jones, adolescente negra, había desaparecido en Guthrie, modesto municipio de Kentucky cercano a Fort Campbell, base en la que se encontraba la unidad de Bradley. La desaparición de una niña de esa edad no tenía nada de reseñable, al menos desde un punto de vista estadístico, y su historia, de hecho, quizá no hubiese salido siquiera en las noticias. Sus padres, sin embargo, trabajaban en la base y habían insistido en que su hija nunca se habría escapado de casa, convencidos de que tenían que haberla secuestrado. A ese se sumaban otros casos similares, ocurridos todos en localidades cercanas a los diversos destinos de Bradley.
Por si aquello fuera poco, Kane no era el único que había mostrado interés por aquellas desapariciones. Al parecer, cierto investigador de la Agencia de Seguridad Nacional llamado Benjamin Dixon Little pasaba casi todas las noches, a veces casi hasta que amanecía, rebuscando en el ViCAP casos de adolescentes desaparecidas. De hecho, había demostrado un interés particular en las mismas crías cuyas desapariciones coincidían con los destinos nacionales de Bradley. Todo apuntaba a que su propia hija era una de ellas y el buen hombre se había obsesionado con dar con su secuestrador.
Apoyó los codos en el escritorio y se masajeó las sienes. Había atribuido el comportamiento de Bradley en el instituto a los excesos propios de la edad y, de hecho, había repartido la responsabilidad entre su hijo y las chicas en cuestión. Tenían que aprender a no dar esperanzas a los muchachos, porque, una vez que empezaban, era muy difícil pararlos. Los impulsos sexuales de un varón joven eran poderosos, abrumadores incluso, y la disciplina necesaria para dominarlos no era algo que se desarrollase de la noche a la mañana. No había que ser ninguna lumbrera para entenderlo ni conocía a mucha gente dispuesta a negarlo.
Es verdad que la conducta de Bradley podía ser a veces más desmesurada que la media, pero eso se debía solo a unos impulsos más poderosos y a una mayor falta de disciplina. Kane había tenido aquella sensación aun antes de descubrir el alijo de pornografía de su hijo adolescente. Aquel material era… extremo. No había dudado en quemarlo todo y dejar en su lugar una nota que decía: «Si lo he encontrado yo, puede encontrarlo cualquiera».
Bradley y él no habían hablado nunca de aquella nota ni de lo que la había provocado. Y no le parecía mal, puesto que, ya que no había vuelto a encontrar nada más por el estilo, entendió que el problema estaba resuelto.
En el fondo, siempre había sabido que Bradley acabaría por madurar y dejar atrás esas chiquilladas. Solo había que darle tiempo y crear un entorno propicio. Solo había que convencer de que guardara silencio a la joven que, de cuando en cuando, decidía resolver su vergüenza o sus dudas poscoitales acusando a un crío que, a la postre, no era más culpable que ella.
Por traicionado, por humillado incluso, que se hubiera sentido cuando Bradley le había anunciado que no pensaba asistir a Annapolis y que, en cambio, iba a sentar plaza en el ejército, Kane pensó que, por lo menos, la decisión de su hijo tenía un aspecto positivo: el rigor, la disciplina, la responsabilidad. Aunque se trataba de un lugar común, Kane estaba convencido de que las fuerzas armadas harían de él un hombre.
Entonces había recibido una llamada del comandante de Bradley en Irak, una llamada renuente y plagada de circunloquios y disculpas. Al parecer, uno de sus compañeros —un individuo arrabalero llamado Stephen Spencer al que habían dado en llamar Culebra— y él habían desarrollado la costumbre de aprovecharse de crías de la población civil durante los asaltos a las casas en las que se sospechaba que se ocultaban los insurgentes. El comandante no aprobaba semejantes prácticas y pretendía ponerles fin, pero, por respeto a Bradley y a su heroísmo, prefería no ponerlo en evidencia.
Kane había entendido perfectamente que cuando hablaba de «respeto» quería decir miedo. Y eso era bueno: el miedo era una moneda más valiosa que el respeto. Era lo que había llevado al comandante a ponerlo al corriente de forma discreta en lugar de arriesgarse a emprender acciones públicas contra un hijo y nieto de almirantes, uno de los cuales, además, había llegado a diputado del Congreso. El miedo fue lo que otorgó a Kane el tiempo necesario para idear una solución. Tiempo, desde luego, tenía, porque Bradley estaba a punto de culminar un destino de seis meses antes de que volvieran a enviarlo a Fort Campbell.
Entonces, un mes más tarde, Kane se había despertado una noche con una extraña intuición que, de hecho, se asemejaba más a una premonición. Había llamado a su contacto en el FBI, que lo informó de la desaparición ocurrida en las inmediaciones de Fort Campbell, del resto de casos similares… y de Little.
En aquel momento, todo apuntaba a que Little no había logrado aún atar ningún cabo. Al parecer, Bradley estaba teniendo mucho cuidado. La nota de «Si lo he encontrado yo, puede encontrarlo cualquiera» debía de haber surtido efecto. Aun así, la situación resultaba insostenible, pues, antes o después, su hijo acabaría por cometer un error, ese tal Little tendría un golpe de suerte o quizá ambas cosas.
En fin, si la táctica de privar a Bradley de su material ilícito había funcionado una vez, no veía por qué no iba a dar resultados de nuevo. La diferencia consistía en que, en esta ocasión, no iba a dejar ninguna notita. Su hijo no se enteraría siquiera de lo que había pasado: simplemente dejaría de encontrarse en presencia de lo que tanto lo tentaba y así, lejos de toda incitación, acabaría por madurar.
Aquello había funcionado. Culebra había ido de cabeza a la cárcel y había dejado de ser una influencia perjudicial para Bradley, que se había licenciado y había pasado a ocupar, por elección parcial, el escaño que dejaba vacante Kane, tras lo cual había ganado dos comicios más por méritos propios. El contacto que tenía en Quantico no había dejado de mantenerlo informado. Little seguía entregado a su pasatiempo nocturno de buscar en el ViCAP, en el que, sin embargo, ya no había datos nuevos que pudieran atribuirse a Bradley. Aquello era precisamente lo que él había previsto. A fin de cuentas, sabía de primera mano que la ocupación de un diputado no dejaba mucho tiempo para intereses extracurriculares.
Y, cuando todo iba a pedir de boca, habían dejado salir a Culebra en libertad condicional. Desde luego, no podía ser ninguna coincidencia que, poco después, hubiese desaparecido aquella chiquilla de Campo, esa tal Hannah Cuero, ni que tampoco hubiera noticias de Noreen Prentis, esa putita aficionada a hacer acusaciones.
No dejaba de ser digno de estudio que Bradley estuviera, al parecer, limpiando lo que él mismo había ensuciado siendo un crío y, al mismo tiempo, dejase en manos de su padre los estropicios que iba creando en el presente. Iba a tener que hacerse a la idea de que había cosas que nunca cambiarían. Con todo, el que fuera digno de estudio no lo hacía menos apremiante.
Su contacto en la Agencia de Seguridad Nacional le había hablado de la conexión que existía entre Little y esa inspectora de Seattle a la que, al parecer, había metido en un grupo operativo contra la trata en Tailandia. Podía ser que le debiera alguna clase de favor o que quisiese algo de ella. Además, todo apuntaba a que habían colaborado en otros asuntos, tal como cabía sospechar por la reciente imputación de tres senadores —entre los que se encontraba el mismísimo Walter Barkley, que posiblemente habría ganado las elecciones presidenciales de no haber estallado el escándalo— por su implicación en una red de pornografía infantil. Lone había participado en el operativo conjunto de la policía de Seattle y el FBI que investigaba la trama y Little había recibido documentos relativos a los integrantes de la red que pertenecían al servicio secreto, según él procedentes de un soplón anónimo del Departamento de Justicia, que había usado para hacer presión y lograr que imputaran a los responsables.
Fuera cual fuere la naturaleza de su conexión, lo que importaba era que aquella mujer había estado dispuesta a prestar a Little un servicio especial: viajar a Campo para investigar de su parte. Por un instante se preguntó cuánto le habría revelado Little, pues el mejor modo de proceder dependía en buena medida de ese hecho.
Todo. Supuso que debía de habérselo contado todo si pretendía que ella pudiese hacer una investigación mínimamente seria en Campo.
Cuanto más vueltas le daba, más complicada le parecía la situación. Lone tenía una reputación y un expediente formidables y, desde luego, saltaba a la vista que debía de ser extraordinaria, a juzgar por lo que había hecho con los hombres de Chop. Encima, por lo que había podido averiguar, no hacía mucho que había sobrevivido a un intento de asesinato en Seattle, había matado a sus dos agresores y había salido indemne de la investigación posterior. Tenía la impresión de que aquella mujer podía resultarle más problemática aún que el propio Little. Debía de ser por la ley de Murphy. Al mover los hilos de la Agencia de Seguridad Nacional para poner en cuarentena a Little, había hecho que este contagiara a alguien más sus sospechas y sus certezas, de modo que Kane tendría que lidiar con dos adversarios, el segundo de ellos más peligroso aún que el primero.
El rompecabezas estaba en cómo quitarlos de en medio sin alertar a toda la prensa. Si la muerte de una inspectora de policía o la de un investigador de la Agencia de Seguridad Nacional estaban destinadas a ser noticia, no quería imaginar lo que podría ser si se producían las dos al mismo tiempo. Desde luego, los medios no lo iban a pasar por alto, sobre todo teniendo en cuenta que en la policía de Seattle tenían que estar al tanto de lo del grupo operativo de Tailandia y la red de pornografía infantil y, en consecuencia, de la conexión que había entre Little y Lone.
Sí, la situación, desde luego, era delicada. Cualquier cosa que hiciera contra uno de ellos pondría sobre aviso al otro y si los atacaba a la vez, llamaría demasiado la atención, cuando todo lo que estaba haciendo era, precisamente, para reducirla al mínimo.
Por otro lado…
Si habían participado en aquel grupo operativo contra la trata… y habían sacado a la luz el escándalo de la red de pornografía infantil que había provocado la dimisión de tres senadores y que iba a traducirse seguramente en su encarcelamiento, los dos se habían granjeado enemigos, enemigos muy poderosos.
Y, lo que era más importante, enemigos comunes.
Little estaba en Seattle en ese momento. Los de Seguridad Nacional lo estaban vigilando muy de cerca para asegurarse de que ni se acercaba siquiera a Campo. Aunque parecía que semejante medida no había servido para nada, lo cierto es que todavía era posible sacarle partido.
Esta vez sería vital contar con el personal adecuado, porque era evidente que los hombres de Chop no habían estado a la altura. Habían sido demasiado chapuceros o infravalorado a la mujer. Tal vez se trataba de una mezcla de las dos cosas, pero eso era lo de menos. Aquel centro de adiestramiento para el combate de montaña estaba cerca de Campo y Kane y Chop se conocían desde hacía tiempo. Esta combinación, sumada a las ventajas que ofrecía en el plano de la seguridad el hecho de mantener compartimentados los distintos aspectos de sus actividades, había desembocado en una mala decisión, pero no pensaba cometer de nuevo un error así. Esta vez iba a recurrir a hombres elegidos y se ocuparía de darles las instrucciones precisas: «No subestiméis a esos dos, sobre todo a la mujer, y olvidaos de interrogatorios: ya no se trata de recoger información, sino de neutralizar. Ya no va de traerlos vivos o muertos: los quiero muertos».
Pero, joder, aquello iba a atraer demasiada atención. Tenía que buscar un modo de suavizarlo. No podía usar a su propia gente. Necesitaba un intermediario, un cabeza de turco.
Entonces cayó en la cuenta. Había oído rumores de que la Oliver Graham Enterprises —la OGE, que había pasado a llamarse Percivallian— había estado envuelta en la red de pornografía infantil. Hasta se decía que había provocado el accidente de avión comercial en que había perdido la vida un trabajador externo del FBI que investigaba la trama. De ser cierto, quizá el ataque al que había sobrevivido Lone en Seattle hubiese sido también cosa de la OGE. Desde luego, costaba creer que el secuestro y el asesinato de Oliver Graham en París, ocurridos tras aquello, no tuviesen nada que ver con el mismo asunto. De hecho, puestos a pensar… ¿Dónde estaba Lone cuando murió Graham? ¿En París? La Oficina de Aduanas se lo confirmaría…
Una respuesta afirmativa no demostraría gran cosa ante un tribunal, aunque sería una prueba más de que aquella mujer, además de formidable, tenía contactos fuera de lo común.
En el fondo, todo eso le daba igual: tuviese o no algo que ver con la muerte de Graham, hubiera estado o no la OGE envuelta en el accidente de avión y en los ataques a la inspectora, los rumores bastarían para hacer que el público mirase en la dirección equivocada, que desde el punto de vista de Kane era la acertada.
Cuanto más pensaba en ello, más le gustaba la idea. Si Lone y Little sufrían una muerte violenta, sería fácil que las sospechas recayesen sobre todo en la OGE —o, por mejor decir, la Percivallian—. Sobre todo si hacía llegar un par de datos bien elegidos a sus contactos preferidos del mundo de la prensa para dar pábulo a las conjeturas.
El plan le parecía perfecto. Llevaba mucho tiempo centrándose en cómo abordarlo con discreción y empezaba a advertir que, con la dosis adecuada de indiscreción, quizá pudiera hacer que la discreción no importase tanto en el fondo. De hecho, tal vez fuera mejor ser indiscreto.
Conocía a mucha gente en la OGE, porque ya habían trabajado para él en alguna ocasión. Bajó los pies al suelo, descolgó el teléfono seguro y marcó un número.