Viejos demonios

Barry Eisler · Capítulo 4 de 51

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Viejos demonios

Capítulo 3

 

 

Livia estaba sentada enfrente de su portátil, revisando las notas referentes a una de sus investigaciones. El brillo de la pantalla y la luz ambiental de las instalaciones para contenedores que se extendían al otro lado del Duwamish constituían la única iluminación de su altillo. No era raro que estuviera despierta a altas horas de la madrugada. Llevaba batallando con el insomnio desde los trece años, que era la edad que tenía cuando aquellos hombres se la llevaron junto con Nason. Estaba acostumbrada y ya se había resignado casi por completo. En lugar de hacer nada por combatirlo, las más de las veces desenrollaba el futón, se preparaba un tentempié de yogur, cereales y frutos del bosque y se ponía a trabajar con el ordenador con la tranquilidad de saberse despierta y alerta cuando el resto del mundo que la rodeaba dormitaba. Entonces, cuando al otro lado de las ventanas empezaba a rayar la línea rosada del alba, volvía a acusar el cansancio y lograba conciliar el sueño otra hora o dos antes de ponerse en marcha para acudir a comisaría.

En cambio, aquella noche, ni siquiera el trabajo estaba haciendo gran cosa por relajarla, de modo que al final se rindió, consciente de que tenía que ocuparse de aquello que le estaba impidiendo dormir, aquello con lo que había estado forcejeando desde que había vuelto de París.

Se abrió camino entre las amoladoras, los tornos y demás maquinaria en desuso que almacenaba el dueño del edificio en aquella planta, abrió la caja fuerte y sacó el teléfono de conexión por satélite. Ya que lo había comprado siguiendo la recomendación de Carl, supuso que no sería inoportuno usarlo para hacerle una llamada en ese momento. Con todo, sentía vértigo al pensar en lo que sabía que quería decirle.

Recorrió el perímetro del altillo en dirección a las ventanas del lado septentrional. No le daban miedo los tiradores, porque desde el norte no había nada que ofreciese un campo de visión apropiado hacia el edificio y, además, los cristales del exterior estaban cubiertos de mugre y no permitían ver lo que ocurría dentro. Se detuvo, cerró los ojos un instante y se centró en su respiración igual que hacía siempre antes de un combate de lucha o de judo.

«Es lo que hay que hacer. Deja de darle vueltas y hazlo. Así, por lo menos, dejarás de tenerle miedo».

Pero ¿y si se arrepentía y el remordimiento resultaba peor que el miedo? Para eso no tenía respuesta.

Empezó a darle vueltas de nuevo en la cabeza y se obligó a dejarlo. Lo había hecho tantas veces que le resultaba imposible llevar la cuenta y sabía que siempre acababa igual.

Encendió el aparato, soltó una honda exhalación y marcó el número. Tras dos tonos oyó su gangueo texano decir:

—Hola.

Cerró con fuerza los ojos, sorprendida ante la punzada que le produjo su voz. Durante un segundo terrible, temió echarse a llorar y reprimió con furia el impulso.

—Buenas.

—¡Labi! —exclamó él y ella pudo sentir su sonrisa—. ¿Cómo estás? ¿Va todo bien?

—Sí, en general. Quiero decir, que no estoy como la última vez.

Se refería a los dos aspirantes a asesinos que la habían asaltado en una de las academias de artes marciales en las que enseñaba defensa personal a grupos de mujeres y al avión que habían derribado para matar al colaborador del FBI con el que había estado trabajando. Entonces había llamado a Carl porque estaba desesperada, tanto que ni siquiera se había visto capaz de negarlo, y, aunque sabía que había hecho lo correcto y, de hecho, aquella ocasión había dado lugar a muchas cosas buenas, también había desembocado en… en otras más complicadas que habían ocurrido entre ellos, incluido el plan de verse en Portland, ciudad considerada terreno neutral entre su Seattle y el Bali de él.

—Tenía la esperanza de que me llamarías. A ver, que también podía haberte llamado yo, pero, como te dije en París, sé que necesitas tu espacio.

—Sí. —No sabía qué más decir.

Se impuso una pausa prolongada.

—Me encantaría, por supuesto, estar equivocado, pero… me está dando la impresión de que esta llamada podría ser tu manera de… repetirlo.

Ella hizo una mueca de dolor. A él le encantaba hacerse el ignorante y aquella actitud podía resultar tan encantadora como convincente, pero, en realidad, podía llegar a ser tan perspicaz que a veces la desconcertaba. Trató de pensar en qué decir y lo único que le salió fue:

—Perdón.

Otra pausa.

—No pasa nada. A ver, no negaré que estoy desilusionado y tampoco quiero presionarte, pero…, joder, ¿fue cosa mía solo? Quiero decir, que pensaba que lo de París había sido algo especial y no me refiero solo a que los dos volviésemos a matar a un porrón de malos.

Ella soltó una leve risita. Esa era otra cosa de él que la desarmaba: siempre la hacía reír. Hasta cuando estaba triste. Hasta cuando estaba aterrada.

Que era como estaba en ese instante.

—¿Lo entendí mal? —siguió diciendo él—. Me refiero a que si fue solo cosa mía o tú sentiste lo mismo. Sé que a ti te resultaría difícil decirlo, pero espero que me creas cuando te digo que me lo pondrías mucho más fácil si fueses sincera.

«Cuéntale lo de la jefa Best, lo de que están mirando con lupa todo lo que haces, que tienes que ser lo más discreta posible. Necesitas tiempo. Eso es: necesitas tiempo y se acabó».

Livia sabía bien por qué tenía tanto miedo. Cada ola de felicidad de la que había logrado disfrutar desde que las habían arrancado de su aldea a Nason y a ella se había visto seguida de inmediato por una resaca de terror, de terror ante la posibilidad de que le volvieran a arrebatar lo que tenía, la fuente de ese atisbo de placer, de gozo, de deleite, como le habían arrebatado todo lo demás que había creído suyo: su hogar, su autonomía y la hermanita a la que tanto amaba y por la que había ofrecido su propio cuerpo adolescente para tratar de protegerla.

Ni siquiera podía recordar un momento en el que hubiese tenido tanto temor, lo que suponía que era una medida de… lo feliz que la hacía Carl.

«Pues díselo y ya está. Cuéntaselo. Siempre es tan paciente contigo… Puedes confiar en él».

—¿Te acuerdas de la vez que me dijiste que te habías dado cuenta, después de lo de Tailandia, de que habías estado esperando que te llamara? — preguntó.

—Sí, y era verdad.

Ella se llevó a la boca la mano que tenía libre y se apretó los labios con fuerza contra los nudillos.

—Pues no lo vuelvas a hacer. Perdóname.

Y colgó antes de que él pudiese contestar.

Apagó el teléfono.

Acto seguido, se dejó caer al suelo con la espalda apoyada en la pared y se echó a llorar con tanta violencia que le tembló todo el cuerpo.