Cuatro hermanas

Jetta Carleton · Capítulo 33 de 54

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Cuatro hermanas

Mathy

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Con el primer acto de su vida —llegar temprano como lo hizo, aquel día en que su padre se había ido—, la hija pequeña de Matthew lo predispuso un poco en su contra. (A veces Matthew pensaba que su madre se había adelantado al tenerla a propósito, sólo para molestarle. Fuera culpa de Callie, de la niña o de nadie, le fastidió.) Aunque podría habérselo perdonado si a partir de entonces se hubiera comportado de un modo distinto. Normalmente, era una chiquilla encantadora: divertida, alegre y atractiva. Pero poseía un auténtico don para meterlo en problemas. Un talento que se acentuó considerablemente cuando dejaron la granja.

Eso fue un poco antes de la primera guerra, cuando Matthew aceptó un cargo en Shawano. No estaba en absoluto seguro de si era lo que tenía que hacer. El prestigio y la responsabilidad, aunque eran atractivos, lo asustaban. También Callie tenía sus dudas. Aunque durante años había soñado con vivir en la ciudad, empezó a mirarse las rudas manos y a escuchar su lenguaje, y su tranquilo y práctico coraje se desvaneció. A pesar de eso, sabía tan bien como él que tenían que ir.

A pesar de su timidez natural de chiquillas de campo, las dos niñas mayores esperaban el traslado con ilusión. ¡Gente, tiendas, excitación! Se imaginaban la vida de la ciudad como una perpetua tarde de sábado.

Era la pequeña la que se resistía a todo el atractivo del cambio. Mathy tenía cinco años y medio aquel verano, y andaba ocupadísima. No tenía tiempo para hacer el equipaje y trasladarse. Al ver que los preparativos continuaban a pesar suyo, escondió toda su ropa. Enterró su muñeca en el huerto. Se subió al árbol más alto de la granja y se negó a bajar. Corrió a casa de los vecinos y les pidió que la dejaran vivir con ellos. Por último, la mañana de la partida desapareció. ¿Por qué demonios —dijo Matthew — no la había atado alguien a la cerca? Con los labios lívidos de ira, Matthew cruzó el prado hasta la alameda de sauces, donde solía encontrarla arrodillada sobre la hierba cenagosa. Callie y las niñas la buscaron por la casa y sus alrededores. Por fin, Jessica la encontró en el jardín, sentada debajo de una enredadera de judías, con los ojos echando chispas y dispuesta a arañar y morder.

Nadie tuvo valor para zurrarla, y el que menos Matthew, que se sentía profundamente nostálgico. Triste y silencioso, partió en el gran carro con su mejor vaca atada detrás, su familia acomodada entre los muebles y las jaulas de las gallinas, y la pequeña llorando a moco tendido.

Para su alivio, Mathy se acomodó a la nueva vida en cuanto se instalaron en la ciudad. Los vecinos y las demás novedades parecieron hacerle olvidar la granja. Las niñas mayores se sentían absolutamente felices. Hacía sólo dos semanas que estaban allí, y ya las habían invitado a tres fiestas de cumpleaños, cosa nueva para ellas. Por las tardes, mamá las dejaba ir a la estafeta de correos a pedir la correspondencia del director. Lo único que Leonie lamentaba era que su padre la obligara a continuar en quinto. Tenía once años y debería haber empezado sexto, pero el invierno anterior había tenido anginas y había faltado mucho a la escuela; además, papá no tenía una opinión demasiado buena de su profesora de Bitterwater. Aunque lloró, discutió y pataleó, no logró convencerlo y volvió a quinto, amargamente avergonzada por ser la mayor de la clase. Sin embargo, en Shawano había un profesor de piano y su padre le dejó tomar lecciones. Aquello la consoló mucho. Pensaba que disfrutaba por fin de las ventajas culturales a las que estaba destinada.

En cuanto a Callie, apenas tenía tiempo para decidir si le gustaba su nueva vida o no. Al residir en una ciudad, tenía que lavar, planchar y remendar mucha más ropa. Había que hacer cortinas nuevas; las niñas necesitaban vestidos, y casi nunca pasaba una semana en la que no tuviera que preparar algún disfraz. Un sombrero de bruja, un traje de peregrino, alas para un ángel de Navidad… Nunca se enteraba de los programas y ejercicios de la escuela, y se quejaba de ello a Matthew: la iglesia ya organizaba bastantes actividades como para que tuviera que andar tan ocupado en la escuela. Él, a su vez, replicaba que eso era lo que la gente esperaba de él, que estimulara el espíritu de la comunidad. Callie le creía, pero casi todas las madres con quienes hablaba habrían preferido un poco menos de espíritu si así conseguían coser menos.

Pero le gustaba estar ocupada, porque así tenía una buena excusa para no alternar. Entre aquellas gentes se producían a menudo situaciones en las que no sabía cómo actuar, situaciones que no podía prever. En su propio terreno habría sabido exactamente qué hacer, y lo hubiera hecho o no, según su gusto. Pero uno sólo puede apartarse de las reglas cuando las conoce bien, y como ella todavía no había aprendido las nuevas, no siempre estaba segura de lo que se esperaba por su parte.

Por ejemplo, respecto a la cuestión del chico de los repartos. Matthew tenía teléfono, uno de los pocos de la ciudad, y para Callie constituía un placer especial telefonear a la tienda cuando necesitaba comestibles y encargar que se los enviasen. Al cabo de media hora se los traía por la puerta de atrás un muchacho bobalicón y angelical; siempre parecía tan agradecido de prestar aquel servicio, que al encargarle un saco de harina Callie sentía que le estaba haciendo un gran favor. Aquella simpática criatura, cuyo apellido era Dumpson, era conocido en toda la ciudad como Cuajada, a causa del tinte albino de su pelo y cejas, y del ligero vello que le crecía sobre el labio superior. Conducía un pequeño carro de dos ruedas tirado por un caballo llamado Maude, animal tan firme, lento y digno de confianza como su dueño. Cuando bajaban la calle, se oía el chirrido de las ruedas, el pausado clop-clop de los cascos de Maude en el polvo. Luego Cuajada rodeaba la casa silbando y llamaba a la puerta.

Callie simpatizó con él en su primera visita. Hasta permitió que Mathy subiera en su carro. Temía, sin embargo, haberse mostrado demasiado cordial, pues en los siguientes viajes Cuajada demostró tendencia a quedarse y charlar. No podía ser un muchacho más correcto, desde luego, más no se podía pedir: sin sentarse ni entremeterse, se quedaba de pie junto a la puerta, con la gorra en la mano, asintiendo, sonriendo y haciendo de vez en cuando algún comentario. Callie no tenía valor para mandarlo de vuelta a la tienda, ni deseaba hacerlo, en realidad. Pero no estaba segura de si a los vecinos aquello les parecería correcto. Sólo cuando se enteró de que Cuajada Dumpson se entretenía en todas las cocinas de la ciudad lo aceptó formalmente en la suya. Empezó a obsequiarla con dulces y pasteles. Él le traía noticias. Intercambiaban opiniones sobre la naturaleza humana y el tiempo, y disfrutaban de su mutua compañía a modo de ama y criado, sabiendo cada uno dónde estaba su puesto.

Callie encontraba aquella relación completamente de su gusto. Despertaba su sentido de nobleza y alentaba su sueño de vivir algún día en una hermosa casa blanca que hiciera esquina, con una mujer para la limpieza y un muchacho que arreglara el jardín.

Una vez él y su familia se hubieron adaptado a la ciudad, Matthew se aventuró a sacar la conclusión de que su decisión había sido la correcta. Pensaba en ello con satisfacción un mediodía de otoño, mientras se dirigía a la ciudad. Hacía un día hermoso; el aire era fresco, dorado y suave, como una tarta de manzana. Además, era día de pago. El primer cheque que había recibido en Shawano descansaba en su bolsillo interior. Animado por la luz del sol y una sensación de bienestar, bajó la calle con paso ligero. Una bonita mujer, madre de uno de sus alumnos, salió al porche para saludarle. Un comerciante que se dirigía a casa a cenar se detuvo a estrecharle la mano. Saludando, sonriendo —próspero, aceptado y engreído—, Matthew se encaminó al banco.

Cuando hubo depositado su cheque, atravesó la calle para pagar la cuenta del colmado. Por primera vez en su vida, y sólo ante la insistencia del dueño, se había convertido en un cliente a crédito. Todavía le sorprendía que aquel detalle fuera visto como un signo de abundancia y no de indigencia; por ello se sintió aliviado al no encontrar en la tienda más que al propietario.

—¡Buenos días, profesor! —El tendero salió de las frías profundidades de su establecimiento y se adelantó hacia él entre sacos de judías, barriles de salmuera y tarros de cristal de galletas—. ¿En qué puedo servirle?

—¿Qué tal? —dijo Matthew, estrechándole la mano—. Dígame lo que le debo, señor Henshaw. ¡Si mi mujer no ha subido mucho la cuenta, tal vez pueda pagarla!

—Sí, señor; sí, señor, ¡y que lo diga! —replicó el señor Henshaw, que seguía estrujando la mano de Matthew—. Estas mujeres nos están haciendo sudar tinta, ¿verdad, profesor?

Le dio unas palmadas en el hombro.

—Desde luego.

—Bueno, bueno, nunca paran de pedir. ¿Y adónde va a parar todo esto?, le digo yo a mi mujer. Pero cada mañana me da una lista más larga que su brazo. El viejo caballo de Cuajada apenas puede con tanta carga. Y no sé qué hace con la compra. ¡Estoy seguro de que no soy yo el que se la come! —Se dio unos golpecitos en su sólida y redonda barriga.

—¡Vaya, de eso se da cuenta cualquiera! —exclamó Matthew. Los dos se echaron a reír—. Bueno, veamos lo que me cuesta la mía.

El señor Henshaw sacó el manojo de cuentas de un gancho de alambre.

—Aquí lo tiene, profesor. Repase la cuenta para ver si he sumado bien. No me gustaría estafar a un maestro de escuela.

Matthew sonrió.

—Me fío de su palabra, señor Henshaw. Nunca la he puesto en duda. Bueno, no está tan mal. Creo que esta vez podré pagarle.

Se apoyó en el mostrador de la carne para extender un cheque mientras el señor Henshaw metía la mano en el tarro de caramelos: pastillas de goma de limón, de menta y bastones de coco con listas y estrellas como una bandera. La añadidura.

—Hola, Orville —saludó el señor Henshaw.

—Por todos los santos, Walt —dijo el granjero, quitándose el sombrero—. ¡Menudo calor hace aquí dentro!

—Sí que hace calor para esta época del año.

—Quiero un saco de Bull Durham, Walt.

La mosquitera de la puerta se abrió de nuevo, y entró una mujer huesuda con unas faldas que crujían y un sombrero monumental.

—¿Walter? —Su profunda voz musical recorrió toda la tienda, era una de esas voces que pueden oírse en medio de una multitud—. He venido a buscar mis cosas. ¿No ha vuelto todavía el chico?

—No, lo siento, señora Gunn —se disculpó Henshaw—. Pensaba que Cuajada volvería en seguida; iba a despacharlo con su pedido. Deje que le diga lo que voy a hacer: voy a prepararle el pedido ahora mismo. Es una vergüenza que haya tenido que venir usted a buscarlo.

—No vivo muy lejos. Yo habría hecho tiempo, pero Roy está en casa esperando la cena, y no tengo manteca.

—Bueno, pues ahora voy a preparárselo todo. —Se dirigió al fondo de la tienda —. ¿Conoce al profesor Soames, señora Gunn?

—No —contestó la señora, avanzando hacia Matthew y estrechándole la mano con fuerza—. Encantada de conocerle. Mis hijos ya no van a la escuela, pero todo el mundo dice que vamos a tener un buen profesor este año.

—Caramba, es muy agradable oír eso —dijo Matthew.

—Quería un kilo y medio, ¿verdad? —preguntó el señor Henshaw, sacando la manteca.

—Sí —contestó la señora Gunn—. Con este tiempo que hace, ya tengo bastante. Si la guardo, se me estropea.

—Mi chico ha perdido su yegua esta mañana —le explicó el señor Henshaw a Matthew.

—Lo siento mucho.

—¡Oh, no quiero decir que se haya muerto! Se ha perdido o la han robado, algo así. El caso es que no está por aquí. Debe de haberse escapado mientras esperaba a Cuajada. Ya sabe lo que se entretiene en las casas. La ha buscado durante más de una hora, y no he podido entregar ni un pedido desde las diez de esta mañana.

—¡Caramba!

—Por eso ha tenido que venir la señora Gunn a buscar el suyo. He mandado al chico a su casa enseguida después de que llamara, pero tenía que hacer otra parada por el camino. Al salir, Maude y el carro habían desaparecido sin dejar rastro.

—¿Y siguen sin saber nada?

—Nadie los ha visto.

—Walt —intervino el granjero, apoyándose en el mostrador y encendiendo un cigarrillo—, ese muchacho tuyo conduce un pequeño carro de dos ruedas, ¿verdad?

—Sí.

—¿Con un viejo saco de huesos amarrado a él?

—Estás insultando a un caballo muy bueno —replicó el señor Henshaw sonriendo.

—Para hacer salchichas, quizá. Bueno, pues me parece que sé dónde está.

—¿Qué dices? ¿Lo has visto?

—A unos cinco kilómetros al sur de la ciudad.

—¡Cinco kilómetros!

La brillante luz del día relampagueó un instante en las oscuras profundidades de la tienda cuando se abrió la puerta de atrás y entró Cuajada Dumpson.

—¡Ya era hora de que llegaras, Cuajada! —exclamó el señor Henshaw—. Parece que hemos encontrado a tu caballo. —Se volvió hacia el granjero—. Supongo que a la vieja bribona se le ha metido en la cabeza irse a pastar.

—No, no lo creo —dijo el granjero—. Me da la sensación de que la han robado.

—¿Robarla? ¿A la vieja Maude? ¿Quién la iba a querer?

—¡Dios mío! —exclamó la señora Gunn, avanzando hacia ellos—. Tal vez deberíamos llamar al sheriff.

—Bah, nadie puede haber querido robar a la vieja Maude —dijo el señor Henshaw.

—Pues me parece que alguien lo ha hecho —observó el granjero.

—¿Quién haría una cosa así?

—Un cuatrero.

—¡Vamos! No ha venido por aquí un cuatrero desde hace veinte años, cuando Ezzer Clark dejó el negocio y se dedicó a predicar.

—He visto al culpable sentado en la grupa y sosteniendo las riendas.

—Llamaré al sheriff —dijo la señora Gunn firmemente—. ¡Hacerle una cosa así a Cuajada!

El señor Henshaw parecía preocupado.

—No quiero pensar que ha sido alguien de aquí. Tú no lo has reconocido, ¿verdad?

—No.

—¿Cómo era el tipo?

—No era un tipo.

—¿Una mujer? —inquirió la señora Gunn.

—No —dijo el granjero—, una chiquilla. Una niña de pelo oscuro y del tamaño de mi pulgar…

—¿No es vergonzoso? —La señora Gunn, con los brazos en jarras, bloqueaba el pasillo—. ¡Que a algunos niños se les permita hacer cosas así! ¿De quién cree usted que será hija?

Matthew permanecía avergonzado detrás del mostrador de carne. Lanzando un profundo suspiro, salió al pasillo.

—Mía —dijo. Y avanzó en medio de un atónito silencio, evitando mirar a la señora Gunn—. Si tiene usted algún medio de transporte, señor Henshaw, iré a buscarlos y se los traeré.

Enfadado, hambriento y humillado salió en el carruaje del señor Henshaw con Cuajada Dumpson sentado a su lado. Rodaron por las calles, mientras la gente regresaba al trabajo después de comer. Cuajada saludaba a todo el mundo.

—¡He encontrado a mi caballo! —gritaba a diestro y siniestro—. ¡Lo habían robado!

Los tenderos y colegiales se detenían en las aceras y las amas de casa corrían a sus puertas para contemplar al nuevo director, quien, según parecía, estaba pasando la tarde con el chico de los repartos del señor Henshaw.

Encontraron a Mathy a varios kilómetros de la ciudad.

—¡Sólo estaba volviendo a casa! —insistió ella.

Volver a casa no era lo mismo que escaparse.

—Tu casa está aquí —dijo Matthew.

—Bueno, iba a volver a casa mañana.

Trotaron por el polvoriento camino hacia la ciudad seguidos a una distancia cada vez mayor por Cuajada, Maude y el carro de dos ruedas. Mathy estaba sentada junto a su padre, tan erguida y formal como él, enfadados los dos. Cruzando su cara roja y sudorosa, la boca de Matthew dibujaba una línea pálida parecida a una cicatriz. Si su reputación no resultaba dañada para siempre, se sorprendería mucho. ¿Cómo podía la gente confiarle a sus hijos si él no conseguía controlar a los suyos? Y para colmo, aquella travesura de Mathy le costaría dinero. El señor Henshaw no le haría pagar por el uso de su carruaje, pero la compra de la señora Gunn era otro asunto. Los bienes robados, aunque recobrados, no se podrían aprovechar. Bajo el cálido sol del mediodía, el kilo y medio de manteca se había derretido empapando los paquetes de galletas, café y azúcar. Un número asombroso de pastelillos de jengibre se había perdido, junto con bastante fruta en conserva. La caja de copos de avena se había roto, y Mathy, inexplicablemente, olía a avena cruda. Todavía conservaba algunos copos en el puño cerrado.

—Por el amor de Dios, niña, ¡tira eso! Y límpiate las manos. Pero ¡no con el vestido!

—¡Voy a vomitar, papá!

—¡Aquí no! —gritó él—. ¡Espera a que lleguemos a casa!

—¡No puedo!

Una expresión de náusea se dibujó en su verdosa carita. Matthew apenas tuvo tiempo de empujarla a un lado agarrando el borde de sus faldas de satén. Ella inclinó la cabeza vomitando y jadeando mientras él se esforzaba por no mirar.

—¿Te sientes bien ahora? ¿Es eso todo?

—Creo que sí.

Matthew le limpió la cara con su pañuelo.

—Espero que ahora aprenderás… —empezó, pero la niña se apoyó en él con los ojos cerrados y él comprendió que perdía el tiempo.

Nunca le escuchaba. Cuando llegaron a casa, Mathy estaba profundamente dormida.