Viejos demonios

Barry Eisler · Capítulo 37 de 51

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Viejos demonios

Capítulo 36

 

Livia puso al corriente a Little, tras lo cual no les quedó otra cosa que hacer que esperar. Y tener esperanza.

—Culebra… Has dicho antes que si no ha matado a Dobbs en su casa es por su condición de violador, porque quiere reservarla para más tarde.

—Eso es.

—Pero, entonces —siguió diciendo la inspectora—, ¿cuál es el plan? ¿Hacerla desaparecer como a Noreen Prentis? Porque no puede esperar raptarla en su domicilio y que se explique como un delito «ordinario» como el de Hope Jordan, por más que no deje huellas. Encima, ve que hay un policía en la puerta de la casa… ¿y aun así sigue adelante? Mata al policía, le roba el coche patrulla, revienta con él la puerta y se lleva a Sherrie Dobbs.

Se detuvo mientras intentaba completar el razonamiento. Little la observó sin decir nada.

Entonces se dio cuenta. De pronto pudo ver a qué se debía la comezón que había sentido ante la sospecha de que estaba pasando algo por alto. No con claridad, pero, al menos, percibía una abertura, una salida en medio de la oscuridad.

—No se trata de un plan —aseveró—. No es esa la palabra. Quiero decir que, aunque Culebra y Bomba puedan tenerlo por un plan, lo que los mueve no es la intención de taparles la boca a esas mujeres.

—Como he dicho, son violadores.

—Sí, pero lo que estoy diciendo es que… hay violadores en serie a los que he atrapado por cómo firman sus delitos. Uno de ellos usaba siempre la misma marca de goma quirúrgica para atarles las muñecas a sus víctimas. Otro las obligaba a adoptar la misma postura humillante y a decir las mismas palabras mientras las violaba. Otros guardaban trofeos, las llaves del coche, las bragas o las joyas que llevaban sus víctimas, aunque eso supusiera un peligro y aunque, de hecho, se convirtiesen en elementos fundamentales para la fiscalía. La cosa es que los violadores saben muy bien que esas firmas son un punto débil y, sin embargo, siguen usándolas. ¿Ves adónde quiero llegar?

Little negó con la cabeza.

—Ya te lo he dicho. Muchos de estos violadores tienen fetiches enfermizos que van más allá del propio acto. No pueden evitarlo. Les produce mucho placer aunque sea peligroso. De hecho, puede que a veces sea precisamente por ser peligroso.

—Eso es —dijo Livia—, como la canción de la que me habló Grace Jordan, «Good Times Roll», de The Cars.

—La banda sonora de las violaciones de Bomba.

—Exacto. Cuando estaba en el instituto era esa su firma. No solo hacía que la escuchasen todas sus chicas, sino que la puso en su anuario. Era algo importante para él.

—Pero eso fue en el instituto, antes de que recibiera adiestramiento en operaciones especiales, secuestros tácticos y cosas así.

—Los violadores mejoran su modus operandi, es verdad, pero raras veces cambian de firma. Como has dicho tú, no pueden evitarlo.

Little se quitó las gafas y se frotó el rostro con la mano. Livia se dio cuenta entonces de que parecía muy cansado. Y muy consumido. Reparó en que, en todo el tiempo que llevaban juntos, apenas lo había visto comer.

Pensó en cómo había visto a Culebra tocar a Sherrie Dobbs, casi como si estuviese preocupado por ella, como si le importara o sintiese que estaban unidos por un vínculo.

—A Noreen Prentis la hicieron desaparecer —añadió la inspectora—. Eso encaja en el patrón. Quizá las desapariciones puedan considerarse también una firma.

—Estoy de acuerdo.

—Pero a Hope Jordan no. Su cadáver sí lo encontraron… junto con el de su hijo.

—Cierto —convino Little—, pero estos asesinatos son diferentes. El objetivo principal es acallar a esas mujeres. Culebra sigue queriendo divertirse, por supuesto, pero eso es más bien un parámetro.

—Creo que es algo más que un parámetro, teniendo en cuenta cómo ha secuestrado a Sherrie Dobbs y el riesgo que ha corrido para hacerlo.

Little meneó la cabeza.

—No te sigo.

—¿Qué me dices de Irak? Allí no secuestraban a las menores ni las asesinaban. A Culebra no lo habrían mandado ante un consejo de guerra por delito sexual, y encima menor, si sus actos hubiesen incluido secuestro y asesinato.

Little se encogió de hombros.

—Eran delitos de oportunidad. En Irak no tenían que raptar a sus víctimas: bastaba con llevárselas a una habitación para «interrogarlas» mientras retenían a la familia a punta de pistola en otra. Esas pobres criaturas, además, se cuidarían mucho de contárselo a nadie después, por vergüenza o miedo a represalias.

«Sí», pensó Livia. Ella conocía bien esa vergüenza… y ese miedo. A Fred Lone le había encantado infundírselos.

—Entonces, el secuestro por sí mismo no es el elemento fetichista que estamos buscando, ya que, en Irak, Bomba y Culebra podían prescindir de él.

Little frunció el ceño.

—Lo que quieres decir…

En ese momento vibró el teléfono de conexión por satélite y Livia descolgó antes de llevárselo de inmediato a la oreja.

—Sí.

—Tengo unas coordenadas —anunció Kanezaki—. ¿Estás lista?

Sintió que la recorría una oleada de alivio tan poderosa que por un instante hasta temió perder el equilibrio.

—Contacta con la Unidad de Tráfico de Arizona —pidió a Little antes de decir a Kanezaki—: Dispara.

—Se trata de un parque abandonado de viviendas portátiles del lago Powell, en Arizona, justo antes de la frontera con Utah. Se llama Green Haven Estates. Green Haven se escribe separado. Bravo por los responsables de publicidad de la empresa: llamarlo «refugio verde», cuando es un sitio perdido en medio del desierto.

Livia trató de reprimir su entusiasmo y solo lo logró a medias. Había acertado al suponer que Culebra debía de tener la intención de esperar en algún lugar hasta que se aplacase su búsqueda. Repitió la información para que pudiese oírla Little antes de preguntar a Kanezaki:

—¿Y las coordenadas?

Él se las dio y ella las repitió para que Little se las transmitiese al telefonista de Arizona.

—Con un satélite… —dijo entonces a Kanezaki—. ¿Puedes…? ¿Tenéis algo con lo que ver ese lugar en tiempo real?

—Claro que sí, pero no puedo acceder sin que me hagan un montón de preguntas que ni tú ni yo querremos responder. Además, para cuando consiguiese poner el aparato en posición, creo que ya habría llegado allí vuestra gente.

Sabía que sería improbable, pero tenía que intentarlo.

—Gracias —dijo.

—No me las des y, la próxima vez, cuéntame.

—Sí, lo sé.

—Y si alguien te pregunta cómo has encontrado el sitio…

—Les diré que ha sido pura suerte. De todas formas, sé que lo negarás. En serio, muchas gracias.

—Espero que consigáis salvarla. Mantenme informado, ¿vale?

Livia sintió que le afloraban las lágrimas y agitó la cabeza para zafarse de aquella sensación. Se aclaró la garganta.

—Eres un buen hombre, Tom.

—Sí, eso me dice siempre Dox cada vez que hago algo de lo que sé que voy a arrepentirme.

—De esto no te arrepentirás. Te tengo al tanto. —Y colgó.

—Los agentes de tráfico de Arizona —le hizo saber Little— acaban de enviar varias unidades desde Page. Tardarán menos de diez minutos en llegar.

Livia asintió sin atreverse a decir nada. «Aguanta, Sherrie —pensó—, que ya van para allá. Ya van para allá».

—Repíteme —le pidió su compañero— lo que me estabas diciendo hace un minuto.

Ella intentó retomar su razonamiento, pero se había dejado distraer tanto pensando en la detención de Culebra y el rescate de Sherrie Dobbs por parte de los agentes de Arizona que por un momento le fue imposible.

—Decía que… ¿Y si lo hemos estado viendo del revés? Siempre hemos dado por hecho que las desapariciones eran la clave, tanto la firma como el modus operandi, cuando la verdad es que en Irak no lo eran, porque… —Se detuvo al pensar de nuevo en Sherrie Dobbs.

«Vamos, vamos…».

—Tú has pensado mucho todos estos años en los hombres que se llevaron a Presley, ¿verdad?

Little asintió.

—A diario.

—Y, aunque no les pusieses cara, has fantaseado con matarlos, con torturarlos…

Él apretó la mandíbula un instante.

—A diario.

—Por supuesto. Sin embargo, para algunos violadores, algo así no es accidental, sino que lo es todo. Es verdad que hay violadores en serie que son también asesinos en serie, pero otros no matan o solo matan raras veces, cuando algo sale mal.

El agente especial negó con la cabeza, perdido a todas luces.

—Lo que digo es que, para la clase de bicho que te estoy describiendo, lo importante no es matar a su víctima, sino dominarla, saber que el violador forma parte de la víctima, que esa desdichada se irá a dormir cada noche recordándolo y se despertará recordándolo cada mañana. Quiere saber que se ha metido dentro de su mente del mismo modo que se ha metido dentro de su cuerpo. Disfrutan acordándose de la violación porque saben que su víctima comparte con ellos ese recuerdo y que para ella es un tormento.

—Te refieres a que es… como mandarle después una tarjeta a la víctima… o a su familia.

—Exacto, eso es. Lo que ansía, más aún casi que el acto en sí mismo, es lo que viene después, el hecho de afectarle a la víctima desde ese momento y para siempre.

Él mudó el gesto.

—¿Quieres decir que Culebra y Bomba las mantienen con vida? Estás diciendo…

—No —corrió a responder ella al reparar en que, sin darse cuenta, había alimentado la esperanza que él nunca había podido abandonar—. No, eso conllevaría una logística impensable. A las que han desaparecido podemos darlas por muertas con casi total seguridad. Lo siento.

Little apretó los dientes y logró indicarle con una inclinación de cabeza que siguiera.

—Lo que quería decir es que quizá nos estamos equivocando al dar por supuesto que las desapariciones y los asesinatos que deben de ir ligados a ellas son lo más importante cuando es igual de probable que las desapariciones formen parte de otra cosa.

Él sacudió la cabeza con expresión confusa y Livia lo entendió, ya que, cuando Nason se apoderaba de su cerebro, a ella también le resultaba casi imposible pensar con claridad. Al verse tan cerca de la verdad, él debía de tener también los circuitos sobrecargados con la imagen de Presley.

—¿De qué otra cosa?

—Del acto de violar a adolescentes a las que planean liberar después. ¿Por qué son siempre crías negras o morenas? Pensábamos que era una firma, pero podría ser igualmente parte del modus operandi. Quiero decir que, si están planeando matarlas y hacerlas desaparecer, ¿qué más da que sean o no de colectivos marginados? Da igual, porque, de todos modos, no dejan rastro alguno que seguir. Estábamos convencidos de que habían cometido un error al llevarse a Presley, porque su padre es agente de Seguridad Nacional, pero eso tampoco ha importado. Podrían haber raptado a muchachas ricas y blancas… y hasta haber arrancado a una princesa de su trono. Habría dado exactamente igual… si lo importante fuesen las desapariciones.

Él la miró a los ojos.

—Me estás diciendo… que solo las hacían desaparecer cuando algo salía mal, es decir, que las desapariciones eran un plan B.

—No estoy segura, pero… piénsalo. En los informes forenses del caso de Hope Jordan, no hay nada. Es verdad que con ella tenían un motivo concreto para matar, pero, en general, si saben que no han dejado una sola prueba incriminatoria, ¿por qué no dejan que la víctima se vaya para que pueda pasarse el resto de la vida recordándolos? Bomba lo hizo en el instituto y hasta les dejó un recordatorio en el anuario. En Irak también las soltaban. No les da miedo el peligro. Si no, Culebra habría matado a Sherrie Dobbs en su casa, como tú decías. Creo que esos dos han violado a muchas más chiquillas de las que pensábamos.

El agente especial usó los dedos para presionarse el cráneo con tanta fuerza que le temblaron los brazos.

—Solo me he fijado en las desapariciones. Durante todos estos años, solo me…

Livia se sorprendió a sí misma al posar las manos sobre las de él.

—No es culpa tuya, Little. La desaparición de un menor es la peor pesadilla de cualquier padre, de cualquier buen padre, como tú. ¿Cómo no va a eclipsar eso todo lo demás? Sobre todo cuando das con otros delitos que parecen tener la misma firma. Además, no te equivocabas. Lo único que pasaste por alto fue que las desapariciones forman parte de otra cosa distinta.

—Dices que, cuando se convencen de que no han dejado pruebas, cuando no han dejado testigos, restos de ADN ni nada por el estilo, solo a una adolescente marginada con una historia que probablemente no va a creer nadie, siguen el plan A y la dejan libre, porque les encanta saber que sus víctimas no pueden dejar de pensar en ellos.

Ella asintió, aunque le repugnaba lo que aquello significaba para él.

—Y, si les surge alguna complicación —prosiguió Little—, cuando una de las chiquillas… —Se le quebró la voz y emitió un sonido a medio camino entre suspiro y gañido antes de recuperarla—. Si una de las chiquillas se defiende, con lo que quizá se lleva piel de ellos bajo las uñas, consigue verles bien la cara o… —las lágrimas empezaron a correrle por el rostro— o llama a su padre de un modo que hace que empiece a preocuparles que pueda haber alguien dispuesto a creerlas y protegerlas, que, si en algún momento cuenta lo que le ha ocurrido, alguien pueda proponerse darles caza aunque eso le suponga ir al fin del mundo y no parar nunca hasta dar con ellos… —Apartó la mirada y se echó a dar sollozos.

Livia esperó sabiendo que no podía hacer nada más. Tras unos instantes, él sacó un pañuelo, se enjugó el rostro y se sonó la nariz.

—Lo siento —dijo.

Ella indicó con la cabeza que lo entendía. Más de eso habría sido demasiado.

—Son muy metódicos —aseveró la inspectora—, no solo con el plan A, sino también con el B, incluso en lo que respecta… —se detuvo, no quería decirlo, pero tenía que acabar la frase— al sitio en el que deshacerse de un cadáver en caso de necesidad, un lugar en el que nadie pueda encontrarlo.

—Pero, si el plan les sale bien…

—Entonces dejan que se vaya, degradada, humillada, traumatizada… Saben que es muy probable que se limite a vivir con lo que le han hecho pudriéndose en su interior y que ni siquiera se lo cuente a nadie. Y si lo hace, ¿qué? Saben muy bien que a las niñas que eligen no las van a tomar muy en serio.

—Y aunque las tomasen en serio…

—Eso es. Aunque las tomasen en serio, cuando ellas y sus familias supieran lo que es estar en el sistema, es probable que se retractasen de su declaración. ¿Sabes cuántas veces he visto una cosa así? En los contados casos en que las toman en serio y están dispuestas a llegar hasta el final, resulta que no existen pruebas, porque estos tíos son muy cuidadosos: usan condón, llevan toallitas de lejía y puede que hasta usen máscaras y les cubran la cabeza a sus víctimas.

El teléfono de Little empezó a vibrar y a Livia le dio un vuelco el corazón. El agente especial se llevó el aparato a la oreja.

—Sí. —Arrugó el entrecejo y frunció los labios.

La euforia que había invadido a Livia se extinguió de pronto.

—Lo entiendo —dijo él—. Ha sido un golpe de suerte. —Tras una pausa, añadió—: Ahora no puedo hablar, pero ya se lo explicaré. Gracias por investigar. Se lo haré saber si se me ocurre algo más. —Colgó—. Culebra se ha deshecho del transmisor en el parque de viviendas portátiles. Después de lo del aparcamiento del hotel, él también debió de adivinar que le habían podido colocar un rastreador en el vehículo.

—Y de él, ¿saben algo?

—Nada. Con lo cerca que está aquello de Page, a estas alturas podría estar en cualquier parte. Quizá ha ido hacia el norte para tomar la I-70 o hacia el sur, hacia Flagstaff y la I-40, si no ha preferido mantenerse en carreteras secundarias o refugiarse un tiempo en el campo.

Livia se llevó una mano a la boca y apretó con fuerza sintiéndose mareada. Pensaba que ya lo tenían cuando él volvía a estar un paso por delante de ellos. «Tenías que haberlo matado de un tiro. Tenías que haberlo matado de un tiro. Tenías que haberlo…».

—Oye —le dijo él en tono resuelto—, no te vengas abajo, que todavía no hemos acabado. Si lo que dices es verdad, Culebra todavía no la ha matado.

—¿Cómo lo sabes?

—Con seguridad no lo sé, pero… Hemos estado hablando de patrones, ¿verdad?

Livia asintió sin tener muy claro adónde quería llegar, pero esperando que la llevase con él.

—Pues ahí tienes uno. Noreen Prentis desaparece sin dejar rastro. Ese es el procedimiento habitual de estos fulanos, ¿no?

La inspectora volvió a asentir.

—Entonces ocurre lo de Hope Jordan. Ahí se apartaron del procedimiento. Fueron más allá, porque Hope apareció junto a su hijo.

Livia lo miró. Había empezado a ver por dónde iba, aunque no quería abrigar esperanzas.

—Y en el caso de Sherrie Dobbs han ido todavía más lejos.

—¡Y que lo digas! Esta vez, Culebra ha asesinado a un policía delante de la casa de Sherrie y estrella el coche patrulla del fallecido contra la puerta para secuestrarla. Eso se sale por completo de su modo de actuar. Tú misma lo has dicho: no había venido solo para matarla. Pero, ahora que lo pienso, tampoco pretendía violarla primero, porque, cuando lo único que quieren Culebra y Bomba es forzar a una mujer, se comportan como verdaderos fantasmas. Digamos, por mor del argumento, que Culebra es un violador y por eso no mató sin más a Sherrie Dobbs, pero, de todos modos, podría haber tenido más cuidado aquí, ¿no? Pasar más inadvertido.

Aquello tenía sentido, aunque la aterrara hacerse ilusiones.

—Tienes razón. Culebra no es estúpido. Este es un municipio pequeño, sabe que las fuerzas del orden no tienen recursos suficientes y no podían apostar a un policía delante de la vivienda de Sherrie Dobbs las veinticuatro horas del día.

Little asintió con un movimiento rápido de cabeza, entusiasmado a todas luces por su interpretación.

—Podía haber vuelto por la noche o mañana.

Livia estaba intentando mantener la calma, pero el apasionamiento de él resultaba contagioso.

—Está bien —dijo—. ¿Y por qué tiene tanta prisa?

Little se inclinó hacia ella.

—Porque quiere compartirla. Es como un perro que ha cobrado la presa y se la lleva a su amo. Va a compartirla con Bomba.

Ella lo miró.

—No porque se le haya antojado compartirla, sino…

—Porque lo han planeado así.

El agente especial había dado en el clavo. Livia lo tenía clarísimo: la progresión de sus delitos, el extraño vínculo psicosexual que había entre Bomba y Culebra, el momento elegido…, todo.

—Entonces, si seguimos a Bomba…

Él negó con la cabeza.

—A ver dónde encuentras a alguien que esté dispuesto a firmar una orden judicial para vigilar a un diputado electo del Congreso que es héroe de guerra e hijo del vicepresidente. Eso es impensable, por lo menos con el tiempo necesario para salvar a Sherrie Dobbs. Tampoco sueñes con que podamos hacerlo nosotros. ¿Tú y yo solos, siguiendo a un veterano de las fuerzas especiales con experiencia en combate y criminal redomado mientras se dirige a cometer otra de sus fechorías? Nos descubrirá antes de que salgamos al terreno de juego.

Livia deseaba rebatírselo, pero sabía que su evaluación era muy acertada. Con todo, tenía que haber otro modo de lograrlo. Tenía que haber otro modo.

—¿Dónde podría llevarla? —preguntó, no tanto a Little como a ella misma—. Has dicho que tenían un plan y eso comporta un quién, un qué, un cuándo y un dónde. Sabemos que el quién es Sherrie Dobbs; el qué, compartirla como hacen siempre; el cuándo, pronto, porque, de lo contrario, Culebra podría haber esperado a que se fuera el jefe Cramer, pero ¿dónde tienen pensado reunirse?

Little se quitó las gafas y se frotó el rostro.

—Bomba está haciendo campaña en California. Esa es su coartada si le preguntan en algún momento por Noreen Prentis o Sherrie Dobbs y, además, nos indica que, si tienen planes de reunirse, tiene que ser en algún sitio que le venga bien a él.

—Sí, está claro que es Culebra el que va a ir al encuentro de Bomba y no al contrario.

—¿Sabemos dónde vive Bomba?

Livia había investigado en profundidad al diputado.

—En un municipio llamado Alpine, al este de San Diego.

Little sonrió con gesto triste.

—Eso está por lo menos a ocho horas de aquí, a mucho más si va por carreteras secundarias para eludir a la policía y pendiente de no sobrepasar el límite de velocidad.

—¿Y si Bomba está haciendo campaña en otro lugar?

—Mejor me lo pones. Cualquier otro lugar de California en el que pudiese hacer campaña estaría más lejos todavía. El sudeste del estado es en su mayoría desierto, con parques nacionales como el del valle de la Muerte, Mojave, Joshua Tree… Son lugares pocos poblados en los que seguro que no perdería el tiempo.

Little parecía conocer bien la región.

—¿Has estado allí?

Él lanzó un gruñido.

—Hace mucho, de viaje con la familia.

Tenía que haberse dado cuenta antes, pero estaba demasiado cansada.

—Lo siento.

Él le restó importancia con un movimiento de cabeza.

—Además, su distrito está en California del sur, que es donde vive el grueso de su electorado. No va a gastar cebo en un pez que ya ha pescado. O está en casa, en Alpine, o visitando alguna localidad situada más o menos a la misma distancia de aquí. En los dos casos tenemos tiempo de sobra.

Livia sacó el teléfono.

—Puede que en Internet esté el calendario de su campaña. —Lo encontró en menos de dos minutos—. Esta noche está en Palm Springs, en uno de esos actos de treinta mil dólares el cubierto.

Little soltó un bufido.

—Alrededor de Palm Springs no hay más que desierto sin caminos y bosques nacionales. Podrían haber quedado en cualquier parte.

La inspectora se puso a reflexionar. Casi con toda seguridad tendrían los teléfonos desconectados cuando actuaban. No eran tontos y tenían mucha experiencia. Sin embargo, también era casi seguro que llevarían móviles desechables.

—¿Y Kanezaki? —dijo Little como si le hubiese leído el pensamiento—. No llevarán sus teléfonos personales, pero con un programa como God’s Eye, él podría localizar los desechables. Tal vez hasta podríamos contar con un satélite.

—Lo del satélite ya se lo he preguntado. Me ha dicho que no es posible. De todos modos, para eso necesitaríamos tener las coordenadas exactas. Esta vez, como has dicho, lo que tenemos delante son miles de kilómetros cuadrados de desierto y bosques nacionales. Es como buscar una aguja en un pajar. Necesitamos un imán y no se me… —Cerró los puños con gesto de frustración.

—Quizá no haga falta un imán. Puede que haya otro modo.

—¿Cuál?

—Reducir la cantidad de paja.

—Perfecto, pero ¿cómo?

—Introduciendo los datos adecuados.

Ella lo miró, demasiado angustiada para seguir su razonamiento.

—Tú misma lo has dicho. Yo estaba buscando desapariciones y no me di cuenta de que eran piezas de un rompecabezas más grande. De hecho, estaban impidiéndome captar la verdadera naturaleza del crimen. Tenía que haber buscado los mismos elementos: adolescentes pertenecientes a grupos minoritarios, a la caída de la tarde, de vuelta de un supermercado… y, por supuesto, un secuestro ejecutado a la perfección, pero sin el factor de la desaparición. Estaba viendo una parte, sí, pero era como mirar a través de una pajita. Ahora podemos ampliar el ángulo de visión y ver el patrón con claridad. Estamos buscando violaciones en serie y no asesinatos en serie, y tenemos algo más que no teníamos antes.

Ella seguía sin saber adónde quería llegar.

—¿Qué?

Del rostro de él se apoderó una sonrisa odiosa.

—Una canción.