Cuatro hermanas
La familia
1
Mi padre poseía una granja en el lado occidental del Misuri, por debajo del río, donde la meseta de Ozark desciende para unirse a la llanura. Es ésta una región surcada por riachuelos, rica en pastos que, buscando la luz del sol, surgen en medio de valles llenos de arbolado y se extinguen sobre enhiestas rocas calizas. Es una bonita comarca. No despierta admiración, como hacen otras, pero a su modesta manera es una tierra fértil en la que abunda el maíz, los caquis, zarzamoras, nogales negros, hierba de forraje y rosas salvajes. La granja, ochenta hectáreas bañadas por las lentas y parduscas aguas del Little Tebo, se enclava en su centro.
No había aún concluido el siglo XIX cuando mis padres, Matthew y Callie Soames, llegaron por primera vez a la granja. Recién casados, llevaban por todo equipaje una tetera, un colchón de plumas y un par de mulos. Más adelante, se fueron a vivir a una pequeña ciudad donde mi padre era maestro de escuela. A veces regresaban a la granja durante el verano, y al cabo de muchos años se quedaron definitivamente en ella. Pintaron la casa, arreglaron el viejo granero gris, compraron un buey y un depósito de butano, y se instalaron allí todo el año, tan felices como si fueran dos saludables jóvenes de veinte años, en vez de una delicada pareja que pasaba de los setenta.
Mis hermanas y yo solíamos ir a verlos todos los veranos. Jessica llegaba del corazón de los Ozarks; Leonie, de una pequeña ciudad de Kansas, y yo, de Nueva York, donde trabajaba en televisión, por aquellos tiempos una industria nueva que a mi familia le parecía muy misteriosa. A mí, igual que a mis hermanas, estas visitas me parecían un fastidio anual, como los impuestos sobre la renta. Siempre se nos presentaban otras mil maneras de pasar el tiempo pero, aunque éramos ya mayores, nuestros padres conservaban su autoridad. Exigían el tributo y nosotras lo pagábamos.
Una vez allí, nos sentíamos bastante felices. Volvíamos fácilmente a las viejas costumbres, a las antiguas bromas, pescábamos en el arroyo, comíamos crema de leche, engordábamos, y nos dejábamos vencer por la pereza. Era una temporada de plácida irrealidad. Las vidas que llevábamos en el exterior quedaban suspendidas; los asuntos del mundo, olvidados, y sólo recordábamos nuestra sangre común. No importaba que nuestros valores no fueran ya los mismos, que hubiéramos emprendido caminos distintos; cuando nos encontrábamos en familia, sabíamos disfrutar todos juntos.
Recuerdo particularmente un verano a principios de los años cincuenta. Los maridos de Jessica y Leonie no vinieron; uno era granjero, el otro mecánico, y ninguno de los dos pudo dejar su trabajo. Sólo el hijo de Leonie nos acompañaba. Soames era un muchacho alto y guapo que acababa de cumplir los dieciocho. Al cabo de pocas semanas iba a alistarse en la Fuerza Aérea, y su madre no podía soportar la idea. Cuando se hubiera marchado, quedarían tantas cosas por hacer y tantas por decir que nunca se les volvería a presentar la oportunidad de hacerlas o decirlas. Fue una época triste para los dos, y también para los demás, sobre todo porque todavía continuaba la guerra de Corea. La guerra nos preocupaba mucho y confería a su partida una especial gravedad. No podíamos pensar en una cosa sin pensar en la otra. Y sin embargo, allí, en el corazón del país, tan lejos del mundo exterior, aún era posible no pensar en ninguna de las dos. Carecíamos de periódicos. Nadie nos molestaba con la radio. Las pocas noticias que recibíamos parecían irreales y no nos concernían. Sólo el rugido de los aviones de una base aérea del norte nos recordaba el peligro, y pronto incluso ellos perdieron su aire amenazador. Sus sombras se deslizaban por los campos y el patio como las sombras de las nubes, apenas más siniestras. La granja era una pequeña isla en un mar de verano. Y aquella guerra lejana en la que tantos jóvenes morían nos preocupaba menos que los disparos recibidos por un viejo.
Esto había sucedido cerca de casa, a un par de kilómetros del camino. A un solitario granjero llamado Corcoran le había disparado unos cuantos tiros su único hijo, un infeliz recientemente licenciado del ejército. Mis padres encontraron al viejo a la mañana siguiente, enroscado debajo de una cama como una alfombra en verano. Lo habían abandonado ahí para que se muriera, pero había sobrevivido, a duras penas. Mis padres lo llevaron en coche a un hospital que quedaba a treinta kilómetros; mi madre, en el asiento trasero, con la cabeza del anciano en el regazo.
Todo esto ocurrió poco antes de nuestra llegada. En nuestro penúltimo día de estancia en la granja, todavía lo comentábamos.
—¡Pobre viejo! —dijo mi madre—. Sería una bendición que se muriese.
—Sí, desde luego —replicó mi padre—. No tiene a nadie que le cuide.
—Era un viejo gruñón, pero no se merece tanto sufrir.
—¿Cuántos años tiene? —pregunté.
—Setenta, al menos —contestó mi madre. Y por el modo en que lo dijo, el hombre podría haber sido su abuelo.
—¿Han cogido al chico? —inquirió Soames.
—Todavía no.
—¿Cómo es posible que llegara a eso?
—No lo sé —repuso mi padre—. Algunos dicen que el viejo era muy duro con él.
—¡Corrían toda clase de chismes! —dijo mi madre—. Que si su padre le dejaba atado en el ahumadero y cosas por el estilo. Nunca me los he creído.
—Habladurías —comentó mi padre—. El viejo siempre se peleaba con la gente y han querido devolvérselas todas. Tenía unos modales bruscos y groseros, pero no era mezquino.
—No, eso no le era. En cambio, el chico era raro. No estaba muy en sus cabales. No sé cómo lo admitieron en el ejército.
—Tiene su lógica… —dijo Soames sonriendo y levantándose.
—Eres de lo que no hay —le dijo mamá dándole unas palmadas en las posaderas de los vaqueros—. Dios mío, nos hemos olvidado de calentar agua para lavar los platos.
Así terminó nuestra conversación sobre la violencia en el vecindario. Nos levantamos de la mesa aturdidos por todo lo que habíamos comido. El almuerzo había consistido en filete asado, guisantes a la crema, tomates verdes salteados con mantequilla y pastel de azúcar quemado de postre.
—Todo estaba riquísimo —dijo Jessica—. Me gustaría tener tres estómagos, como las vacas.
—A mí también —dijo Leonie. Se comió el último tomate frito de la bandeja.
—¿Después del pastel? —exclamé sorprendida.
—Siempre he de terminar con algo salado.
—Engordarás como un cerdito —dijo mi padre, acariciándole el hombro.
—¿Adónde vas ahora? —preguntó mamá.
—Al porche —repuso papá.
—Bueno, que no te se olvide que tienes que ir a la ciudad a buscar hielo…, tú o Soames.
—Iré yo, abuela.
Soames nunca perdía ocasión de conducir mi pequeño coche.
—Pero, cariño —dijo Leonie—, ¿quieres irte ahora a la ciudad? ¿Por qué no te quedas en casa como un buen chico y sigues trabajando en el tejado del granero? Mamá se sentiría muy orgullosa si terminaras tu trabajo.
—Ya lo terminaré.
—Nunca dejes para mañana lo que puedas hacer hoy. Ya sabes que mañana vamos a ir a cortar el árbol de las abejas.
—Ya lo sé.
—Y hay un montón de tablas que no has colocado todavía.
—También lo sé, mamá. Ya me encargaré de ellas.
—No lo harás, si te vas a la ciudad.
—Vamos, déjale ir —interrumpió mi padre—. Hace mucho calor encima de ese tejado, ¿verdad, muchacho? Nos iremos los dos dentro de un rato.
—No volváis muy tarde —dijo mamá—. Queremos hacer la crema antes de que
se abran las damas de noche[1].
—Llegaremos a tiempo.
—Bueno, que sea verdad. —Se volvió hacia nosotras—. ¡Al menos se abrirán dos docenas esta noche! He contado los capullos esta mañana. ¡Nunca había visto tantos! Bueno, niñas, ¿qué nos llevaremos para la excursión de mañana? Decidamos.
Lo discutimos mientras lavábamos los platos. Abajo, en el bosque, mi padre había encontrado un árbol hueco en el que las abejas habían instalado su colmena. Al día siguiente íbamos a hacerlas salir con humo, cortar el árbol y recoger la miel silvestre. También pensábamos nadar, pescar y preparar la comida junto al sombreado riachuelo. Papá y mamá habían planeado pasar todo el día en el campo, como alegre colofón de nuestras dos semanas en casa.
Mientras debatíamos las respectivas excelencias de las patatas fritas y la ensalada de patatas, el teléfono de la pared del comedor sonó con dos toques cortos y uno largo.
—Es nuestro teléfono —dijo mamá.
—¡Yo lo cojo! —gritó papá. Un minuto después apareció en la puerta de la cocina —. Mamá, es Jake Latham. Él, Fanny, los Barrow y algunos otros van a ir a la granja de Corcoran mañana. Jake dice que la alfalfa está ya seca y hay que amontonarla ya. Y cree que también conviene recoger los melocotones.
—¿Ah, sí? —La sonrisa de mamá era ligeramente irónica—. Ya era hora de que hicieran algo por él. Ésta será la primera vez.
—Bueno, mejor tarde que nunca. Absit invidia.
—Supongo que quieren que vayamos a ayudarles.
—Sí, eso quieren.
—Les habrás dicho que no podemos…
—Les he dicho que ya vería.
Mamá le miró como si fuera tonto.
—Pero ¡si mañana vamos a cortar el árbol de las abejas!
—Ya lo sé, pero…
—¿No se lo has dicho?
—No…
—¿Por qué?
—Bueno —replicó papá evasivo—, no creo que un árbol lleno de abejas le parezca a Jake una buena excusa.
—¡Bobadas! ¿A quién le importa lo que piense Jake?
—No deberíamos mostrarnos poco dispuestos a colaborar —dijo papá.
—Me parece que son ellos los que colaboran poco. Nunca han hecho nada por él. Bueno, de todos modos, está muy bien que lo hagan ahora. No me importaría ayudar, pero ¿no pueden esperar hasta el lunes?
—Se lo he preguntado a Jake y me ha dicho que no le iba bien.
—Pues mañana no nos va bien a nosotros. Tenemos otros planes.
—Ya lo sé —dijo papá con expresión preocupada—. Odio ir mañana, pero no sé cómo negarme. Vosotros seguid adelante con la excursión; yo iré a la granja de Corcoran.
—Eso no sería justo —replicó Jessica—. ¿Por qué no vamos todos? Tus chicas pueden ayudar.
—¡De ninguna manera! —exclamó mamá—. No va a ir nadie. ¿Cómo vamos a dejar que nos estropeen el día? Son muchos para trabajar, y por una vez pueden pasar sin nosotros.
—Pensarán que somos unos egoístas —previno papá.
—Que piensen lo que quieran. Es el precio que tendremos que pagar.
—Muy bien. Si ésta es tu última palabra, no diré nada más.
Papá se puso el sombrero y se marchó con aire de noble resignación. Se sentía enormemente aliviado. Nosotras terminamos de lavar los platos y mamá se fue arriba a hacer la siesta. Soames se había puesto a trabajar. Leonie salió a decirle lo buen chico que era.
—Pobre Leonie —dijo Jessica—. Parece como si quisiera obligarle a terminar ese tejado.
—Si no se calla —observé—, lo sacará de quicio y acabará dejándolo todo a medias.
—Sí —repuso Jessica—, y después el pobre chico se sentirá culpable.
—Y se enfadará con ella.
—Y ella pensará que no la quiere, pues de lo contrario la habría complacido.
—Lo mismo que con las lecciones de canto —dije.
Leonie había suplicado, regañado, insistido e intentado todas las estratagemas maternales conocidas para convertir a Soames en cantante. No iba desencaminada, porque Soames poseía una bonita voz. Podría haber llegado a ser muy bueno si se lo hubiese propuesto. Pero el canto no le interesaba, como tampoco muchas otras cosas, a excepción del vuelo.
—¡Pobrecillos! —exclamó Jessica—. Me dan tanta pena los dos que casi no la puedo resistir.
—Bueno, procuremos que vuelva aquí y lo deje solo; si podemos, claro. Voy a tocar el piano. Eso la atraerá.
Nos dirigimos a la sala donde estaba el viejo piano y rescatamos unos números muy atrasados de la revista Étude. Me decidí por una composición llamada «La atracción de Cupido», una de las que más me gustaban de joven. Tardé un rato en colocar bien los dedos sobre el teclado, y la melodía fue perdiéndose entre los acordes. Leonie acudió en seguida con las manos sobre las orejas.
—¡Vamos! —exclamó—. ¡Más garbo!
Despachó «La atracción de Cupido» con dedos diestros y empezó a tocar otras piezas, algunas canciones —llenas de «¡Oye!» y de «¡Oh!» y de pesares que llegaban cuando caía el manto de la noche— que Jessica y yo interpretamos con el ánimo que requerían. Nos lo estábamos pasando muy bien. Pero, en medio de la juerga, un sabueso extraviado que había estado rondando nuestro patio toda la semana empezó a ladrar. Salí a calmarlo.
—¡Pobrecito! —dije—. Me gustaría saber dónde vives.
—Es una birria de animal —comentó Jessica.
—Es un perrito muy mono. Me gusta.
—Tiene pulgas.
—No es culpa suya.
—¿Qué le pasó al de la barba? —preguntó Jessica.
—¿Un perro con barba?
—Bueno, era una especie de perro. Me refiero a aquel muchacho de aspecto tan raro que trajiste aquí el verano pasado.
—¡Ah, ése! Yo no lo traje…, vino él solo. Estaba haciendo un viaje, una ruta andando.
—Una ruta predicando, diría yo.
—Lo recuerdo —dijo Leonie—. Llevaba zapatillas de tenis.
—Sin calcetines —añadió Jessica.
—Y olía muy raro.
—¡Uno de esos zarrapastrosos con los que se relaciona nuestra hermana!
Me dirigieron una mirada diabólica; los amigos que yo tenía las ponían furiosas. No comprendían a los anárquicos tipos de pelo revuelto a los que siempre parecía atraer y que algunas veces ni siquiera me gustaban a mí.
—¿Te acuerdas de cómo tomaba los cereales? —preguntó Jessica—. Se le caían por toda la barba.
—¡Y metía la barba en el plato!
—Siempre lo seguía un enjambre de moscas.
—¡Basta! —chillé—. Era muy intelectual.
—¡Intelectual! —replicó Leonie con indignación—. ¡Se burló de Shakespeare!
—¡Chist! ¡Despertaremos a mamá!
Todas nos echamos a reír sin ninguna razón especial.
—Tengo mucho calor —dijo Jessica—. Estoy sudando como un cerdo. Bajemos a bañarnos.
La única bañera de la granja consistía en un amplio tramo del arroyo. Con unas cuantas toallas y una pastilla de jabón de Ivory, atravesamos los campos hasta donde el riachuelo se abría paso por un profundo barranco. Allí, mi padre había construido una pequeña presa y colgado un cubo en una rama de abedul. Creía en el valor terapéutico del agua del manantial, de la miel silvestre y de los rayos de sol. Nos deslizamos por la orilla y nos sentamos en cuclillas. El aire era dulce y frío.
—Toma un poco de agua del río —dijo Jessica, tendiéndome el cubo Heno—. Es buena para los riñones.
Hicimos un concurso para ver cuál de las dos resistía más. Nunca habíamos oído hablar de las hemorragias internas. Por fin Leonie nos hizo parar.
—Os haréis pipí en la bañera —dijo.
Caminamos hasta donde el arroyo formaba un estanque. Allí el agua era más profunda y tan clara que se podían ver sombras de hojas en su suave fondo arenoso. Nos desnudamos detrás de unos matorrales y Jessica se metió en el río, chillando mientras el agua helada iba alcanzándole la cintura. Leonie entró con delicadeza, salpicándose las muñecas y las rodillas. Yo resbalé y me caí dentro. Al cabo de un rato nos acostumbramos al frío. Nos enjabonamos, nadamos y chapoteamos, divirtiéndonos como chiquillas en lugar de como mujeres adultas. Jessica tenía casi cincuenta años, Leonie no andaba lejos de cumplirlos y yo iba para los treinta. Pero ninguna de nosotras actuaba o se sentía como correspondería a la edad que teníamos. Nos comportábamos casi siempre como niñas retrasadas porque eso era lo que a nuestros padres les gustaba.
Nuestros cuerpos brillaban al sol.
—¿Verdad que somos guapas? —dije.
Dejamos de chapotear y nos contemplamos.
—Ya lo creo que lo somos —replicó Jessica—. Muy guapas.
Aunque ella estaba demasiado gorda y yo casi en los huesos, las tres teníamos la piel blanca y suave, y estábamos bien formadas. Allí en el campo, bajo la luz del sol, parecíamos hermosas, y resultaba natural decirlo. Salimos del agua y nos sentamos en una roca llana frotándonos con las toallas.
—Me gustaría que papá y mamá instalaran agua corriente —dijo Leonie—. ¿No creéis que les hace falta?
—No lo sé —replicó Jessica—. Han vivido años sin ella, me parece que no la echan de menos.
—Se acostumbrarían.
—Bueno, ¿y qué tiene esto de malo? —dijo Jessica, imitando el tono de voz de papá—. ¡Con el agua del río tenemos bastante!
Nos echamos a reír, y yo pensé en la ciudad en la que nací, donde sólo el banquero y el dueño de la tienda de ultramarinos podían permitirse el lujo de poseer una fosa séptica y de costearse las reparaciones continuas que exigía una bomba en el sótano. Los demás nos las arreglábamos lo mejor que podíamos. Recuerdo el aspecto que presentaba la cocina en una mañana de invierno: sacos de carbón en el suelo, el cubo de la basura junto a la puerta, agua hirviendo en la gran estufa negra, mi padre afeitándose en la mesa, y yo, en combinación, lavándome en la tina gris esmaltada (el cuello y las axilas), mientras mamá freía el tocino en el fogón. La cocina no era una estancia agradable. Servía de baño, comedor y lavandería, por turnos o todo a la vez. No era algo que nos preocupara demasiado; no nos preocupaba demasiado hasta que visitábamos las otras casas de la ciudad; entonces resultaba más duro salir a diez grados bajo cero para sentarse en el retrete del patio o tolerar el orinal del dormitorio, tan práctico.
Esto era en invierno. En verano, la vida se expandía con los rayos del sol. Podíamos bañarnos arriba, lavar la ropa a la sombra del melocotonero y planchar bajo la brisa del porche trasero. La casa parecía más alta, más amplia, más bonita. Las estufas se guardaban en el depósito de carbón y las mesas se cubrían de flores. Había que llenar los cubos de agua y vaciar los de basura, claro está. Pero no teníamos que entrar carbón, ni sacar cenizas. Y tampoco era necesario tener el orinal en la habitación; uno iba al retrete antes de meterse en la cama, lo cual, en las noches de verano, resultaba una agradable excursión.
—Bueno —estaba diciendo Leonie—, me gustaría que modernizaran la casa un poco, si es que van a quedarse aquí.
—No podrán quedarse mucho tiempo —dijo Jessica.
—Ellos creen que sí.
—Ya lo sé, pero no podrán. Son demasiado mayores. Y además, con agua corriente no nos divertiríamos ni la mitad que ahora.
El sol se filtraba entre las hojas del roble. A lo lejos, en los bosques, un jilguero cantaba alegremente. Jessica se sentó sobre una toalla azul y rodeó las rodillas con los brazos. Su piel estaba todavía sonrosada por el agua, y su redondeado trasero tenía el aspecto de un enorme melocotón. Parecía una Diana de Boucher o una bañista de Renoir. Pero si se lo hubiera comentado se habría echado a reír, diciendo que aquello era una tontería. Jessica no iba a pretender ser más que lo que era vestida: una mujer corriente de mediana edad bastante desaliñada y necesitada de una faja.
Miré a mi otra hermana. Estaba sentada al sol, bronceada y brillante como un huevo moreno caliente. Poseía un cutis envidiable, y su pelo, antes rubio, le caía ahora sobre los hombros plateado y hermoso como las barbas de una panocha todavía verde. Ninguna mujer con aquel aspecto, pensé, merecía tener el carácter de Carry
Nation[2]. Pero Leonie estaba marcada, más que ninguna de nosotras, por el sello de nuestros antepasados: gentes animosas que se abrieron camino por Indiana y Kentucky desbrozando el desierto con la Palabra de Dios. Y si, por exceso de celo, con el hacha con que talaban el roble venenoso también abatían el retoño de manzano, no pasaba nada, porque era la Palabra de Dios la que lo había derribado. El Libro Sagrado era la ley, la luz y el camino, no el amor. Nada podía detener a aquellos fanáticos de ojos de fuego que se abrían paso hacia el Misuri y hacia el siglo XX, como tampoco nada podía detener a Leonie. Ella poseía ese ardor, esa hacha de Dios. Sin embargo, como el de sus antepasados, el suyo era un camino duro y lleno de derrotas. Cuando se dejaba invadir por las dudas, daba lástima. Al llegar a la granja dos semanas atrás, tenía la cara chupada y los ojos hundidos de preocupación. Pero los días tranquilos, la crema de leche y la risa la habían hecho engordar un poco y parecer hermosa de nuevo. Sentada desnuda sobre la roca, peinando su largo cabello, parecía una ninfa, y se lo dije. Aceptó el cumplido con una tímida sonrisa, sin creerlo, pero complacida.
—Supongo que mamá ya se habrá despertado —dijo—. Tendríamos que volver.
—Me imagino que sí.
Pero nadie se movió. Contemplamos cómo una hoja caía lentamente sobre el agua. Luego otra. Una cigarra rompió el silencio con un agudo chirrido.
—Otoño… —murmuró Jessica.
Al cabo de un rato, nos vestimos y emprendimos el largo camino de regreso a casa. Trepando por una ladera, llegamos al prado que llamábamos el de la Vieja Chimenea. Unos cuantos ladrillos descoloridos señalaban el lugar donde había ardido una casa, hacía varios años. Jessica y Leonie recordaban cuando se alzaba la chimenea, visible desde el camino.
—¿Te acuerdas —preguntó Jessica— de cómo dividíamos los viejos cimientos en habitaciones?
—Con ristras de tréboles —dijo Leonie.
—¿Y de cómo las decorábamos con margaritas?
—¡Sí, y con flores de zanahoria silvestre y asclepias!
—¡Y los ácaros de las asclepias nos decoraban a nosotras!
Se echaron a reír.
—Aquí había un ciruelo, y solíamos comernos las frutas antes de que maduraran, ¿te acuerdas?
—¡Nos sentaban mal y mamá se enfadaba! Era tan divertido…
—De eso hace mucho tiempo.
—Sí…
—Mathy tenía aquí una casita —dijo Jessica—. ¿Recuerdas que veníamos a buscarla cuando no volvía a casa al anochecer?
—¡Claro que me acuerdo!
Sonrieron, y siguieron caminando delante de mí, recordando tiempos en los que yo desempeñaba un papel muy escaso. No había compartido su niñez. Tuvieron otra hermana pequeña, mucho antes de que naciera yo. Era Mathy, la tercera hija, a quien yo sólo recordaba vagamente. Se marchó cuando yo tenía tres años, pero cuando cumplí los cinco tuvo un hijo, un niño llamado Peter. A través de él supe cómo era ella. Se le parecía mucho, me decían: buena figura, moreno, con brillantes ojos negros; vivaz, extraño, imperturbable y, como su madre, fascinado por el mundo. Peter adoraba los árboles, las piedras, los huesos desenterrados y, por encima de todo, el intrincado mecanismo de cualquier cosa que se arrastrara o volara: chinches, escarabajos, mariposas… Los había convertido en su profesión. Ahora estaba estudiando en Europa con una beca, en la Universidad de Leiden. Todos nos sentíamos sumamente orgullosos de Peter.
Jessica y Leonie dieron una vuelta por los viejos cimientos, hablando todavía de Mathy.
—Debió de ser una vida muy dura —dijo Leonie—. A mí no me habría gustado.
—Ni a mí. Pero creo que ella fue feliz.
—Lo deseo. ¡Lo deseo de veras!
Leonie alzó los ojos vivamente, como si Jessica pudiera dudarlo.
—Me gustaría que Peter estuviera aquí —dije, contemplando un bicho que subía por un tronco.
—¡Pues a mí me gustaría estar allí! —repuso Leonie—. Daría cualquier cosa por viajar a Europa.
—Te llevaré algún día… si no desaparece. ¿Verdad que sería divertido estar allí con Peter?
—¡Ya lo creo! —exclamó—. ¿Te ha contado ese viaje que hizo durante sus vacaciones? Escribe unas cartas maravillosas.
—Y muchas.
—Espero que Soames haga lo mismo. Cuando se fue el verano pasado, sólo recibí una postal. —Su cara se ensombreció ligeramente, y luego se iluminó de nuevo—. Peter nos mandó postales de todas partes. Londres, Venecia, Dinamarca… Fíjate, ¡ha visto Elsinore!
—Sí, me lo escribió.
—¡Elsinore! ¡Y todos esos sitios que conocemos por la literatura! Peter sabe apreciarlos.
—Desde luego.
—Me gustaría que Soames fuera igual. —Una expresión de herida perplejidad volvió a aparecer en su cara—. ¡Oh, cuando lo pienso! Sólo con que hubiera continuado con sus lecciones de canto podría haber estudiado en Europa también. ¡Italia…, París…! Si yo hubiera podido encontrar la manera…, si su padre me hubiera ayudado…
Dio media vuelta con el bello rostro encogido en una expresión de frustración. En aquel momento, un lejano «¡eeeh!» llegó a través del bosque.
—Es mamá —dije—. Será mejor que volvamos antes de que venga a buscarnos.
Descendimos por la ladera, atravesamos un bosque y entramos en el huerto por entre los artríticos árboles plateados cuyas raíces el tiempo había hinchado y calcificado. Mi padre había plantado árboles nuevos para reponer los que se morían.
—¡Ahí llega el cartero! —gritó Jessica, al ver un coche en el camino—. Hoy viene tarde.
—Tal vez tengamos noticias de Peter —dijo Leonie.
Corrió hacia el buzón, donde mamá nos esperaba con una carta en la mano.
—¿Es de Peter?
—Me parece que es de Ophelia —contestó mamá.
—¡Oh…!
Ophelia era una prima segunda nuestra. Ella y su familia vivían unos sesenta kilómetros al sur de la granja. Mamá abrió la carta y me la dio.
—Léela tú, Mary Jo. Nunca consigo entender su letra.
La letra de Ophelia era como una pintura abstracta; había que leerla varias veces para entender algo.
—«Queridos primos —leí—, hace tanto tiempo que no sabemos nada de vosotros que nos preguntamos si todavía estáis vivos y coleando. ¡Ja, ja! Ralph y yo seguimos tan bien como siempre, con la ayuda de Dios. Mamá está pachucha este verano. No sé si la tendremos mucho tiempo con nosotros».
—¡Pobre tía Cass! —exclamó mamá, refiriéndose a la madre de Ophelia—. Se le va la cabeza. Pero por mi vida que, a pesar de su edad, está más fuerte que yo.
—Su olor también es más fuerte que el tuyo —dije—. El verano pasado, cuando estuvimos allí, parecía una fruta madura.
—¡Mary Jo!
—Bueno, pues era así, y los demás también. Ophelia y Ralph siguen asistiendo a esas reuniones religiosas, sudando la gota gorda, y no bañándose nunca.
—Se han lavado en la sangre del Cordero —dijo Jessica.
—Eso no sustituye el jabón.
—Callaros, las dos —intervino mamá—. Tendría que daros vergüenza. ¿Qué más dice?
Proseguí mi lectura.
—«Si el Señor quiere, mamá cumplirá noventa y seis años. Esperamos que vengáis a casa ese día. Prometisteis que lo haríais, y que traeríais a las niñas».
—¡Qué estúpida que soy! —exclamó mamá—. Se lo prometí la última vez que estuvimos allí, pero lo había olvidado. ¡Ojalá a ella también se le hubiera olvidado!
—Tiene una memoria de elefante —comenté.
—Y algo más —replicó Jessica, puesto que Ophelia era bastante gorda—. ¿Cuándo es el cumpleaños de tía Cass, mamá?
—¡Mañana!
—¡Oh, no!
—¡Qué mala suerte!
—No tenemos que ir, ¿verdad?
—Deberíamos hacerlo.
—No podemos: vamos a cortar el árbol de las abejas.
—¡Es que se lo prometí! —gimió mamá, mirándonos con desesperación.
—Bueno —dijo Jessica—, puedes romper esa clase de promesas. Dios no te lo tendrá en cuenta.
—Pero Ophelia sí. Se enfadará. Y tía Cass es tan vieja…, éste puede ser su último cumpleaños.
—Mamá, ¿te das cuenta de que hace nueve años que vamos a la fiesta de despedida de tía Cass?
—Sí, ya lo sé, pero…
—Y puede que sigamos yendo a su fiesta durante otros nueve, si es que todos esos festejos no la matan antes. Tantos llantos y besos…
—¡El primo Ralph y su bigote mojado! —dije.
—¡Y los gritos y los himnos! —prosiguió Jessica—. Si Ophelia está tan preocupada por su madre, lo mejor sería que suspendiera las fiestas. Las hace porque le gustan a ella.
—Me imagino que sí —dijo mamá—. Pero no podemos criticarla, que están pero que muy solos allí.
—¡Caramba, mamá, no me digas que están solos! —refunfuñó Jessica—. Asisten a esas reuniones, van a la ciudad, y Ralphie y los niños los visitan con frecuencia…, se lo pasan muy bien.
—Ophelia dice que están solos.
—Lo hace para darnos lástima. Y lo consigue. Papá y tú siempre vais a su casa. Y el viaje te cansa, ya lo sabes.
—Bueno, sí —concedió mamá—. Pero la próxima vez que la vea va a querer saber por qué rompí mi promesa. ¿Qué excusa voy a poder darle?
—Dile que teníamos que ir a cortar el árbol de las abejas…, dile la verdad.
—A algunas personas les cuesta comprender la verdad.
—Pues ponle las cosas fáciles a Ophelia. ¡Miente!
Mamá nos miró pensativa.
—Me parece que lo haré.
Nos echamos a reír y le dimos un beso en la mejilla. Tenía el tacto suave y gastado del hilo viejo. (Nunca he podido acostumbrarme a las madres jóvenes. Cuando nací, la mía era de mediana edad; por eso las madres jóvenes y vigorosas no me parecen auténticas).
—Además —dijo mamá—, si vamos allí no regresaríamos a tiempo para cuando vayan a abrirse las damas de noche.
Resuelta la situación, nos instalamos a pelar melocotones en el salón, donde hacía más fresco. Mamá quería preparar mermelada antes de cenar. No la necesitábamos, pero ella disfrutaba con su elaboración. Cada mañana nos daba los buenos días con cara alegre diciendo:
—Hoy no vamos a trabajar…, ¡vamos a hacer lo que nos venga en gana!
Y resultaba que todos los días nos venía en gana lavar todas las colchas, o limpiar las maderas, o hacer más mermelada. Siempre había sido igual. Nuestra madre nos dirigía con mano experta. La escoba y el tarro de fruta eran su insignia; la tabla de lavar, su escudo y su pavés. Como papá era maestro de escuela, se nos permitía estudiar, pero casi nunca leer. ¿No podíamos hacer otra cosa? ¿No lo preferíamos? Mamá nos necesitaba; le encantaba su trabajo, y más cuando la ayudábamos a hacerlo.
La edad no había disminuido en nada su pasión. A sus setenta años, seguía cuidando de la casa tan concienzudamente como siempre. En la granja no disfrutaba de ninguna comodidad, pero tenía a alguien que la ayudaba.
Tenía una amiga cuyo nombre era Hagar, una solterona mayor y apergaminada que vivía en la colina de al lado. Miss Hagar se había instalado allí, hacía varios años, con su anciano padre. Cuando el viejo murió, miss Hagar se quedó sola en su granja. A menudo la veíamos segar en el campo con un sombrero para el sol, una raída camisa de guinga y unos viejos zapatos de hombre. Era una criatura brusca, impasible y tímida que sabía defenderse sola y no pedía favores. Las tareas reservadas a los hombres le resultaban más fáciles que las cosas de mujeres. Fumaba en pipa, y ciertos
vestigios femeninos de «un dolor, una pérdida, una pena natural»[3] aparte, apenas quedaba algún rasgo de feminidad en ella. Pero adoraba a mi madre. Varias veces por semana iba a visitarla, y las dos hacían conservas, limpiaban y charlaban más a gusto que gatos en un pajar caliente.
Resultaba una extraña compañera para mi madre, que olía a lavanda y llevaba cintas en las enaguas. Mamá ponía volantes en las ventanas y tapetes en las mesas; suspiraba por la elegancia victoriana del lujoso cristal tallado, de los portiers de terciopelo y de una bonita casa blanca en la ciudad. Una gran casa que hiciese esquina; rodeada de un porche, con un jardín de césped inmenso y un muchacho que fuera los sábados a recortar el seto. Se habría sentido a sus anchas con criados.
Sin embargo, mi madre había arado la tierra, y no se avergonzaba de ello. Compartía los valores del campo. Adoraba las cosechas, el ganado bien cebado y los tarros de mermelada resplandeciendo, rojos, dorados y verdes, en bodegas frías que olían a tierra. Le gustaba que los domingos la cocina se llenara de parientes y viejos amigos. Y disfrutaba haciendo visitas y sosteniendo conversaciones llenas de muertes, pérdidas y desgracias.
Miss Hagar le parecía mucho más agradable que las señoras entre las que había vivido en la ciudad. Casi todas jugaban al bridge y daban meriendas. Llamaban a las cosas con nombres caprichosos, compraban objetos inútiles y escuchaban los seriales de la radio. Y aunque se burlaba de esas mujeres, mi madre también se sentía incómoda en su compañía. Con su gramática vacilante y sus firmísimos valores se sentía fuera de lugar.
Mi madre vivía, pues, bastante retraída. Atendía a la casa, cuidaba de sus hijas y, durante cuarenta años, esperó a su marido. Día tras día, se levantaba, preparaba el desayuno y lo veía salir hacia la escuela. Noche tras noche, se sentaba a su lado y lo contemplaba mientras trabajaba. El viento aullaba en la chimenea, la tetera silbaba, la mecedora crujía y él nunca decía una palabra. Estaba muy ocupado; no se le podía interrumpir. Mi madre escuchaba el tictac del reloj y, por último, se iba a la cama. Estuvo sola durante cuarenta años. Pero lo amaba, y supo esperar.
Sus hijas crecieron con una gramática intachable y con extrañas rebeldías. Pero las quería, y tenía paciencia. Todas se fueron, una murió. Sin embargo, incompletas como son las cosas, pero también reconocibles, la alegría que había estado esperando llegó. Pudo regresar a la granja y al riachuelo. Su marido era todo suyo por fin. Sus hijas volvían a casa en verano y tenía una amiga, fiel como una buena sirvienta, a la que le gustaba charlar de muertes y desastres, y que no sabía leer.
—Miss Hagar ha ido a la ciudad esta tarde —dijo mamá, apartando los ojos de los melocotones—. No sé para qué. Debe ser algo importante, no ha ido a la ciudad más que tres veces en todo el verano.
—Es una lástima que no supiera que papá iba a ir —dijo Jessica—. Podría haberle acompañado.
—No lo habría hecho. Siempre le pedimos que venga con nosotros, pero tiene miedo de molestar a alguien. Casi no nos deja que le hagamos favores. ¡Y con tantos como ella nos hace!
—Desde luego que es una ayuda.
—Y no pide nada a cambio. Hemos intentado varias veces pagarle con algo, pero no lo acepta. Papá le lleva de vez en cuando una caja de comestibles o un saco de pienso. —Mamá alzó los ojos de nuevo—. ¿Dónde está papá? Me gustaría que se fuera de una vez a buscar el hielo.
—Ya se ha ido —dije.
—¿Estás segura? —preguntó Leonie—. Creía que Soames estaba todavía aquí.
—Me parece que papá se ha ido sin él.
—¿De veras? —Leonie se dirigió a la puerta de atrás y echó una ojeada afuera—. Casi no puedo creerlo —dijo al regresar—. ¡Papá se ha ido a la ciudad y Soames se ha quedado aquí trabajando!
—Ese tejado está arreglándolo pero que muy bien —dijo mamá—. Escuchar: ¿no es bonito? —Soames había empezado a cantar.
—Ah, sí, siempre canta cuando cree que nadie le oye.
La cara de Leonie adoptó una expresión pensativa cuando la clara y dulce voz de barítono se alzó desde el tejado del granero soñando con «Jeanie, la del cabello color miel». Leonie tenía puestas grandes esperanzas en aquella voz. Mamá suspiró con satisfacción.
—¡Qué canción tan triste! Me hace pensar en el pobre señor Corcoran.
Y nos contó una vez más cómo lo habían encontrado la mañana que fueron a llevarle medio kilo de mantequilla. El viejo no parecía agradecer lo que hacían, pero era su manera de ser, y ella no podía soportar la idea de que comiera tan mal y viviera tan solo, sin nadie que lo cuidara. La voz seca y familiar de mamá sonaba como una antigua balada, llena de amor y pena.
Un soplo de brisa agitó un instante las cortinas de encaje y se desvaneció en la quietud de la granja. Mis hermanas y yo nos balanceamos y nos abanicamos estirando las piernas desnudas sobre la alfombra de flores, bajo los cuadros de Cristo caminando sobre las aguas y orando en Getsemaní. El milagro pasó desapercibido y la pasión del huerto no nos conmovió, abandonadas como estábamos a los profanos placeres de un desastre que no nos concernía y a la serenidad de la larga y cálida tarde de verano.
Jessica se abanicaba las piernas con el borde de su vestido.
—¡Qué calor! Me daría otro baño.
—Sí que hace calor —dijo mamá, doblando el cuello de su vestido—. Bájate el vestido, Jessica. Se te ve todo.
—Bueno, mamá, ¡qué más da! No verás nada nuevo.
—¿Y si va y llega alguien al porche?
—Si viene sin llamar, le estará bien empleado.
—¿Te acuerdas de cuando el verano pasado llegó el pastor por la puerta de atrás y te cogió probándote aquel corsé viejo? —dije—. ¡Se quedó de una pieza!
—¡Ya te dije que el porche trasero no era buen sitio para probarse un corsé! — exclamó mamá.
—¿Dónde podía habérmelo probado? —preguntó Jessica.
—Arriba, por ejemplo.
—Hacía calor, y además el pastor no tenía nada que hacer aquí. ¡Salir al campo en una calurosa tarde de verano! Nosotros ya estamos salvados, y él lo sabe. Debería haberse quedado en casa leyendo su Biblia o complaciendo a su esposa.
Leonie y yo nos echamos a reír, y mamá dijo:
—¡Jessica! ¡Debería de darte vergüenza!
—La pobrecilla podría disfrutar un poco.
—No hables así. No está bien.
—Como quieras, mamá —sonrió Jessica—. Pero no parece conseguir mucho placer, ¿verdad?
—¿Quieres callarte?
Nos reímos, nos estiramos y bostezamos. Leonie salió al porche de atrás y trajo un jarro de té helado. Nos acomodamos en las sillas y echamos trocitos de hielo en los vasos. El aire era agradable, y olía a miel y a cedro. En las ventanas, las blancas cortinas se henchían y se encogían y volvían a henchirse, como si respirasen. Desde el tejado del granero nos llegaba intermitentemente el ruido del martillo.
La tarde se deslizaba lentamente, espesa como la miel, dulce, dorada y nada opresiva. Nos balanceábamos, y el hielo repiqueteaba en nuestros vasos y las cortinas seguían agitándose. Yo pensaba, sin saberlo expresar en palabras, en aquellos momentos de las obras de Chéjov en que el ritmo se vuelve estático. La mujer de la mecedora se levanta y, al cabo de mucho rato, se sienta de nuevo. El doctor (pues siempre hay un doctor) se hunde en su sillón, su triste sabiduría le pesa tanto que ni se mueve. Hijas o tíos se apoyan en los respaldos en un éxtasis de frustración. Y la quietud, el calor y el aburrimiento de las provincias lastran la obra hasta que ésta apenas se mueve.
El crujido de unas ruedas sobre la arena del camino rompió el silencio.
—Ahí está miss Hagan Ya era hora —dijo mamá. La seguimos hasta el patio—. Tal vez ha oído algo del señor Corcoran. ¡Eeeh! —gritó.
Su amiga llegaba en un chirriante coche de caballos, diminuta y erguida bajo una sombrilla negra, con los pies juntos y las rodillas separadas.
—¡Soo! —gritó al caballo.
El animal se detuvo lanzando un prolongado relincho de alivio. Sus patas eran flacas; su lomo, hundido, y el cuello se le curvaba lentamente, igual que una barra de regaliz por el calor. Cuando su hocico tocó la tierra, empezó a mordisquear hierba con satisfacción.
—¿Qué tal? —saludó miss Hagar.
Dejó su pipa en el pescante. Nunca se atrevía a fumar delante de mi madre.
—Hace calor, ¿eh?
Sonrió mostrando sus pequeños dientes amarillos. Nosotras contestamos que sí.
—¿Alguna noticia? —preguntó mamá.
—Nadie sabe nada desde ayer. Dicen que sigue igual. Bastante mal.
—¡Pobre hombre!
—¡Dios Todopoderoso! No entiendo cómo sigue vivo.
—Ni yo. ¿Sabe si ya han cogido al chico?
—Todavía no. Algunos dicen que lo vieron por Osceola el otro día, otros que está por aquí.
—Huy, espero que no —dijo mamá.
—No tiene por qué preocuparnos.
—Es verdad; me parece que ya no hará más daño. Él y su padre tenían cuentas pendientes. Pero saber que puede estar por aquí me tiene con la mosca tras la oreja. ¿No se pone nerviosísima, sola ahí arriba?
—No me asusta.
—Supongo que tampoco a mí debería de asustarme el pobre chico. Jake Latham ha telefoneado antes. Van a ir varios a trabajar mañana a la granja.
—Lo sé. ¡Diablos!, yo fui allí el otro día para recogerle unas mazorcas.
—Fue una buena obra.
—Con el poco maíz que tiene, no hace falta un grupo de gente. Me imagino que lo que Jake quiere es presumir un poco. Supongo que les dijo que se fueran al infierno.
Mamá sonrió.
—Bueno, les dijimos que no podíamos ir mañana. Es el último día que estarán las niñas aquí.
—Me lo imaginaba. No deben de tener ningunas ganas de pasarse el último día trabajando.
—Es verdad.
—Seguramente tendrán otras muchas cosas que hacer.
—Sí, estaremos muy ocupados.
—¡Probablemente demasiado para hacer la comida!
—Bueno, lo estaremos, sí.
—Eso es lo que me figuraba. —Miss Hagar se detuvo, y su ruda cara morena, normalmente inexpresiva como una torta de avena, adquirió un vivo brillo. En su boca se dibujó una sonrisa avergonzada—. ¡Quiero invitarles mañana a comer a todos en mi casa!
—¡¿Qué?! —exclamó mamá. El asombro había hecho que olvidara sus modales.
Desde que se conocían, miss Hagar no la había invitado nunca.
—¡Estoy decidida a hacerles helado!
Dirigimos la mirada al coche y vimos un trozo de hielo en un húmedo saco de arpillera, un verdadero lujo para miss Hagar. Había ido a la ciudad en coche para comprarlo.
—¡Cielo santo! —exclamó mamá.
—He comprado una gallina vieja en la cooperativa; la prepararé por la mañana. Y haré un pastel.
—¡Caramba, miss Hagar!
—No quedará tan bueno como si lo cocinara usted, pero quizá podrán comerlo.
—Pero no debe de tomarse tantas molestias por nosotros.
Miss Hagar enrojeció.
—Bah, no es nada.
Pero sí que era, y bastante, y mamá lo sabía. Para un acontecimiento como éste, Miss Hagar debía de haber ensayado, planeado y ahorrado durante todo el verano.
—Casi no sé qué decir, miss Hagar. Nos gustaría muchísimo ir a su casa. Pero… —Vaciló, y la sonrisa de miss Hagar se desvaneció.
—¿Ya tienen planeado algo?
—Sí…, sí. Me temo que sí.
—¡Oh!
—El señor Soames encontró un árbol con abejas al otro lado del arroyo, y pensábamos ir a cortarlo.
La sonrisa volvió a aparecer.
—Bueno, pero eso no les llevará todo el día. Si van a cortarlo por la mañana temprano…
—Sí, claro que podríamos hacerlo… —Mamá se detuvo, sumida en una auténtica incertidumbre. Miss Hagar había hecho grandes preparativos para recibirnos y nunca nos había pedido nada. Mamá nos miró con expresión angustiada. Luego se volvió hacia su amiga—: Lo siento muchísimo, miss Hagar, pero no creo que podremos ir.
—¡Oh! —Su carita de torta adoptó la inescrutabilidad de costumbre—. Bueno, era sólo una idea.
—Y muy buena, por cierto. Lo siento de veras, miss Hagar.
—No se preocupe.
—Cualquier otro día iremos con mucho gusto.
—Sí, con mucho gusto —repetimos nosotras.
—Pero no sé, siendo mañana el último día, y estando ellas en casa tan poco tiempo… —Su voz se apagó y nosotras permanecimos en silencio, humilladas por su muda desilusión.
—Supongo que ya no veré más a las chicas —dijo.
Nosotras asentimos.
—Entonces me despido ya de ellas.
—¿No puede venirse algún otro rato? —preguntó mamá.
—No, tengo trabajo en casa.
Cogió las riendas, el caballo se enderezó y el coche se puso en movimiento. El pequeño trozo de hielo goteaba sobre el polvo del camino. Mamá estuvo mirándola hasta que descendió por la ladera de la colina.
—¡Pobrecilla! —murmuró con los ojos llenos de lágrimas.
—Mamá —dijo Jessica—, podemos cambiar de planes. No tenemos obligación de cortar el árbol de las abejas.
Mamá se volvió y nos miró con los ojos rebosantes de ternura.
—Sí, sí que la tenemos —dijo.
Al dirigirnos de nuevo a casa oímos un tremendo alboroto por la parte del granero: gritos, aullidos, el ruido de un motor y los fuertes cacareos de las gallinas.
—¡Dios nos asista! ¿Qué es este jaleo?
Era Soames, que volvía a perseguir pollos con mi pequeño coche.
—¡Basta! —chilló Leonie.
Soames frenó, hizo girar el coche, y se dirigió hacia la valla. Se detuvo a unos quince centímetros de la misma.
—¡Basta! —volvió a chillar mi hermana.
—Ya he terminado.
Estaba sentado, sonriente como un diablo, desnudo de cintura para arriba y formando una sola pieza con el coche, como si fuese un centauro mecanizado.
—¡Te zurraría! —exclamó Leonie—. Vas a conseguir que las gallinas del abuelo no pongan huevos.
—Bah, mamá, a ellas les gusta que las persiga. Creen que soy una especie nueva de gallo.
—Siempre tienes que hacer el mono. Deberías estar ahí arriba, terminando de arreglar el tejado.
En aquel momento entró mi padre en coche y los pollos volvieron a revolucionarse. Soames saltó afuera y le ayudó a acarrear el hielo, que metieron en un cubo de lavar la ropa.
—Bueno, mujeres —dijo mi padre—, tan pronto como tengáis preparado el helado, estamos dispuestos a darle a la manivela.
Se sentó en el brocal del pozo y empezó a abanicarse con el sombrero. A pesar de sus setenta y dos años, conservaba todavía casi todo el pelo, ahora gris, y seguía teniendo el aspecto de siempre. Su cara era aún delgaducha y severa, pero el rictus alegre de su boca se había hecho más profundo. Había madurado. Ahora nos dejaba dormir hasta las seis y media de la mañana. Gran condescendencia.
—Eh, mirad la fruta en el suelo —dijo—. ¿Por qué no la habéis recogido, niñas?
Corrimos al melocotonero que había en un extremo del patio y cogimos los melocotones. Eran gruesos y dulces, y cuando los comíamos el jugo nos caía por la barbilla. Soames volvió a acariciar el coche. Era un MG rojo que yo compré en cuanto los ingleses devaluaron la libra. En aquellos tiempos no había muchos; era el primero que Soames veía. Lo adoraba. Por las tardes, se iba en él a Renfro, el pueblo más próximo, y aparcaba en la plaza, donde las chiquillas lo rodeaban con grititos de admiración. El metro ochenta de Soames y un coche inglés constituían una buena combinación.
—¿Me lo dejas esta noche, tía Jo?
—Bueno, pero que tus amiguitas no peguen chicle en el guardabarros.
Mi padre tiró un hueso de melocotón a dos arrendajos que reñían en el árbol.
—¡Fuera de ahí!
—¡Espera que coja mi honda, abuelo!
Soames saltó del coche y tiró una piedra a las ramas. Los arrendajos echaron a volar hacia el huerto gritando «¡caco!». Las hojas del melocotonero volvieron a colocarse en su lugar, fijas en el aire como hojas de geranio en jalea de manzana. A lo lejos, el sol brillaba sobre las copas de los árboles de la Vieja Chimenea. Las sombras empezaban a dibujarse por el patio.
—¡Bajemos al arroyo! —dijo Leonie.
—Ahora no —replicó mamá.
—Me parece que ha picado un pez en mi anzuelo: ¡un siluro grande!
—Pero no volverías a tiempo. Las damas de noche van a abrirse.
Leonie miró de soslayo al sol y luego a la enredadera.
—La sombra todavía no la cubre. Podemos ir, si nos damos prisa.
—Oye, Leonie, es más tarde de lo que crees —le recordé.
Alguien tenía que decírselo, siempre. El pésimo sentido del tiempo de Leonie era objeto constante de nuestras bromas. Como todos los fanáticos, sentía unos deseos tan ardientes de hacer lo que quería hacer que el tiempo no tenía más remedio que acomodarse a ella. Y esto lo creía Leonie con una fe tan inquebrantable que perdía trenes, quemaba las comidas y nunca sabía cómo empezaba una película. La familia ni siquiera consiguió que, cuando Soames estaba a punto de nacer, fuera a tiempo al hospital. Insistía en que tenía todo el día. Siguió colocando cintas y lazos en la cuna del bebé —lo quería todo perfecto—, salió para el hospital a la hora que le vino bien y Soames nació en el asiento delantero del coche. Leonie nunca aprendía.
Mientras discutía con nosotros, perezosamente, por costumbre, la sombra fue extendiéndose por el patio. Fui a mirar la enredadera que trepaba por la ahumadera hasta el nogal, con sus hojas en forma de corazón y sus largos capullos cerrados. Había nacido de los granos sembrados en la tierra en primavera, semillas más duras que una nuez que protegían tanto la vida que llevaban dentro que para que saliera había que abrirlas con una lima.
Con el rabillo del ojo percibí un movimiento. Me volví rápidamente. La enredadera permanecía inmóvil, pero yo sabía que aquello estaba empezando. Llamé a los demás. Cruzaron el patio corriendo y mi madre cogió la silla plegable, donde se sentó para contemplar el espectáculo. Papá se puso en cuclillas a su lado. Poco a poco, dejamos de hablar. El silencio se hizo intenso. En cualquier instante las flores empezarían a abrirse.
—¡Allí!
—¿Dónde?
—No, me parece que todavía no.
Reanudamos la espera. Pronto, en seguida, temblaría un tallo, un leve estremecimiento sacudiría la enredadera y alguna hoja se crisparía. No, eran imaginaciones. Pero sí, ¡se movía! Un ligero espasmo contrajo el largo capullo. Primero lentamente, luego más aprisa, y por fin el verde capullo se abrió dejando entrever los bordes blancos de la flor, que ascendía en espiral y ensanchaba sus pétalos, hasta que apareció perfecta y pura, guardando en su cáliz una diminuta gota de rocío.
—¡Oh, mirad!
—¡Allí hay otra!
—¡Tres…, cuatro!
En la enredadera irrumpió la vida y los capullos estallaron lanzando su extravagante belleza a la brisa del anochecer.
—Veintidós, veintitrés, veinticuatro…, ¡veinticuatro! ¡Tenías razón, mamá!
—Nunca había visto tantas de una vez.
—Es un buen año.
—¡Qué bonitas son!
—Y se van tan deprisa…
—Pero ¡ahora son tan hermosas!
Las pródigas flores se abrían y se estiraban como la seda de las sombrillas. Al anochecer brillarían débilmente, fláccidas y amarillentas, como guantes viejos después de un baile. Pero ahora no. Ahora las flores resaltaban blancas en la oscura enredadera y llenaban el aire con el perfume dulce y ligeramente amargo de su primer y último aliento.
Nos quedamos un rato esperando a que se abriera algún otro capullo tardío. Pero eso había sido todo por esa noche. La representación había terminado. Volvimos a casa sonriéndonos unos a otros, sintiéndonos más alegres, como renovados. El florecimiento de las damas de noche era una especie de milagro y, como todos los milagros auténticos, tenía el poder de sanar.