Cuatro hermanas

Jetta Carleton · Capítulo 44 de 54

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Cuatro hermanas

Capítulo 12

 

Se alejaron en el coche al caer la tarde, por la calle en la que crecían el llantén y la pata de gallina y el polvo de antiguos huesos se levantaba a su paso; dejaron atrás los árboles en los que las langostas lanzaban chirridos y profecías, lejos de la casa solitaria y el otro padre. Más allá de la ciudad, los prados brillaban bajo la puesta del sol. Los árboles arrojaban largas sombras a lo largo del camino y el aire empezaba a refrescar. Una sinfonía de aromas nocturnos invadía el ambiente: el perfume del heno y de la miel, el olor de los graneros y del ganado, la limpia acritud del estramonio abriéndose en la oscuridad… Matthew conducía con una sensación de agradecimiento. Y a medida que regresaba a su mundo familiar, se maravillaba de que el destino lo enviara a casa así, no desolado como esperaba, sino con el niño a su lado. Había creído perder, y había ganado. Había visto a Ed derrumbado, sin arrogancia, con su aire de despreocupación convertido en arrepentimiento. Ed estaba pagando sus errores, y aquello no era más que justicia.

Entonces, ¿por qué no sentía Matthew satisfacción? Había algo en Ed a pesar de su derrota… La derrota le sentaba bien, como todo lo demás, y la soportaba con un aire que le otorgaba más valor que el del propio triunfo. Matthew pensaba en ello perplejo mientras conducía por la carretera rural. Ed no había hecho ningún bien y sí mucho daño. Había arruinado su vida y perjudicado la de otros.

Al rechazar a Dios, se rechazaba a sí mismo. Y sin embargo —vencido, arruinado y bebido—, seguía habiendo algo en él que a Matthew le producía respeto, incluso admiración. Sí, y también envidia. Porque lo que sentía era envidia, y su raíz llegaba tan hondo como la de la mandrágora, imposible de desarraigar. Pero, cielo santo, ¿envidia de qué?

—Papá lloraba —dijo el niño de pronto.

Había permanecido muy quieto en su rincón.

—Sí, papá estaba llorando.

—¿Por qué lloraba, abuelo?

—Pues porque estaba triste.

El chiquillo reflexionó la respuesta.

—¿Tenía miedo?

Matthew evaluó a su vez la sugerencia del niño.

—¡No! —contestó con repentino énfasis.

Ed no tenía miedo, y nunca lo había tenido. Eso era lo que Matthew envidiaba. Su valor, nada más. Pero ya era mucho. El valor para hacer lo que uno quiere, sin que nada importe. Era aquello —lo que le importaba— lo que mantenía cautivo a Matthew. Había que tener en cuenta tantas cosas: heno en el granero, la cosecha del huerto, el diploma en la pared, el contrato firmado, la opinión de los vecinos, la gracia de Dios, la salvación de su alma… Ed no apreciaba nada de esto. Y no había heno en su granero. Alimentado o hambriento, aceptado o rechazado, era dueño de sí mismo. ¡Cómo le envidiaba Matthew!

Se preguntó si creer en Dios no sería el sustituto de creer en uno mismo. Su miedo, ¿era tan santo como él pretendía? Quizá no era miedo, sino cobardía. Hay una diferencia. Y quizá Dios apreciaba más el valor que la humildad vacilante. (¡Era el siervo precavido el que incurría en la ira del amo!) Tal vez, después de todo, Ed era el último que sería el primero. El manso heredará la tierra, pero nadie le prometió el cielo.

Y ahora, al pensar en su propia vida, no estaba seguro de haber heredado la tierra. Había sido bastante manso; no se había arriesgado demasiado. Y, ahondando más en el tema, tampoco había conseguido mucho. Una escuela de una pequeña ciudad, una insignificante granja y algunos conocimientos. No era gran cosa. Pero la falta de bienes terrenos no significaba que pudiera alcanzar el cielo. El pobre de cuerpo no era necesariamente rico de espíritu.

¿Y no se debía eso al miedo? Él había procurado avanzar con un pie clavado firmemente en el suelo, temeroso de soltar el pájaro que tenía en mano por los cientos que volaban. No habría renunciado a su granja por la escuela, ni a la inversa. Deseando a las muchachas, no renunciaba a Callie. Atraído por las nuevas creencias, se aferraba a las viejas. Buscando las estrellas, se afirmaba en la hierba. Siempre con componendas, queriéndolo todo sin renunciar a nada, sin nada definitivo. No había pagado el precio, sino que se había quedado con lo pequeño, lo seguro, lo razonablemente suficiente. Y eso nunca satisface a un hombre.

Quizá era éste su pecado: la pobreza de espíritu. Timidez y envidia, no la concupiscencia de la carne ni las miradas codiciosas. Tal vez Ed tenía razón. Alice, las muchachas, incluso Charlotte… no eran importantes. Se estremeció, sintiéndose descubierto y tonto, como un hombre mayor sorprendido jugando con juguetes. Sus pequeñas culpas habían sido importantes para él; le resultaba agradable y reconfortante mantenerlas en secreto. Pero ahora tenía que soportar una culpa real. La envidia era uno de los pecados capitales, como la lujuria. Con ésta sólo había flirteado, pero la envidia lo había seducido por completo.

Y no sólo envidia de Ed, pensó con profundo remordimiento, sino también de Mathy. Los dos eran iguales y le molestaba que no temieran vivir y él sí. ¡Caminad!, les dijo; y ellos volaron. Quería que fueran juiciosos, que sufrieran un poco. Quería verlos derrumbados, vencidos. Bueno, lo estaban y, al pensar que con su deseo casi había provocado su caída, se sintió apenado hasta lo más profundo.

Oh, quizá podría compensar a Ed. Lo intentaría. Pero a Mathy nunca la compensaría. Al pensar en ella se le escapó un débil gemido de angustia. Era demasiado tarde.

Y no obstante (era consciente del peso dormido junto a él), ¡tenía al niño! Contempló al chiquillo de pelo oscuro, tan parecido a su madre que a veces Matthew olvidaba que no era ella, y una serena alegría inundó su corazón. Se le había dado otra oportunidad. Los caminos del Señor son benditos. Besó a Peter y siguió conduciendo por la oscura carretera, ansioso por llegar a casa.